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COMO ENCONTRADO, EL PERRO DE LA CAVERNA

25 diciembre, 2014 29 comentarios

El alfarero se adelantó algunos pasos y con voz clara, firme, aunque sin gritar, pronunció el nombre escogido, Encontrado. El perro ya había levantado la cabeza al verlo, y ahora, escuchado finalmente el nombre por el que esperaba, salió de la caseta de cuerpo entero, ni perro grande ni perro pequeño, un animal joven, esbelto, de pelo crespo, realmente gris, realmente tirando a negro, con la estrecha mancha… 

(La Caverna. José Saramago)

 

Ya saben que me gustan los perros y José Saramago.

Como ya conocen si leyeron lo anterior, el perro de las lágrimas no tenía nombre; era conocido por lo que hizo: beber las lágrimas de la mujer del médico, que tampoco tenía nombre. Como no lo tenía su marido, el médico, ni el niño estrábico, ni la mujer de las gafas oscuras, ni el ladrón… ni ninguno de los demás personajes de El Ensayo sobre la Ceguera (1995).

A todos se les conocía por lo que eran o lo que hacían, no por sus nombres. No hacían falta para conocer cómo era por dentro cada uno de ellos.

Los nombres son importantes en las obras de Saramago. Sea por su ausencia, como en el Ensayo de que hablamos, sea por constituir el argumento central, como en Todos los Nombres (1997), aunque sólo el protagonista aparece con el suyo, sea en fin por su descriptiva belleza, como los nombres de Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas, en Memorial del Convento (1982), una de las novelas, junto con la que cito a continuación, más tiernas y humanistas del autor.

En La Caverna (2000), los personajes sí tenían nombre: Cipriano Algor, el alfarero, su hija Marta y su yerno Marcial, Isaura, el sueño de Cipriano…

Y tenía nombre, grandioso nombre,  Encontrado, el perro que sabía que iba a ser encontrado por Cipriano y que conocía cuál iba a ser su nombre antes de tenerlo. Encontrado, el perro que iba a ser uno más en la familia Algor.

Encontrado

Ya saben también, si leyeron, que hace poco más de una semana perdí  a mi perro, que casi no era mío todavía; porque un perro solo puede “ser” de alguien cuando él ha aceptado pertenecer a ese alguien. Y mi perro no había tenido aún tiempo ni de pensarlo. Mucho menos de decidirlo.

Sucedió el día 16 de diciembre. Estaba conmigo desde el 10, menos de una semana. Seis días conmigo, siete días perdido…

Como Encontrado, Achado... Chado

Encontrado, Achado… Chado

Hace un par de días, el 23 de diciembre, siete días después de haberlo perdido y 13 después de haberlo tenido, mientras viajaba de Cádiz a Madrid para disfrutar navidades en familia, recibo una llamada:

  • ¿Es usted Jaime?
  • Sí, ¿Quién le llama?
  • Mire, soy Pilar, de Maikan, la perrera de Talamanca..
  • ¡¡No me diga que lo han encontrado…!!

La conversación continuó un par de minutos, los necesarios para tratar los detalles.

Ayer por la mañana pasé por Maikán para reconocer al perro. Era él: era Chino.

Era Encontrado

No sé cuál fue su historia durante los siete días en que ha estado perdido.  Sea cual fuere, no quiero que me la cuente; quiero que la olvide. Sé, porque lo vi, que estaba más delgado, temblando y con un enorme bulto en la quijada derecha; tan grande, casi, como su cabeza de cachorro.

Un tumor debe de ser, me dijo José Luis, el responsable de Maikan. Impensable que sea un tumor que, hace sólo siete días, no tenía. Debe de ser, respondí yo, un golpe de un coche o una fuerte tumefacción interna provocada por los esfuerzos en deshacerse del collar y correa que debieron de engancharse en algún escollo de su escapada.

Lo ha traído hoy un señor que lo veía desde hace un par de días deambulando por su finca”, me dijo Pilar.

¿Qué habrá comido durante esta semana un cachorro de cuatro meses que no conocía su nuevo entorno? Nada, supongo. Habrá pasado frío y hambre. Y miedo, mucho miedo.

Pero ya está a salvo, como Encontrado, el perro de La Caverna. Ya tiene de nuevo familia, como Encontrado.

Mañana, antes de viajar de vuelta al sur y después de las gestiones necesarias para retirarlo, iré a por él. Intentaré que olvide estos días y trataré por todos los medios de que ella lo acoja y llegue a tenerle una pizca del cariño que Marta, la hija de Cipriano, tuvo con Encontrado.

Y los “¿Cómo habría sido…?” y “Sin duda hubiera tenido…” que con tristeza preguntaba y afirmaba en mi anterior escrito, se convertirán desde hoy en “¿Cómo será?” y “Sin duda tendrá”. Porque este perro, Encontrado, va a tener historia, no sé si breve o larga, como la tuvieron Carola, Fag I, Tom, Fag II, Fag III y Chino, mis otros perros.

Y le voy a cambiar el nombre: ya no será “Chino”. Pero como Encontrado, nombre acertado para personaje de novela, es poco práctico para un perro de caza, le bautizaré con la versión original: “Achado”. La fonética es importante para un perro de caza. Así que será, simplemente, “Chado”.

Él ya lo sabe, aunque todavía no se lo he dicho.

Así que ya estoy feliz. Sólo queda que ella lo acepte. No aspiro a que lo quiera, que lo querrá. No espero que sea para ella tan importante como lo fue Gypsy en esta preciosa canción con la que les dejo.

Escúchenla y lean la letra. Pero deténganse antes del final, porque es un final muy triste

“Ahora, Gitano es mi perro. Lo encontré en una zanja de la carretera.

Y le he llamado Gitano porque le encaja bien el nombre…”

Así lo cantaba ella. Escuchen a la grandiosa Dolly Parton: Gypsy, Joe and me.

We might have slept in a rail yard or camped by the river bank
We fed ourselves from the fruit of the land
And quenched our thirst with rain
We never did allow no roots to grow beneath our feet
Life just had no pattern for Gypsy Joe and me
All we had was each other and the rags upon our back
The closest thing to a home we new was some abandoned shack
But we had all we needed and the rest we didn’t need
Life was free and simple for Gypsy Joe and me
Now Gypsy was my little dog, I found by the road in a ditch
And so I named him Gypsy, cause that name just seemed to fit
Oh and Joe he was my man, the flower of my soul
Thou he never said he loved me, I just always seemed to know
While standing by the highway, thumbin’ for a ride
The speeding wheels of a passing car, took Gypsy’s life
I lost him where I found him and his loss was misery
Now there’s no more Gypsy, there’s just Joe and me
Well the winter came and the snow did fall
And the night was cold and still
And the rags we wore were not enough
And Joe he caught the chill
And he told me how he loved me
And in my arms he went to sleep
Now there’s no more Gypsy, no more Joe, there’s just me
While standin’ here on the edge of this bridge
Lookin’ down I see
The face of Joe and Gypsy, lookin’ back at me
And somewhere in the distance I can hear them callin’ me
Tonight we’ll be together again
Gypsy, Joe and me

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COMO EL PERRO DE LAS LÁGRIMAS

20 diciembre, 2014 27 comentarios

… Se le acercó el perro de las lágrimas, éste sabe siempre cuándo lo necesitan, por eso la mujer del médico se agarró a él, no es que no quisiera bien a todos cuantos se encontraban allí, pero en aquel momento fue tan intensa su impresión de soledad, tan insoportable, que le pareció que sólo podría ser mitigada en la extraña sed con que el perro le bebía las lágrimas.

         (Ensayo de la Ceguera. Saramago)

 

Creí que ya jamás tendría perro.

El último, hablaré de él, murió hace unos diez años. Era el tiempo en que yo dejé mi trabajo, los hijos se iban yendo poco a poco, la casa se nos quedaba demasiado grande y empezamos ella y yo a cambiar nuestras rutinas.

Entre cambios de casa primero, y de latitud después, ni tiempo había de pensar en perro. Y si yo lo hubiera mencionado de nada habría servido. De sobra lo sabía.

Hace unos meses, ya establecidos desde hace tiempo en nuestra casa del sur, le pregunto a ella:

– ¿Me dejarías tener un perro?

– Ni en sueños, respondió, segura de que su firmeza sería suficiente para detener mi posible insistencia.

Y la detuvo, vaya si la detuvo. Yo no entendí su cierre en banda, sin siquiera permitir una argumentación por mi parte o una breve conversación sobre el asunto. Pero lo acepté.

Para mí pensaba: ¿Por qué no me dejará, sabiendo lo que me gustan los perros? Ahora que, además, me acabo de hacer junto con unos amigos con un coto de caza en Jerez, a una hora escasa de casa, para cazar en mano perdiz brava, que me divierte una barbaridad. Y sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo libre y de espacio que tengo ahora para enseñarle…

Y, caramba, fue precisamente ella, además, la que me regaló mi primer perro de verdad.  

Todo esto pensaba, pero nada decía. Ella puede detener mis palabras pero los pensamientos fluyen sin llamarlos.

No fue hasta hace pocos días cuando un domingo por la tarde me pregunta

– ¿Qué tal tu caza?

Bien, contesto, he bajado cinco perdices.

He de decir que cinco perdices pueden parecer pocas a quien las abate en ojeo o anda tras las fáciles perdices de granja. Pero estas mías son duras de andar, complicadas de bajar y difíciles de cobrar. Así que cinco es una buena percha.

– ¡Qué bien!, me responde.

– Sí, pero sólo he cobrado una.

– ¿Y eso?

– Bueno, es que ya te dije que es un terreno muy complicado. Y sin perro se hace aún mucho más difícil cobrar las que cazo…

Se quedó unos segundos elaborando la respuesta que yo esperaba. No me defraudó.

– Anda, cómprate un perro si quieres.

Así es ella. Todo corazón. Duro a veces pero noble siempre.

De modo que no di un minuto a una posible recapitulación. Le di un beso y un abrazo. Especiales, de agradecimiento. Y en cuanto se levantó me metí en internet a buscar criaderos por la zona.

Luego supe que no le gustó la rapidez de mi gestión. Habría ella preferido que yo sí diera pie a esa posible recapitulación

El caso es que ya tengo perro. La conversación relatada tuvo lugar el domingo, 7 de diciembre. El jueves 11, camino de Madrid, pasé por una aldea medio perdida cerca de Écija a recoger un braco alemán de cinco meses.

Esta es la breve historia de mi nuevo perro. Breve de verdad.

Les contaré, ahora, algo sobre cada uno de mis viejos perros. Advierto que es relato largo para lo que acostumbra este blog. Así que pueden seguir o parar. E, incluso, saltarse a los viejos perros para conocer el epílogo de la historia.

CAROLA

Carola nació antes de nacer yo. Tenía la edad de mi hermano Chiky, 14 meses mayor que yo.

No era perro mío, era de la familia. Es más, era familia. Vivió como unos 12 años y mis recuerdos están muy borrosos. Excepto uno, que no es recuerdo propio, sino relatado por mi madre. Se lo cuento.

Yo tenía cinco o seis meses y estaba, como es propio a esa edad, en la cuna; en un cuarto contiguo a la habitación de mis padres.  Carola solía acurrucarse debajo de mi cuna.

Mi madre andaba en la cocina, organizando la comida con las tatas (conmigo, ya éramos cinco hermanos). En esto, escucha unos gemidos extraños de la perra. Al acercarse, menos mal que se acercó, vio a mi hermano Chiky que, en pie junto a la cuna, blandía amenazante, sobre mí, el atizador de la cocina (en aquella época, las cocinas eran de carbón).

Los celos del benjamín destronado, supongo. El caso es que su intento de acabar conmigo se frustró. Lo más probable es que no hubiera tenido éxito, pero nunca se sabe…

Jamás le he guardado rencor.

Apenas tengo otros recuerdos de Carola. Mientras ella estuvo con nosotros tuvimos algunos otros perros: Dick , Nopy y Sussie, perros de agua de raza indefinida. Y Basilio, un mastín arlequinado al que yo tenía pavor.

A mis cinco o seis años, con Carola y Tía Gloria

FAG I

Carola murió a mis 11 ó 12 años. Pronto tuvo sustituto. Un día aparece mi padre con un perro lobo bastante feo, color marrón claro y rabo ensortijado, tipo siberian husky. Era algo más que cachorro y a nosotros nos pareció precioso.

Nos dijo que se llamaba Fag. Ante nuestra extrañeza por tal nombre, nos comentó que en realidad se llamaba “Fondo de Atenciones Generales”, el nombre del departamento donde se lo habían regalado, dijo. Y que era mejor llamarle por el acrónimo: FAG. Jamás le llamamos por su nombre completo; habría resultado ridículo y, sobre todo, poco práctico.

Chiky y yo disfrutamos como enanos con este perro. Le enseñamos a saltar vallas y alambradas. Era capaz de sortear con limpieza alturas de 1,80 metros.

Le enseñamos a pelear. No había perro que pudiera con él, excepto quizá Coquinero, otro perro lobo más grande que él y con una pinta terrible. Había en el barrio otro perro con el que daba gusto verlo pelear. Solía vivir en una furgoneta verde con carrocería de madera. Se llamaba Tritón.

Si mi hermano lee esto, recordará cómo excitábamos a Fag, estuviera donde estuviera, gritando el nombre de sus enemigos: “¡¡Tritón, Coquinero, Tritón, Coquinero!!” Se ponía a morir.

Y murió.

Chiky y yo estábamos internos en un colegio de Zaragoza. Nos llamaron por teléfono un fin de semana de abril de 1963 a casa de una de nuestras tías de allí para darnos dos noticias: que habíamos tenido un hermano nuevo, Iván, el octavo, y que habían atropellado a Fag frente a la puerta de casa, en la calle Ferraz. Tenía yo casi 15 años.

Fue una muerte trágica. El autobús casi lo partió en dos. Mi hermana Blanca estaba con él y acudió a su lado. El perro, como queriendo aferrarse a la vida, se aferró con una dentellada a Blanca abarcando con su bocaza antebrazo y pantorrilla. Treinta puntos bien cosidos, y el tiempo, borraron las huellas de la involuntaria agresión.

Pero algo de premonitorio tuvo. Veintiséis años después era mi queridísima hermana Blanca la que murió atropellada por un desalmado frente al mismo portal de Ferraz.

TOM

Dos años anduvimos sin perros. Ni los hijos lo reclamábamos ni a mis padres les apetecía. Pero está visto que éramos familia de perro. Así que fue el destino el que nos proporcionó a Tom.

Estábamos mi padre y yo en Puerta de Hierro, sacando de paseo a mi abuelo. Cuando ya nos volvíamos vemos un enorme perraco, un mastín leonés, dando vueltas en el exterior de la cafetería del club. Ante nuestra curiosidad, el camarero nos comentó que llevaba algunos días por ahí, que debía de estar perdido. Como le había echado algo de comer el primer día, ya no abandonó el lugar.

Nos acercamos y jugueteamos un rato con él. Tras unos momentos, mi padre y yo nos miramos. Apenas hicieron falta palabras. Me dijo ¿Nos lo llevamos a casa?

Así lo hicimos. Durante el trayecto de vuelta nos entreteníamos pensando en la manera de explicárselo a mamá. Temíamos que nos echara a los tres.

Entramos en casa, me quedo con Tom en el salón y va mi padre en busca de mi madre

– Blanca, hemos encontrado un cachorrito y nos lo hemos traído.

Cuando entra mi madre y ve al “cachorrito”, de más de 50 kilos, nos mira alternativamente. Nosotros, en silencio expectante; el perro, mirándola a ella, como sabiendo lo que estaba en juego.

Estas son las palabras que recuerdo:

– ¡Qué monada! ¿Nos lo vamos a quedar?

Y naturalmente que se quedó.

Tendría dos o tres años el perro y se quedó en casa otros siete u ocho.

Había una tata en casa, Lola, que llevaba muchos años con nosotros. Quería y cuidaba a Tom más que nadie. Lo mimaba, lo sobaba, lo abrazaba. Y Tom la adoraba. Un día, poco antes de su sacrificio, llamó un cartero a la puerta. Abre Lola y el cartero, al ver a tan enorme animal, da un paso atrás. Lola le dice:

– No se asuste, mi Johnny (ella le llamaba así) es más bueno que el pan. No haría daño a nadie.

Mientras esto dice, se agacha para darle un abrazo. Y cuando esto hace, Tom se vuelve con violencia y le da un mordisco terrible en la cara. El cartero huyó despavorido. Yo me llevé a Lola a urgencias donde le volvieron a colocar la mejilla, prácticamente arrancada, con varias decenas de puntos.

Tanto Lola como Tom olvidaron el asunto y retomaron su tierna amistad como si nada hubiera pasado.

Tenía algo de místico aquel perro. Recuerdo las noches en que le sacábamos al “club de los perros” (una concentración de amigos con perro en el Paseo de Rosales). Salíamos a las doce y hasta las dos no regresábamos. Una noche perdimos al perro. Vueltas y vueltas sin éxito hasta que un amigo nos dijo. “Lo he visto en el templo de Debod”.

Fuimos hacia allí, el antiguo cuartel de la Montaña, y vimos al perro. Estaba echado, con la cabeza erguida y las patas delanteras cruzadas, observando –como adorando– una de las arcadas del templo. Repitió la escapada en varias ocasiones, pero ya siempre sabíamos dónde encontrarle.

Como el dios Anubis. Algo de su sangre tendría.

Un mastín en un piso avejenta deprisa. Se me saltaron las lágrimas cuando vi cómo se dormía lentamente en la mesa del veterinario que le puso la inyección. Debía de ser el año 73.

A mis 17-18 años con Tom, en el jardín de San Carlos

FAG II

No pasé mucho tiempo sin perro. Creo que fue en 1975 cuando ella me regaló uno. El primero realmente mío. Aún no nos habíamos casado.

Me dijo: te regalo un perro si te apetece; elígelo y lo compramos.

¡Vaya si me apetecía! Lo busqué, lo apalabré  y lo fuimos a recoger a un criadero del Cerro de los Ángeles. Le costó cinco mil pesetas.

Era un setter irlandés precioso. Aunque su nombre de verdad era Danny Boy of Broad Acres yo le llamé Fag, como el perro que tuvimos de chavales con el que tanto nos divertimos. Llamarle por su nombre oficial también habría resultado ridículo.

Resultó ser de una línea extraordinaria. Lo llevé a exposiciones de belleza y consiguió algunos títulos de campeón nacional. Sin embargo, no me sirvió para la caza. Posiblemente por culpa mía. Tuve un accidente que me partió la pierna cuando el perro tenía 7 u 8 meses y no pude entrenarle para esa temporada. Luego, me dije, ya era tarde.

Un día lo llevé a los pantanos y arrozales del delta, a acuáticas. Bajé un azulón de un excelente tiro, que cayó en el prado pantanoso al otro lado del canal. Reté al perro que se lanzó bravo en su búsqueda. Saltó al canal, nadó, buscó el pájaro, lo encontró y…se quedó con él justo al otro lado del canal. No hubo manera de que me lo trajera.

Así que crucé yo el canal, era invierno, estaba frío y mis botas eran cortas. Cogí el pato y me fui. Fag vino tras de mí pero no volvió a cazar conmigo.

Murió de muy viejo, como a los 15 años. Recuerdo que ella y yo comentábamos a menudo la necesidad de llevarlo al veterinario para su último viaje. Cada vez que lo hacíamos, el perro, tumbado porque ya casi no podía levantarse, se incorporaba y medio saltaba como si fuera un cachorro.

Sin duda, entendía lo que hablábamos.

 

Preciosa estampa. Fag II en 1978

Preciosa estampa. Fag II en 1978

A Fag II también le enseñé a saltar

A Fag II también le enseñé a saltar

FAG III

Aún tuve un tercer FAG. Un Schnauzer gigante (Riessenschnauzer). Este no fue regalo de nadie. Teníamos en aquel tiempo un chalet grande en Pozuelo y pensé que sería bueno tener un perro guardián. Así que me lo regalé yo. Debía de ser el año 91 ó 92.

Era fuerte como un toro. Lo adiestré muy bien pero solo me hacía caso a mí. Cuando yo no estaba en casa (trabajaba mucho en aquella época) hacía lo que quería.

Por mucho que cerráramos el jardín y revisáramos cada posible agujero en la alambrada, siempre encontraba hueco por el que fugarse.

Un día me contó mi hijo mayor que preguntó a un vecino por su bóxer, que hacía tiempo no veía. El vecino le contestó: “¡Pero hombre Tano, qué me preguntas; si me lo mató tu perro!”

A mí me extraña mucho, porque de haber sido cierto me habría enterado y, desde luego, habría habido denuncia o jaleo de algún tipo. Pero así me lo contó el chaval.

Fag III no murió en casa. Me convencí de que no era el perro que debíamos tener y lo regalé.

Fag III, al que mi hijo pequeño llamaba "Mononegro".

Fag III, al que mi hijo pequeño llamaba “Mononegro”.

CHINO

Chino ha sido el mejor perro que he tenido. Fue regalo de un buen amigo de trabajo y de caza.

Era un teckel de pelo duro. Entró en casa cuando Fag III aún no había salido, en 95 ó 96.

Dicen de los teckel que son cabezotas y complicados de adiestrar, pero el mío no lo fue. Le dediqué interés y tiempo y terminó siendo el teckel mejor adiestrado, en disciplina y en caza, de todos los que conocí.

Me avisaba de las reses que se acercaban y yo aún no veía. Él tampoco, pero su olfato y la sensibilidad de sus plantas, que percibían el lejano trote a través del suelo, suplían con creces el hándicap de su escasa altura, que le impedía ver.

Acostumbrado a la “sesión de fotos” al final de la jornada de caza, a una señal mía se incorporaba y saltaba sobre la grupa, o se sentaba al lado, del guarro más espectacular. En cuanto escuchaba unos cuantos “click” entendía que ya tenía que bajarse.

Se subía a la grupa...

Se subía a la grupa…

Su lance más bravo. Estábamos en un pequeño cortadero de traviesa en el que nuestro puesto era el único.  Al pasar el perrero con su rehala, me cambio al otro lado de la raya. Tomo macuto, rifle y demás trastos, incluido perro, y cuando me estoy organizando al otro lado escucho una ladra aislada: un perrete trae un cochino de vuelta.

Dejo todo y tomo el rifle. Sujeto la correa de Chino (en el puesto siempre lo llevo con correa) pisándola con el pié. La ladra se acerca y rompe al cortadero una guarra enorme. Le acierto en los cuartos traseros y cae al lado contrario. El podenco que va tras ella se le echa encima. Chino, nervioso, se suelta de mi pie y se va a ellos. Revuelo de perro chico, perro grande y guarra enorme.

Dejo el rifle, saco en cuchillo y me acerco a rematar. Pero decido antes que  prefiero ver cómo se desarrolla la escena y espero junto al barullo. El podenco se aburre o se asusta y se marcha. Dejo que siga la escena y la lucha, ahora solos, entre Chino y el jabalí. Durante algo más de un minuto disfruto con la bravura de mi perro, agarrando cuando podía y esquivando tarascadas. Y, sobre todo, eludiendo el peligroso frente a frente.

Hasta que llega el momento en que veo cómo la cochina lo tiene ante su enorme boca abierta y el perro, agotado, parece incapaz de reaccionar.

Entonces, cuando ya sé que me toca a mí, afirmo el cuchillo y acabo el lance. Nos volvimos felices y orgullosos, con seis guarros cobrados.

Chino fue un magnífico compañero y un gran cazador. Superó varios lances con jabalíes pero no pudo superar una pelea con un perro de la familia. De la mía, no de la suya. En San Carlos, casa de veraneo familiar en tiempos, se enredó en una pelea con el drahtar de un sobrino. Casi lo parte en dos. Yo no estaba. Lo llevaron a curarse pero ya nunca fue el mismo.

Murió como mueren los perros de caza que no mueren de viejos o a colmillos de guarro. Bajo las ruedas de un coche.

Tampoco estaba yo. Debió de ser por 2003 ó 2004.

...o se sentaba junto al cochino más grande...

…o se sentaba junto al cochino más grande…

Estos han sido mis perros y esta su historia, breve y mal contada.

En cuanto a la historia del perro que inicia este relato, no la va a tener. Lamentablemente, no ha dado opción; ni a él de tener historia ni a mí de contarla.

Chino le llamé. Observarán que soy repetitivo con los nombres. Quizá sea porque de este modo, en un perro tienes dos, o varios, el que vive y el que recuerdas de su mismo nombre.

No me dio opción. La sexta noche de su vida conmigo, es decir el martes de la semana siguiente a su recogida, decidió escaparse. Durante esos días había estado algo acobardado por el cambio radical en sus costumbres: de su criadero al aire libre, correteando con sus hermanos y primos, al ruido de Madrid, a los ascensores, las puertas, el suelo de madera del piso o el asfáltico de la ciudad…

Esa sexta noche, víspera de mi vuelta al sur y al día en que ella lo conocería, y un par de días antes de su bautismo de campo en busca de las perdices bravas, estaba saliendo de su “depresión”. Le veía más animado, correteaba al extremo de su correa extensible, mantenía su corto rabo alzado en lugar de apretado contra el culo…En fin, parecía otro perro.

Un tirón fuerte de la correa me pilló desprevenido. Chino salió como alma que lleva el diablo, corriendo veloz y sin parar con la correa arrastrada…

Lo busqué casi toda la noche y parte de la mañana siguiente. Di razón de la pérdida donde había que darla, puse carteles…

Ya no creo que aparezca.

Y también creo que, si no aparece, jamás ya tendré perro.

Por eso me apetecía contarles la historia de los que sí tuve.

Como el perro de las lágrimas.

Como el perro de las lágrimas.

 ¿Cómo habría sido este perro? ¿Fiel como Carola? ¿Valiente como Fag I? ¿Noble como Tom? ¿Hermoso como Fag II? ¿Fuerte como Fag III?

¿Tan buen cazador como Chino?

Sin duda hubiera tenido algo de cada uno, fidelidad, valentía, nobleza, belleza, fortaleza y bravura cazadora. Porque, mal me está el decirlo, todos aquellos tuvieron algo de mí.

Pero lo que sí creo es que tuvo, en su vida efímera conmigo, más sensibilidad que ninguno. No digo que hubiera tenido; digo que tuvo.

Porque él supo, no sé cómo lo supo, que de haber vuelto ese miércoles conmigo a la casa del sur, donde ella nos esperaba, no hubiera sido feliz.

No sé cómo lo supo. No sé en qué pudo haber intuido esa ausencia de felicidad futura que le indujo a buscar, escapando hacia la oscuridad, la incertidumbre; quizá la muerte.

Fue una sensibilidad parecida a la que invadió al Perro de las Lágrimas, cuando ya la mujer del médico había logrado salvar a todos. Cuando el llanto inconsolable, por todo lo que había pasado, surgió en el lugar del alborozo por el triunfo conseguido.

El Perro de las Lágrimas bebió las lágrimas.

Chino se escapó para que no surgieran

AL MENOS UN ASNO HABÍA, SANTIDAD.

24 noviembre, 2012 11 comentarios

LA INFANCIA DE JESÚS

Muchos columnistas de diarios de papel y puntocom han encontrado fácil  inspiración esta semana en el anuncio del último libro del Papa Benedicto XVI: La Infancia de Jesús (ed. Rizzoli). Aunque relata sus años de infancia es, cronológicamente, el último de una trilogía sobre el mismo personaje: Jesús de Nazaret que edita la Librería Editora Vaticana.

A la espera de una lectura más sosegada cuando la obra esté en librerías me atrevo, con no menos derecho que esos columnistas, a escribir algo sobre el asunto.

Lo primero que llama mi atención, e incluso me conmueve, es que el Sumo Pontífice dedique su tiempo a asuntos que no parecen ser de extraordinario interés en estos momentos. Y no ha sido trabajo sencillo, según he podido descubrir, puesto que la obra es fruto de nueve años de trabajo, aunque interrumpido por su acceso al papado y, además, hecho “a golpe de azada”, es decir “a mano y a lapiz, sin otra ayuda que su memoria y su biblioteca”. No, no ha sido un trabajo sencillo…a mano y a lápiz….nueve años de trabajo…para sólo 147 páginas.

Pero en fin, tan asediada está la Iglesia con asuntos de calado, como el caso Vatileaks, la pederastia reconocida y la ocultada, las luchas de poder, los concordatos, privilegios y exenciones fiscales tan cuestionados por muchos, que no viene mal un impacto mediático como este, que no da lugar a conflictos internos, a ataques externos o a posiciones extremas de críticos, adeptos o simplemente observadores. Todos los comentarios periodísticos que he leído enfocan la crónica (o la crítica) desde una perspectiva simpática o, en el peor de los casos, irónica.

Yo no soy especialmente crítico ni adepto; soy más bien observador y, como tal, voy a observar desde la humildad y el profundo desconocimiento, algunas de las cosas sobre las que Ratzinger escribe:

La mula y el buey.

AL MENOS UN ASNO HABÍA, SANTIDAD

“En el evangelio no se habla de animales. Jesús no estaba acompañado en el pesebre de un buey ni de un asno. Aunque, tratándose de un pesebre, la iconografía cristiana…colmó esta laguna…María envolvió al niño en pañales como un reenvío anticipado de la hora de su muerte…”.

Lo más probable es que el Papa tenga razón. Dada la premura del viaje de Nazaret a Belén y el hecho de que, por razón del censo (que tal era el motivo del viaje) y de las aglomeraciones que atrajo, no había sitio disponible en las posadas, la familia debió de “alojarse” en una cueva. Y raro es que en las cuevas se encuentren animales domésticos, más propios de cuadras y establos, a no ser que Joséque no los tenía– los llevara. Pero sin duda sí que había, si no una mula, al menos un asno. El mismo que trajo sobre sus lomos a María durante el trayecto.

Es posible que así sucediera:

“El hijo de José y de María nació, como todos los hijos de los hombres, sucio de la sangre de su madre, viscoso de sus mucosidades y sufriendo en silencio. Lloró porque lo hicieron llorar y llorará siempre por ese solo y único motivo. Envuelto en paños, reposa en el comedero, no lejos del burro, pero no hay peligro de que lo muerda, que al animal lo prendieron corto.”

Los Reyes Magos.

Duda Ratzinger sobre la existencia de los Reyes Magos tal y como hoy los concebimos y, lógicamente, sobre los presentes que le llevaron: el oro, el incienso y la mirra.

“¿Qué clase de hombres eran esos que Mateo describe como Magos venidos de Oriente?” Se pregunta Ratzinger.

“Tal vez fueran astrónomos,..Pero los hombres de los que habla Mateo no eran únicamente astrónomos. Eran «sabios»; representaban el dinamismo inherente a las religiones de ir más allá de sí mismas; un dinamismo que es búsqueda de la verdad, la búsqueda del verdadero Dios, y por tanto filosofía en el sentido originario de la palabra.”. Concluye

Seguramente tendrá razón el Papa: serían astrónomos. Pero yo más bien creo que todo lo que rodea al nacimiento de Jesús (no a su concepción ni a su muerte y resurrección) fue mucho más natural de lo que la tradición iconográfica nos ha transmitido.

No es fácil pensar que a la cueva de Belén acudieran tres reyes, tres magos o tres sabios astrónomos. Pero sí lo es que, compadecidos por la triste situación de una pareja de jóvenes que no encontraron posada para acogerles –en ese frío invierno– en tan delicado trance, se acercaran tres pastores, que la tradición ha convertido en reyes, y que les ofrecieran presentes más adecuados a su cualidad de pastores que el oro, el incienso o la mirra: la leche, el queso y el pan.

Y así pudo transcurrir:

“El primer pastor avanzó y dijo, Con estas manos mías ordeñé a mis ovejas y recogí la leche de ellas. María, abriendo los ojos, sonrió. Se adelantó el segundo pastor y dijo, a su vez, Con estas manos mías trabajé la leche e hice el queso. María hizo un gesto con la cabeza y volvió a sonreír. Entonces se adelantó el tercer pastor, por un momento pareció que llenaba la cueva con su gran estatura, y dijo, Con estas manos mías amasé este pan que te traigo, con el fuego que sólo dentro de la tierra hay, lo cocí. Y María supo que era él.”

Hay oculto, en este tercer pastor, un personaje clave en la historia:

“Era aquel que en figura de mendigo se le había aparecido una y otra vez, aquel que hablando de sí mismo dijo ser un ángel, aunque sin precisar si del cielo o del infierno. María no pensó, al principio, que pudiese ser él, ahora comprendía que no podía ser otro.”

Era este último pastor más que un rey, más que un mago, más que un sabio astrónomo. Era el mismo Ángel Gabriel.

EL PRIMER PASTOR AVANZÓ Y DIJO…

La Concepción Virginal.

Mucha más enjundia tiene el asunto, ta complicado de entender, de la concepción virginal.

Le preguntan a Ratzinger: ¿Es cierto que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen?

Sí, sin reservas. Es su respuesta.

Porque el hecho de que  Ratzinger dude de la mula, del buey y de los reyes no es conflictivo. Le sale gratis e, incluso, le da un toque de humanidad al asunto. Pero ¿en la concepción virginal? Ah, en esto no, faltaría más, hasta ahí podríamos llegar: «la Iglesia siempre ha mantenido que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo».

¿Ausencia de intervención humana en la concepción? Qué complicado. O creemos a ciegas como dogma de fe, puesto que es asunto humana y científicamente inexplicable, o no creemos. No hay otra opción.

¿No hay otra opción? Quizá haya una intermedia, una mezcla de ambas ¿Cuál? Cualquiera que sea es, sencillamente, complicadísima: quizá la doble intervención, humana y divina. Aquella, utilizada únicamente como mediación necesaria puesto que, aunque el Espíritu fuera Santo, María era humana.

Es difícil creer en esta doble intervención, divina y humana. Pero quizá no tanto como sólo en aquella.

¿No podría haber sido…?

Fue el Espíritu el que primero impulsó la intervención del hombre…:

Un soplo de viento allí mismo nacido golpeó la cara de José, le agitó la barba, sacudió su túnica, y luego dio la vuelta a su alrededor como un remolino que atravesara el desierto, o quizá lo que así le parecía no era más que el aturdimiento causado por una súbita turbulencia de la sangre, el estremecimiento sinuoso que le recorría la espalda como un dedo de fuego, señal de otra y más insistente urgencia.

Sin pronunciar palabra, José entró en la cabaña, se acercó y apartó lentamente la sábana que la cubría. Ella desvió los ojos, alzó un poco la parte inferior de la túnica,…”

…y, después de suceder lo humano, intervino nuevamente el Espíritu para culminar su obra:

“Entonces, el cielo empezó a mudar. Poco a poco, casi sin que pudiera darse cuenta, el violeta se iba tiñendo y se dejaba penetrar por un rosa pálido en la cara interior del techo de nubes, enrojeciéndose luego, hasta desaparecer, estaba allí y dejó de estar, de pronto el espacio reventó en un viento luminoso, se multiplicó en lanzas de oro, hiriendo de pleno y traspasando las nubes, que, sin saberse por qué ni cuándo, habían crecido y eran ahora formidables, barcos gigantescos arbolando incandescentes velas y bogando en un cielo al fin liberado.”

ENTONCES EL CIELO EMPEZÓ A MUDAR…

Y el anuncio de Gabriel.

De todo esto, excepto de la intervención de José que vaya si la conocía, se enteró María cuando ya ante nadie podía ocultar su estado de gracia.

“En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María…El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? EL ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra…porque nada hay imposible para Dios.” (San Lucas 1:26-38)

En la versión alternativa, también este anuncio sobrenatural fue más humano. Igual que los reyes magos bien pudieron ser los pastores, el ángel Gabriel pudo haber sido un mendigo; aquel que amasó el pan que entregó a María cuando Jesús nació.

Y así fue como le anunció la buena nueva:

“Tendió María las manos para recibir la escudilla de barro…y, en el mismo instante en que el cuenco pasaba de unas manos a las otras, dijo el mendigo con poderosísima voz, que el Señor te bendiga, mujer, y te dé todos los hijos que a tu marido plazcan… María sostenía el cuenco en lo cóncavo de las dos manos, cuenco sobre cuenco, como si esperase que el mendigo le depositara algo dentro, y él, sin explicación, así lo hizo, se inclinó hasta el suelo y tomó un puñado de tierra, después, alzando la mano, la dejó escurrir lentamente entre los dedos mientras decía con sorda y resonante voz, El barro al barro, el polvo al polvo, la tierra a la tierra, nada empieza que no tenga fin, todo lo que empieza nace de lo que se acabó.

Se turbó María y preguntó, Eso qué quiere decir, y el mendigo respondió, Mujer, tienes un hijo en tu vientre y ese es el único destino de los hombres, empezar y acabar, acabar y empezar, Cómo has sabido que estoy embarazada, Aún no ha crecido el vientre y ya los hijos brillan en los ojos de las madres,… tú quién eres para no haber necesitado oírlo de mi boca, Soy un ángel, pero no se lo digas a nadie.“

EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO

Me he permitido, en un exceso que algunos llamarán irreverencia, poner juntas –que no contrastar, Dios me libre– algunas de las afirmaciones del Benedicto XVI con las de otro gran hombre. Un hombre del que la Academia Sueca, al concederle el Nobel, destacaba su capacidad de “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”.

He aquí otro punto en común entre estos dos grandes –y tan distintos– hombres. Porque ¿Hay realidad más huidiza que la que sostiene la iglesia en sus dogmas? ¿Hay mayor imaginación que la que contienen las parábolas bíblicas?

Quizá a muchos les escandalice este encuentro fugaz de textos  del Sumo Pontífice con los un filósofo como José Saramago, que fue además miembro del partido comunista. Yo tengo mucho respeto por Benedicto XVI como Papa y por Joseph Ratzinger como teólogo. Y también lo tengo por el gran escritor que fue Saramago. Y este motivo del libro papal, bienvenido sea, me ha permitido leer al primero y releer al segundo

Su obra El Evangelio según Jesucristo (1991), de la que los textos reflejados como “opciones alternativas” han sido extraídos, fue vetada en su país natal, Portugal, y fue muy criticada por gran parte de la sociedad. A mí, como casi toda la obra de Saramago, me enterneció.

Dicho lo cual, acepto todas las críticas que se me hagan por quien considere que he tratado con irreverencia o con simple indelicadeza tan sensible asunto.

—————————–

En cualquier caso, Jesús es un amigo. Hubiera o no animales en la cueva donde nació, fueran reyes o pastores quienes le cumplieron visita y fuera cual fuera el proceso exacto de su concepción, demostró a lo largo de su corta vida terrenal que fue un buen hombre y que hizo el bien por donde pasó. Así lo cuentan y así lo creo. En cuanto a su otra vida, quienes en ella creen le siguen considerando su amigo.

Por eso no está de más despedir estas palabras con un himno cristiano en su honor. No es canción góspel, que aunque a mí me gusta aburre a muchos. La letra, en forma de poema, es de Joseph Scriven (1885). La música la puso Charles Crozat. Y os la dejo en una versión que recuerda más al country que al góspel. Canta Alan Jackson.

WHAT A FRIEND WE HAVE IN JESUS

¿Podemos encontrar un amigo tan leal

Que comparta todas nuestras penas?

  1. What a friend we have in      Jesus,
    All our sins and griefs to bear!
    What a privilege to carry
    Everything to God in prayer!
    Oh, what peace we often forfeit,
    Oh, what needless pain we bear,
    All because we do not carry
    Everything to God in prayer!
  2. Have we trials and      temptations?
    Is there trouble anywhere?
    We should never be discouraged—
    Take it to the Lord in prayer.
    Can we find a friend so faithful,
    Who will all our sorrows share?
    Jesus knows our every weakness;
    Take it to the Lord in prayer.
  3. Are we weak and      heavy-laden,
    Cumbered with a load of care?
    Precious Savior, still our refuge—
    Take it to the Lord in prayer.
    Do thy friends despise, forsake thee?
    Take it to the Lord in prayer!
    In His arms He’ll take and shield thee,
    Thou wilt find a solace there.
  4. Blessed Savior, Thou hast      promised
    Thou wilt all our burdens bear;
    May we ever, Lord, be bringing
    All to Thee in earnest prayer.
    Soon in glory bright, unclouded,
    There will be no need for prayer—
    Rapture, praise, and endless worship
    Will be our sweet portion there.

SALOMÓN, AHMED Y OTRAS MAJESTADES

16 abril, 2012 5 comentarios

Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes.

….

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

(De un poema de Rubén Darío A Margarita Debayle)

Los elefantes y la realeza han estado siempre muy unidos. Fuere como regalo a Princesas o aliados, como ayuda para las batallas o, simplemente, como objetivo de caza.

Pero no son los elefantes víctimas exclusivas de reyes o poderosos. También fueron utilizados para diversión de todos y luego muertos en la humillación de una vejez cautiva o condenados por haber tratado de recuperar, en un momento de lucidez, su naturaleza salvaje.

Estos últimos días, la sociedad se ha convulsionado por el accidente de un rey que estaba cazando un elefante. Los frentes se han abierto contra el Rey cazador, no tanto por el hecho de la caza como por su oportunidad, dadas las circunstancias críticas por las que el Reino transita. Muy pocos lamentan el accidente del Rey; muchos lloran, con lágrimas de cocodrilo, la intuida muerte del elefante.

No hablaré ahora (ya antes lo hice) del suceso, que ya muchos lo han hecho y lo seguirán haciendo. No caeré aquí en la demagogia de las comparaciones ni en la sensiblería de la crueldad de la caza pues, aunque no de elefantes, yo mismo soy cazador. Hablaré de los elefantes; de sus majestades, los Elefantes. Y si algún rey sale mencionado, como en el poema de Rubén Darío que encabeza este escrito, será solo por necesidades del guión.

Quizá sea ocioso hablar de las características físicas de los elefantes, pues de sobra son conocidas. Quizá no tanto sus cualidades “morales”. Su capacidad de comunicación, su lenguaje, es muy superior a la de la mayoría de las especies, Su capacidad de trabajo, no solo por su fuerza bruta, también; son capaces de trabajar en equipo, ayudándose mutuamente e incluso especializándose. Su conciencia, en términos de memoria y de manifestación de determinados sentimientos –afecto, odio, celos– es notable.

Hay en la historia, real y ficticia, elefantes nobles y heroicos que vivieron y murieron en libertad o, al menos, en una libertad relativa. Pocos se conocen porque de los elefantes realmente libres, apenas se saben vidas ni se conocen nombres.

Pero la historia también nos habla de otros elefantes, la mayoría, nobles en naturaleza pero humillados en vida. Algunos de ellos, como quedó dicho, fueron muertos cuando mostraron al mundo su naturaleza salvaje casi perdida.

Recordemos algunos.

SALOMÓN (El Viaje del Elefante)

Salomón.

Hay mucha literatura que habla de elefantes; casi toda sobre su caza. Sólo algunos libros hablan de ellos como personajes y no como víctimas. Destacaré a Salomón (que fue luego Solimán), el protagonista de  El Viaje del Elefante, una deliciosa obra del Nobel José Saramago. El libro cuenta la historia –real, según su autor– del viaje de Salomón, un elefante asiático que el Rey  Juan III de Portugal quiso regalar a su primo, el archiduque Maximiliano de Austria.

Los elefantes no son regalos que puedan empaquetarse y entregar en mano, de modo que Salomón emprendió un largo y fatigoso viaje entre los dos países. Salomón hace gala, durante las muchas jornadas del periplo, de sus dotes de animal inteligente. Todo gira alrededor del elefante y, también, de su muy juicioso cuidador, el cornaca Suhbro. No era habitual, en aquella Europa del siglo XVI, ver un elefante rodeado de una impresionante parafernalia de soldados, escuderos, carros de heno, cuidadores, nobles y otros oficios que, además, era despedido con tristeza por un Rey en origen y recibido con alegría por otro en destino.

Salomón llega a ser consciente de que es él el protagonista de tan curiosa aventura. De lo que nadie sabe que lo sea es de los milagros que, con su necesaria participación, se producen en pueblos y ciudades. Salomón y Suhbro si lo saben. Ambos respiran por la misma trompa y piensan con el mismo cerebro; son, en fin, uña y carne.

Salomón llegó triunfal a Viena en medio de los vítores del pueblo que, conocedor de la leyenda que le precedía, fue además testigo directo de cómo salvó a una niña de pocos años cuando todos pensaban que moriría aplastada bajo sus enormes patas. Murió, intuyo que feliz, dos años después de su llegada a Viena.

Ninguno de los que le conoció, vio pasar, oyó hablar de él o leyó el relato de Saramago, podremos olvidar a Salomón.

JUMBO

Jumbo.

Si Salomón fue un “real” elefante, por la gente a la que perteneció, fue Jumbo un elefante real, es decir, conocido e identificado, “con cara y ojos” como dirían algunos. Y no era, como aquel, asiático. Jumbo era un elefante africano, un verdadero Loxodonta Africana que vivió en la segunda mitad del siglo XIX. He de decir que también fue un elefante viajero.

Su itinerario vital partió de su Abisinia natal. Estuvo en París, Londres, Estados Unidos y Canadá, donde murió. Dicen, yo no lo creo, que ha sido el elefante más grande del mundo. De ahí, quizá, su popularidad.

Tuvo Jumbo una muerte triste, aunque no indigna, y desde luego impropia de un elefante. En 1985 fue atropellado por una locomotora cuando, junto con su cuidador, se disponía a embarcar en el tren de la estación de Ontario, en Canadá. Cuentan las crónicas que su cuidador lloró su pérdida durante mucho tiempo.

Fue, al menos, un elefante admirado y querido, no sólo utilizado.

AHMED (Museo nacional de Nairobi)

Ahmed.

Grande de entre los grandes, el de los largos colmillos. En tamaño, majestad y dignidad. De este si puedo creer que fuera el elefante más grande que jamás haya existido. Nunca perdió la libertad, nunca viajó fuera de su hábitat natural, en Kenya. Por eso, por haber sido libre y por no haber sufrido manipulación del hombre, creo firmemente que ha sido el paquidermo más grande, en todos los sentidos de la palabra.

Ahmed vivió feliz durante la mayor parte de su vida (desde que esta fue conocida y antes de que lo fuera) en la reserva Keniata de Marsabit. Vivió feliz y murió con grandeza. No derribado por un disparo como los elefantes sin nombre, no atropellado por una locomotora como Jumbo, no en un circo como Topsy, no en un zoológico como tantos otros. Murió de viejo y en libertad, como mueren los grandes elefantes. Hoy, con su majestuosa naturaleza inmortalizada en el desierto de Nairobi, es un símbolo en Kenia, por cierto uno de los pocos paises africanos donde está prohibida la caza.

Gloria por siempre para Ahmed.

ABUL ABASS

Abul Abass.

Ya que hablamos de elefantes viajeros, diré que Abul fue el primero que visitó la Europa del norte. Mucho antes, Anibal el cartaginés ya había cruzado los pirineos de norte a sur con su ejército y sus elefantes de guerra.

Abul fue un regalo que hizo el califa Harun al-Rachid al emperador Carlomagno a finales del siglo VIII. Fue también elefante de guerra, pero no murió en guerra. Después de una vida relativamente placentera, pues era juguete de rey como lo fue Salomón, enfermó de neumonía por causa de su afición a los baños.

Nadie pensó, ni él, que las aguas del Rin son mucho más frías que las del Indo. Jamás el cornaca Suhbro, el de Salomón, habría permitido que Abul se sumergiera en las helazas corrientes del Rin.

TOPSY

Topsy, Mary, Black Diamond.

Entramos en la categoría de los elefantes tristes. De los que tienen la trompa curva que, como dice la tradición hindú, trae malos augurios. Son los elefantes de circo. Los que desde muy jóvenes fueron capturados, entrenados y encerrados para felicidad de los hombres cuando estos son, aún, niños.

En los circos, son más comunes las elefantas que los machos. Parece que son, al contrario que en otras especies (y no me refiero a ninguna en concreto), notablemente más dóciles y fáciles de convencer que sus congéneres masculinos. Tan solo lo parece; el caso, como veréis, es que una hembra que se rebela tiene más peligro que una estampida de grandes machos. Sabido es que las elefantas viejas, también llamadas “matriarcas“, son las que dominan y dirigen la manada. Incluso los ejemplares machos mayores acuden a su protección y liderazgo cuando la presencia de un depredador (manadas de leones en busca de criaturas jóvenes) es intuida.

Topsy trabajó en un circo, en el Forepaugh, de Coney Island. Pero, siendo “mujer”, no puso fáciles las cosas. Cuando decidió elevar la trompa al cielo de la carpa para recuperar su dignidad, mató a tres o cuatro de sus domadores. No resulta extraño que fuera condenada a muerte. Pero es asombroso conocer que, en el país de la silla eléctrica y aun antes de ser ésta inventada, fuera ejecutada por similar procedimiento. A la sazón, Edison andaba con sus experimentos y decidió que era oportuno probarlos con Topsy. Así, se le aplicaron, tras calzarle zapatos de metal, 6.600 voltios de muerte. Como era un circo, la muerte se produjo ante más de mil personas. Edison sacó partido de la hazaña produciendo una película que se expuso en teatros de medio mundo.

Triste vida, triste muerte la de Topsy. Como lo fue la de Mary, otra elefanta de circo (Sparks World Famous Show)  castigada por matar a uno de sus domadores. Me resisto a relatar su truculenta muerte.

Y como lo fue la de Black Diamond, también explotado en un circo y, como las anteriores, condenado a muerte por mostrar su lado salvaje y vengarse de algunos humanos. La ley del talión.

…………………………..

De todas las vidas de todos los elefantes, las más conocidas son las de los de circo. Pero son, también, las más tristes. Pocos elefantes libres fueron individualmente conocidos o, mejor dicho, tuvieron el deshonor de recibir nombres dados por los hombres. Excepto el grandioso Ahmed.

Y de todas estas historias de todas aquellas vidas, me quedo con la de Salomón, que vivió su etapa del viaje como un rey a pesar de ser cautivo. Se le quiso, se le admiró; y se le dejó morir cuando él quiso morir.

Como sublime colofón de las imágenes que incluyo en este artículo, os dejo una preciosa imagen de elefantes, más bien de Olifantes, cuyo nombre original era Mumakil. Fueron los Olifantes, originales de las tierras australes de Harad, los que utilizaron los Haradrim en la batalla de la Tierra Media contra Saurón, el Señor Oscuro, el más poderosos de los servidores de Morgoth.

¿Qué otra canción podría incorporar a esta entrada que no fuera The Elephant Song? Es muy posible, es casi seguro, que no la conozcáis. Escuchadla. La canta Kamhal, cuya voz recuerda a la de Eddie Arnold.

 

Decidme, preguntó el elefante

Decidme hermanos, si podéis

Por qué estando el mundo lleno de criaturas

Tenemos que vivir temiendo al hombre

Decidme, preguntó el elefante

Por qué ha de ser así.

Tenemos que escapar de hombres y cazadores

Nunca a salvo, nunca libres.

 


The elephant song

Tell me said the elephant
Tell me brothers if you can
Why all the world is full of creatures
Yet we grow in fear of man
Tell me said the elephant
tell me why this has to be
we have to run from man and hunter
never safe and never free

refrain:

-people kill without regret
although they fly by jumbo-jet
let the word all may remember
let the children not forget.

Gentle is the elephant
Pulling loads and everything
we love to hear the children laughing
when we,re in the circus-ring
Happy was the elephant
Happy was his jungle life
and then they came, the cruel hunters
with their rifle and their knives

refrain:…

Listen, please listen, said the elephant
if we want the world we know, to stay alife
Then man and beast, we must work together
And together we will survive

Listen said the elephant
It is conservation time
So take the warning when we trumpet
For the future of mankind

DE RATAS (gigantes, mutantes, de dos patas)

3 febrero, 2012 2 comentarios

La lectura del Antiguo Testamento inspira sentimientos variados; desde el humor, cuando es Caín quien nos la cuenta a través de la magistral pluma de Saramago, hasta el horror que nos provoca la lectura directa de algunos de sus libros.

 Uno de los relatos más impactantes (Éxodo) es el de las diez plagas de Egipto con las que Yahveh castigó al faraón por no liberar a los judíos. De las diez plagas, cuatro fueron en forma de masivas invasiones de animales: las ranas, los mosquitos, los animales silvestres y las langostas. Raro es que Dios no pensara en las ratas en lugar de las ranas, bichos estos que no muerden, no roban comida, no transmiten enfermedades, no tienen lo que se dice un mal carácter y, además, han cobijado príncipes bajo su verdosa y viscosa piel. Desde luego, las ranas inspiran cualquier cosa menos terror. Para mí tengo que se trató de un error de comprensión de Moisés que creyó entender a Yahveh  “ranas” en lugar de “ratas”; o de Aarón que fue quien ejecutó la orden de Moisés. Aunque ignoro si en el lenguaje en que Yahveh transmitía sus instrucciones -quizá el hebreo-  ambas palabras eran tan similares como los son en nuestra lengua.

 El caso es que la plaga de las ratas, pendiente desde la biblia, la estamos sufriendo ahora. Cada semana se conocen nuevos casos. Las ratas invaden poblaciones que en tiempos fueron seguramente suyas y ahora están pobladas por humanos. La más reciente, en la Isla de Montecristo, donde se ubicaba la legendaria prisión en la que, según contó Alejandro Dumas, encerraron a Edmond Dantés, el Conde de Montecristo.

La isla tiene cuatro kilómetros cuadrados; pertenece al archipiélago toscano y está muy próxima a la isla de Giglio, junto a cuyo litoral aún permanece escorado, reposando sobre el fondo del mar, el Costa Concordia. Supongo que la rata que abandonó el barco antes que la tripulación y el pasaje, la rata Schettino, es de diferente especie que las ratas negras. El caso es que en Montecristo, deshabitada de humanos –tan solo mora en ella un guardia y su familia-, viven hoy unas diez mil ratas negras.

Montecristo no es caso aislado. Desde hace algunos años vienen sucediendo plagas de roedores. En estas últimas semanas las ratas han invadido algunas ciudades de México, parte de las islas Galápagos, varias ciudades de Centroamérica, Brisbane (Australia), Soweto (Sudáfrica)….Y, en menor medida, algunas ciudades españolas como Tenerife, Oviedo, Barcelona…

En algunos lugares, bien sea por inmigración de países exóticos o porque estén mutando, las invasoras son ratas gigantes. Como las de Bradford, (UK), las del Bronx (NY), las de Bogotá o de Florida. He leído que una rata inglesa, muerta a tiros por un ciudadano, tenía nada menos que 78 centímetros de longitud.

Las ratas están unidas a los humanos desde tiempos remotos. Tenemos, con ellas, gustos comunes. A los humanos nos gusta producir basura; a las ratas devorarla. Nosotros vivimos en ciudades; ellas en nuestras alcantarillas y en nuestros sótanos. Las ratas nos conocen, nos necesitan y nos envidian; nosotros las despreciamos y las tememos. Y tienen, además, una enorme ventaja sobre nosotros. El hombre (la mujer) procrea entre cero y cinco criaturas en ochenta años; la capacidad de reproducción de las ratas es asombrosa: en menos de un año, un solo ejemplar procrea cincuenta nuevas ratas. ¿Adónde llegaremos en unos años si no las combatimos con eficacia?

No es solo el hecho de que compartamos alimentación y hábitat lo que nos acerca a ellas. La utilización de las ratas como cobayas, introduciendo en su organismo virus humanos e inoculando en humanos los anticuerpos que ellas crean, está provocando una mutación en doble dirección. Las ratas se agigantan; pronto irán perdiendo su cola, que no utilizan; pronto, algunas especies ya lo hacen, andarán sobre sus patas traseras y aprenderán a utilizar sus “manos” para otros menesteres; y pronto, conforme vayan adquiriendo nuestras habilidades, iremos perdiendo el temor que nos producen y las iremos adoptando como mascotas. Y este contacto, cada vez más próximo, está produciendo efectos. De la misma manera que ellas invaden nuestras casas y comen nuestra comida, muchos humanos adquieren hábitos de comportamiento que hace poco solo eran atribuibles a las ratas.

Como en el relato de La Peste que nos dejó Mario Camús, las ratas fueron apareciendo aisladas al principio; no se les daba importancia. Demasiado tarde, cuando empiezan las enfermedades y las muertes, los habitantes de Orán se hacen conscientes de la situación. Las ratas invaden la ciudad y la peste comienza a corromper a los hombres. ¿Qué hacen las autoridades? Primero niegan la evidencia; cuando no tienen otro remedio que aceptarla, crean una comisión de desratización ineficaz; cuando ya no pueden combatirlas, cierran la ciudad a los que quieren entrar y a los que quieren salir. La crisis social y económica se adueña de la ciudad.

Hoy no tenemos más que leer la prensa, escuchar la radio o ver la televisión para cerciorarnos de que las ratas mutantes, las ratas humanas están entre nosotros. Aún no son plaga, pero ya son demasiadas. Hablan, andan, visten y comen como nosotros. Tal es su parecido físico, tal la perfección de la mutación, que las creemos de los nuestros. Adoptan nuestras costumbres y, poco a poco, van copando los sillones del poder, los micrófonos de los medios, los puestos en los consejos de las grandes empresas… A veces, incluso las tomamos como ejemplos, como mitos, como ídolos a los que emular.

Pero son ratas. O, al menos, actúan como ratas. Aprovechando que carecemos de armas eficaces para descubrirlas primero y exterminarlas después, se introducen en los resortes de poder financiero o político y, al principio con cautela y después con descaro, roban, engañan, manipulan y corrompen todo lo que tocan. Todos conocemos ratas mutantes, ratas de dos patas. Pero poco podemos hacer por defendernos porque no tenemos las armas adecuadas; embaucados por su juego, hemos prescindido de ellas.

Nuestro esfuerzo debe dirigirse a protegernos de la mutación; a no convertirnos también en ratas.

En Orán, la peste acabó y las ratas fueron exterminadas. Aquí, aún estamos lejos de acabar con ellas. Los hombres, los que aún no somos ratas, estamos perdido el control. Estamos mezclados con ellas y solo nos salvará mantenernos humanos, no caer en la inmundicia moral de las ratas y, ya que no podemos combatirlas, escapar de ellas manteniendo intacta nuestra dignidad.

————–

¿Música de ratas? No he encontrado apropiada. Hoy prescindo de mis Dylan, Seeger, Guthrie, Baez, Sabinas y Serrats porque, aunque cantaron mucho sobre la indignidad, no se les conocen cantos a las ratas. Pero he encontrado un simpatiquísimo corrido de Paquita la del Barrio. Verdaderamente enfadada por alguna deslealtad amorosa, pone a caldo al culpable. No he oído tantos insultos juntos en mi vida.

Escuchadla. Merece la pena. Y pensad, mientras la escucháis, en cualquiera de las ratas mutantes que tenemos entre nosotros.

Paquita La Del Barrio – Rata De Dos Patas

Rata inmunda
animal rastrero
escoria de la vida
adefesio mal hecho

Infrahumano
espectro del infierno
maldita sabandija
cuánto daño me has hecho

Alimaña
culebra ponzoñosa
deshecho de la vida
te odio y te desprecio

Rata de dos patas
te estoy hablando a ti
porque un bicho rastrero
aún siendo el más maldito
comparado contigo
se queda muy chiquito

Maldita sanguijuela
maldita cucaracha
que infectas donde picas
que hieres y que matas

Alimaña
culebra ponzoñosa
deshecho de la vida
te odio y te desprecio

Rata de dos patas
te estoy hablando a ti
porque un bicho rastrero
aún siendo el más maldito
comparado contigo
se queda muy chiquito

Me estás oyendo inútil
hiena del infierno
cuanto te odio y te desprecio!

Maldita sanguijuela
maldita cucaracha
que infectas donde picas
que hieres y que matas

Alimaña
culebra ponzoñosa
deshecho de la vida
te odio y te desprecio

Rata de dos patas
te estoy hablando a ti
porque un bicho rastrero
aun siendo el mas maldito
comparado contigo
se queda muy chiquito.

Y TU TRABAJO ¿TE HACE FELIZ?

3 diciembre, 2011 2 comentarios

El trabajo es cosa buena,

es lo mejor da la vida;

pero la vida es perdida

trabajando en campo ajeno.

Unos trabajan de trueno

y es para otros la llovida.

Así lo cantaba Atahualpa Yupanki, Héctor Roberto Chavero por desconocido nombre. El gran poeta y cantor argentino hizo bien en mudar el nombre. El suyo propio nada significaba. En cambio, Atahualpa (gallo, en quechua) era nombre de un dignísimo Rey Inca, enemigo y luego amigo de Francisco Pizarro y por él traicionado y ejecutado.

“Atahualpa fue hijo de Huayna Cápac y Tocto Coca, nieta del Inca Pachacútec. Nació en el Cusco, pero desde niño residió en Tumibamba y Quito acompañando a su padre en las campañas del norte. Siendo joven mostró valentía , inteligencia y carisma, por lo que se convirtió en uno de los hijos predilectos del Sapa Inca; muy querido, además, por la nobleza norteña y los principales generales de la región.”

Yupanki es la palabra quechua que significa “el que viene de tierras lejanas para contar algo”. Bendito lenguaje que dice tanto con tan poco.

 El Payador Perseguido, al que pertenece la copla que encabeza, es un extenso poema en el que Yupanki mezcla su biografía, su pensamiento y el mundo que le tocó vivir, con estilo y métrica que recuerdan al Gaucho Martín Fierro, de José Hernández. El payador  trabajó mucho y en muchas cosas. Tuvo trabajos dignos y de esclavo; de azada y de pluma; fue emigrante y fue, sobre todo, explotado. El trabajo de Atahualpa, más digno y feliz fue, como su nombre indica, nada más y nada menos que contarlo.

El payador trabajó como cantero, panadero, leñador, cargador, pelador de cañas, pinche de escribanía, campesino, arriero, carpintero, pastor de ganado y muchas otras cosas más. Mucho se movió de un lado para el otro por las pobres tierras de la pampa:

Tal vez otro habrá rodao
tanto como he rodao yo,
y le juro, creameló,
que he visto tanta pobreza,
que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó.

Yupanki cantó su propia vida en la vida del payador. En sus cantos y en sus poemas nos deja su pensamiento, sus sufrimientos, su alma. Pero Yupanki también fue lo que el payador no pudo ser. Fue tenista, boxeador, periodista, maestro de escuela, tipógrafo, cronista y, fundamentalmente, poeta y cantor. No se tenía por artista, era cantor social. Cantaba para los suyos y relataba lo que veía, lo que vivía, que no era otra cosa que pampa y miseria:

Cantor que cante a los pobres
ni muerto se ha de callar
pues ande vaya a parar el canto
de ese cristiano
no ha de faltar el paisano
que lo haga resucitar

Si alguna vuelta he cantao
ante panzudos patrones
he picaneao las razones
profundas del pobrerío
yo no traiciono a los míos
por palmas ni patacones.

Si uno canta coplas de amor
de potros de domadores
del cielo y las estrellas
dicen qué cosa más bella
si canta que es un primor;

Pero si uno como Fierro
por ahí se larga opinando
el pobre se va acercando
con las orejas alertas
y el rico bicha la puerta
y se aleja reculando

Yupanki fue persona humilde; la vanidad no iba con él, mala yerba decía que era…

La vanidad es yuyo malo
que envenena toda huerta
es preciso estar alerta
manejando el azadón
pero no falta el varón
que la riega hasta en su puerta.

…pero lo cierto es que, como todo aquel que ama  lo que hace, se dejó vencer por esa misma vanidad en una de las últimas coplas de su milonga. Quizá no fuera vanidad, sino tan solo empeño en dejar testimonio, en que su canto le sobreviviera:

 Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad.
Y aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones,
han de vivir mis canciones
en la alma de los demás.

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¿A qué viene todo esto? ¿Por qué esta entrada tan difusa?

En primer lugar, porque me apetecía rendir homenaje a Atahualpa Yupanki. Fue hombre íntegro.Tenía honor, dignidad y arte. Como Larralde, Cafrune o Cabral, es de esos cantores que te impactan y te hacen pensar cuando eres joven. Si cuando viejo lo rememoras, vuelve tu alma por unos momentos a los años de juventud.

Y además, porque me vino a la memoria el cantor y su payador cuando, hace pocos días, leí un estudio realizado por la Organización Nacional para la Investigación de la Universidad de Chicago en el que se establecía una clasificación de trabajos según la felicidad o insatisfacción que generaban en el actor. Yupanki y su payador acumularon en sus vidas tantos trabajos que seguramente, me dije, ellos solos podrían haber dado contenido a este estudio.

El payador era persona infeliz; se sentía explotado, cambiaba mucho de trabajo y de “centro de trabajo”. Tan pronto andaba en la rocosa cantera, como en los bosques, en la pampa, en las sierras…Pero cuando el payador se iba transmutando en su autor, en Atahualpa, cuando comenzó a “relatarse a los otros” y dejó de pensar en él, empezó a ser feliz.

Terminó su historia, la del payador, dejó todo, tomó su caballo criollo, fuera flete o mancarrón, y se fue. Nada más necesitaba; ni destino al que ir, ni casa en la que guarecerse:

Ahora me voy no se a donde
pa mi todo rumbo es bueno
los campos con ser ajenos
los cruzo de un galopito
guarida no necesito
yo se dormir al sereno.

Y con ese galopito, el payador Yupanki dejó su vida y la de los demás. Tras contar su propia historia, pidió que le olvidaran. Él mismo empezó a hacerlo en el momento en que el sol del ocaso le cegaba la mirada:

No me nuembren que es pecao
y no comenten mis trinos
yo me voy con mi destino
pal lao donde sol se pierde
tal vez alguno se acuerde
que aquí canto un argentino

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Así, nos topamos con el trabajo bueno y el trabajo malo, el que te da felicidad y el que te la quita. El trabajo como bendición y el trabajo como maldición.  
Aunque la literatura religiosa siempre lo plantea como bendición, fue precisamente su primer libro, el Génesis, el que nos lo presenta como castigo por haber cometido pecado:

“Y dijo Dios al hombre: Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Él te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás!”. (Génesis 3:17-19).

Aunque, ya puestos, mejor que Moisés en el Génesis lo describe José Saramago en su “Caín”, irónica y muy divertida interpretación de la biblia y de la extraña y perversa personalidad del creador.

“…Y qué hiciste, mujer perdida, mujer liviana, cuando despertaste de tan bonito sueño, Me acerqué al árbol, comí del fruto y le llevé a adán, que también comió, Se me quedó aquí, dijo adán, tocándose la garganta, Muy bien, dijo el señor, ya que así lo habéis querido, así lo vais a tener, a partir de ahora se os ha acabado la buena vida, tú, eva, además de sufrir todas las incomodidades del embarazo, incluyendo las náuseas, también parirás con dolor, y, pese a todo, sentirás atracción por tu hombre, y él mandará en ti, Pobre eva, comienzas mal, triste destino va a ser el tuyo, dijo eva, Deberías haberlo pensado antes, y en cuanto a tu persona, adán, la tierra ha sido maldecida por tu causa, con gran sacrificio conseguirás sacar de ella alimento durante toda tu vida, solo producirá espinos y cardos, y tú tendrás que comer la hierba que crece en el campo, solo a costa de muchos sudores conseguirás cosechar lo necesario para comer, hasta que un día te acabes transformando de nuevo en tierra, pues de ella fuiste hecho, en verdad, mísero adán, tú eres polvo y en polvo un día te convertirás.” (Caín, José Saramago, cap. 1)


“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”; “Solo a costa de muchos sudores conseguirás cosechar lo necesario para comer”
¿No es esto denigrar, maldecir el trabajo?

El trabajo, como concepto, no es maldición ni bendición. Es nada más, y nada menos, un medio. Un medio necesario para que el mundo no se detenga y la especie no se extinga. El mundo podría haberse concebido de otra manera, podría haberse detenido cuando el hombre, aún mono, como las hormigas, como las cigüeñas o como las hienas, trabajaba lo justo para conseguir a su hembra y sustento y cobijo para él y los suyos.

El problema es que, fuera según inventó Moisés o según estudió Darwin, se nos concedió un poco más de cerebro que al resto de las especies. Pronto empezamos a crear necesidades que en origen no teníamos. Y, así, el trabajo se convirtió en medio para ganarnos la vida y para progresar. Pero también para atesorar lo que no necesitamos y para robar lo que no tenemos; para odiar y ser odiados; para envidiar y ser envidiados; para oprimir y ser oprimidos; para fabricar armas y matar con ellas; para hacer guerras y para comprar paces. Y, en esta evolución, a unos les toca producir el alimento y a otros fabricar las armas. A unos procesar aquel y a otros matar con estas. Y, casi todos, están insatisfechos con la suerte que les ha tocado.

Pero hay algunos que se escapan, al menos colectivamente, según el estudio al que antes hice referencia. Porque, efectivamente, hay trabajos que generan felicidad. Y, curiosamente, con muy pocas excepciones, son aquellos cuyo objetivo es el de ayudar al prójimo, incluso siendo, también en general, actividades de baja remuneración comparativa. Son interesantes las conclusiones.

Encabezan el “ranking”de la felicidad en el trabajo los sacerdotes, o quienes dirigen iglesias en general. Su “equidistancia” entre los dioses y los hombres, entre el cielo y la tierra y el respeto que en general infunden son causas probables de su privilegiada posición.

Es curioso conocer que el segundo lugar lo ocupan los bomberos. No están bien pagados, desde luego, pero igual que la función de salvar almas y enviarlas al cielo satisface a los clérigos, tratar de que, aun a riesgo de la vida propia, se queden en la tierra debe de ser muy gratificante.

Y más aún sorprende el tercer puesto. Asómbrense: los fisioterapeutas. Sin duda, tampoco se harán millonarios con su trabajo, pero está claro que si salvar alamas o cuerpos genera felicidad, manosearlos para quitar el dolor no se queda atrás.

Tras los fisioterapeutas son, por este orden, los más felices: escritores, profesores de educación especial, maestros, artistas, sicólogos (Yupanki fue todo esto). Tiene sentido, pues son actividades en las que destaca la ayuda a los demás o la autonomía laboral. La cierran dos profesiones intrusas: los brokers, sin duda por lo que ganan, y los ingenieros de maquinaria pesada, dato curioso que seguramente obedece al sentimiento de superioridad que comporta la función.

Y ¿cuáles son las profesiones que generan mayor insatisfacción? Da lo mismo. Hoy, solo me quería centrar en los pocos que trabajando son felices.

No tengo que discurrir mucho para encontrar música. Os dejo, habréis adivinado, con las Coplas del Payador Perseguido. Es más “pura” la versión original, la de Atahualpa. Pero para escucharla, mejor la de Jorge Cafrune; digno intérprete para tan magnífico poema.

INDIGNARSE ¿SIRVE DE ALGO? (2)

17 enero, 2011 9 comentarios

Indignación, hartazgo, cabreo,… ¿Sirve de algo indignarse? supongo que sí, pero habrá que hacer algo más. Indignarse, hartarse, cabrearse, te dejan jodidamente melancólico. Hay que actuar; pero habrá que ver cómo.

Así terminaba la entrada anterior. 
Es necesario que se produzca un cambio cualitativo en la conducta de la sociedad o, dicho de otra forma, en la reacción de la sociedad ante la manera de ser gobernada. Aunque es difícil saber qué cambio e, incluso sabiéndolo o intuyéndolo, imaginar cómo motivarlo.

En palabras más claras: La Sociedad Tiene Que Reaccionar. No sólo Razonar, como sugería el neuropsiquiatra crítico de Hessel; no sólo Indignarse, como sugiere el propio Hessel. Es necesario Reaccionar; algo parecido a Rebelarse; sin sangre pero con energía y convicción.

Porque, aunque no concurren hoy la mayoría de los motivos –especialmente los de carácter económico o social– que actuaron como detonantes directos de las grandes revoluciones que cambiaron la historia en Europa (la francesa de finales del XVIII o la bolchevique de principios del XX), en América (la de independencia del norte a finales del XVII, la bolivariana del sur a primeros del XIX, la mexicana del centro a principios del XX), en Africa (especialmente los sangrientos procesos de descolonización y la revolución pacífica de Sudáfrica) y en Asia (con las diversas revoluciones chinas a lo largo del siglo XX), sí se perciben algunas de las causas que catalizaron la participación masiva de los ciudadanos en esos movimientos revolucionarios.

Con excepción de la revolución sudafricana, gracias al liderazgo del gran Mandela, el resto de las citadas devinieron en revueltas sangrientas y, casi todas, en prolongadas guerras. Algunas acabaron con un largo periodo absolutista; otras lo iniciaron o, simplemente, cambiaron la personalidad, filosofía o ideología del dictador.

Efectivamente, en Europa del Sur no concurren, hoy, la mayor parte de las causas sociales de aquellas revoluciones. Hay cierta pobreza, pobreza occidental siglo XXI, pero no hay hambre; la protección del estado y la solidaridad familiar la evitan. La lucha de clases, con el crecimiento de la clase media, no es ya tal lucha, tan sólo existen diferencias pacíficamente aceptadas. La revolución industrial finalizó con el triunfo de los derechos sociales sobre la explotación. Aunque sigan existiendo latifundios –pocos- la población rural ni es mayoritaria ni está marginada; al contrario, la que queda está protegida por subvenciones y los jóvenes hace tiempo que emigraron a las ciudades.

Sin embargo, algunas situaciones y muchos de los detonantes de carácter político que sirvieron de catalizadores de las inquietudes y deseos de cambio de las gentes de aquellos países y épocas, los podemos encontrar en nuestra sociedad y en nuestra clase –casta– política de hoy. En efecto, podemos decir, sin riesgo de cometer exageración, que hoy sufrimos:

–         Un cierto agotamiento de un sistema basado en el capitalismo “salvaje” del libre mercado, que ha escapado –probablemente porque gran parte de la clase política saca partido de ello– de cualquier intervención o regulación estatal. Prueba de ello es que muchos de quienes fueron protagonistas de ese mercado son, hoy, asesores económicos de gobernantes. Y ha sido precisamente ese capitalismo salvaje el causante de la profunda crisis que está a punto de acabar con él.

–         Un incremento extraordinario, en las últimas décadas, de la corrupción de los políticos. Agravado por el sentimiento de que esta corrupción, a ojos de la sociedad, queda impune; efectivamente, cada día somos informados de nuevos casos o de agravamiento y extensión de casos conocidos; y, sin embargo, podemos contar con los dedos de la mano de un manco los políticos que están juzgados, condenados, encarcelados y, sobre todo, obligados a devolver lo que robaron.

–         Un imparable despilfarro de los recursos que el estado obtiene de los impuestos de los ciudadanos, sin entrar en la consideración de la justicia o injusticia distributiva del sistema impositivo. Despilfarro que se consume, en el mejor de los casos en objetivos inútiles y en el peor en gastos suntuarios de los propios políticos o, indirecta pero impunemente, en sus bolsillos

–         Un sentimiento profundo y justificado de que los gobiernos gobiernan al margen de las opiniones o de las preferencias mayoritarias de la sociedad. Y, aun así, se arrogan el “poder emanado del pueblo” como esencia de la democracia. La sociedad se convierte así en rehén de los políticos. La única capacidad de reacción de la sociedad es cambiar el signo del voto; el nombre del partido que ha de recibirlo. Escasa capacidad de reacción cuando, excepto en ciertos detalles, los partidos –y los políticos de los partidos– son intercambiables sin que percibamos, apenas, ese cambio.

–         Una debilidad del gobernante de turno, gracias a nuestra nefasta ley electoral, que le obliga bien a sacar en las urnas mayoría absoluta, con el riesgo que eso supone, bien a traicionar su ideología y su dignidad comprando a un PIP (Partido de Intereses Personales) con nuestros dineros o con otras prebendas los votos que, en cada ocasión, necesite.

–         Una carencia intelectual de nuestros políticos. La política se ha convertido en una carrera profesional tan sólo accesible por una casta determinada. De la misma manera que a la actividad notarial sólo pueden acceder los notarios, a la ingeniería los ingenieros y a la medicina los médicos, a los puestos de responsabilidad de la política (sea ministro, secretario de estado o simple diputado, alcalde o concejal) sólo pueden acceder los políticos de carrera. La diferencia es que los notarios, ingenieros y jueces tienen que haber probado su capacidad intelectual y su esfuerzo. Los políticos, tan sólo su lealtad al líder, su servilismo y la capacidad probada de vender su dignidad.

–         Una esclerosis o paralización de las Instituciones del Estado por la ambición de poder y por la falta de sentido de estado de nuestros políticos. La renovación, aún no completada después de cuatro años de prórroga, del Tribunal Constitucional, la elección de los representantes en el CGPJ, la falta de acuerdos del Pacto de Toledo, son ejemplos representativos de esta parálisis.

–         Y, muy probablemente provocado por todo lo anterior, una sensación de la ciudadanía de ser utilizada como moneda intercambiable, como elemento de disputa, como un concepto inerte del que en cada momento pueda el político servirse y al que sólo haya de prestar atención en los procesos electorales.

 

Es decir que, aunque no concurran las Grandes Motivaciones Materiales inspiradoras de las revoluciones que cambiaron el mundo, sí existen motivos suficientes para la rebeldía, para gritar nuestra indignación, para decirles a nuestros políticos y gobernantes, sean del partido que sean, que ya está bien de abusar, de robar, de insultar, de acusar, de amenazar. Que ya es hora de gobernar y, si para ello tienen que pactar, que ya es hora de pactar.

Sobran motivos, pero faltan líderes intelectuales. No necesitamos guerreros ni iluminados: ni Villas ni Zapatas; ni Lenins ni Stalins; ni Robespierres ni Marats. Y los que nos gustarían, Lincolns o Mandelas, no existen. Por mucho que repasemos nuestro particular santoral de políticos, nada de valor encontramos; ni entre los líderes intelectuales, ni entre los “media”, ni en las universidades, ni en las empresas.

Pero es que, por otro lado, faltan también ejércitos que dirigir.

Antes dije que, en ausencia de rebelión, nuestro único momento son las elecciones y nuestra única arma es el voto. Pero ¿qué hacer con él? ¿Votar al contrario, al opositor? Tendremos sólo un momento de satisfacción, porque al poco tiempo estaremos deseando que se vaya.

¿Qué hacer, pues, con el voto? Hay una posibilidad: una rebelión pacífica. Aunque si creemos a quien, si bien sólo en el terreno literario, la experimentó, es difícil que tenga éxito.

En su Ensayo Sobre la Lucidez, el Nobel José Saramago relata la insólita situación que se genera tras las elecciones municipales de un país democrático, presumiblemente Portugal. Sin previo acuerdo o movilización dirigida, la mayoría de los electores de la capital opta por votar en blanco. El gobierno, sorprendido y preocupado, decide repetir las elecciones previendo una recapacitación del electorado. El resultado es aún más angustioso: cero abstenciones, 17% de voto explícito (8/8 derecha y centro y 1 izquierda) y 83% de votos en blanco.

Aún siendo el voto en blanco una opción legítima y constitucional, el gobierno se siente atacado y lanza una campaña de intoxicación contra los “blanqueros”, alertando de que, si bien el voto en blanco es legítimo, una actuación masiva en tal sentido es acción subversiva, posiblemente dirigida por inconfesables intereses del terrorismo internacional. El gobierno declara el estado de excepción y lanza una campaña de espionaje contra la población; detiene a muchos ciudadanos, les interroga e incluso tortura. Ante la falta de éxito de tales medidas, declara el estado de sitio y decide que todas las instituciones: gobierno, parlamento, judicatura e, incluso, policía, abandonen la capital. Establece un cordón del ejército alrededor de la ciudad para impedir que nadie pueda abandonarla. Piensan que los habitantes de la capital, frente al caos, pillaje, saqueos, incendios que sin duda se producirán en ausencia de la protección, tutela  y vigilancia del gobierno, terminarán pidiendo a gritos la vuelta de las instituciones, delatando a los culpables –reales o inventados- e implorando el perdón del gobierno.

Nada de eso sucede. El orden y la decencia, en ausencia de los políticos, impera en la ciudad. El gobierno –de derechas, no olvidemos– provoca una huelga de limpieza como antepenúltima esperanza de arrepentimiento de la población. Los ciudadanos asumen ellos mismos las labores de limpieza y los servicios municipales se incorporan, acabando así con la huelga. El gobierno –de derechas, no olvidemos-, como penúltima esperanza, pone una bomba en el metro matando casi a cincuenta ciudadanos. Piensa que en los funerales la población estallará; pero nada sucede. El gobierno, como última esperanza, envía a un eficaz comisario con un par de agentes para que liquiden a quienes ya han identificado –sin serlo– como culpables. Es el gobierno el que, Razón de Estado e Imbecilidad por medio, de convierte en terrorista.

No contaré el final. Diré tan sólo que merece la pena leer Un Ensayo sobre la Lucidez. El estilo de redacción, la ironía, sarcasmo e imaginación de Saramago son notables. Y los diálogos y disputas entre los ministros, hilarantes; si no pensáramos que, “mutatis mutandis” deben de ser muy parecidos a los de nuestros propios ministros

Es triste llegar a esta conclusión, pero ni siquiera el voto masivo en blanco, además de ser maniobra de difícil ejecución, serviría. La abstención, menos aún. Les importaría a nuestros políticos un carajo ser elegidos por diez o por diez millones.

Sigo igual ¿qué hacer? ¿Una campaña de movilización continuada a través de las redes sociales como algún lector sugería? ¿Una campaña de objeción fiscal? ¿Un boicot masivo a los medios de comunicación? ¿Una huelga colectiva de hambre? ¿Una extracción masiva de fondos de las entidades bancarias como sugirió hace poco no se qué famoso? ¿Una huelga de compras en grandes superficies? ¿…?

Nada; no haremos nada, no podemos, no sabemos y no queremos. Esperaré que a alguien se le ocurra algo y me pondré tras él. Mientras tanto, como sugería el Gatopardo, desayunaré churros con chocolate tras haberme duchado con agua caliente y escucharé las noticias en la radio. Eso sí, indignado, melancólico, despistado y decepcionado…conmigo mismo.

………..

Terminaré transcribiendo el inicio de un editorial de un diario de hoy, que dice más o menos lo que yo quiero decir con tanto rollo y tanto circumloquio.

“Necesitamos al Estado; necesitamos a las instituciones, a los partidos y a los políticos, pero, sobre todo, necesitamos que funcionen, que cumplan con sus obligaciones, que sean responsables. En un momento de crisis tan severa como la presente y con un futuro no precisamente halagüeño, la llamada a la responsabilidad es una llamada a que tan importantes piezas de la estrategia para salir de la crisis recuperen la credibilidad ante los ciudadanos, porque ésta es el aceite del engranaje social imprescindible para dirigir y coordinar todos los esfuerzos hacia la salida de la crisis”.

 

Podría traer muchas canciones hoy, pero después de darle vueltas me decido por “The Bells of Rhymney”. Esta canción se basa en un poema del galés Idris Davies, nacido precisamente en Rhymney, que vivió durante la primera mitad del siglo pasado. El poema se inspira en la huelga general que tuvo lugar en Reino Unido en 1926. Como muchas rebeliones, la huelga fracasó; pero finalmente, el movimiento social triunfó.

Las campanas, como los ciudadanos, tañen, gritan, acusan; pero, como hoy nosotros, no se mueven. Se indignan, preguntan, exigen; pero nadie les hace caso.

Is there hope for the future? , cry the brown bells of Merthyr.

(¿Hay esperanza para el futuro?, gritan las campanas de Merthyr)

La canta uno de los mejores, a quien ya conocéis porque lo he traído en varias ocasiones: Pete Seeger. En actuación en directo, Australia 1963. Muy buen sonido para la época de la grabación y un Pete en plena forma, su salsa, con su público entusiasmado pero tranquilo.

 

 

Oh what can you give me?
Say the sad bells of Rhymney.
Is there hope for the future?
Cry the brown bells of Merthyr.
Who made the mine owner?
Say the black bells of Rhondda.
And who robbed the miner?
Cry the grim bells of Blaina.

They will plunder willy-nilly,
Cry the bells of Caerphilly.
They have fangs, they have teeth,
Say the loud bells of Neathe.
Even God is uneasy,
Say the moist bells of Swansea.
They will plunder willy-nilly,
Say the bells of Caerphilly.

Put the vandals in court,
Say the bells of Newport.
All would be well if, if, if,
Cry the green bells of Cardiff.
Why so worried, sisters, why?
Sang the silver bells of Wye.
And what will you give me?
Say the sad bells of Rhymney.

Oh, ¿qué me daréis?/ Dijeron las tristes campanas de Rhymney./ ¿Hay esperanza para el futuro?/ Dijeron las campanas marrones de Merthyr./ ¿Quién hizo al propietario de la mina?/ Dijeron las negras campanas de Rhondda./ ¿Y quién robó a los mineros?/ Dijeron las graves campanas de Blaina.// Saquearán queramos o no,/ Dijeron las campanas de Caerphilly./ Tienen colmillos, tienen dientes,/ Dijeron las claras campanas de Neath./ ¡Hasta Dios está inquieto!/ Dijeron las húmedas campanas Swansea./ ¿Y qué me daréis??/ Dijeron las tristes campanas de Rhymney.// Lanzar a los vándalos en el tribunal,/ dijeron las campanas de Newport./ Todo estaría bien si, si, si, si, si, si…/ Dijeron las verdes de Cardiff./ ¿Por qué estáis tan abrumadas, hermanas, por qué?/ Cantaron las plateadas campanas de Wye./ ¿Y qué me daréis?/ D