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Posts Tagged ‘RECUERDOS DE FAMILIA’

RECUERDOS DE INFANCIA. Los pichones.

20 septiembre, 2015 9 comentarios

La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué ahora la recuerdo más que nunca.

(Benedetti)

PICHON VOLANDO

Una lectora de la última entrada, Don Amalio, el Pintor, me comentó que le había gustado pero que la encontraba “poco profunda”. No sé qué profundidad puede darse a estos recuerdos de niñez o, quizá sea más acertado, no sé cómo dársela.

Porque estas remembranzas infantiles que me ha dado por devolver a la vida y que, como Benedetti, recuerdo ahora más que nunca, son solo eso: recuerdos; generalmente intrascendentes. Y si los rememoro estos días es porque ellos me lo piden.

Así que seguiré contando cosas que sucedieron y que no tuvieron otro efecto que hacerme disfrutar o sufrir, enfadar o reír. Y sin duda contribuir, en poco cada uno pero en mucho en su conjunto, a mi formación; a ser como soy.

Debíamos de tener entonces 12 ó 13 años. Cuando utilizo el plural es para incluir a mi hermano Chiky, un año mayor que yo y compañero de aventuras y desventuras hasta que nuestras vidas, universitarias primero y profesionales después, tomaron diferentes rumbos: la suya, el de los mares; la mía, el de los despachos.

En aquella época, 1960, poco antes de nuestro internado en Zaragoza, íbamos mucho al Club de Campo. No necesitábamos compañía paterna ni, prácticamente, autorización. Éramos bastante libres y por aquellos años uno podía moverse por Madrid en auto stop o recorrer a pie, si íbamos con perro, los escasos tres kilómetros que separaban nuestra casa del club.

Eran los tiempos en que tuvimos a nuestro perro Fag (vid. Como el Perro de las Lágrimas), con el que pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo libre. Fuera paseando por el barrio o, como en este recuerdo, en el Club de Campo.

Nos gustaba escondernos con Fag tras el talud que hacía de fondo de seguridad en las instalaciones de la cancha de tiro de pichón del club. Estaba, como es lógico, absolutamente prohibido por el peligro de recibir perdigonadas. Pero la escasa vigilancia y nuestra habilidad para sustraernos de ella eliminaban cualquier dificultad. Nuestro objetivo aquél día: buscar con el perro y rescatar a los pichones que caían alicortados.

Y tuvimos éxito. Recogimos tres o cuatro pichones bastante íntegros, muy poco tocados de perdigón. Y nos volvimos, con perro y pichones, la mar de contentos a casa. Dispuestos a salvarles la vida y, una vez curados, devolverlos al cielo.

Les preparamos una especie de casa-nido encima del armario de nuestro cuarto. Les alimentábamos con lo que se nos ocurría: cañamones, granos de arroz, restos de comida… Y cogimos cariño a nuestros pichones; cada día estaban mejor y, aunque no volaban por la casa, saltaban del armario al suelo o a nuestras literas y volvían a su “nido”. El cuarto estaba, obvio es decirlo, hecho una porquería.

Pensábamos con cierta tristeza que en pocos días tendríamos que soltarlos. No sólo porque esa era nuestra intención inicial, sino por las continuas protestas de las tatas ante mamá; tal era la cantidad de mierda que producían los pichones.

PICHONES POSADOS

Una o dos semanas más tarde vinieron nuestros primos Eduardo y Manolo, de Zaragoza, a pasar un par de días a Madrid. Eran (son) de nuestra edad. Mamá les invitó a comer a casa. Después de pasar la mañana con ellos danzando por ahí, llegamos a casa.

  – ¿Qué hay de comer, mamá?, pregunta Chiky.

  – Pollo, hijo, croquetas y pollo.

  – Mmmm, qué rico!

Así que nos sentamos los cuatro en la mesa camilla del cuarto de estar. Mamá no comía con nosotros pero andaba deambulando por aquella zona de la casa.

Charla que te charla, croqueta tras croqueta, la tata nos sirve el pollo

– Qué bueno, dice Manolo.

– Sí, está estupendo, corrobora Eduardo.

Yo iba a mostrar mi acuerdo mientras me llevaba con la mano un muslo a la boca. No sé por qué, me quedo mirando el muslo antes de devorarlo. Me pareció pequeño para ser de pollo. De pronto, me entra una especie de angustia y le digo a Chiky:

– ¿No te parece pequeño este pollo?, le digo.

– ¡¡Los pichones!!

Nos miramos un momento y, al unísono, salimos disparados a nuestro cuarto. Nos subimos a la silla, miramos sobre el armario… Todo limpio, ni cartones, ni papeles, ni cañamones, ni cagadas…, ni pichones.

Volvemos corriendo al cuarto de estar. Mis primos no entendían lo que estaba pasando. La tata, sí. Le preguntamos por mamá, que hace un par de minutos estaba en el cuarto.

– Ha salido. Ha dicho que luego vuelve

Cuando volvimos a verla, por la tarde, nuestro enfado se había diluido.

Cosas de madres, cosas de críos…

Jamás le pedimos explicación. Pero hace pocos días, y ya estamos en el tiempo de hoy, en una de nuestras visitas a su residencia le cuento lo de los pichones. Aunque ya nada recuerda, arrebujada en su cama entrecierra los ojillos y aprieta los labios con esa sonrisa tan pícara suya.

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RECUERDOS DE INFANCIA. Don Amalio, el pintor.

7 septiembre, 2015 4 comentarios

¿Por qué volvéis a la memoria mía, tristes recuerdos del placer perdido…?

(Espronceda)

 

Hace unas noches se me ocurrió pensar que sería buena idea escribir los recuerdos antes de que llegue el momento en que la vida dure más que ellos. Antes de que uno se vea en la triste situación de aún vivir pero sin ya recordar.

Tanto pensé en ello que pasé buena parte de la noche en vela, recordando, hasta que dulcemente me dormí.

Anduve reflexionando sobre ello y hasta se me ocurrió comentarlo a mi mujer. En mala hora…

  • “Pues date prisa”, me responde, “porque al paso que vas…”

Y es que es cierto. Conforme pasan los años, el tiempo desprende los recuerdos de las neuronas igual que el viento desprende la pelusa de algodón de los chopos en primavera.

Pero no me desanimó del todo. Sigo pensando en ello. Quizá cuando aún ya no recuerde, si llega ese momento antes de que llegue el último, todavía me esté reservado el don de leer.

Así que me pongo a la tarea.

Mis recuerdos son como los de todos, no tienen nada de especial, excepto que son los míos. Son recuerdos de infancia, de niñez, de adolescencia, de familia, de amigos, de noviazgos, de aventuras, de trabajo, de hijos, de nietos… Son recuerdos de vida.

Aquella noche, el último que recordé antes de dormir fue, precisamente, el primero del que soy consciente en la cronología de mi vida.

Sé que el tiempo era otoño de 1951, porque de ello tengo prueba. Yo tenía tres años, 64 menos de los que ahora tengo. Nada menos.

Pintado el 17 de enero de 1952

Pintado el 17 de enero de 1952

Sucedía en el cuarto de estar de nuestro piso de la calle Ferraz, en Madrid. Yo fui el último de los hijos que nació en la anterior casa, en la calle Altamirano del mismo barrio de Argüelles. Hacía el número quinto y la casa se había quedado chica para tanta familia. Los tres que me siguieron nacieron cuando ya vivíamos en Ferraz.

El piso era amplio. En la “zona noble”, un hall de buen tamaño, un salón enorme, una sala de estar a la que llamábamos “despacho”, aunque nunca nadie trabajó en ella, y un comedor muy espacioso, que en los buenos tiempos ha albergado a una veintena comiendo.

Del hall nacía un larguísimo pasillo, con puertas a su derecha que daban paso a habitaciones y cuartos de baño. Al final del pasillo se encontraba la zona de cocina con dos estancias muy amplias, el dormitorio de mis padres y otras dos habitaciones contiguas.

La casa era grandona para lo que hoy se estila: cuatro salones, seis dormitorios, tres baños y la zona de cocina, todo comunicado por ese largo pasillo de 20 metros.

Una de las habitaciones del fondo era entonces, antes de que nacieran los pequeños y fuera habilitada como dormitorio, el cuarto de estar del que proviene mi recuerdo de hoy.

Tenía aquella habitación un par de balcones que daban a un patio de manzana, lo que permitía una luz espléndida. Esa luz es la que don Amalio, el pintor, gustaba para no perder detalle de nuestros rasgos. Yo no sabía que se llamaba don Amalio, pero todo lo demás se mantiene vivo en mi recuerdo…

El agobio que sentía después de unos minutos, para mí eternos, de absoluta inmovilidad, sentado en una sillita colocada encima de una mesa camilla. Para que mi rostro quedara a la altura del suyo…

El aspecto misterioso del pintor, con aquellos ojos escrutadores que atravesaban los míos…

El miedo a moverte después de las terribles advertencias maternas…

Y cuando don Amalio dejaba el pincel y se limpiaba las manos con uno de los trapos, ya sabía, ya sabíamos que la sesión terminaba. Venía entonces la excitación de la liberación. La explosión física que seguía a la forzada inmovilidad.

Brincaba de la sillita al suelo, me quitaba a toda prisa la ridícula blusa roja con ese cuello y esa pechera de encajes, para que se la pusiera el hermano, y me montaba en mi triciclo rojo para recorrer arriba y abajo el pasillo y sortear camas y muebles de las habitaciones.

Era entonces cuando a mi hermano Chiky le correspondía el agobio de la quietud. Porque durante la media hora anterior, mientras yo lo sufría, el pasillo había sido suyo y de su triciclo amarillo.

Y así, en varios turnos de media hora de posado y de desahogo, pasaron algunas semanas, no recuerdo cuántas, hasta que un día mi madre nos acompañó a la sala grande en una de cuyas paredes, durante más de 60 años, desde aquel mes de enero de 1952 hasta octubre de 2013 cuando aquella casa dejó de ser la Casa, los rostros que pintó don Amalio, fueron testigos de todo lo que en ella transcurrió.

Blanca

Blanca

Chiky (Javier)

Chiky (Javier)

Yo

Yo

Blanca, Chiky y yo. La tercera, el cuarto, el quinto… Siempre me he preguntado, aunque nunca lo he preguntado, por qué fuimos nosotros; por qué los dos anteriores o los tres que vinieron después no se enfrentaron a don Amalio García del Moral, el pintor retratista…

Pero hoy no hay preguntas; sólo quería recordar el recuerdo…

LA MALETA VIEJA DE CUERO… LAS 588 CARTAS… Y ELLA.

12 enero, 2014 44 comentarios

Nueve de junio de 2013. Esta es la fecha de mi última entrada en el blog. Nunca, desde que nació en abril de 2010, había estado tanto tiempo fuera de él. Y no saben ustedes lo que cuesta volver a retomar las rutinas; incluso de las actividades que uno disfruta y, cuando las deja, añora.

Quizá, a la vista del título de mi última entrada, “Mi Testamento Vital”, alguno de mis pocos pero muy especiales lectores haya podido pensar que tal título encerraba una suerte de despedida. Nada más lejos de mi intención.

Les contaré las razones de tan larga ausencia.

La culpable de todo ha sido la vieja maleta de cuero. Bueno, más que ella, su contenido. Me ha tenido entretenido casi absorbiendo la totalidad de mi tiempo de casa, que suele iniciarse con la puesta de sol, durante los últimos cuatro meses. Desde que sucedió aquello.

Fue con ocasión de su segunda rotura de cadera cuando no nos quedó más remedio que ingresarla. Lo habíamos considerado hace unos meses, pero un razonable pudor o ese inevitable sentimiento de deslealtad hacia ella, que siempre fue leal con los suyos, nos impidió hacerlo. El incidente de la cadera no nos dejó otra opción. No podía seguir su sistema de vida; una cuidadora 24 horas al día no era suficiente para atender a todas sus necesidades en esta nueva situación de absoluta dependencia.

Ella tiene 95 años. Apenas ve, apenas oye, apenas recuerda y ya no puede andar. Pero es de un optimismo exultante. Cuando está con los suyos es feliz. Cuando no está… nadie sabe qué piensa ni cómo se siente. Supongo que triste, infinitamente triste, aunque no creo que recuerde los tiempos felices, que fueron casi todos los de su vida. En todo caso, esa tristeza también la sentía en su casa cuando estaba sola.

Por suerte, como apenas recuerda, no hace las dos preguntas que más tememos: ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuándo me lleváis a casa?

La tristeza no depende del lugar en el que transcurra la última fase de la vida, sino del hecho de que sea la última fase. Sin pasado, porque no recuerda; sin futuro, porque no lo tiene; y sin presente, excepto la visita esporádica de algún rostro vagamente conocido que cuando le da el beso, cariñoso más que nunca, reconoce como el de uno de sus queridos hijos…

……………………………

Con ella en la residencia, sin posibilidades de retorno, la casa familiar ya no lo seguía siendo. Sesenta y cinco años de intensa vida en ella, centro de reunión de la gran familia con ocasión de celebraciones de cualquier tipo, habían terminado. Con la emoción contenida por la necesidad de hacerlo, nos pusimos a la tarea.

Y así, entre la familia, los anticuarios y los chamarileros vaciamos ese piso enorme de todo lo que se había ido acumulando durante varias generaciones. El piano Pleyel, la panoplia de espadas orientales, la armadura de samurái, el revólver de plata Adams, Deane & Adams que el príncipe Alberto regaló a mi tatarabuelo D. Cayetano de Urbina y Daoiz, el precioso retrato de D. Cayetano, pintado en 1857 por Valeriani, con la urna que contiene la bala que le hirió de muerte en la batalla de Maella, las jamugas y los bargueños, las docenas de cuadros, buenos y malos, los espejos, las lámparas de techo, de mesa o de suelo, los relicarios, los abanicos de nácar y marfil, los muebles que ellos, con esfuerzo, compraron antes de casarse y los que fueron haciendo o comprando después, los cientos de fotos con sus marcos, los trofeos de bridge y de golf, los libros antiguos y los modernos, el sillón con mando eléctrico y masaje que él necesitó cuando le costaba levantarse de los otros, la cama articulada y con barreras que ella necesitó para no caerse, las camas que aún quedaban de los hijos que ya se fueron, desperdigadas por las numerosas habitaciones, los miles de tesoritos acumulados durante lustros, todo el vestuario de ellos, todas las cuberterías, mantelerías, cristalerías… y los cientos de otras cosas que ya no recuerdo,…

…Y la maleta pequeña y vieja de cuero.

Todos conocíamos la existencia de aquella maleta y de su contenido aunque por pereza, o quizá por pudor, la hubiéramos abierto y husmeado su contenido tan pocas veces.

En una maleta cabe una vida… o dos. Por lo menos, una parte de la vida de ellos, sin duda la más importante. Porque ese era el contenido de la vieja y pequeña maleta: La vida de ellos durante el quinquenio triste de la guerra y la inmediata posguerra.

La misma pequeña maleta de cuero que él utilizaba hace casi ochenta años en sus viajes desde el frente para reunirse con ella.

Yo me llevé la maleta. La abrí, ya en mi casa, y la dejé así durante unas cuantas horas, para que absorbiera esta nueva atmósfera… 

 LA MALETA LLENA

La vacié y la tiré…

                                  LA MALETA VACIA

Su contenido lo ordené, lo clasifiqué, lo leí de principio a fin, lo glosé y lo desglosé…

                                 FUERA DE LA MALETA

Y, finalmente, lo volví a guardar en otro lugar más idóneo para seguir conservando aquellos viejos papeles, llenos de vida.

                                   YA LEIDAS Y ARCHIVADAS

 La maleta contenía 588 cartas de amor. Las que ella había recibido de él desde que se conocieron, en septiembre de 1936, hasta poco antes de que, tras enormes dificultades de todo tipo, contrajeron matrimonio un 9 de agosto de 1941.

No están todas las que él escribió, pero casi seiscientas cartas en cuatro años y medio son suficientes para saber qué y cómo pasó por ellos, entre ellos y ante ellos. No se guardó ninguna (miento, solo una) de las que ella escribió, pero tampoco son necesarias. Sus alegrías, sus penas y sus sentimientos están tan bien reflejadas en las de él que poco habría añadido, excepto mucho trabajo, leer las de ella.

Y esta historia que voy a contar es la que contenía la maleta. La historia de ellos reflejada en aquellas Cartas de Amor en Tiempos de Guerra. Ese periodo de sus vidas tan intenso en aquella España peligrosa y convulsa de la guerra y la posguerra…

                                                                                               ………………………………………………………………………………………..

Seguramente, ya habrán adivinado que “Ella” es mi querida madre.

Y esta es mi excusa. Ha sido esta pequeña gran historia familiar la causante de mi prolongada ausencia. Con esas 588 cartas he reconstruido, casi 80 años después, el relato de sus vidas durante aquellos cinco años. Lo que precede es transcripción de algunos párrafos de los capítulos iniciales del libro que, por delegación asumida (aunque él ya no está con nosotros) y sobre todo inspiración de mi padre, he tenido el honor de poder escribir. Pero no se asusten, no les voy a contar la historia. Solo quería contarles las razones de mi ausencia.

PORTADA LIBRO 2

Para que sus descendientes, solo ellos, puedan conocer lo que yo, leyendo las cartas, he conocido. Para que disfruten como yo lo he hecho y para que sonrían y se enternezcan como yo he sonreído y me he enternecido.

Pero, sobre todo, para que aquellos tiempos que fueron suyos no caigan en el olvido de los tiempos que no son de nadie.

Ah, y sepan que a pesar de que, como ya he dicho, Ella apenas oye y ya nada recuerda, cuando le leo algún párrafo escogido del libro me mira absorta, con sus ojillos muy abiertos y casi sin pestañear y con la totalidad de sus escasos recursos sensoriales en posición de alerta. Y noto, aunque es sensación apenas perceptible, cómo su corazón tiembla.