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COMO EL PERRO DE LAS LÁGRIMAS

20 diciembre, 2014 27 comentarios

… Se le acercó el perro de las lágrimas, éste sabe siempre cuándo lo necesitan, por eso la mujer del médico se agarró a él, no es que no quisiera bien a todos cuantos se encontraban allí, pero en aquel momento fue tan intensa su impresión de soledad, tan insoportable, que le pareció que sólo podría ser mitigada en la extraña sed con que el perro le bebía las lágrimas.

         (Ensayo de la Ceguera. Saramago)

 

Creí que ya jamás tendría perro.

El último, hablaré de él, murió hace unos diez años. Era el tiempo en que yo dejé mi trabajo, los hijos se iban yendo poco a poco, la casa se nos quedaba demasiado grande y empezamos ella y yo a cambiar nuestras rutinas.

Entre cambios de casa primero, y de latitud después, ni tiempo había de pensar en perro. Y si yo lo hubiera mencionado de nada habría servido. De sobra lo sabía.

Hace unos meses, ya establecidos desde hace tiempo en nuestra casa del sur, le pregunto a ella:

– ¿Me dejarías tener un perro?

– Ni en sueños, respondió, segura de que su firmeza sería suficiente para detener mi posible insistencia.

Y la detuvo, vaya si la detuvo. Yo no entendí su cierre en banda, sin siquiera permitir una argumentación por mi parte o una breve conversación sobre el asunto. Pero lo acepté.

Para mí pensaba: ¿Por qué no me dejará, sabiendo lo que me gustan los perros? Ahora que, además, me acabo de hacer junto con unos amigos con un coto de caza en Jerez, a una hora escasa de casa, para cazar en mano perdiz brava, que me divierte una barbaridad. Y sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo libre y de espacio que tengo ahora para enseñarle…

Y, caramba, fue precisamente ella, además, la que me regaló mi primer perro de verdad.  

Todo esto pensaba, pero nada decía. Ella puede detener mis palabras pero los pensamientos fluyen sin llamarlos.

No fue hasta hace pocos días cuando un domingo por la tarde me pregunta

– ¿Qué tal tu caza?

Bien, contesto, he bajado cinco perdices.

He de decir que cinco perdices pueden parecer pocas a quien las abate en ojeo o anda tras las fáciles perdices de granja. Pero estas mías son duras de andar, complicadas de bajar y difíciles de cobrar. Así que cinco es una buena percha.

– ¡Qué bien!, me responde.

– Sí, pero sólo he cobrado una.

– ¿Y eso?

– Bueno, es que ya te dije que es un terreno muy complicado. Y sin perro se hace aún mucho más difícil cobrar las que cazo…

Se quedó unos segundos elaborando la respuesta que yo esperaba. No me defraudó.

– Anda, cómprate un perro si quieres.

Así es ella. Todo corazón. Duro a veces pero noble siempre.

De modo que no di un minuto a una posible recapitulación. Le di un beso y un abrazo. Especiales, de agradecimiento. Y en cuanto se levantó me metí en internet a buscar criaderos por la zona.

Luego supe que no le gustó la rapidez de mi gestión. Habría ella preferido que yo sí diera pie a esa posible recapitulación

El caso es que ya tengo perro. La conversación relatada tuvo lugar el domingo, 7 de diciembre. El jueves 11, camino de Madrid, pasé por una aldea medio perdida cerca de Écija a recoger un braco alemán de cinco meses.

Esta es la breve historia de mi nuevo perro. Breve de verdad.

Les contaré, ahora, algo sobre cada uno de mis viejos perros. Advierto que es relato largo para lo que acostumbra este blog. Así que pueden seguir o parar. E, incluso, saltarse a los viejos perros para conocer el epílogo de la historia.

CAROLA

Carola nació antes de nacer yo. Tenía la edad de mi hermano Chiky, 14 meses mayor que yo.

No era perro mío, era de la familia. Es más, era familia. Vivió como unos 12 años y mis recuerdos están muy borrosos. Excepto uno, que no es recuerdo propio, sino relatado por mi madre. Se lo cuento.

Yo tenía cinco o seis meses y estaba, como es propio a esa edad, en la cuna; en un cuarto contiguo a la habitación de mis padres.  Carola solía acurrucarse debajo de mi cuna.

Mi madre andaba en la cocina, organizando la comida con las tatas (conmigo, ya éramos cinco hermanos). En esto, escucha unos gemidos extraños de la perra. Al acercarse, menos mal que se acercó, vio a mi hermano Chiky que, en pie junto a la cuna, blandía amenazante, sobre mí, el atizador de la cocina (en aquella época, las cocinas eran de carbón).

Los celos del benjamín destronado, supongo. El caso es que su intento de acabar conmigo se frustró. Lo más probable es que no hubiera tenido éxito, pero nunca se sabe…

Jamás le he guardado rencor.

Apenas tengo otros recuerdos de Carola. Mientras ella estuvo con nosotros tuvimos algunos otros perros: Dick , Nopy y Sussie, perros de agua de raza indefinida. Y Basilio, un mastín arlequinado al que yo tenía pavor.

A mis cinco o seis años, con Carola y Tía Gloria

FAG I

Carola murió a mis 11 ó 12 años. Pronto tuvo sustituto. Un día aparece mi padre con un perro lobo bastante feo, color marrón claro y rabo ensortijado, tipo siberian husky. Era algo más que cachorro y a nosotros nos pareció precioso.

Nos dijo que se llamaba Fag. Ante nuestra extrañeza por tal nombre, nos comentó que en realidad se llamaba “Fondo de Atenciones Generales”, el nombre del departamento donde se lo habían regalado, dijo. Y que era mejor llamarle por el acrónimo: FAG. Jamás le llamamos por su nombre completo; habría resultado ridículo y, sobre todo, poco práctico.

Chiky y yo disfrutamos como enanos con este perro. Le enseñamos a saltar vallas y alambradas. Era capaz de sortear con limpieza alturas de 1,80 metros.

Le enseñamos a pelear. No había perro que pudiera con él, excepto quizá Coquinero, otro perro lobo más grande que él y con una pinta terrible. Había en el barrio otro perro con el que daba gusto verlo pelear. Solía vivir en una furgoneta verde con carrocería de madera. Se llamaba Tritón.

Si mi hermano lee esto, recordará cómo excitábamos a Fag, estuviera donde estuviera, gritando el nombre de sus enemigos: “¡¡Tritón, Coquinero, Tritón, Coquinero!!” Se ponía a morir.

Y murió.

Chiky y yo estábamos internos en un colegio de Zaragoza. Nos llamaron por teléfono un fin de semana de abril de 1963 a casa de una de nuestras tías de allí para darnos dos noticias: que habíamos tenido un hermano nuevo, Iván, el octavo, y que habían atropellado a Fag frente a la puerta de casa, en la calle Ferraz. Tenía yo casi 15 años.

Fue una muerte trágica. El autobús casi lo partió en dos. Mi hermana Blanca estaba con él y acudió a su lado. El perro, como queriendo aferrarse a la vida, se aferró con una dentellada a Blanca abarcando con su bocaza antebrazo y pantorrilla. Treinta puntos bien cosidos, y el tiempo, borraron las huellas de la involuntaria agresión.

Pero algo de premonitorio tuvo. Veintiséis años después era mi queridísima hermana Blanca la que murió atropellada por un desalmado frente al mismo portal de Ferraz.

TOM

Dos años anduvimos sin perros. Ni los hijos lo reclamábamos ni a mis padres les apetecía. Pero está visto que éramos familia de perro. Así que fue el destino el que nos proporcionó a Tom.

Estábamos mi padre y yo en Puerta de Hierro, sacando de paseo a mi abuelo. Cuando ya nos volvíamos vemos un enorme perraco, un mastín leonés, dando vueltas en el exterior de la cafetería del club. Ante nuestra curiosidad, el camarero nos comentó que llevaba algunos días por ahí, que debía de estar perdido. Como le había echado algo de comer el primer día, ya no abandonó el lugar.

Nos acercamos y jugueteamos un rato con él. Tras unos momentos, mi padre y yo nos miramos. Apenas hicieron falta palabras. Me dijo ¿Nos lo llevamos a casa?

Así lo hicimos. Durante el trayecto de vuelta nos entreteníamos pensando en la manera de explicárselo a mamá. Temíamos que nos echara a los tres.

Entramos en casa, me quedo con Tom en el salón y va mi padre en busca de mi madre

– Blanca, hemos encontrado un cachorrito y nos lo hemos traído.

Cuando entra mi madre y ve al “cachorrito”, de más de 50 kilos, nos mira alternativamente. Nosotros, en silencio expectante; el perro, mirándola a ella, como sabiendo lo que estaba en juego.

Estas son las palabras que recuerdo:

– ¡Qué monada! ¿Nos lo vamos a quedar?

Y naturalmente que se quedó.

Tendría dos o tres años el perro y se quedó en casa otros siete u ocho.

Había una tata en casa, Lola, que llevaba muchos años con nosotros. Quería y cuidaba a Tom más que nadie. Lo mimaba, lo sobaba, lo abrazaba. Y Tom la adoraba. Un día, poco antes de su sacrificio, llamó un cartero a la puerta. Abre Lola y el cartero, al ver a tan enorme animal, da un paso atrás. Lola le dice:

– No se asuste, mi Johnny (ella le llamaba así) es más bueno que el pan. No haría daño a nadie.

Mientras esto dice, se agacha para darle un abrazo. Y cuando esto hace, Tom se vuelve con violencia y le da un mordisco terrible en la cara. El cartero huyó despavorido. Yo me llevé a Lola a urgencias donde le volvieron a colocar la mejilla, prácticamente arrancada, con varias decenas de puntos.

Tanto Lola como Tom olvidaron el asunto y retomaron su tierna amistad como si nada hubiera pasado.

Tenía algo de místico aquel perro. Recuerdo las noches en que le sacábamos al “club de los perros” (una concentración de amigos con perro en el Paseo de Rosales). Salíamos a las doce y hasta las dos no regresábamos. Una noche perdimos al perro. Vueltas y vueltas sin éxito hasta que un amigo nos dijo. “Lo he visto en el templo de Debod”.

Fuimos hacia allí, el antiguo cuartel de la Montaña, y vimos al perro. Estaba echado, con la cabeza erguida y las patas delanteras cruzadas, observando –como adorando– una de las arcadas del templo. Repitió la escapada en varias ocasiones, pero ya siempre sabíamos dónde encontrarle.

Como el dios Anubis. Algo de su sangre tendría.

Un mastín en un piso avejenta deprisa. Se me saltaron las lágrimas cuando vi cómo se dormía lentamente en la mesa del veterinario que le puso la inyección. Debía de ser el año 73.

A mis 17-18 años con Tom, en el jardín de San Carlos

FAG II

No pasé mucho tiempo sin perro. Creo que fue en 1975 cuando ella me regaló uno. El primero realmente mío. Aún no nos habíamos casado.

Me dijo: te regalo un perro si te apetece; elígelo y lo compramos.

¡Vaya si me apetecía! Lo busqué, lo apalabré  y lo fuimos a recoger a un criadero del Cerro de los Ángeles. Le costó cinco mil pesetas.

Era un setter irlandés precioso. Aunque su nombre de verdad era Danny Boy of Broad Acres yo le llamé Fag, como el perro que tuvimos de chavales con el que tanto nos divertimos. Llamarle por su nombre oficial también habría resultado ridículo.

Resultó ser de una línea extraordinaria. Lo llevé a exposiciones de belleza y consiguió algunos títulos de campeón nacional. Sin embargo, no me sirvió para la caza. Posiblemente por culpa mía. Tuve un accidente que me partió la pierna cuando el perro tenía 7 u 8 meses y no pude entrenarle para esa temporada. Luego, me dije, ya era tarde.

Un día lo llevé a los pantanos y arrozales del delta, a acuáticas. Bajé un azulón de un excelente tiro, que cayó en el prado pantanoso al otro lado del canal. Reté al perro que se lanzó bravo en su búsqueda. Saltó al canal, nadó, buscó el pájaro, lo encontró y…se quedó con él justo al otro lado del canal. No hubo manera de que me lo trajera.

Así que crucé yo el canal, era invierno, estaba frío y mis botas eran cortas. Cogí el pato y me fui. Fag vino tras de mí pero no volvió a cazar conmigo.

Murió de muy viejo, como a los 15 años. Recuerdo que ella y yo comentábamos a menudo la necesidad de llevarlo al veterinario para su último viaje. Cada vez que lo hacíamos, el perro, tumbado porque ya casi no podía levantarse, se incorporaba y medio saltaba como si fuera un cachorro.

Sin duda, entendía lo que hablábamos.

 

Preciosa estampa. Fag II en 1978

Preciosa estampa. Fag II en 1978

A Fag II también le enseñé a saltar

A Fag II también le enseñé a saltar

FAG III

Aún tuve un tercer FAG. Un Schnauzer gigante (Riessenschnauzer). Este no fue regalo de nadie. Teníamos en aquel tiempo un chalet grande en Pozuelo y pensé que sería bueno tener un perro guardián. Así que me lo regalé yo. Debía de ser el año 91 ó 92.

Era fuerte como un toro. Lo adiestré muy bien pero solo me hacía caso a mí. Cuando yo no estaba en casa (trabajaba mucho en aquella época) hacía lo que quería.

Por mucho que cerráramos el jardín y revisáramos cada posible agujero en la alambrada, siempre encontraba hueco por el que fugarse.

Un día me contó mi hijo mayor que preguntó a un vecino por su bóxer, que hacía tiempo no veía. El vecino le contestó: “¡Pero hombre Tano, qué me preguntas; si me lo mató tu perro!”

A mí me extraña mucho, porque de haber sido cierto me habría enterado y, desde luego, habría habido denuncia o jaleo de algún tipo. Pero así me lo contó el chaval.

Fag III no murió en casa. Me convencí de que no era el perro que debíamos tener y lo regalé.

Fag III, al que mi hijo pequeño llamaba "Mononegro".

Fag III, al que mi hijo pequeño llamaba “Mononegro”.

CHINO

Chino ha sido el mejor perro que he tenido. Fue regalo de un buen amigo de trabajo y de caza.

Era un teckel de pelo duro. Entró en casa cuando Fag III aún no había salido, en 95 ó 96.

Dicen de los teckel que son cabezotas y complicados de adiestrar, pero el mío no lo fue. Le dediqué interés y tiempo y terminó siendo el teckel mejor adiestrado, en disciplina y en caza, de todos los que conocí.

Me avisaba de las reses que se acercaban y yo aún no veía. Él tampoco, pero su olfato y la sensibilidad de sus plantas, que percibían el lejano trote a través del suelo, suplían con creces el hándicap de su escasa altura, que le impedía ver.

Acostumbrado a la “sesión de fotos” al final de la jornada de caza, a una señal mía se incorporaba y saltaba sobre la grupa, o se sentaba al lado, del guarro más espectacular. En cuanto escuchaba unos cuantos “click” entendía que ya tenía que bajarse.

Se subía a la grupa...

Se subía a la grupa…

Su lance más bravo. Estábamos en un pequeño cortadero de traviesa en el que nuestro puesto era el único.  Al pasar el perrero con su rehala, me cambio al otro lado de la raya. Tomo macuto, rifle y demás trastos, incluido perro, y cuando me estoy organizando al otro lado escucho una ladra aislada: un perrete trae un cochino de vuelta.

Dejo todo y tomo el rifle. Sujeto la correa de Chino (en el puesto siempre lo llevo con correa) pisándola con el pié. La ladra se acerca y rompe al cortadero una guarra enorme. Le acierto en los cuartos traseros y cae al lado contrario. El podenco que va tras ella se le echa encima. Chino, nervioso, se suelta de mi pie y se va a ellos. Revuelo de perro chico, perro grande y guarra enorme.

Dejo el rifle, saco en cuchillo y me acerco a rematar. Pero decido antes que  prefiero ver cómo se desarrolla la escena y espero junto al barullo. El podenco se aburre o se asusta y se marcha. Dejo que siga la escena y la lucha, ahora solos, entre Chino y el jabalí. Durante algo más de un minuto disfruto con la bravura de mi perro, agarrando cuando podía y esquivando tarascadas. Y, sobre todo, eludiendo el peligroso frente a frente.

Hasta que llega el momento en que veo cómo la cochina lo tiene ante su enorme boca abierta y el perro, agotado, parece incapaz de reaccionar.

Entonces, cuando ya sé que me toca a mí, afirmo el cuchillo y acabo el lance. Nos volvimos felices y orgullosos, con seis guarros cobrados.

Chino fue un magnífico compañero y un gran cazador. Superó varios lances con jabalíes pero no pudo superar una pelea con un perro de la familia. De la mía, no de la suya. En San Carlos, casa de veraneo familiar en tiempos, se enredó en una pelea con el drahtar de un sobrino. Casi lo parte en dos. Yo no estaba. Lo llevaron a curarse pero ya nunca fue el mismo.

Murió como mueren los perros de caza que no mueren de viejos o a colmillos de guarro. Bajo las ruedas de un coche.

Tampoco estaba yo. Debió de ser por 2003 ó 2004.

...o se sentaba junto al cochino más grande...

…o se sentaba junto al cochino más grande…

Estos han sido mis perros y esta su historia, breve y mal contada.

En cuanto a la historia del perro que inicia este relato, no la va a tener. Lamentablemente, no ha dado opción; ni a él de tener historia ni a mí de contarla.

Chino le llamé. Observarán que soy repetitivo con los nombres. Quizá sea porque de este modo, en un perro tienes dos, o varios, el que vive y el que recuerdas de su mismo nombre.

No me dio opción. La sexta noche de su vida conmigo, es decir el martes de la semana siguiente a su recogida, decidió escaparse. Durante esos días había estado algo acobardado por el cambio radical en sus costumbres: de su criadero al aire libre, correteando con sus hermanos y primos, al ruido de Madrid, a los ascensores, las puertas, el suelo de madera del piso o el asfáltico de la ciudad…

Esa sexta noche, víspera de mi vuelta al sur y al día en que ella lo conocería, y un par de días antes de su bautismo de campo en busca de las perdices bravas, estaba saliendo de su “depresión”. Le veía más animado, correteaba al extremo de su correa extensible, mantenía su corto rabo alzado en lugar de apretado contra el culo…En fin, parecía otro perro.

Un tirón fuerte de la correa me pilló desprevenido. Chino salió como alma que lleva el diablo, corriendo veloz y sin parar con la correa arrastrada…

Lo busqué casi toda la noche y parte de la mañana siguiente. Di razón de la pérdida donde había que darla, puse carteles…

Ya no creo que aparezca.

Y también creo que, si no aparece, jamás ya tendré perro.

Por eso me apetecía contarles la historia de los que sí tuve.

Como el perro de las lágrimas.

Como el perro de las lágrimas.

 ¿Cómo habría sido este perro? ¿Fiel como Carola? ¿Valiente como Fag I? ¿Noble como Tom? ¿Hermoso como Fag II? ¿Fuerte como Fag III?

¿Tan buen cazador como Chino?

Sin duda hubiera tenido algo de cada uno, fidelidad, valentía, nobleza, belleza, fortaleza y bravura cazadora. Porque, mal me está el decirlo, todos aquellos tuvieron algo de mí.

Pero lo que sí creo es que tuvo, en su vida efímera conmigo, más sensibilidad que ninguno. No digo que hubiera tenido; digo que tuvo.

Porque él supo, no sé cómo lo supo, que de haber vuelto ese miércoles conmigo a la casa del sur, donde ella nos esperaba, no hubiera sido feliz.

No sé cómo lo supo. No sé en qué pudo haber intuido esa ausencia de felicidad futura que le indujo a buscar, escapando hacia la oscuridad, la incertidumbre; quizá la muerte.

Fue una sensibilidad parecida a la que invadió al Perro de las Lágrimas, cuando ya la mujer del médico había logrado salvar a todos. Cuando el llanto inconsolable, por todo lo que había pasado, surgió en el lugar del alborozo por el triunfo conseguido.

El Perro de las Lágrimas bebió las lágrimas.

Chino se escapó para que no surgieran