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RECUERDOS DE JUVENTUD. UNA GARZA EN LA RAMPA.

22 enero, 2019 1 comentario

Aquella época de nuestra vida frente al Parque del Retiro estuvo trufada de anécdotas. Como aquellos robos que les conté. Como el triste suceso del apuñalamiento de una chica en el bar que había junto al portal. Como el pobre sin techo que dormía por las noches en el Diane 6 de Carmela, que siempre dejaba abierto. Como las historias que nos contaba Adelaide, la tata de entonces, cuando volvía de sus paseos con los niños por el Retiro…

La que hoy les cuento fue simpática.

Una mañana, mientras terminaba de vestirme para ir al despacho, me dice Adelaide que baje a la calle; que el portero dice que es muy urgente aunque ella, como siempre, no sabe de qué se trata. Bajo corriendo las escaleras mientras termino de ponerme la corbata y cuando salgo a la calle veo la siguiente escena: Dentro de un corro de gente, en la calzada y frente al portal, está una grúa municipal con tres policías junto a ella. En medio de la rampa de la grúa, que estaba inclinada y con el cable extendido y amarrado al coche de ella, está Carmela sentada, toda peripuesta y elegante para ir a su trabajo. Y muy guapa.

Así, sentada en medio de la rampa de la grúa, con su bolso al lado y fumando un cigarrillo.

  • ¿Qué pasa? Le pregunto desde abajo sin hacer caso a la policía.
  • ¿Es que no lo ves? –me contesta desafiante– Que se quieren llevar el coche.

 

Miro a los policías, que esbozan un gesto de tranquilidad, como pensando “bueno, ya la hará bajar el marido…”.

Miro a Carmela, que esboza un gesto de seguridad, como pensando “ya se le ocurrirá algo, que para eso es abogado, porque yo de aquí no me bajo…”.

Miro a toda la gente alrededor, cada vez más; el portero, el tío de la Pequeñita, el del bar…y unos 20 más, que esbozaban, todos, un gesto de divertimento, como pensando “madre mía la que se va a liar…”.

Y me miro yo, sin esbozar nada, reflexionando, dudando entre el sentido común (“anda, no seas terca, baja de ahí”), la dignidad de marido triunfador (pero a ver cómo lo hago) y el temor, lógico, a la represalia o al menosprecio de Carmela (“cobarde, no te atreviste”). Y así transcurrieron tres o cuatro minutos eternos. Yo mirando, ora a Carmela ora a los polis. Y todos, Carmela, Polis y vecindario, mirándome a mí.

Al fin, tras esos minutos de angustia, surgió de mí la vena de abogado, como en aquel taller de bicis en el que querían hacerme pagar los desperfectos de la que alquilé para la carrera con los compis de la facultad, y me inventé un artículo del reglamento de circulación o de alguna norma municipal de reciente publicación. Con el tono más amistoso y cortés de que fui capaz, pero también con la seguridad plena de la que daban fe mi elegante porte y mi portafolio, en voz alta que todos oyeran, dije al policía que tenía el aspecto de jefe del grupo.

  • Miren, sin duda tienen ustedes razón en que el coche estaba mal estacionado, y firmaré el boletín de denuncia que proceda, pero no es menos cierto (esto lo dije con tono de abogado en sala de juicio) que así como la sanción tiene el objeto de sancionar una conducta inadecuada, la retirada del vehículo tiene la finalidad de liberar la calzada de un obstáculo que impide o estorba la circulación.

 

Me tomé un respiro, giré lentamente la cabeza para observar cómo me miraban todos, ella, los polis y los vecinos, y continué:

  • Y por eso, el reglamento permite que, cuando el infractor está presente y dispuesto a retirar por sí mismo el vehículo que obstruye la vía, no procede que sea la grúa la que lo retire. En fin, ustedes dirán si no es razonable lo que les digo.

 

Supongo que no lo dije con vocabulario tan rimbombante, pero me atrevo a asegurar que no fue muy distinto.

Ante tal discurso, que de lógica no carecía, la persistencia de Carmela, que intuían no iba a decaer y el posicionamiento del respetable que se evidenciaba a nuestro favor, el policía al que me dirigí hizo un gesto al mecánico de la grúa para que desenganchara el cable. Carmela bajó, me miró con gesto cómplice y firmó el boletín de denuncia.

Y cada uno nos fuimos a lo nuestro. No recuerdo si antes de separarnos me dio ella un beso; o si esbozó una mirada de gratitud.

 

Et pourtant je l’aime