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RECUERDOS DE JUVENTUD. EL MISTERIO DE TIMES SQUARE

12 enero, 2019 Deja un comentario

Una tarde de otoño de un año, no recuerdo cuál, de mediados de los 90, llegamos a Nueva York, cansados del viaje y del cambio horario. El taxi nos deja en el hotel reservado: el Marriott Marquis de Times Square, en el corazón de Manhattan. Es un hotel muy singular que ocupa casi cincuenta plantas y una de ellas, en la que se ubica la cafetería, tiene un curioso movimiento rotatorio de 360º que permite la visión de todo el contorno. Solo gira ella, independiente del resto del edificio. Una vez registrados, subimos a la habitación con nuestro equipaje. Dejamos las maletas en el suelo y Carmela se tumba en la cama para descansar un rato antes de salir a cenar.

De repente, un ruido ronco, profundo y continuo empieza a escucharse. Se levanta y, extrañados, empezamos a buscar el origen de tan molesto temblor. Me acerco a la ventana buscando posibles obras, acercamos el oído a las paredes… Nada, no detectamos la fuente. Además era imposible detectar de dónde procedía. Era como si el ruido “estuviera”, no “procediera”.

Al no poder averiguar nada, llamo a recepción. A los cinco minutos sube un auxiliar que hace lo mismo que nosotros hicimos: mirar hacia todos lados y pegar el oído en todas las paredes. No encuentra nada; nos dice que no nos preocupemos, que va a avisar a un especialista y que si no se puede solucionar nos cambiarán de habitación. Lo siguiente que sucede, a los cinco minutos, es la invasión de la habitación por un grupo de tres personas. Un gorilón enorme, moreno y de casi dos metros, con un cinturón del que cuelgan un montón de herramientas y un cartel en el que se lee MOD (Manager on Duty), es decir, el encargado de chapuzas de guardia. Le acompañan dos ayudantes. Con ademán de seguridad, de que “esto no es nada para nosotros, en seguida lo resolvemos“, hacen lo mismo que hizo el anterior, que es lo mismo que habíamos hecho nosotros media hora atrás. Pero estos, con un poco más de profesionalidad. Tal profesionalidad consistía en que además de acercar el oído a las paredes, le daban golpecitos como cuando el cardiólogo ausculta al paciente: toc, toc; muy suavecitos.

El ruido, intenso y desconcertante, continuaba. El equipo, desconcertado, seguía buscando.

De repente, observo que Carmela llama mi atención y me hace una seña compleja; es decir, varias señas en un solo gesto. Mientras con el dedo índice de la mano derecha hace un gesto hacia abajo, veo que aprieta los labios como en sonrisa forzada y enarca las cejas. Creo entender que quiere decir haber descubierto algo, pero no sé el qué. Con los técnicos, que ya se habían rendido, cruzo unas palabras de mutua comprensión y me dicen que no me preocupe, que enseguida sube alguien de recepción para conducirnos a otra habitación. Y que lo sienten muchísimo.

Antes de que suban a cambiarnos de habitación el misterio se resuelve. Carmela se acerca a la maleta grande, la abre y el ruido sale de ella como si se estuviera ahogando; se reduce en intensidad y se expande por toda la habitación. La causa y el origen quedan al descubierto. Este, el interior del neceser con las cosas de aseo; aquella, un puñetero cepillo de dientes de esos eléctricos que se habían puesto de moda, cuyo mecanismo se había disparado. Nos resultaba absolutamente incomprensible haber visto (oído, más bien) cómo un sonido que escuchamos varias veces al día junto a nuestros oídos no es en absoluto molesto, ni nos percatamos de él, y ese mismo sonido, encerrado en una bolsita que está rodeada de ropa que está encerrada en una maleta, puede resultar tan dramático, tan amenazador, tan desconcertante y tan indescifrable como para haber provocado lo que provocó: el asombro de media docena de personas, la incapacidad de su detección y el cambio de habitación.

Cuando subió la chica de recepción la maleta ya estaba de nuevo cerrada y el cepillito, dentro, apagado. Le comentamos que ya había cesado pero que no podíamos arriesgarnos a que se reanudara el tormento. Cuando salimos a cenar, después de haber descansado y tomado la ducha en la nueva habitación, que estaba en la misma planta, no pudimos esconder una mutua mirada irónica al ver que tres o cuatro operarios estaban sacando muebles de la habitación. A la mañana siguiente estaba precintada.

Los misterios de la reverberación, de la resonancia.