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OTROS TRES…

13 junio, 2015 24 comentarios

Me disculparán que hable de mí. Hace tiempo que no lo hago…excepto conmigo mismo.

Hace tres años, apenas un soplo de tiempo, escribía con cierta melancolía sobre la tenue tristeza que me producía no poder ya, con propiedad, cantar aquella preciosa música de Paul Mcartney, When I’m Sixty Four.

Y es que, al día siguiente, cumplía mis 64.

Aún así, cada vez que he tenido ocasión, fuera sólo o con amigos, la he seguido cantando (When I get older, losing my hair…)  con esa manía mía de cantar cuando estoy haciendo cualquier cosa o cuando no hago más que esperar a que suceda cualquier cosa; cuando estoy solo o cuando estoy con gente.

Es decir, siempre. Siempre ando cantando. Cierto es que cuando no estoy solo o no es una fiesta de cantar, canto bajito, apenas tarareando o incluso con los labios cerrados, nada más emitiendo un murmullo que me sale del alma, grave si es soul o gospel, agudo si es aria de ópera o sonata de Mozart.

Hay gente a la que le gusta, o eso creo yo, porque me dicen ¡qué bien cantas! Otros, no muchos, a pesar de ser amigos me dicen que qué pesado. Pero los hay más directos: el otro día estaba cantando bajito, apenas un murmullo, y una señora que estaba a mi lado me dijo con enfado: “¿Puede usted callarse?”. Ni por favor ni nada; así de seco. Y me callé, claro. Yo creo que fue porque estábamos en la sala de espera de un médico y probablemente le dolía la cabeza.

Pero no iba yo a hablar de mis cantos, sino de mis años.

El tiempo pasa deprisa, muy deprisa. Apenas da tiempo para recordar con sosiego lo que ha sucedido en los años inmediatamente anteriores.

El futuro de acerca deprisa, muy deprisa. Apenas queda tiempo para disfrutar con sosiego los proyectos que se han cumplido; o para lamentar los que no fructificaron.

¿Qué me ha pasado, qué he hecho en este lapso que ha transcurrido, veloz como nunca, desde que cumplí aquellos sesenta y cuatro hace hoy exactamente tres años?

¿Nada? ¿Solo el tiempo? ¿Solo -tantos como- tres años?

Decir nada es quizá una exageración, pero si alguien me preguntara, espero que no, ¿qué has hecho en estos tres años? No sabría qué decirle.

Quizá le respondería simplemente, por salir del paso: “vivir”.

Y es cierto, he vivido, que no es poco. He disfrutado de la vida que tengo, que la fortuna permite que sea buena y digna. He cumplido con el itinerario de la vida que contaba en aquél escrito, Las Edades del Hombre, que me inspiró mi padre. He conseguido, creo, que mi tiempo sea mío, para disfrutarlo, y de nadie más, excepto para compartirlo con las personas que quiero y que me quieren, como me enseñó Manuel Vicent.

Y hoy, tan rápido como un suspiro, han pasado tres años desde aquellos 64; son ya 67. Los setenta llegarán sin avisar, más rápido, mucho más, de lo que han llegado estos. Y luego los 73; y, en seguida, los… La vida que Dios me dé, que espero mantenga un razonable equilibrio entre duración y calidad; entre tiempo y salud. Nada de eso puedo controlar.

El tiempo no avisa, te asalta. Porque el tiempo, en cuanto medida de la vida que transcurre, no es más que una entelequia. Ya lo decía el Gaucho Fierro en aquella payada con el Moreno que relataba hace justo tres años:

Moreno voy a decir,

Según mi saber alcanza

El tiempo solo es tardanza

De lo que está por venir;

No tuvo nunca principio

Ni jamás acabará.

Porque el tiempo es una rueda,

Y rueda es eternidad;

Y si el hombre lo divide

Solo lo hace en mi sentir,

Por saber lo que ha vivido

O le resta que vivir.

Así que hasta que llegue el siguiente momento, haré lo que he hecho hasta ahora: vivir. Y, en lo posible, emulando lo que dijo Horacio en su Libro de las Odas: Carpe diem quam minimum credula postero (aprovecha el día, confía lo menos posible en el mañana).

Trataré de seguir aprovechando cada día, con los míos, pero seguiré confiando en el mañana y en los míos. Como siempre he hecho.

Ah, y seguiré cantando hasta que ya no quede voz.

Como cantaba con mi queridísima hermana Blanca, que no tuvo la suerte que yo he tenido y que nos dejó en el único cumpleaños triste, tristísimo, que he tenido en mi vida: el de mis cincuenta.

Este fue el último suyo.

Felicidades, amigo. Un beso enorme, hermanita.

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¿MIL EUROS A QUE EL VIEJO LA PALMA?

28 febrero, 2012 10 comentarios

“Una de las funciones más nobles de la razón consiste en saber si es o no, tiempo de irse de este mundo”.
Marco Aurelio, Libro III.

Con esta cita comenzaba una entrada que publiqué en agosto de 2010, bajo el título Soylent Green. Disertaba en el escrito, con notable superficialidad, sobre el suicidio, la eutanasia, la muerte asistida, la muerte digna, el testamento vital…. En fin, sobre todas estas convenciones que afectan a las decisiones de uno mismo sobre su propia muerte o, en casos extremos, a las que otros pudieran tomar sobre la vida de uno. Como fondo de escenario (y título de la entrada) utilicé aquella soberbia película, Soylent Green, drama futurista de corte “orweliano” que dirigió Richard Fleischer en 1973. Charlton Heston y Edward G. Robinson dieron vida a los protagonistas.  En ese mundo futuro, aquellos que voluntariamente morían, servían de alimento –debidamente procesados- a los que aún vivían. Recomiendo su visión y, naturalmente, la lectura de mi referida entrada.

 Todos nos recreamos, en ciertos momentos, imaginando nuestra inmortalidad, aunque seamos conscientes de lo efímero del paso por la vida y de la rapidez con que se acerca la despedida. Cuando somos aún jóvenes, la vemos muy lejana o, más certeramente, no pensamos en ella. Pero al acercarnos al umbral ya sabemos que la parca está cerca, a la vuelta de cualquier esquina; solo que no la queremos ver aún.

 

Es ley de vida. Conforme avanzamos en nuestro itinerario vital, tendemos a encerrar el tiempo pasado entre dos fechas y, así, creemos que casi nada duró: todo aquel tiempo pasado cabe en un pensamiento. El tiempo futuro, en cambio, solo tiene punto de partida. Conscientemente lo estiramos, aunque lo sepamos escaso, porque aún no lo conocemos y, desde luego, todavía no lo recordamos. Las horas que nos quedan por vivir son, nos decimos, muchas más –y más intensas-que las vividas, aunque el tiempo por transcurrir sea menor. Leí una frase de Manuel Vicent que tengo grabada a fuego en mi memoria:

“Dios creó el tiempo, pero permitió que nosotros hiciéramos las horas”

Tendemos a perdernos en el tiempo; y pretendemos aprovechar las horas.

—————————–

La cosa se complica sobremanera cuando ya no hablamos de la duración de la vida o del acaecimiento de la muerte de uno mismo, sino de la de los otros. No me refiero ahora a las acciones, omisiones o decisiones que puedan tener que ver con la muerte de los demás. Hablaré, y de ahí viene el título de esta entrada, sobre algo insólito que hace pocas semanas se divulgó y a lo que se dedicó mucha menos atención de lo que el asunto, en mi opinión, requería. No se trataba del debate moral sobre ayudar a morir con dignidad o, por el contrario, mantener a toda costa la vida. El asunto era mucho menos profundo: la vida y la muerte se enfocaban desde una perspectiva puramente financiera. La vida se conceptúa como un instrumento financiero derivado. Explicaré el concepto y el caso a que me refiero:

 “Un derivado financiero -o instrumento derivado- es un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo, y de ahí surge su nombre. El activo del que depende toma el nombre de activo subyacente, por ejemplo el valor de un futuro sobre el petróleo se basa en el precio del petróleo. Se puede decir que cualquier tipo de activo puede llegar a transformarse en subyacente de un derivado. Estos derivados pueden cotizarse en mercados organizados (como las bolsas) o no organizados.”

Ojo, Cualquier tipo de activo.

Para que no nos perdamos, voy al asunto, que será mucho más explicativo. Resulta que una de las instituciones financieras más importantes de Europa, el banco alemán Deutsche Bank ha creado un producto financiero, ciertamente macabro, que comercializa a través de un Fondo de Inversión. El fondo se denomina DB Life Kompass 3 (Deutsche Bank brújula de vida 3), aunque los “traders” de Wall Street lo llaman “life settlement-backed security”. Cualquier inversor puede adquirir participaciones de este fondo igual que si se tratara de invertir en fondos de deuda soberana, valores de renta variable o pagarés de empresa. En estos casos, se sabe en qué se invierte y se intuye (hablando de instrumentos financieros nunca se sabe; sólo se intuye) que se gana o se pierde si la cartera de valores en que se invierte el fondo sube o baja.

Pero, ¿qué pasa con el fondo DB Life Kompass 3? ¿qué quiere decir “brújula de vida“? Lo explico:

El banco alemán ha seleccionado 500 personas de avanzada edad, entre 70 y 90 años (serán el activo subyacente). Sobre cada uno de ellos, emite un certificado (el instrumento derivado) en el que se establece una expectativa de vida determinada de cada viejito. Y es ese instrumento el objeto de inversión de los clientes del banco. ¿Cuál es la apuesta, cuál el riesgo? Si la persona de referencia (el activo subyacente) vive más que la vida que se estimó en el certificado, el banco gana (y el inversor, claro, pierde). Si, por el contrario, la muerte del activo subyacente (del viejito) sobreviene antes de lo estimado, el inversor gana (aunque me extrañaría que el banco perdiese).

Tan simple como eso. Los bancos deseando larga vida a los viejos; los inversores, anhelando su muerte prematura.

Naturalmente el asunto ha dado que hablar. Han intervenido diferentes instituciones (la Defensoría del Pueblo de la Asociación de Bancos Alemanes, la Asociación de Seguros de Vida Secundaria (¿) Alemana y algunos tribunales), pero no se ponen de acuerdo sobre quién debe determinar el trasfondo ético del fondo de inversión. La mayoría de los no afectados (todos menos los inversores y el banco) piensan que este producto financiero es difícilmente compatible con la dignidad humana. Aun así, nadie cuestiona su legalidad. El colmo del cinismo viene de la mano del presidente de la Asociación de Seguros cuando, sin despeinarse, alega que “el modelo de negocio de dicho fondo es, en nuestra opinión, moralmente aceptable. De lo contrario, podríamos inferir que cualquier compañía de seguros de pensiones se beneficia de la muerte temprana de los asegurados”. Sin comentarios.

Todos se llevan las manos a la cabeza, pero nadie quiere perder tajada. En los primeros días, el fondo ha recaudado 200 millones de euros y ya se están planteando otros bancos de inversión como Bear Stearns, Merrill Lynch y USB, aun con cierta vergüenza, entrar en el circo de la muerte.

Lo que no he logrado saber es si los 500 viejos conocen que son “activos subyacentes”; si son conscientes de que hay gente que, por haber invertido su dinero en el dichoso fondo, están deseando que mueran. No lo creo, no podrían vivir con esa sospecha y ese “no poder vivir” inclinaría la balanza del lado de los inversores. Un activo subyacente que se precie de serlo ha de ser neutral; suele desconocer que sobre él se apuesta.

¿Sabéis lo mejor de todo? No os extrañará cuando lo diga: según uno de los abogados que representa a un grupo de inversores, el Deutsche Bank ha utilizado unas tablas de esperanza de vida obsoletas que, cómo no, perjudican a los inversores.

Pero, al fin, la vida es juego y es incierta; la muerte es el premio final, y es segura. Apuesten señores, ¿qué nos jugamos a que este vejete la palma antes de fin de año?

 No es bueno desear la propia muerte si la vida que se vive es digna; y casi siempre lo es. Es indigno desear la muerte del otro, sean cuales fueren los motivos. Pero lo que resulta deleznable es provocar que, por dinero, unos se vean deseando la muerte de otros a quienes no han visto en su vida. Hay algo cutre en todo este asunto.

De todos los suicidios que la historia y la literatura nos han permitido conocer, el más llorado pero también el más justificado fue el de los amantes de Verona, Romeo Montesco y Julieta Capuleto. Ambos deseaban morir, puesto que no les dejaban vivir su dignidad, y ambos deseaban que el otro no sobreviviera a la muerte propia.

Con esta imagen me quedo. El romanticismo del suicidio y del deseo de la muerte del prójimo. Lo cantaba extraordinariamente bien el poeta Sabina en aquella preciosa canción:  Y Morirme Contigo si te Matas.

 …lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.


Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.

Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.

Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.

Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.

Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.

Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.

No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas “volvamos a empezar”;
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.

Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.