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RECUERDOS DE JUVENTUD. DETENCIÓN EN LA FERIA

8 enero, 2019 6 comentarios

Fue precisamente en la Feria de Sevilla cuando sucedió aquello que, sin desvelar de qué se trataba, les he anticipado en un par de ocasiones, hace ya muchas páginas, hace ya muchos años. Ahora se lo contaré.

Es el 19 de abril de 1991, viernes. Habíamos viajado de Madrid a Sevilla en el mi flamante BMW y nada más dejar las maletas en el hotel (esta vez cambiamos de hotel y nos hospedamos en el Hotel Lar, en la Plaza de Carmen Benítez, pues en ni en el AC ni en el Colón quedaban habitaciones) fuimos a la caseta a comer. Después de comida y sobremesa, me despido de Pepe y de los otros hasta la noche y nos volvemos al hotel a echar una buena siesta. Magnífica fue la siesta, pero a eso de las 9, cuando me dispongo a ducharme y vestirme, suena una llamada en la puerta: toc, toc.

Cuando abro la puerta me quedo medio paralizado. Una pareja de policías de uniforme, acompañados por el director del hotel.

  • ¿Jaime López-Chicheri?
  • Sí, soy yo, ¿qué quieren?
  • Que nos acompañe a la comisaría; queda usted detenido.
  • ¿Que qué? ¿Que estoy detenido? ¿Por qué?
  • Usted debe saberlo bien. Venga, póngase los pantalones y venga con nosotros.

Asombrado, asustado… No tenía ni idea de qué podría estar pasando. Hasta se me pasó por la cabeza que alguien nos había metido un paquete de droga en el coche. No sé, cualquier cosa…estaba acojonado.

Y es entonces cuando salta Carmela:

  • ¡¿Pero, qué dicen?! ¿Están ustedes locos?

 

  • Señora, o se calla o se viene con nosotros también. Y a este, espósamelo, grita dirigiendo la mirada a su compañero.

Le digo a Carmela que se calme. Y que llame a Joaquín Arribas, un auditor que entró al tiempo que yo en Arthur Andersen en 1975 y que se incorporó a E & W bastantes años después. Joaquín venía también este año a la feria, con su mujer y están en el mismo hotel. Joaquín tenía un hermano comisario, así que era un buen contacto, fuera lo que fuere el asunto este. El policía dice:

  • Ya, ya imagino que tendrá usted amigos. A ver si el Joaquín ese va a estar también pringado.

 

Mientras me visto, no con la dignidad que requeriría la noche de feria, con traje y corbata, sino con la suficiencia de la noche que, ya pensaba, me espera en comisaría, escucho al director del hotel…

  • Oiga, y ¿quién me va a pagar la estancia si se lo llevan a usted?

 

Con la mirada, le mandé a la mierda. Debidamente esposado, pero con toda la dignidad que las circunstancias permitían, salí de la habitación con un policía a cada lado y el director detrás. Me volví para echar un beso a Carmela; al hacerlo, elevé los hombros con ese gesto de “no tengo ni idea de qué está pasando”. Carmela me lanzó otro beso haciendo idéntico gesto.

El paso por el lobby del hotel resultó impactante. Serían las nueve y media, hora en la que los clientes del hotel bajan, todos guapos y elegantes, para ir a cenar o dirigirse a la feria. Y yo, esposado y escoltado por los maderos, con el cuerpo erguido y la frente muy alta, atravesando grupos y corros. Mis amigos, que ahí había unos cuantos, me miraban con tremenda extrañeza y ojos como platos, interrogantes. Yo repetí tres o cuatro veces el gesto de los hombros.

Me dio tiempo a decirles a los policías que se trataba de un error, que era inocente de lo que fuera que me acusaban, que… Y me di cuenta (ya había percibido algo) de que la pareja tenía repartidos los papeles de poli bueno poli malo, porque el malo, que era el que había hablado todo el rato, solo respondía “Ya, ya, todos dicen lo mismo…”, en tanto que el otro decía “Bueno, si es un error se aclarará en comisaría”. Al llegar al coche Z, me abren la puerta trasera y me indican que entre. Le pido por favor al policía que hasta entonces había permanecido en silencio, el bueno, que por favor me quitara las esposas para no romperme una muñeca al sentarme. Así lo hace. Pero cuando me siento, casi me rompo la rabadilla. Resulta que el asiento trasero, que tenía aspecto de asiento normal de coche, con su dibujito y su apariencia de tela o cuero en capitoné, era de plástico duro. Ante mi exclamación de dolor y mi comentario de sorpresa, el bueno me dice:

  • Es que ahora los hacen duros porque muchos detenidos, con tal de joder, rasgaban los asientos con las esposas.

 

Durante el camino les estuve insistiendo en que se trataba de un error y que, por favor, me dijeran de qué se trataba; o que, al menos, me hicieran pruebas de identificación. Cuando llegamos a la comisaría central de Sevilla, subimos a la planta donde estaba el comisario de guardia y me sientan en una silla, junto a otras tres o cuatro, pegadas a la pared en una sala amplia. El poli malo entra al despacho a hacer su atestado. Antes de que se separara le pido que le diga al comisario que quiero solicitar un habeas corpus, esto es, una comparecencia inmediata ante el juez de guardia. Con sorna, me responde:

  • Ya, ¿Usted cree que va a haber un juez de guardia en viernes de Feria?

 

El poli bueno se queda de pie, junto a mí. Más de una hora estuve esperando, mientras mi mente se empeñaba en recordar casos similares pero con finales trágicos. Como el Caso Almería, aquel asesinato de tres inocentes que detuvieron tomándolos por etarras. Sucedió justo diez años antes; ellos insistían en su inocencia pero fueron torturados primero y luego asesinados, simulando un accidente, por el teniente coronel Castillo Quero, el mismo que los detuvo.

En ese tiempo ya casi me había hecho amigo del poli bueno. No me cupo duda cuando, al cabo de media hora de espera, entró un detenido con andares de borracho y aspecto de drogado; lo sentaron junto a mí y el tipo echó la cabeza sobre mi hombro como para seguir durmiendo o porque era incapaz de mantenerla erguida. Entonces, el poli lo agarra del hombro, lo zarandea y lo separa de mí mientras le dice:

  • Quita, imbécil, ¿no ves que estas molestando al señor?

 

¡Al señor! Yo creo que ya estaba convencido. Y más cuando después de esa hora y media tan larga, su compañero sale del despacho del comisario con cara de cabreo.

  • Se nota que tienen ustedes contactos, casi grita con cara de cabreo. ¡Nos vamos a la policía científica!

Yo respiré. Eso es que me van a hacer las pruebas de identificación, pensé aliviado. Y eso es porque Carmela ha hecho bien su trabajo.

Así fue. Llegamos a las dependencias de la policía científica donde, sin esperar ni dos minutos, me invitan a entrar en el despacho del inspector o comisario, lo que fuera, quien se levantó, me tendió la mano y se presentó. Las maneras habían cambiado.

Me hizo un interrogatorio sobre mi vida, mi familia, los coches que había tenido, mis lugares de trabajo… al que no solo contesté a su satisfacción, sino que aporté multitud de detalles que pensé ayudarían a su convicción. Durante ese interrogatorio me explicó el asunto. Tenía, desde hacía años, orden de búsqueda y captura de 13 juzgados españoles y dos de la Interpol por asuntos de estafa, tráfico de drogas y otras cosas; menos delitos sexuales y asesinato, de todo. Cuando le pregunté cómo era posible que con tanta orden de detención hubiera podido hacer vida normal y viajar con frecuencia por el extranjero; cómo, habiendo tenido domicilio y lugares de trabajo conocidos, declarando mis impuestos…en fin, teniendo una vida transparente, nunca en estos años había tenido problemas, su respuesta fue que a él le extrañaba no menos que a mí, y que la única explicación que se le ocurría era que, en tiempos de feria como este, la policía revisaba con mucho más interés las fichas de los hoteles.

Ni él ni yo pensamos que esa podía ser una explicación. Luego me enseñó un pasaporte que habían interceptado a un tipo, colombiano, que más tarde escapó. Cuando leo el pasaporte, recuerden que en aquella época no estaban digitalizados y los datos aparecían a mano, veo los datos personales:

Jaime López-Chichen Dabán. Nacido el 12 de junio de 1948.

El poli que revisó la ficha del hotel tomó “Chichen” por “Chicheri”; una “n” escrita a mano se puede confundir con “ri”. Igual que un 12 por un 13.

Entonces recuerdo, y ustedes recordarán si leyeron la anécdota de cuando me llamaron de la comisaría de Arapiles, al poco de entrar en Arthur Andersen, el robo del piso de mis padres en la calle Ferraz en el que, además de joyas y otras cosas, despareció mi pasaporte. Y conecto aquello con esto. Este y no otro fue el origen de lo sucedido hoy. Se lo cuento al comisario, que ya estaba convencido de mi inocencia.

  • Mire don Jaime. Aunque yo no tengo autoridad para decretar su libertad, hoy es muy difícil contactar con el juez de guardia y no quiero que este asunto de tan evidente equivocación se prolongue más. Queda usted libre y le ruego que acepte nuestras disculpas.

El poli bueno, que había permanecido a nuestro lado todo el rato, respiró aliviado, como en las películas de misterio o de terror cuando, ya cerca del final, se deshace la oscura trama, se desvela el secreto, se salva la vida del protagonista. Me dio también la mano mientras me decía:

  • Mis disculpas también, don Jaime. Le llevo al hotel en el coche oficial

 

Ya en el hotel coincido con Carmela que, al verme, respira aliviada y me relata su lado de la historia. Nada más salir yo de la habitación, esposado, llamó a Joaquín y le contó lo sucedido. Y Joaquín se puso en marcha. El aviso llegó tarde a la comisaría pues el hermano de Joaquín, el comisario, no estaba en su casa y tardó en localizarlo. No eran tiempos de teléfonos móviles aún. Finalmente le dijeron que estaba por Valladolid, en la finca de unos parientes de su mujer. Cuando finalmente pudo hablar con él y le relató lo sucedido, el hermano le contestó:

  • Ya, Joaquín, pero ¿estás seguro de que es un error? Mira que no es fácil conocer la vida personal ni siquiera de nuestros mejores amigos. A ver si vamos a meter la pata.
  • Te puedo asegurar que es un error; que Jaime empezó a trabajar conmigo y le conozco bien. Estoy seguro.

 

Tampoco es que fuéramos íntimos Joaquín y yo, pero le agradecí mucho su insistencia. Gracias a ella se resolvió con cierta celeridad un asunto que pudo haber tomado un sesgo preocupante.

Después de llamar a Joaquín, tomó un taxi y se fue a la comisaría central, a donde a mí me habían llevado. Y allí, según pude colegir, armó la marimorena. Se puso a gritar como una descosida:

  • ¡¡Parece mentira, mi marido en la cárcel y Alfonso Guerra en la calle!!

 

  • Cállese, señora, no grite, le decía el comisario.

Así que todo acabó bien. Como a las dos o tres de la madrugada aparecía yo en la caseta, ante el asombro de Pepe y de otros amigos.

  • Pero Jaime, ¿Dónde te has metido? ¿No habíamos quedado a las diez?
  • Si, Pepe, lo siento. Es que mira, me han detenido.

 

Le decía mientras mostraba, para que todos lo vieran, mis dedos aún manchados con la tinta que ponen para implantar en la ficha las huellas digitales.

  • Baja la mano, bájala, me dice Pepe temiendo que sus amigos sevillanos pensaran que se trataba con un delincuente habitual.

Así terminó la parte sevillana de la historia. Para evitar la posibilidad de que pudiera volver a suceder algo similar, en cuanto llegué a Madrid pedí cita al Director General de Archivos Centrales del ministerio del interior, con quien me había conectado el hermano de Joaquín. Llevaba preparada una instancia en la que relataba lo ocurrido y que finalizaba con este triple SUPLICA:

  • Tenga por interpuesto este escrito a los efectos que proceda.
  • Dé las instrucciones pertinentes para que el nombre de quien esto suscribe, D. Jaime López-Chicheri Dabán, así como el de D. Jaime López-Chichen Dabán, que con evidente error de falsificación ha sido utilizado por quien realmente cometió los hechos imputados, sean eliminados de los documentos informáticos o de otro tipo en los que figure relacionado con los asuntos relatados.
  • De lo anterior se dé cuenta a los juzgados que interesaron la búsqueda y captura de los nombres citados.

Todo ello a fin de que un ciudadano respetable y de vida conocida y transparente, como el que suscribe, recupere la confianza en la Administración Policial y no se vea involucrado en tan desagradables procesos como el en este escrito relatado.

En Madrid, a 22 de abril de 1991. 

 

El Director General me atendió con una amabilidad inesperada y nada más saludarnos me pidió disculpas por lo sucedido, que ya le había explicado nuestro contacto común. Me pidió que le acompañara a la sala de ordenadores donde, en mi presencia, pidió al funcionario que eliminara de mi ficha personal de ciudadano los antecedentes que tuvieran relación con este asunto (excluso decir que no los había de ningún otro tipo) y, antes de despedirnos, confirmó mis sospechas sobre el origen de tan kafkiano acontecimiento.

Que no era otro que el que yo sospeché desde el principio: el robo del pasaporte en el asalto al piso de Ferraz.