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RECUERDOS DE JUVENTUD. AQUEL AÑO DE ROBOS

1 diciembre, 2018 2 comentarios

Estas cosas que voy a contar sucedieron en 1987. Fueron pequeños robos con escasa importancia y con desenlace más bien cómico. No, desde luego, como aquel de Ferraz del año 75 en el que, entre otras cosas, se llevaron mi pasaporte. Les contaré algún día las consecuencias de aquello, 16 años después.

El 13 de junio del año de los robos, día de mi cumpleaños que este año caía en sábado, suena el timbre de casa. “Señor, preguntan por usted”, me dice Adelaida, la tata. Era un señor que traía un paquete para mí.

  • Si es usted Jaime López, esto es para usted. De parte de doña Carmen Mirecki
  • Ah, sí, muchas gracias, qué detalle.

Era un paquete, mal envuelto, en una bolsa de plástico como vieja. Pero era un regalo de Carmela, todo un detalle.

Cuando iba a cerrar la puerta, me dice el señor:

  • Oiga, me lo tiene que pagar; son 15.000 pesetas.
  • ¿Pagar?…

Me pareció raro que tuviera que pagar el regalo, así que me decido a abrirlo. Y veo que dentro de ese envoltorio hay una radio de coche, una Pionner, buena marca, directamente envuelta en el papel, sin caja ni papeles ni nada. Sin aún sospechar, digo al señor:

  • Oiga, pero esto está como usado, no es nuevo.
  • ¡Anda! Que no es nuevo, dice ¿Qué quiere usted? Bastante bien está…

Fue entonces cuando caí. Resulta que unas semanas antes me habían robado la radio, una de esas extraíbles de entonces, de mi coche. Y Carmela, la detallista Carmela, me regalaba una por mi santo. Pero se la había encargado a un perista, de esos que compran cosas robadas, y encima la tenía que pagar yo.

Aun así, le di las gracias por el regalito.

 

Y es que en aquellos años eran frecuentes los robos de pequeñas cosas, y no solo en el barrio. Unos meses antes nos habían robado las motos de campo, la Montesa Cota 247 de Carmela y la 348 mía. Me fastidió bastante, porque aunque las usábamos poco pero nos habían hecho pasar días felices.

 

Un sábado por la mañana de varios días después, ya montados los cinco en el coche, noto que está un poco baja la parte derecha del morro. Le pido a Carmela que se asome a la ventanilla, a ver si la rueda estaba pichada como me parecía.

  • No, pinchada no está. Lo que pasa es que no hay rueda.

Nos la habían robado.

 

Fue mucho más curioso, especialmente por el desenlace, el robo de los palos de golf de un par de semanas después.

Carmela, que se empezaba a aficionar al deporte, se había comprado medio juego de palos en una pequeña bolsa de tela, algo provisional, hasta ver si cogía afición de verdad. Yo ya jugaba con frecuencia y mi bolsa era más seria y completa. Este sábado habíamos jugado y al llegar a casa por la tarde, en lugar de subir a casa los palos decido dejarlos en el coche, puesto que el domingo también jugábamos.

Cuando al día siguiente bajamos Carmela, mi hijo Tano y yo veo, al acercarme al coche, el maletero medio abierto. Me temí lo peor. Y mi temor fue justificado. Los palos de golf habían desaparecido. Me quedo un rato maldiciendo y decidiendo qué hacer. Es entonces cuando a Carmela se le ocurre:

  • Tengo una corazonada. Seguro que están en el Rastro. Seguro que no los ha robado un golfista, sino un chaval para venderlos. Venga, vamos al Rastro.

A mí me pareció una tontería, pero como estaba sin saber qué hacer, al siguiente “venga, vamos…” me decidí. Pusimos rumbo al rastro. Llegamos, dejo el coche en la Ronda de Toledo, en doble fila y con Carmela dentro, y me lanzo con Tano a la aventura. Subimos y bajamos la Ribera de Curtidores mirando en todos los puestos. Tano quería curiosear, pero le dije que íbamos solo a una cosa, a buscar los palos, y que mamá estaba esperando. Tres cuartos de hora después estamos de vuelta.

  • Nada, Carmela, hemos mirado por todos lados y ni rastro en el Rastro.
  • ¿Seguro? ¿Habéis mirado en esa plaza, que está llena de puestos?
  • Pues…no, no hemos mirado, pero…
  • Pues mirad, que tengo una corazonada.

Yo no lo entendía; no entendía su empeño ¿Cómo iban a estar los palos aquí, si nos los robaron ayer por la noche? Me abstuve de hacerle la pregunta, que solo era para mí, porque sabía que no iba a servir de nada.

Así que nos dirigimos a la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo, que es a la que se refería Carmela. En efecto, estaba llena de puestos. Los inspeccionamos con interés, Tano y yo. Cuando ya casi terminábamos, observo con incredulidad, en un rincón de un puesto bastante grande en el que vendían desde azadas hasta neveras, mi bolsa de palos apoyada en un árbol. Lo primero que viene a mi pensamiento, tras la sorpresa inicial es: “¿Será bruja la Carmela esta? ¿Cómo ha podido estar tan segura?”

Luego, ya, reacciono; le digo a Tano “aquí están, tenía razón tu madre”; y él “jo, qué tía, mamá”. Y me acerco a la bolsa de golf. Veo que están dentro mis palos y los de Carmela. La bolsita de tela de Carmela han debido de tirarla.

Mi primer instinto fue cogerla por las buenas, que es lo que sugirió Tano (“pues cógela y nos vamos, ¿no?”), pero ya me conocen, soy más bien racional. Así que dediqué dos minutos a sopesar pros y contras. Si me la llevo por las buenas, se puede montar aquí un lío y no estoy muy seguro de salir bien. Otra posibilidad es que me acerque a la comisaría de Curtidores y denuncie; pero ¿Cómo demuestro que es mía si no he puesto denuncia previa? ¿Y si, cuando vuelva, ya no está la bolsa?

Ninguna de estas dos opciones me convencía. Opté por una tercera.

  • Oiga, amigo, ¿Cuánto pide por esta bolsa?
  • Verá usted que son buenos palos; 15.000 pelas.
  • ¿Quince mil? Me parece mucho. Si me los da por 10.000 me los llevo.

Y así, con mi dignidad herida ante la mirada de incomprensión y la pregunta directa de Tano (“pero papá… ¿no eran los vuestros?”), con 10 mil pelas menos en el bolsillo pero también con el convencimiento de que había hecho lo correcto, volví al coche. Me jodió bastante, cuando giré la cabeza para dirigir una última mirada de rencor al vendedor, reconocer bajo su trasero una silla de playa que llevaba en el coche para los pantanos y ver, sobre su cabeza, mi gorra de golf.

Aproveché el camino de vuelta para tratar de enseñar a mi hijo que en la vida no siempre se debe hacer lo que el primer instinto te sugiere, que hay que pensar en las consecuencias antes de realizar los actos, que en ocasiones hay que tragarse el orgullo, que… No estoy seguro de que me entendiera.

Y, cuando llegamos al coche, Tano:

  • ¡Mamá, mamá! ¡Los hemos encontrado!

Ella me miró con esa carita de sabihonda que pone a veces y solo comentó:

  • Ya te lo dije

Estuve a punto de contestar algo así como “si no hubiera gente que compra a peristas, como tú, no habría ladrones“. Me contuve, otra vez, cuando caí en la cuenta de que yo acababa de hacer lo mismo: comprar  a un perista.

Aunque fuera mi propia bolsa de palos de golf.