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Archive for the ‘RECUERDOS DE UNA VIDA’ Category

RECUERDOS DE JUVENTUD. MISS CANCELAS DE DON BEN

12 noviembre, 2018 4 comentarios

Hoy, 11 de noviembre, hace justo 13 años que mi querido hermano Nacho se fue al cielo a visitar a mi querida hermana Blanca, que marchó allá un 13 de junio de 1998, justo el día que yo cumplía mis primeros 50 años. Nacho no volvió. Nos hablamos de vez en cuando y, como a Blanca y a mis padres, le recordamos mucho.

Y hoy, en el chat familiar, han paseado fotos y recuerdos de Nacho. Entre ellos, el de aquel día, famoso día, en que Nacho ganó el concurso de Miss de la discoteca más afamada de nuestro querido San Carlos de la Rápita: Las Cancelas de don Ben. Han leído bien: Mi hermano Nacho ganó el concurso de Miss Cancelas de don Ben

Era Las Cancelas una discoteca maravillosa, que por la mañana era casa de campo, el resto del día restaurante y bar de copas y por la noche sala de fiestas. Estaba entre San Carlos y Las Casas de Alcanar, frente al camping de los Alfaques, en el que ocho años después, el 11 de julio de 1978 se cebó la tragedia. La explosión de un camión cisterna destruyó el camping y, con él, 250 vidas.

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Como ya saben que estos meses ando escarbando recuerdos de mi coco y de mi corazón, permítanme que les relate el día de Miss Cancelas.

 

Miss Cancelas conmigo

                  Miss Cancelas conmigo

 

      Miss Cancelas con mi hermano Manolo.

Aquel verano de 1970 transcurrió, como siempre, entre el esquí, la pesca, las francesitas y las Cancelas de don Ben. Este año en las Cancelas sucedió lo extraordinario: mi hermano Nacho, con 16 años muy bien llevados, ganó el concurso de Miss Cancelas. Como lo oyen.

No sé a quién se le ocurrió la idea. Nacho era un chaval divertido, ingenioso y atrevido. Los dueños de las Cancelas, con el propósito de animar la asistencia, convocaron ese verano un concurso de mises. Alguien de la familia, no recuerdo quién, tuvo la fantástica idea de que nos presentáramos uno de nosotros disfrazado de chavala. Yo me descarté porque tenía barba, Fernando y Manolo porque eran muy mayores, Chiky no sé por qué, Virginia porque era niña, Blanca no estaba, Iván era muy pequeñajo… Todos miramos a Nacho. Y él, con una sonrisa de oreja a oreja, se prestó a ello con ilusión.

Así que la cosa se fue preparando. Virginia y yo –no sé si algún otro hermano– nos colamos en el jurado, pues teníamos cierta influencia con los dueños por ser tan buenos clientes. La tarde de la celebración del concurso Nacho se encerró en casa con sus asesores de imagen, los otros hermanos. No le volví a ver hasta que alguien me avisó de que llegaba a las Cancelas. Salimos a verle, era ya atardecido, y nos quedamos de piedra, absolutamente admirados. A la grupa de un caballo pinto, cabalgando a pelo, llegaba una chavala preciosa, vestida con un traje blanco y verde con un corazón bordado en la pechera, toda ella sonriente, sugerente y elegante. Nacho estaba bellísima.

Nos costó descubrir en ella, en Loli, a nuestro hermano pequeño. Tampoco lo descubrió la concurrencia, ni siquiera el jurado, también admirado por la belleza de aquella desconocida. Fue escaso el esfuerzo que tuvimos que hacer Virginia y yo para convencer a los demás miembros del jurado de que, sin duda, la más bella de las mises era…Nacho. Disculpen, Loli.

Aun así, tuvimos la prudencia, antes de tomar la decisión unánime de nombrar a Nacho como la más bella de las mises, de desvelar el secreto a los del jurado. Nos miraron sin creerlo, observaron a Loli con más atención y, en silencio, se descojonaron de risa. Y tanto les divirtió el asunto que les pareció bien nuestra propuesta de anunciar el veredicto. Eso sí, también estuvimos de acuerdo en desvelar la verdad justo después de que Nacho fuera declarado Miss Cancelas de don Ben, para que la gente participara de la juerga. Así se hizo. Luego, inmediatamente, se dio el veredicto definitivo para que ganara la más bella.

Que, dicha sea la verdad, no lo era tanto como Nacho lo parecía

 

    Miss Cancelas con las piernas llenas de pelos

RECUERDOS DE JUVENTUD. LA PELEA DE PEÑÍSCOLA.

3 noviembre, 2018 Deja un comentario

En mi última entrada, la del paracaídas, les comentaba que “como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí”. Así que les traigo hoy otro recuerdo.

Iniciaba el relato del paracaídas con esta mención: “…si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida”.

Hoy, rememorando lo que sucedió un año después, puedo comenzar este relato de manera similar:

Si por algo ha de ser recordado ese verano del 69, es por la pelea de Peñíscola”.

Un día de agosto, ya de veraneo en San Carlos, recibió mi padre una llamada de su cuñado, Joaquín Garrigues, que andaba de crucero en un barco frente a las costas de Tarragona. Tenía un problema serio, ya que su hijo Felipe, que tendría unos 17 o 18 años, había enfermado con diagnóstico de apendicitis. La urgencia de la intervención aconsejaba no esperar al siguiente puerto de destino; había que desembarcar. Mi padre puso todo a disposición de la familia y de la urgencia. No recuerdo los detalles del traslado, pero al día siguiente estaban Joaquín Garrigues y su hijo Felipe en casa. Al día siguiente le operaron y a los dos días volvió Joaquín a sus quehaceres. Felipe prefirió quedarse cuando vio lo divertido que era San Carlos con sus animadísimos primos. A Felipe lo llevábamos a todos lados con nosotros. Con sus 18, estaba a medio camino entre nosotros, Chiky y yo con 21 y 22 y Nacho con 15.

A Chiky le veía poco en esta época. Entre que estaba casi todo el tiempo embarcado y que sus tiempos libres los pasaba entre Coruña y Cangas (se había echado hace poco una novia guapísima, María García-Blanco Cicerón, gallega) le veía de pascuas a ramos. Pero en verano no faltaban en San Carlos. Estaban también este verano mis queridas hermanas Blanca (embarazada de cuatro meses de su hijo Jaime) sola, sin su marido, y Virginia con Fernando, su novio. No estaban los hermanos mayores, Fernando y Manolo.

A Peñíscola solíamos ir bastante. Es un pueblo simpático y entretenido y en aquella época tenía bastante animación nocturna. Coincidíamos a veces con los Iglesias, Julio y Carlos, su hermano menor. Julio, que había sido compañero de los mayores en el colegio y de Fernando en la facultad de Derecho, empezó a ser conocido por haber ganado el festival de Benidorm el año anterior. Recuerdo, antes de eso, que siempre que nos veíamos iba con su guitarra al hombro y a cualquier insinuación, o sin ella, se la descolgaba y se ponía a cantar. “Julio, coño, déjalo ya, no seas pesado”, le decíamos. Aún no era lo que luego fue, claro. En ocasiones coincidíamos con ellos en El Capote, la discoteca de moda que da origen a esta historia.

Este verano decidimos ir a pasar una noche divertida con ocasión de las fiestas patronales, a primeros de septiembre. Temprano por la noche salimos los que estábamos: Blanca con su embarazo, Chiky, Virginia y Fernando, Felipe, Nacho y yo. Primero estuvimos en la discoteca Capote, charlando y tomando una copa. Recuerdo que Nacho, el más animado con sus 15 años, estaba bailando con una chavalita bastante mona. Luego, cuando se sentó, le pregunto:

  • ¿Y tu parejita? Era mona….
  • No sé, está bailando con otro, creo.
  • Ah, te la ha quitado el chulo del Capote, digo yo por decir algo, sin fijarme en quién era el que ahora bailaba con la niña.

Nunca sabe uno las consecuencias que pueden tener unas palabras inocentes, dichas en un entorno tan privado e intrascendente como aquél…

Después de un buen rato en la disco, se nos ocurre ir a la plaza, donde estba la animación, el grupo musical, el baile del pueblo… Al cabo de un rato, junto a donde estaba sentado yo, veo que un chaval del pueblo pega un empujón a Nacho. Sin saber y sin preguntar, me levanto y le pego otro empujón, este de los buenos, al agresor, que lo manda rodando cinco metros por el suelo. Para qué les quiero contar. Diez o doce tipos se levantan de sus mesas, nos hacen corro y empiezan a zarandearme. Veo que Chiky y Fernando se levantan. Otros más de ellos, también. La pelea empieza. Como las de aquella serie de televisión de nuestra infancia, Bonanza, los dos o tres hermanos peleando contra una turba, pues así fue.

En seguida nos perdimos de vista, cada uno con su pelea particular. Yo me fui desplazando, me fueron desplazando, hacia una esquina, rodeado por varios, lanzando puños y recibiendo empujones. No eran muy peleones ellos, pero eran muchos. Al cabo de unos minutos me recuerdo de pie, la espalda pegada a una pared, con el polo desgarrado y colgando del cinturón, y con sangre por la cara. Con seis o siete a mi alrededor, seguía con los puños en guardia pero cansado, derrotado… Menos mal que uno de ellos, sensato, dijo: “Venga, vámonos. No vamos a matar a este gilipollas”. El gilipollas dio gracias al cielo; al fulano no, por orgullo, pero vaya si le agradecía el detalle.

Volví a la plaza con toda la dignidad que pude, con mi camisa rota y el rostro sangrando. Todo quedó en un poco de sangre por la nariz y un rasguño en el pómulo derecho. El tumulto había terminado y ya todos juntos, contándonos la aventura particular de cada uno, nos dirigimos al coche. Al acercarme, veo en el asiento un trozo de papel que habían deslizado por la rendija de la ventana mal cerrada. Lo desdoblo y leo: “Yo seré el chulo del Capote, pero tú eres un mierda”. Me sorprendió que supieran cuál era nuestro coche.

Y ahí quedó todo. Como decía hace un momento, las consecuencias de una palabra inocente… Menos mal que los paisanos de Peñíscola, si bien vengativos, demostraron ser buena gente y decidieron no hacer sangre ni con nosotros ni con el coche.

Dos años después de esto volvimos Chiky y yo al pueblo y, con cara inocente, preguntamos en un bar de la plaza si “recordaban una pelea que hubo hace un par de años aquí mismo”.

  • ¡Claro! –contestó el fulano-, unos guiris gilipollas que montaron un pollo ¡Se fueron bien calientes!

 

RECUERDOS DE JUVENTUD. EL PARACAÍDAS

24 octubre, 2018 4 comentarios

Tengo este blog, que tanto me entretenía hace años, medio olvidado. Y lo cierto es que me da pena, es como cuando dejas de ver a un buen amigo y aun sabiendo que vive cerca y aun teniendo su teléfono, no lo buscas, no lo llamas. Es una especie de inercia negativa que deviene en masoquismo.

Pero como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí.

Ahí voy. Ya me dirán si me pongo muy pesado…

 

El verano fue tranquilo pero apasionante, como siempre. Entre el esquí, la pesca, la familia, las francesas y la discoteca las Cancelas de don Ben lo pasamos pipa. Pero si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida. Déjenme que la relate.

De vuelta de uno de sus viajes de prácticas al continente americano con la motonave Covadonga mi hermano había traído, entre otras cosas curiosas que solía mercarse allí, un paracaídas de segunda mano. Me dijo, supongo que sería de coña, que había pensado probarlo tirándose desde el balcón de su pensión en La Coruña, un piso 10 de un edificio en la calle Riazor. Luego, menos de coña, comentó que podríamos tratar de hacer con él algo parecido al parapente, deporte que entonces empezaba a estar de moda y que consistía en volar con un paracaídas, provisto de una sillita, en la que ibas cómodamente sentado y amarrado. El paracaídas iniciaba su vuelo cuando, previamente hinchado por el viento, el parapentista iniciaba una carrera por una pendiente cuesta abajo. En otra modalidad el artilugio estaba provisto de un motor que te ayudaba en despeje y aterrizaje.

Estudiamos un poco las diferentes posibilidades y la técnica básica en alguna revista y nos pusimos al asunto.

En algunas fotos observamos que algunos de los paracaídas que usaban los que sabían tenían uno o dos “gajos” recortados. Ignorábamos la función de tal recorte pero decidimos adaptar el nuestro, sin tener ni la más remota idea de qué gajos había que prescindir, de cómo cortarlos y, lo que es peor, de qué posición tenían que adoptar en el vuelo. Hicimos lo que nos aconsejó el sentido común: cortar un par de gajos, hacerlo con unas tijeras y mantenerlos a popa en el vuelo, es decir en la parte opuesta al elemento de tracción. Y como físicamente era imposible mantener la parte abierta en la zona en la que mayor presión ejerce el viento, decidimos atar en los lados del corte unas pastillas de plomo de nuestros cinturones de pesca submarina. Una verdadera chapuza, de todo punto inaceptable cuando lo que intentas hacer es una aventura con riesgo.

Luego nos planteamos cómo debería ser la unión de nuestro cuerpo con el paracaídas. Impensable hacerse con una silla de parapente, en la que vas cómodamente sentado y con las manos sujetando los cabos del paracaídas para poder manejarlo. Ni sabíamos dónde adquirirla ni teníamos las perras que costaba tal lujo. Se nos ocurrió lo más sencillo y, al tiempo, lo más peligroso: nos hicimos con una pieza cilíndrica de madera de casi un metro de largo por unos cinco centímetros de diámetro y la sujetamos con un cabo en cada extremo para atar ambos, en triángulo, a la terminación de los cabos del paracaídas, previamente unidos en sus extremos. Quedaba como un trapecio de circo. Es complicado explicarlo, pero resultó una solución pésima y, sobre todo, peligrosísima, como se verá a continuación.

Una vez consideramos que el equipo estaba listo, se nos ocurrió probarlo en las amplísimas y desiertas playas de la península de los Alfaques, la lengua de tierra que partiendo de la margen derecha de la desembocadura del Ebro transcurre hacia el sur para formar la bahía de los Alfaques. Sabíamos que siempre sopla una buena brisa en esa zona. Llevábamos como elemento de transporte y de tracción el Land Rover de la finca. Una vez en la zona, decididos a asumir el riesgo pero ciegos ante sus posibles consecuencias, enganchamos el cabo de arrastre del paracaídas al gancho de remolque del Land Rover. El proceso era el siguiente: (a) un par de ayudantes (no recuerdo qué hermanos o amigos llevábamos con nosotros) sujetaban el paracaídas abierto y cara al viento, tratando de mantener la abertura de los gajos cortados en la parte baja, cerca del suelo; (b) el coche arrancaba suavemente y una vez que el cabo de arrastre se tensaba, el loco de turno corría a la misma velocidad que el coche, sujetando fuerte con sus manos el trapecio; (c) el efecto de la presión del viento contra el interior del paracaídas hacía que este se elevase y el loco se elevaba con él, quedando colgado del trapecio solamente con sus brazos, sin ninguna otra sujeción.

El primero que lo intentó fue Chiky y todo salió como lo habíamos planeado; se elevó lentamente, voló un ratito como a veinte metros de altura y aterrizó suavemente. Yo lo miraba hipnotizado y, hasta que lo vi a salvo en el suelo, con el corazón encogido. Me tocaba ahora a mí; estaba acojonado pero el orgullo, a esa edad, es más fuerte que el miedo. El inicio fue perfecto, como el de Chiky; el vuelo fue bien, aunque más bajo por la diferencia de peso, tal vez diez o doce metros; el aterrizaje, un desastre. Como a diez metros de altura, cuando ya descendía tras un par de minutos de vuelo, se rompió el cabo de sujeción al vehículo y me quedé colgado del trapecio, suspendido en el aire pero sin tracción. Menos mal que durante los primeros metros la caída fue suave, pues el paracaídas actuó como tal. La caída libre fue solo de tres o cuatro metros y yo ya estaba preparado para el golpe, que finalmente fue relativamente suave.

Acojonados, terminamos la aventura. En este tipo de situaciones el miedo posterior, cuando el peligro ya ha pasado, supera con creces al que pudiera tenerse antes o durante la aventura. Pero visto nuestro encabezonamiento, no resultó tan persistente como para que nos impidiera una nueva prueba.

 

La preparamos para unos días después, pero esta vez en el mar y previamente advertido nuestro amigo Guy Bossuet, con quien practicábamos el esquí, para que nos hiciera de elemento de tracción con su fueraborda. El proceso fue idéntico con la única variación del elemento impulsor, barca en lugar de coche, y de la superficie de aterrizaje (o de caída), agua en lugar de arena. Amarramos el paraca al barco y mientras los ayudantes sujetaban la tela, el barco arrancaba suavemente. Nosotros corríamos a la misma velocidad el escaso trecho de playa, luego los primeros metros de agua y, en seguida, sentíamos cómo se elevaba el paracaídas con uno de nosotros colgado como un mono.

Esta vez sucedió lo contrario. Tras un par de intentos sin éxito de Chiky, me elevé yo sin dificultad; volé unos minutos a 15 o 20 metros de altura y americé con una suavidad deliciosa. Me siguió el hermano, que esta vez despegó sin ningún problema. Pero tras un vuelo a cota superior a la mía el cabo se volvió a romper. Me quedé paralizado. La barca transitaba a un centenar de metros de la costa pero, con el efecto del viento, el paracaídas estaba mucho más próximo a ella. En esa zona estaban fondeadas dos o tres lanchas. Para completar el panorama trágico, el fondo era muy escaso en esa parte, dos o tres metros tal vez.

Pensé en la tragedia. En la improbabilidad de que saliera bien de aquello.

Pero Dios y la Fortuna estuvieron de nuestra parte. Nada sucedió excepto el susto monumental y un buen tortazo contra el fondo. Chiky tuvo la habilidad y la inteligencia, en un momento en el que el terror domina todo, de voltear el cuerpo justo al contacto del agua para que el impacto contra el suelo fuera lo más leve posible.

El paracaídas no volvió a ser utilizado. Nuestra inconsciencia (y teníamos más de 20 años) estuvo a punto de costar la muerte o la invalidez de por vida de uno de nosotros. Yo creo que entonces no le dimos demasiada importancia pero hoy, mientras relato esto, se me encoge el alma y doy gracias al cielo por lo bien que se portó con un par de estúpidos.