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HISTORIA DE UN APELLIDO

7 noviembre, 2019 Deja un comentario

HISTORIA DE UN APELLIDO

Según los datos que publicó en su día la Enciclopedia de la Nobleza de Europa, editada en francés, en su página 505-506, el apellido Chicherio de Chiceriis es oriundo del distrito de Bellinzona (Ticino, Suiza italiana) y es mencionado desde el año 1.484. Una de sus ramas fijó sus raíces en Giubasco (Bellinzona) con el nombre Chicherio-Scalabrini.

Las armas de los Chicherio de Bellinzona son: Cruzada en banda de azur, de gueules et d’argente y un árbol en sinople (verde) surgiendo de un terrazo, con sus raíces al aire. Abrazando el árbol se ve una luna en cuarto creciente (croissant), en oro y con sus cuernos hacia el cielo, encuadrando una estrella también en oro. El escudo de armas data de 1635.

En la publicación mencionada aparecen hasta 21 Chicheri entre los siglos XV y XIX. Por señalar a algunos y establecer la conexión entre los Chicherio del Ticino suizo y los Chicheri de España, hablaremos de Leopoldo María, nacido en Bellinzona el 1 de enero de 1789, que entra al servicio de Francia en el IV Regimiento Suizo, en el que se distinguió obteniendo cuatro condecoraciones. Hizo la campaña de España a las órdenes del Mariscal Dupont y tomó parte en la batalla de Bailén, en la que resultó prisionero. En mayo de 1809 logró evadirse y, de nuevo, entró al servicio de Francia.

A la caída de Napoleón pasó al servicio del rey y con ocasión de los cien días (campaña de Waterloo) lo abandonó para reincorporarse de nuevo con Napoleón. Mandó el regimiento suizo hasta 1830 y fue nombrado Caballero de la Legión de Honor.

Otros Chicherio, ya Chichery o Chicheri, todos oriundos de Bellinzona, fueron Francisco Teobaldo, Carlos y Francisco, oficiales del ejército español por el IV Regimiento Suizo-Español. Francisco Teobaldo combatió en Bailén, Llinas y Valls, así como en Molino del Rey (1808). En Valls fue hecho prisionero por los franceses el 26 de febrero de 1809 y posteriormente liberado en junio de 1810.

También Francisco y Carlos combatieron en los mismos frentes. Francisco resultó herido en Valls y fue hecho prisionero, permaneciendo en Francia hasta 1814. Carlos alcanzó el grado de coronel y falleció en Tarragona el 29 de junio de 1809.

Queda así expuesto, sumariamente, el itinerario histórico-militar de algunos de los ancestros de la actual familia Chicheri en España que, procedentes del Ticino suizo, combaten unos con los franceses y otros contra ellos, y se hacen unos franceses y otros españoles transformando ligeramente sus apellidos pero manteniendo la nobleza de sangre sin necesidad de prueba alguna. En efecto, en los centros de enseñanza militar se ingresaba por carta de nobleza sin otra prueba que sus orígenes, pero siempre conservando sus armas nobiliarias.

Por otra parte, en el Bolletino Storico della Suizzera Italiana (pags. 29 a 42) aparece tan completa y en ocasiones profusa información sobre este linaje que resulta muy farragoso extendernos en su contenido. Aun así, haremos alguna mención.

Aparece de nuevo en dicho boletín Carlo Giuseppe Chicherio, coronel al servicio de España. A continuación, el árbol genealógico de la familia Chicherio, que encabeza Juan Bautista de Chicherio, Patricio de antiquísima y nobilísima familia. Aparece como descendiente por línea directa del Nobilis Caroli Joseph de Chicheriis, oriundo de Bellinzona, Patricio Inclite, RepublicUriane, Secundum in Legión Helvética de Reding… Súbdito por servicio de S.M. Caroli Tertio di Borbón, Hispaniorum, Indianorum Regis

Este boletín repite lo mismo que ya veíamos en la enciclopedia francesa al definir las armas del apellido: “El estigma Chicherio es de argento, caricato di un albero frondoso al naturale, terrazzato a la base, pórtate due traverse a banda nel tronco e acompagnato in capo da una mezza luna”.

Y por fin, en sus páginas 40 y 41 aparece, en 1760, un alto funcionario en la corte de España: Carlos José Chicheri y, remarchándolo, un último Gigeri, Carlo, capitán al servicio de España y en el Regimiento Suizo de Reding que devino en teniente coronel y, más tarde, en coronel.

En un prontuario español de fines del siglo XVIII y entre los regimientos suizos al servicio de Su Majestad, aparece el denominado barón de Reding, creado en 1742. Su uniforme: casaca, chupa, calzón, azules; buelta”, collarín y solapa, encarnados; botón blanco. Figura como coronel el propio Barón Reding y como teniente coronel, el coronel del ejército Carlos Chichery.

Sin lugar a dudas, todos los mencionados pertenecen a un mismo linaje, ancestros de los actuales Chicheri españoles, de los que aún existen algunos – pocos- con este apellido solo, ya que aquella rama se extinguió por línea de varón. Una nieta de Carlos Chichery, de nombre Gregoria Chicheri Suarez, bisabuela de quien esto escribe, contrajo matrimonio con don Juan López Urrea, Alcalde por estado noble de Cehegín (Murcia). Sus hijos decidieron unir los apellidos paterno y materno para convertirlo en el compuesto López-Chicheri. También de muy noble estirpe, pues los ancestros de don Juan López Urrea también lo fueron.

                                                         Luis Fernando López-Chicheri Urbina, Caro y Malcampo

                                                    Enero de 1995

 

Nota 1: Este texto fue enviado por su autor, mi padre, a la revista HOLA para pedirles que corrigieran una serie de inexactitudes en las que incurrió tal publicación con ocasión de un artículo sobre el linaje.

Post scriptum. Como complemento de esta reseña sobre el apellido, traigo aquí la transcripción del texto del libro NOSOTROS (Relatos familiares), autobiografía de mi padre, Fernando López-Chicheri Urbina) en la parte que hace alusión al primer Chicheri del que se tiene constancia en España:

El primer Chichery, que vino a España, pertenecía al Regimiento que el barón de Reding aportó a las filas de uno de los pretendientes en la Guerra de Sucesión a principios del siglo XVIII. En un anuario, que obra en mi poder, y en la descripción de los Regimientos suizos en España, aparece con fecha de 1704, entre los de infantería, y a continuación de su coronel, el barón, el Teniente Coronel de Infantería y Coronel de ejército don Carlos Chichery. En aquel tiempo existía el doble empleo: uno de Ejército, para igualar plantillas y emolumentos y otro de Arma o Cuerpo, para adaptación de funciones.

Carlos Chichery, finalizada la Guerra de Sucesión y proclamado rey de las Españas Felipe V, primero de los de la dinastía borbónica después de 200 años de hegemonía de la Casa de Austria, afincó en la provincia de Alicante y fue el origen de los Chicheri de España y abuelo de mi bisabuela doña Gregoria.

Otro de los descendientes del Barón de Reding, con su Gran Unidad (ya División) participó también activamente en la Batalla de Bailén (guerra de la Independencia). Como en aquel entonces se transmitía de padres a hijos la tradición en las unidades, al ser como de propiedad particular, un Reading era su general y algún Chichery figuraba como oficial encuadrado en aquélla.

Y así es como doña Gregoria de Chichery, nieta del primer Chichery afincado en España, nacida en Ferez (Alicante), y don Juan López, posibilitaron el apellido compuesto López-Chicheri, que ganó en alcurnia y cambió la “y griega” por su hermana pequeña; la “i latina.

SIETE DÉCADAS… YA PASARON

19 junio, 2019 1 comentario

Hace un año, el día 13 de junio de 2018, hablé de un día igual pero de 1948. Y seguí, y seguí, y seguí…

Y, asómbrense, en un solo año han pasado nada menos que 70.

 

A MODO DE PRESENTACIÓN

En esta tercera fase de la vida, en la que el tiempo es el mayor don que nos queda a los que tenemos la suerte de seguir manteniendo aquellas  tres cosas hay en la vida tan fundamentales, nuestro deber, y nuestro placer, es llenar de vida ese tiempo. Ya que nos ha sido dado, aprovechémoslo. No dejemos que él nos consuma poco a poco; hagamos lo contrario: consumámoslo nosotros a él, disfrutémoslo.

En esa intención no se me ha ocurrido otra cosa que volverlo a andar; que volver a andar ese tiempo que ya ha pasado, ese camino que ya he recorrido. Rememorar lo pasado, revivir lo vivido… Algo parecido le sucedió a mi querido padre en un tiempo de su vida algo más avanzado que el mío de hoy. Y se le veía tan contento mientras lo hacía, tan lleno su corazón de la vida revivida, tan comunicativo a ratos, tan circunspecto en ocasiones, tan feliz… que he pensado imitarle. La vida de mi padre fue extraordinariamente intensa, participando en una guerra que personalmente podría haber evitado, viviendo momentos inquietantes en la política nacional e internacional y protagonizando aventuras personales muy notables. La mía, como tantas otras de mi generación, ha transcurrido intensa y activa, pero en un entorno pacífico que me ha permitido jugar la partida con muchos comodines. De ningún modo pretendo emular el resultado, sino tan solo imitar la acción.

Y también, de alguna manera, convertir su hipótesis en acción. Porque en el prólogo de su libro NOSOTROS (relatos familiares) al que haré referencia en estas páginas, puede leerse: “Años de actividad plena, seguidos por otros de pasividad activa, que jalonan “el ser y el estar” en el autor de NOSOTROS. Durante ellos crea dilatadísima familia sobre la que se limita a una somera descripción, para no romper hipotéticos trabajos de futuro en todos o cada uno de los que la componen.”

¿Por qué entonces, pensarán algunos, nos quiere contar su vida si es como la de tantos de nosotros, si no tiene nada de particular como pudiera tenerlo la de un estadista, un artista o un filósofo afamado?

Contestaré. El objetivo prioritario es el de entretenerme, en su doble significado de disfrutar y de utilizar el tiempo que, aunque nunca sobra, tengo en cantidad; y no me refiero tanto al que me queda de vida, que ya no es demasiado, sino al que tengo a mi disposición cada día de los que me quedan. Cuanto menos futuro siento que me queda, más deseo tengo de aprovechar el presente y más disfruto recordando el pasado. De lo que pueda surgir de esto, el primer destinatario para su lectura seré yo mismo. Después quizá mis hijos, mi mujer, mi familia, algún amigo, tal vez puedan conocer, leyendo,  cómo fui, qué hice, qué pasó a mi alrededor en los tiempos en que no me conocieron.

En La Casa de los 20.000 Libros (Sasha Abramsky), de cuya lectura disfruto estos días, hace el protagonista (el abuelo del autor)  una reflexión sobre esto de escribir las memorias: “¿Por qué habría de sentir alguien la necesidad de escribir sobre su propia vida?” Parte de su respuesta era que su vida cubría “un largo periodo de nuestro turbulento siglo de revolución, guerra civil, progromos, dictaduras despiadadas, la segunda guerra mundial…”

Pero, claro, la mía, seguirá pensando alguno, poco tiene que ver con la de Chimen Abramsky, abuelo del autor y protagonista del libro. Y yo sigo con lo mío, avanzando en la lectura de la obra citada:

 “¿Quién tiene derecho a escribir sus recuerdos?”, preguntaba a sus lectores el escritor exiliado. Y respondía: “Todo el mundo. Porque nadie está obligado a leerlos. Para escribir los propios recuerdos no es necesario en absoluto ser un gran hombre, ni un famoso criminal, ni un célebre artista ni un hombre de estado; es suficiente con ser, simplemente, un ser humano, tener algo que contar y no solo desear contarlo, sino tener al menos un poco de habilidad para ello”…

Chimen Abramsky, a pesar de que su vida fueron los libros, pensó que no tenía esa habilidad para contar su interesante vida; por eso fue su nieto quien la contó. Como yo no creo que mi nieto conozca mi vida como Sasha la de su abuelo, y aunque mi vida no tenga mucho de particular, déjenme que se la cuente. Intentaré no aburrirles, de verdad.
Son siete décadas, nada menos, las que he vivido. Y puedo decir que las he disfrutado, que la suerte me ha sonreído; que he vivido unos tiempos cómodos que me han llevado casi en volandas y que mi único mérito, y no vean atisbo de modestia ni de vanidad en esto, ha sido el de tomar las decisiones acertadas en las alternativas que se me han presentado. Les relataré las cosas importantes, en la relatividad de lo que en mi vida lo han sido, y también las anécdotas que dejaron traza en mi recuerdo. Les contaré de mi infancia, de mi juventud, de mi madurez…; de mi vejez no, aún no. De mis juegos, de mis –escasos- escarceos amorosos, de mi trabajo, de mi ocio. De los que me acompañaron en cada una de aquellas etapas, familia y amigos. También de los avatares políticos que en algunos momentos críticos tuvieron impacto en mi trayectoria.

Déjenme que les cuente… Década a década, hasta siete.

 

 

MI ENCUENTRO CON EL SUPERPETROLERO SAMIRAS

19 marzo, 2019 1 comentario

De junio de 2012.

Como todos los años por estas fechas (en esta ocasión algo más tarde), la Capitana y yo nos disponemos a zarpar en un par de días a bordo de Wanawaki. Destino: Sant Carles de la Rápita (Tarragona), al sur del Delta del Ebro. Pasaremos a bordo algo más de un mes y haremos unas 1.100 millas náuticas (2.100 kms).

Y es que en Sant Carles pasa el verano La Dama. Hace tiempo, mucho si contamos los años transcurridos pero muy poco si sólo lo recordamos, la casa de La Dama (mi padre aún vivía) estaba repleta de familia. Más de 30 almas entre hijos y nietos (los biznietos aún no habían llegado) conviviendo en el mismo caserón, viejo y grande. Hoy la Dama, más vieja como lo es el caserón pero mucho más menuda, vive sola con la señora que le cuida. Por eso y porque la adoramos, sus seis hijos vivos (fuimos ocho), sus nueras y yernos, sus 21 nietos y sus 26 biznietos nos buscamos la vida para que esté poco tiempo sola.

Así que el motivo de la travesía es, como el año pasado, visitar a La Dama. Ella es, ya lo habrán adivinado, mi querida madre, ya en sus 94 pero aún feliz. Apenas ve, apenas oye, apenas anda y apenas recuerda nada que no sean viejos recuerdos de juventud, cuando cualquiera de nosotros se los refrescamos para alegrarle la sonrisa, pero es feliz.

Un año para ella es mucho más que un año para nosotros. Así que no sé si este julio me la podré llevar a navegar, como el año pasado cuando tanto disfrutó. Seguro que sí porque, aunque apenas ve, apenas oye y apenas anda, seguro que recuerda las sensaciones que experimentó entonces cuando “mojando la plata” -como dicen los navegantes cuando la escora del barco casi sumerge la tapa de regala del costado de sotavento-, pasaba su mano por la superficie del mar y, en la exageración de su recuerdo, “tocaba los peces”. Así lo cuenta ella.

Zarpamos el 27 de julio, tal vez un poco demasiado tarde. No me gusta navegar en agosto fuera de mi zona porque los puertos están a reventar de ocupación y de precio. Pero no nos fue posible hacerlo antes por razón del involuntario encuentro que tuve con el petrolero SAMIRAS, cuyas consecuencias se terminaron de reparar ayer día 26.

Sucedió a finales de mayo. Era un día tranquilo, con calor para la época, sin apenas viento y con mar plana. Navegábamos la Capitana y yo solos.

La proa apuntaba al Peñón, a Punta Europa. Yo estaba sentado en la bañera y la Capitana tumbada en la cubierta de proa. Amos enfrascados en nuestras respectivas lecturas.

Le pregunto “¿Qué tal vas? ¿Despejada?”; “Sí”, me responde.

Yo también iba bien; y despejado. Al menos eso creía. Corrijo el timón automático para dejar la proa libre de costa y de buques (estábamos como a cinco millas de Punta Europa y de los buques fondeados en su proximidad) y dejo mayor izada, con puntita de motor, y 2-3 nudos de velocidad. Me siento en la bañera a continuar la lectura.

La siguiente noción de conciencia que tenemos es un tremendo ¡CRASH! y un súbito parón del barco.

Nos habíamos empotrado, literalmente, en el costado de babor de un enorme petrolero que estaba fondeado a apenas media milla de Punta Europa. Aterrado yo, me levanto; aterrada ella, se incorpora. No creíamos lo que nos había pasado. Nos hemos quedado dormidos los dos; al menos durante hora y media. El barco había derivado unos grados con el abatimiento y la corriente; los suficientes para que las aguas que eran libres se convirtieran en una masa de hierro de 300 metros de eslora y 20 de francobordo.

Meto motor atrás para separarme. Miro a la cubierta del petrolero y no veo a nadie. Me dijo luego Carmela que dice haber visto a un par de marineros mirando con prismáticos, incrédulos supongo, al estúpido velero que se les echaba encima; debajo, más bien. El caso es que nadie avisó y yo no vi a nadie.

Hago inventario de daños. Afortunadamente nada en el casco; solo sufrieron las estructuras metálicas de proa: el botalón, el púlpito y el soporte de fondeo. Las tres estructuras, consecutivamente, absorbieron el impacto y mantuvieron indemne el casco. Bastante suerte tuve para mi colosal torpeza.

El seguro, muy bien gestionado, se hizo cargo de todo e incluso aproveché la varada, necesaria para la reparación, para limpieza y pintura de casco, que ya le tocaba. Me ahorré más de mil euros con el asunto.

Pero durante meses me quedé con la intriga y el temor de que, en una lectura inversa de la intrigante novela de Justin Scott, El Cazador de Barcos, el petrolero SAMIRAS y su capitán me persiguieran hasta dar con mi barco a pique, de la misma manera en que el marino Peter Hardin logró, tras incontables aventuras, acabar con el petrolero LEVIATHAN, causante del hundimiento de su velero y de la muerte de su esposa.

RECUERDOS DE JUVENTUD. UNA GARZA EN LA RAMPA.

22 enero, 2019 1 comentario

Aquella época de nuestra vida frente al Parque del Retiro estuvo trufada de anécdotas. Como aquellos robos que les conté. Como el triste suceso del apuñalamiento de una chica en el bar que había junto al portal. Como el pobre sin techo que dormía por las noches en el Diane 6 de Carmela, que siempre dejaba abierto. Como las historias que nos contaba Adelaide, la tata de entonces, cuando volvía de sus paseos con los niños por el Retiro…

La que hoy les cuento fue simpática.

Una mañana, mientras terminaba de vestirme para ir al despacho, me dice Adelaide que baje a la calle; que el portero dice que es muy urgente aunque ella, como siempre, no sabe de qué se trata. Bajo corriendo las escaleras mientras termino de ponerme la corbata y cuando salgo a la calle veo la siguiente escena: Dentro de un corro de gente, en la calzada y frente al portal, está una grúa municipal con tres policías junto a ella. En medio de la rampa de la grúa, que estaba inclinada y con el cable extendido y amarrado al coche de ella, está Carmela sentada, toda peripuesta y elegante para ir a su trabajo. Y muy guapa.

Así, sentada en medio de la rampa de la grúa, con su bolso al lado y fumando un cigarrillo.

  • ¿Qué pasa? Le pregunto desde abajo sin hacer caso a la policía.
  • ¿Es que no lo ves? –me contesta desafiante– Que se quieren llevar el coche.

 

Miro a los policías, que esbozan un gesto de tranquilidad, como pensando “bueno, ya la hará bajar el marido…”.

Miro a Carmela, que esboza un gesto de seguridad, como pensando “ya se le ocurrirá algo, que para eso es abogado, porque yo de aquí no me bajo…”.

Miro a toda la gente alrededor, cada vez más; el portero, el tío de la Pequeñita, el del bar…y unos 20 más, que esbozaban, todos, un gesto de divertimento, como pensando “madre mía la que se va a liar…”.

Y me miro yo, sin esbozar nada, reflexionando, dudando entre el sentido común (“anda, no seas terca, baja de ahí”), la dignidad de marido triunfador (pero a ver cómo lo hago) y el temor, lógico, a la represalia o al menosprecio de Carmela (“cobarde, no te atreviste”). Y así transcurrieron tres o cuatro minutos eternos. Yo mirando, ora a Carmela ora a los polis. Y todos, Carmela, Polis y vecindario, mirándome a mí.

Al fin, tras esos minutos de angustia, surgió de mí la vena de abogado, como en aquel taller de bicis en el que querían hacerme pagar los desperfectos de la que alquilé para la carrera con los compis de la facultad, y me inventé un artículo del reglamento de circulación o de alguna norma municipal de reciente publicación. Con el tono más amistoso y cortés de que fui capaz, pero también con la seguridad plena de la que daban fe mi elegante porte y mi portafolio, en voz alta que todos oyeran, dije al policía que tenía el aspecto de jefe del grupo.

  • Miren, sin duda tienen ustedes razón en que el coche estaba mal estacionado, y firmaré el boletín de denuncia que proceda, pero no es menos cierto (esto lo dije con tono de abogado en sala de juicio) que así como la sanción tiene el objeto de sancionar una conducta inadecuada, la retirada del vehículo tiene la finalidad de liberar la calzada de un obstáculo que impide o estorba la circulación.

 

Me tomé un respiro, giré lentamente la cabeza para observar cómo me miraban todos, ella, los polis y los vecinos, y continué:

  • Y por eso, el reglamento permite que, cuando el infractor está presente y dispuesto a retirar por sí mismo el vehículo que obstruye la vía, no procede que sea la grúa la que lo retire. En fin, ustedes dirán si no es razonable lo que les digo.

 

Supongo que no lo dije con vocabulario tan rimbombante, pero me atrevo a asegurar que no fue muy distinto.

Ante tal discurso, que de lógica no carecía, la persistencia de Carmela, que intuían no iba a decaer y el posicionamiento del respetable que se evidenciaba a nuestro favor, el policía al que me dirigí hizo un gesto al mecánico de la grúa para que desenganchara el cable. Carmela bajó, me miró con gesto cómplice y firmó el boletín de denuncia.

Y cada uno nos fuimos a lo nuestro. No recuerdo si antes de separarnos me dio ella un beso; o si esbozó una mirada de gratitud.

 

Et pourtant je l’aime

RECUERDOS DE JUVENTUD. EL MISTERIO DE TIMES SQUARE

12 enero, 2019 Deja un comentario

Una tarde de otoño de un año, no recuerdo cuál, de mediados de los 90, llegamos a Nueva York, cansados del viaje y del cambio horario. El taxi nos deja en el hotel reservado: el Marriott Marquis de Times Square, en el corazón de Manhattan. Es un hotel muy singular que ocupa casi cincuenta plantas y una de ellas, en la que se ubica la cafetería, tiene un curioso movimiento rotatorio de 360º que permite la visión de todo el contorno. Solo gira ella, independiente del resto del edificio. Una vez registrados, subimos a la habitación con nuestro equipaje. Dejamos las maletas en el suelo y Carmela se tumba en la cama para descansar un rato antes de salir a cenar.

De repente, un ruido ronco, profundo y continuo empieza a escucharse. Se levanta y, extrañados, empezamos a buscar el origen de tan molesto temblor. Me acerco a la ventana buscando posibles obras, acercamos el oído a las paredes… Nada, no detectamos la fuente. Además era imposible detectar de dónde procedía. Era como si el ruido “estuviera”, no “procediera”.

Al no poder averiguar nada, llamo a recepción. A los cinco minutos sube un auxiliar que hace lo mismo que nosotros hicimos: mirar hacia todos lados y pegar el oído en todas las paredes. No encuentra nada; nos dice que no nos preocupemos, que va a avisar a un especialista y que si no se puede solucionar nos cambiarán de habitación. Lo siguiente que sucede, a los cinco minutos, es la invasión de la habitación por un grupo de tres personas. Un gorilón enorme, moreno y de casi dos metros, con un cinturón del que cuelgan un montón de herramientas y un cartel en el que se lee MOD (Manager on Duty), es decir, el encargado de chapuzas de guardia. Le acompañan dos ayudantes. Con ademán de seguridad, de que “esto no es nada para nosotros, en seguida lo resolvemos“, hacen lo mismo que hizo el anterior, que es lo mismo que habíamos hecho nosotros media hora atrás. Pero estos, con un poco más de profesionalidad. Tal profesionalidad consistía en que además de acercar el oído a las paredes, le daban golpecitos como cuando el cardiólogo ausculta al paciente: toc, toc; muy suavecitos.

El ruido, intenso y desconcertante, continuaba. El equipo, desconcertado, seguía buscando.

De repente, observo que Carmela llama mi atención y me hace una seña compleja; es decir, varias señas en un solo gesto. Mientras con el dedo índice de la mano derecha hace un gesto hacia abajo, veo que aprieta los labios como en sonrisa forzada y enarca las cejas. Creo entender que quiere decir haber descubierto algo, pero no sé el qué. Con los técnicos, que ya se habían rendido, cruzo unas palabras de mutua comprensión y me dicen que no me preocupe, que enseguida sube alguien de recepción para conducirnos a otra habitación. Y que lo sienten muchísimo.

Antes de que suban a cambiarnos de habitación el misterio se resuelve. Carmela se acerca a la maleta grande, la abre y el ruido sale de ella como si se estuviera ahogando; se reduce en intensidad y se expande por toda la habitación. La causa y el origen quedan al descubierto. Este, el interior del neceser con las cosas de aseo; aquella, un puñetero cepillo de dientes de esos eléctricos que se habían puesto de moda, cuyo mecanismo se había disparado. Nos resultaba absolutamente incomprensible haber visto (oído, más bien) cómo un sonido que escuchamos varias veces al día junto a nuestros oídos no es en absoluto molesto, ni nos percatamos de él, y ese mismo sonido, encerrado en una bolsita que está rodeada de ropa que está encerrada en una maleta, puede resultar tan dramático, tan amenazador, tan desconcertante y tan indescifrable como para haber provocado lo que provocó: el asombro de media docena de personas, la incapacidad de su detección y el cambio de habitación.

Cuando subió la chica de recepción la maleta ya estaba de nuevo cerrada y el cepillito, dentro, apagado. Le comentamos que ya había cesado pero que no podíamos arriesgarnos a que se reanudara el tormento. Cuando salimos a cenar, después de haber descansado y tomado la ducha en la nueva habitación, que estaba en la misma planta, no pudimos esconder una mutua mirada irónica al ver que tres o cuatro operarios estaban sacando muebles de la habitación. A la mañana siguiente estaba precintada.

Los misterios de la reverberación, de la resonancia.