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Archive for the ‘PERSONAL’ Category

RECUERDOS DE INFANCIA. Los pichones.

20 septiembre, 2015 9 comentarios

La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué ahora la recuerdo más que nunca.

(Benedetti)

PICHON VOLANDO

Una lectora de la última entrada, Don Amalio, el Pintor, me comentó que le había gustado pero que la encontraba “poco profunda”. No sé qué profundidad puede darse a estos recuerdos de niñez o, quizá sea más acertado, no sé cómo dársela.

Porque estas remembranzas infantiles que me ha dado por devolver a la vida y que, como Benedetti, recuerdo ahora más que nunca, son solo eso: recuerdos; generalmente intrascendentes. Y si los rememoro estos días es porque ellos me lo piden.

Así que seguiré contando cosas que sucedieron y que no tuvieron otro efecto que hacerme disfrutar o sufrir, enfadar o reír. Y sin duda contribuir, en poco cada uno pero en mucho en su conjunto, a mi formación; a ser como soy.

Debíamos de tener entonces 12 ó 13 años. Cuando utilizo el plural es para incluir a mi hermano Chiky, un año mayor que yo y compañero de aventuras y desventuras hasta que nuestras vidas, universitarias primero y profesionales después, tomaron diferentes rumbos: la suya, el de los mares; la mía, el de los despachos.

En aquella época, 1960, poco antes de nuestro internado en Zaragoza, íbamos mucho al Club de Campo. No necesitábamos compañía paterna ni, prácticamente, autorización. Éramos bastante libres y por aquellos años uno podía moverse por Madrid en auto stop o recorrer a pie, si íbamos con perro, los escasos tres kilómetros que separaban nuestra casa del club.

Eran los tiempos en que tuvimos a nuestro perro Fag (vid. Como el Perro de las Lágrimas), con el que pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo libre. Fuera paseando por el barrio o, como en este recuerdo, en el Club de Campo.

Nos gustaba escondernos con Fag tras el talud que hacía de fondo de seguridad en las instalaciones de la cancha de tiro de pichón del club. Estaba, como es lógico, absolutamente prohibido por el peligro de recibir perdigonadas. Pero la escasa vigilancia y nuestra habilidad para sustraernos de ella eliminaban cualquier dificultad. Nuestro objetivo aquél día: buscar con el perro y rescatar a los pichones que caían alicortados.

Y tuvimos éxito. Recogimos tres o cuatro pichones bastante íntegros, muy poco tocados de perdigón. Y nos volvimos, con perro y pichones, la mar de contentos a casa. Dispuestos a salvarles la vida y, una vez curados, devolverlos al cielo.

Les preparamos una especie de casa-nido encima del armario de nuestro cuarto. Les alimentábamos con lo que se nos ocurría: cañamones, granos de arroz, restos de comida… Y cogimos cariño a nuestros pichones; cada día estaban mejor y, aunque no volaban por la casa, saltaban del armario al suelo o a nuestras literas y volvían a su “nido”. El cuarto estaba, obvio es decirlo, hecho una porquería.

Pensábamos con cierta tristeza que en pocos días tendríamos que soltarlos. No sólo porque esa era nuestra intención inicial, sino por las continuas protestas de las tatas ante mamá; tal era la cantidad de mierda que producían los pichones.

PICHONES POSADOS

Una o dos semanas más tarde vinieron nuestros primos Eduardo y Manolo, de Zaragoza, a pasar un par de días a Madrid. Eran (son) de nuestra edad. Mamá les invitó a comer a casa. Después de pasar la mañana con ellos danzando por ahí, llegamos a casa.

  – ¿Qué hay de comer, mamá?, pregunta Chiky.

  – Pollo, hijo, croquetas y pollo.

  – Mmmm, qué rico!

Así que nos sentamos los cuatro en la mesa camilla del cuarto de estar. Mamá no comía con nosotros pero andaba deambulando por aquella zona de la casa.

Charla que te charla, croqueta tras croqueta, la tata nos sirve el pollo

– Qué bueno, dice Manolo.

– Sí, está estupendo, corrobora Eduardo.

Yo iba a mostrar mi acuerdo mientras me llevaba con la mano un muslo a la boca. No sé por qué, me quedo mirando el muslo antes de devorarlo. Me pareció pequeño para ser de pollo. De pronto, me entra una especie de angustia y le digo a Chiky:

– ¿No te parece pequeño este pollo?, le digo.

– ¡¡Los pichones!!

Nos miramos un momento y, al unísono, salimos disparados a nuestro cuarto. Nos subimos a la silla, miramos sobre el armario… Todo limpio, ni cartones, ni papeles, ni cañamones, ni cagadas…, ni pichones.

Volvemos corriendo al cuarto de estar. Mis primos no entendían lo que estaba pasando. La tata, sí. Le preguntamos por mamá, que hace un par de minutos estaba en el cuarto.

– Ha salido. Ha dicho que luego vuelve

Cuando volvimos a verla, por la tarde, nuestro enfado se había diluido.

Cosas de madres, cosas de críos…

Jamás le pedimos explicación. Pero hace pocos días, y ya estamos en el tiempo de hoy, en una de nuestras visitas a su residencia le cuento lo de los pichones. Aunque ya nada recuerda, arrebujada en su cama entrecierra los ojillos y aprieta los labios con esa sonrisa tan pícara suya.

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RECUERDOS DE INFANCIA. Don Amalio, el pintor.

7 septiembre, 2015 4 comentarios

¿Por qué volvéis a la memoria mía, tristes recuerdos del placer perdido…?

(Espronceda)

 

Hace unas noches se me ocurrió pensar que sería buena idea escribir los recuerdos antes de que llegue el momento en que la vida dure más que ellos. Antes de que uno se vea en la triste situación de aún vivir pero sin ya recordar.

Tanto pensé en ello que pasé buena parte de la noche en vela, recordando, hasta que dulcemente me dormí.

Anduve reflexionando sobre ello y hasta se me ocurrió comentarlo a mi mujer. En mala hora…

  • “Pues date prisa”, me responde, “porque al paso que vas…”

Y es que es cierto. Conforme pasan los años, el tiempo desprende los recuerdos de las neuronas igual que el viento desprende la pelusa de algodón de los chopos en primavera.

Pero no me desanimó del todo. Sigo pensando en ello. Quizá cuando aún ya no recuerde, si llega ese momento antes de que llegue el último, todavía me esté reservado el don de leer.

Así que me pongo a la tarea.

Mis recuerdos son como los de todos, no tienen nada de especial, excepto que son los míos. Son recuerdos de infancia, de niñez, de adolescencia, de familia, de amigos, de noviazgos, de aventuras, de trabajo, de hijos, de nietos… Son recuerdos de vida.

Aquella noche, el último que recordé antes de dormir fue, precisamente, el primero del que soy consciente en la cronología de mi vida.

Sé que el tiempo era otoño de 1951, porque de ello tengo prueba. Yo tenía tres años, 64 menos de los que ahora tengo. Nada menos.

Pintado el 17 de enero de 1952

Pintado el 17 de enero de 1952

Sucedía en el cuarto de estar de nuestro piso de la calle Ferraz, en Madrid. Yo fui el último de los hijos que nació en la anterior casa, en la calle Altamirano del mismo barrio de Argüelles. Hacía el número quinto y la casa se había quedado chica para tanta familia. Los tres que me siguieron nacieron cuando ya vivíamos en Ferraz.

El piso era amplio. En la “zona noble”, un hall de buen tamaño, un salón enorme, una sala de estar a la que llamábamos “despacho”, aunque nunca nadie trabajó en ella, y un comedor muy espacioso, que en los buenos tiempos ha albergado a una veintena comiendo.

Del hall nacía un larguísimo pasillo, con puertas a su derecha que daban paso a habitaciones y cuartos de baño. Al final del pasillo se encontraba la zona de cocina con dos estancias muy amplias, el dormitorio de mis padres y otras dos habitaciones contiguas.

La casa era grandona para lo que hoy se estila: cuatro salones, seis dormitorios, tres baños y la zona de cocina, todo comunicado por ese largo pasillo de 20 metros.

Una de las habitaciones del fondo era entonces, antes de que nacieran los pequeños y fuera habilitada como dormitorio, el cuarto de estar del que proviene mi recuerdo de hoy.

Tenía aquella habitación un par de balcones que daban a un patio de manzana, lo que permitía una luz espléndida. Esa luz es la que don Amalio, el pintor, gustaba para no perder detalle de nuestros rasgos. Yo no sabía que se llamaba don Amalio, pero todo lo demás se mantiene vivo en mi recuerdo…

El agobio que sentía después de unos minutos, para mí eternos, de absoluta inmovilidad, sentado en una sillita colocada encima de una mesa camilla. Para que mi rostro quedara a la altura del suyo…

El aspecto misterioso del pintor, con aquellos ojos escrutadores que atravesaban los míos…

El miedo a moverte después de las terribles advertencias maternas…

Y cuando don Amalio dejaba el pincel y se limpiaba las manos con uno de los trapos, ya sabía, ya sabíamos que la sesión terminaba. Venía entonces la excitación de la liberación. La explosión física que seguía a la forzada inmovilidad.

Brincaba de la sillita al suelo, me quitaba a toda prisa la ridícula blusa roja con ese cuello y esa pechera de encajes, para que se la pusiera el hermano, y me montaba en mi triciclo rojo para recorrer arriba y abajo el pasillo y sortear camas y muebles de las habitaciones.

Era entonces cuando a mi hermano Chiky le correspondía el agobio de la quietud. Porque durante la media hora anterior, mientras yo lo sufría, el pasillo había sido suyo y de su triciclo amarillo.

Y así, en varios turnos de media hora de posado y de desahogo, pasaron algunas semanas, no recuerdo cuántas, hasta que un día mi madre nos acompañó a la sala grande en una de cuyas paredes, durante más de 60 años, desde aquel mes de enero de 1952 hasta octubre de 2013 cuando aquella casa dejó de ser la Casa, los rostros que pintó don Amalio, fueron testigos de todo lo que en ella transcurrió.

Blanca

Blanca

Chiky (Javier)

Chiky (Javier)

Yo

Yo

Blanca, Chiky y yo. La tercera, el cuarto, el quinto… Siempre me he preguntado, aunque nunca lo he preguntado, por qué fuimos nosotros; por qué los dos anteriores o los tres que vinieron después no se enfrentaron a don Amalio García del Moral, el pintor retratista…

Pero hoy no hay preguntas; sólo quería recordar el recuerdo…

OTROS TRES…

13 junio, 2015 24 comentarios

Me disculparán que hable de mí. Hace tiempo que no lo hago…excepto conmigo mismo.

Hace tres años, apenas un soplo de tiempo, escribía con cierta melancolía sobre la tenue tristeza que me producía no poder ya, con propiedad, cantar aquella preciosa música de Paul Mcartney, When I’m Sixty Four.

Y es que, al día siguiente, cumplía mis 64.

Aún así, cada vez que he tenido ocasión, fuera sólo o con amigos, la he seguido cantando (When I get older, losing my hair…)  con esa manía mía de cantar cuando estoy haciendo cualquier cosa o cuando no hago más que esperar a que suceda cualquier cosa; cuando estoy solo o cuando estoy con gente.

Es decir, siempre. Siempre ando cantando. Cierto es que cuando no estoy solo o no es una fiesta de cantar, canto bajito, apenas tarareando o incluso con los labios cerrados, nada más emitiendo un murmullo que me sale del alma, grave si es soul o gospel, agudo si es aria de ópera o sonata de Mozart.

Hay gente a la que le gusta, o eso creo yo, porque me dicen ¡qué bien cantas! Otros, no muchos, a pesar de ser amigos me dicen que qué pesado. Pero los hay más directos: el otro día estaba cantando bajito, apenas un murmullo, y una señora que estaba a mi lado me dijo con enfado: “¿Puede usted callarse?”. Ni por favor ni nada; así de seco. Y me callé, claro. Yo creo que fue porque estábamos en la sala de espera de un médico y probablemente le dolía la cabeza.

Pero no iba yo a hablar de mis cantos, sino de mis años.

El tiempo pasa deprisa, muy deprisa. Apenas da tiempo para recordar con sosiego lo que ha sucedido en los años inmediatamente anteriores.

El futuro de acerca deprisa, muy deprisa. Apenas queda tiempo para disfrutar con sosiego los proyectos que se han cumplido; o para lamentar los que no fructificaron.

¿Qué me ha pasado, qué he hecho en este lapso que ha transcurrido, veloz como nunca, desde que cumplí aquellos sesenta y cuatro hace hoy exactamente tres años?

¿Nada? ¿Solo el tiempo? ¿Solo -tantos como- tres años?

Decir nada es quizá una exageración, pero si alguien me preguntara, espero que no, ¿qué has hecho en estos tres años? No sabría qué decirle.

Quizá le respondería simplemente, por salir del paso: “vivir”.

Y es cierto, he vivido, que no es poco. He disfrutado de la vida que tengo, que la fortuna permite que sea buena y digna. He cumplido con el itinerario de la vida que contaba en aquél escrito, Las Edades del Hombre, que me inspiró mi padre. He conseguido, creo, que mi tiempo sea mío, para disfrutarlo, y de nadie más, excepto para compartirlo con las personas que quiero y que me quieren, como me enseñó Manuel Vicent.

Y hoy, tan rápido como un suspiro, han pasado tres años desde aquellos 64; son ya 67. Los setenta llegarán sin avisar, más rápido, mucho más, de lo que han llegado estos. Y luego los 73; y, en seguida, los… La vida que Dios me dé, que espero mantenga un razonable equilibrio entre duración y calidad; entre tiempo y salud. Nada de eso puedo controlar.

El tiempo no avisa, te asalta. Porque el tiempo, en cuanto medida de la vida que transcurre, no es más que una entelequia. Ya lo decía el Gaucho Fierro en aquella payada con el Moreno que relataba hace justo tres años:

Moreno voy a decir,

Según mi saber alcanza

El tiempo solo es tardanza

De lo que está por venir;

No tuvo nunca principio

Ni jamás acabará.

Porque el tiempo es una rueda,

Y rueda es eternidad;

Y si el hombre lo divide

Solo lo hace en mi sentir,

Por saber lo que ha vivido

O le resta que vivir.

Así que hasta que llegue el siguiente momento, haré lo que he hecho hasta ahora: vivir. Y, en lo posible, emulando lo que dijo Horacio en su Libro de las Odas: Carpe diem quam minimum credula postero (aprovecha el día, confía lo menos posible en el mañana).

Trataré de seguir aprovechando cada día, con los míos, pero seguiré confiando en el mañana y en los míos. Como siempre he hecho.

Ah, y seguiré cantando hasta que ya no quede voz.

Como cantaba con mi queridísima hermana Blanca, que no tuvo la suerte que yo he tenido y que nos dejó en el único cumpleaños triste, tristísimo, que he tenido en mi vida: el de mis cincuenta.

Este fue el último suyo.

Felicidades, amigo. Un beso enorme, hermanita.

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COMO ENCONTRADO, EL PERRO DE LA CAVERNA

25 diciembre, 2014 29 comentarios

El alfarero se adelantó algunos pasos y con voz clara, firme, aunque sin gritar, pronunció el nombre escogido, Encontrado. El perro ya había levantado la cabeza al verlo, y ahora, escuchado finalmente el nombre por el que esperaba, salió de la caseta de cuerpo entero, ni perro grande ni perro pequeño, un animal joven, esbelto, de pelo crespo, realmente gris, realmente tirando a negro, con la estrecha mancha… 

(La Caverna. José Saramago)

 

Ya saben que me gustan los perros y José Saramago.

Como ya conocen si leyeron lo anterior, el perro de las lágrimas no tenía nombre; era conocido por lo que hizo: beber las lágrimas de la mujer del médico, que tampoco tenía nombre. Como no lo tenía su marido, el médico, ni el niño estrábico, ni la mujer de las gafas oscuras, ni el ladrón… ni ninguno de los demás personajes de El Ensayo sobre la Ceguera (1995).

A todos se les conocía por lo que eran o lo que hacían, no por sus nombres. No hacían falta para conocer cómo era por dentro cada uno de ellos.

Los nombres son importantes en las obras de Saramago. Sea por su ausencia, como en el Ensayo de que hablamos, sea por constituir el argumento central, como en Todos los Nombres (1997), aunque sólo el protagonista aparece con el suyo, sea en fin por su descriptiva belleza, como los nombres de Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas, en Memorial del Convento (1982), una de las novelas, junto con la que cito a continuación, más tiernas y humanistas del autor.

En La Caverna (2000), los personajes sí tenían nombre: Cipriano Algor, el alfarero, su hija Marta y su yerno Marcial, Isaura, el sueño de Cipriano…

Y tenía nombre, grandioso nombre,  Encontrado, el perro que sabía que iba a ser encontrado por Cipriano y que conocía cuál iba a ser su nombre antes de tenerlo. Encontrado, el perro que iba a ser uno más en la familia Algor.

Encontrado

Ya saben también, si leyeron, que hace poco más de una semana perdí  a mi perro, que casi no era mío todavía; porque un perro solo puede “ser” de alguien cuando él ha aceptado pertenecer a ese alguien. Y mi perro no había tenido aún tiempo ni de pensarlo. Mucho menos de decidirlo.

Sucedió el día 16 de diciembre. Estaba conmigo desde el 10, menos de una semana. Seis días conmigo, siete días perdido…

Como Encontrado, Achado... Chado

Encontrado, Achado… Chado

Hace un par de días, el 23 de diciembre, siete días después de haberlo perdido y 13 después de haberlo tenido, mientras viajaba de Cádiz a Madrid para disfrutar navidades en familia, recibo una llamada:

  • ¿Es usted Jaime?
  • Sí, ¿Quién le llama?
  • Mire, soy Pilar, de Maikan, la perrera de Talamanca..
  • ¡¡No me diga que lo han encontrado…!!

La conversación continuó un par de minutos, los necesarios para tratar los detalles.

Ayer por la mañana pasé por Maikán para reconocer al perro. Era él: era Chino.

Era Encontrado

No sé cuál fue su historia durante los siete días en que ha estado perdido.  Sea cual fuere, no quiero que me la cuente; quiero que la olvide. Sé, porque lo vi, que estaba más delgado, temblando y con un enorme bulto en la quijada derecha; tan grande, casi, como su cabeza de cachorro.

Un tumor debe de ser, me dijo José Luis, el responsable de Maikan. Impensable que sea un tumor que, hace sólo siete días, no tenía. Debe de ser, respondí yo, un golpe de un coche o una fuerte tumefacción interna provocada por los esfuerzos en deshacerse del collar y correa que debieron de engancharse en algún escollo de su escapada.

Lo ha traído hoy un señor que lo veía desde hace un par de días deambulando por su finca”, me dijo Pilar.

¿Qué habrá comido durante esta semana un cachorro de cuatro meses que no conocía su nuevo entorno? Nada, supongo. Habrá pasado frío y hambre. Y miedo, mucho miedo.

Pero ya está a salvo, como Encontrado, el perro de La Caverna. Ya tiene de nuevo familia, como Encontrado.

Mañana, antes de viajar de vuelta al sur y después de las gestiones necesarias para retirarlo, iré a por él. Intentaré que olvide estos días y trataré por todos los medios de que ella lo acoja y llegue a tenerle una pizca del cariño que Marta, la hija de Cipriano, tuvo con Encontrado.

Y los “¿Cómo habría sido…?” y “Sin duda hubiera tenido…” que con tristeza preguntaba y afirmaba en mi anterior escrito, se convertirán desde hoy en “¿Cómo será?” y “Sin duda tendrá”. Porque este perro, Encontrado, va a tener historia, no sé si breve o larga, como la tuvieron Carola, Fag I, Tom, Fag II, Fag III y Chino, mis otros perros.

Y le voy a cambiar el nombre: ya no será “Chino”. Pero como Encontrado, nombre acertado para personaje de novela, es poco práctico para un perro de caza, le bautizaré con la versión original: “Achado”. La fonética es importante para un perro de caza. Así que será, simplemente, “Chado”.

Él ya lo sabe, aunque todavía no se lo he dicho.

Así que ya estoy feliz. Sólo queda que ella lo acepte. No aspiro a que lo quiera, que lo querrá. No espero que sea para ella tan importante como lo fue Gypsy en esta preciosa canción con la que les dejo.

Escúchenla y lean la letra. Pero deténganse antes del final, porque es un final muy triste

“Ahora, Gitano es mi perro. Lo encontré en una zanja de la carretera.

Y le he llamado Gitano porque le encaja bien el nombre…”

Así lo cantaba ella. Escuchen a la grandiosa Dolly Parton: Gypsy, Joe and me.

We might have slept in a rail yard or camped by the river bank
We fed ourselves from the fruit of the land
And quenched our thirst with rain
We never did allow no roots to grow beneath our feet
Life just had no pattern for Gypsy Joe and me
All we had was each other and the rags upon our back
The closest thing to a home we new was some abandoned shack
But we had all we needed and the rest we didn’t need
Life was free and simple for Gypsy Joe and me
Now Gypsy was my little dog, I found by the road in a ditch
And so I named him Gypsy, cause that name just seemed to fit
Oh and Joe he was my man, the flower of my soul
Thou he never said he loved me, I just always seemed to know
While standing by the highway, thumbin’ for a ride
The speeding wheels of a passing car, took Gypsy’s life
I lost him where I found him and his loss was misery
Now there’s no more Gypsy, there’s just Joe and me
Well the winter came and the snow did fall
And the night was cold and still
And the rags we wore were not enough
And Joe he caught the chill
And he told me how he loved me
And in my arms he went to sleep
Now there’s no more Gypsy, no more Joe, there’s just me
While standin’ here on the edge of this bridge
Lookin’ down I see
The face of Joe and Gypsy, lookin’ back at me
And somewhere in the distance I can hear them callin’ me
Tonight we’ll be together again
Gypsy, Joe and me

COMO EL PERRO DE LAS LÁGRIMAS

20 diciembre, 2014 27 comentarios

… Se le acercó el perro de las lágrimas, éste sabe siempre cuándo lo necesitan, por eso la mujer del médico se agarró a él, no es que no quisiera bien a todos cuantos se encontraban allí, pero en aquel momento fue tan intensa su impresión de soledad, tan insoportable, que le pareció que sólo podría ser mitigada en la extraña sed con que el perro le bebía las lágrimas.

         (Ensayo de la Ceguera. Saramago)

 

Creí que ya jamás tendría perro.

El último, hablaré de él, murió hace unos diez años. Era el tiempo en que yo dejé mi trabajo, los hijos se iban yendo poco a poco, la casa se nos quedaba demasiado grande y empezamos ella y yo a cambiar nuestras rutinas.

Entre cambios de casa primero, y de latitud después, ni tiempo había de pensar en perro. Y si yo lo hubiera mencionado de nada habría servido. De sobra lo sabía.

Hace unos meses, ya establecidos desde hace tiempo en nuestra casa del sur, le pregunto a ella:

– ¿Me dejarías tener un perro?

– Ni en sueños, respondió, segura de que su firmeza sería suficiente para detener mi posible insistencia.

Y la detuvo, vaya si la detuvo. Yo no entendí su cierre en banda, sin siquiera permitir una argumentación por mi parte o una breve conversación sobre el asunto. Pero lo acepté.

Para mí pensaba: ¿Por qué no me dejará, sabiendo lo que me gustan los perros? Ahora que, además, me acabo de hacer junto con unos amigos con un coto de caza en Jerez, a una hora escasa de casa, para cazar en mano perdiz brava, que me divierte una barbaridad. Y sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo libre y de espacio que tengo ahora para enseñarle…

Y, caramba, fue precisamente ella, además, la que me regaló mi primer perro de verdad.  

Todo esto pensaba, pero nada decía. Ella puede detener mis palabras pero los pensamientos fluyen sin llamarlos.

No fue hasta hace pocos días cuando un domingo por la tarde me pregunta

– ¿Qué tal tu caza?

Bien, contesto, he bajado cinco perdices.

He de decir que cinco perdices pueden parecer pocas a quien las abate en ojeo o anda tras las fáciles perdices de granja. Pero estas mías son duras de andar, complicadas de bajar y difíciles de cobrar. Así que cinco es una buena percha.

– ¡Qué bien!, me responde.

– Sí, pero sólo he cobrado una.

– ¿Y eso?

– Bueno, es que ya te dije que es un terreno muy complicado. Y sin perro se hace aún mucho más difícil cobrar las que cazo…

Se quedó unos segundos elaborando la respuesta que yo esperaba. No me defraudó.

– Anda, cómprate un perro si quieres.

Así es ella. Todo corazón. Duro a veces pero noble siempre.

De modo que no di un minuto a una posible recapitulación. Le di un beso y un abrazo. Especiales, de agradecimiento. Y en cuanto se levantó me metí en internet a buscar criaderos por la zona.

Luego supe que no le gustó la rapidez de mi gestión. Habría ella preferido que yo sí diera pie a esa posible recapitulación

El caso es que ya tengo perro. La conversación relatada tuvo lugar el domingo, 7 de diciembre. El jueves 11, camino de Madrid, pasé por una aldea medio perdida cerca de Écija a recoger un braco alemán de cinco meses.

Esta es la breve historia de mi nuevo perro. Breve de verdad.

Les contaré, ahora, algo sobre cada uno de mis viejos perros. Advierto que es relato largo para lo que acostumbra este blog. Así que pueden seguir o parar. E, incluso, saltarse a los viejos perros para conocer el epílogo de la historia.

CAROLA

Carola nació antes de nacer yo. Tenía la edad de mi hermano Chiky, 14 meses mayor que yo.

No era perro mío, era de la familia. Es más, era familia. Vivió como unos 12 años y mis recuerdos están muy borrosos. Excepto uno, que no es recuerdo propio, sino relatado por mi madre. Se lo cuento.

Yo tenía cinco o seis meses y estaba, como es propio a esa edad, en la cuna; en un cuarto contiguo a la habitación de mis padres.  Carola solía acurrucarse debajo de mi cuna.

Mi madre andaba en la cocina, organizando la comida con las tatas (conmigo, ya éramos cinco hermanos). En esto, escucha unos gemidos extraños de la perra. Al acercarse, menos mal que se acercó, vio a mi hermano Chiky que, en pie junto a la cuna, blandía amenazante, sobre mí, el atizador de la cocina (en aquella época, las cocinas eran de carbón).

Los celos del benjamín destronado, supongo. El caso es que su intento de acabar conmigo se frustró. Lo más probable es que no hubiera tenido éxito, pero nunca se sabe…

Jamás le he guardado rencor.

Apenas tengo otros recuerdos de Carola. Mientras ella estuvo con nosotros tuvimos algunos otros perros: Dick , Nopy y Sussie, perros de agua de raza indefinida. Y Basilio, un mastín arlequinado al que yo tenía pavor.

A mis cinco o seis años, con Carola y Tía Gloria

FAG I

Carola murió a mis 11 ó 12 años. Pronto tuvo sustituto. Un día aparece mi padre con un perro lobo bastante feo, color marrón claro y rabo ensortijado, tipo siberian husky. Era algo más que cachorro y a nosotros nos pareció precioso.

Nos dijo que se llamaba Fag. Ante nuestra extrañeza por tal nombre, nos comentó que en realidad se llamaba “Fondo de Atenciones Generales”, el nombre del departamento donde se lo habían regalado, dijo. Y que era mejor llamarle por el acrónimo: FAG. Jamás le llamamos por su nombre completo; habría resultado ridículo y, sobre todo, poco práctico.

Chiky y yo disfrutamos como enanos con este perro. Le enseñamos a saltar vallas y alambradas. Era capaz de sortear con limpieza alturas de 1,80 metros.

Le enseñamos a pelear. No había perro que pudiera con él, excepto quizá Coquinero, otro perro lobo más grande que él y con una pinta terrible. Había en el barrio otro perro con el que daba gusto verlo pelear. Solía vivir en una furgoneta verde con carrocería de madera. Se llamaba Tritón.

Si mi hermano lee esto, recordará cómo excitábamos a Fag, estuviera donde estuviera, gritando el nombre de sus enemigos: “¡¡Tritón, Coquinero, Tritón, Coquinero!!” Se ponía a morir.

Y murió.

Chiky y yo estábamos internos en un colegio de Zaragoza. Nos llamaron por teléfono un fin de semana de abril de 1963 a casa de una de nuestras tías de allí para darnos dos noticias: que habíamos tenido un hermano nuevo, Iván, el octavo, y que habían atropellado a Fag frente a la puerta de casa, en la calle Ferraz. Tenía yo casi 15 años.

Fue una muerte trágica. El autobús casi lo partió en dos. Mi hermana Blanca estaba con él y acudió a su lado. El perro, como queriendo aferrarse a la vida, se aferró con una dentellada a Blanca abarcando con su bocaza antebrazo y pantorrilla. Treinta puntos bien cosidos, y el tiempo, borraron las huellas de la involuntaria agresión.

Pero algo de premonitorio tuvo. Veintiséis años después era mi queridísima hermana Blanca la que murió atropellada por un desalmado frente al mismo portal de Ferraz.

TOM

Dos años anduvimos sin perros. Ni los hijos lo reclamábamos ni a mis padres les apetecía. Pero está visto que éramos familia de perro. Así que fue el destino el que nos proporcionó a Tom.

Estábamos mi padre y yo en Puerta de Hierro, sacando de paseo a mi abuelo. Cuando ya nos volvíamos vemos un enorme perraco, un mastín leonés, dando vueltas en el exterior de la cafetería del club. Ante nuestra curiosidad, el camarero nos comentó que llevaba algunos días por ahí, que debía de estar perdido. Como le había echado algo de comer el primer día, ya no abandonó el lugar.

Nos acercamos y jugueteamos un rato con él. Tras unos momentos, mi padre y yo nos miramos. Apenas hicieron falta palabras. Me dijo ¿Nos lo llevamos a casa?

Así lo hicimos. Durante el trayecto de vuelta nos entreteníamos pensando en la manera de explicárselo a mamá. Temíamos que nos echara a los tres.

Entramos en casa, me quedo con Tom en el salón y va mi padre en busca de mi madre

– Blanca, hemos encontrado un cachorrito y nos lo hemos traído.

Cuando entra mi madre y ve al “cachorrito”, de más de 50 kilos, nos mira alternativamente. Nosotros, en silencio expectante; el perro, mirándola a ella, como sabiendo lo que estaba en juego.

Estas son las palabras que recuerdo:

– ¡Qué monada! ¿Nos lo vamos a quedar?

Y naturalmente que se quedó.

Tendría dos o tres años el perro y se quedó en casa otros siete u ocho.

Había una tata en casa, Lola, que llevaba muchos años con nosotros. Quería y cuidaba a Tom más que nadie. Lo mimaba, lo sobaba, lo abrazaba. Y Tom la adoraba. Un día, poco antes de su sacrificio, llamó un cartero a la puerta. Abre Lola y el cartero, al ver a tan enorme animal, da un paso atrás. Lola le dice:

– No se asuste, mi Johnny (ella le llamaba así) es más bueno que el pan. No haría daño a nadie.

Mientras esto dice, se agacha para darle un abrazo. Y cuando esto hace, Tom se vuelve con violencia y le da un mordisco terrible en la cara. El cartero huyó despavorido. Yo me llevé a Lola a urgencias donde le volvieron a colocar la mejilla, prácticamente arrancada, con varias decenas de puntos.

Tanto Lola como Tom olvidaron el asunto y retomaron su tierna amistad como si nada hubiera pasado.

Tenía algo de místico aquel perro. Recuerdo las noches en que le sacábamos al “club de los perros” (una concentración de amigos con perro en el Paseo de Rosales). Salíamos a las doce y hasta las dos no regresábamos. Una noche perdimos al perro. Vueltas y vueltas sin éxito hasta que un amigo nos dijo. “Lo he visto en el templo de Debod”.

Fuimos hacia allí, el antiguo cuartel de la Montaña, y vimos al perro. Estaba echado, con la cabeza erguida y las patas delanteras cruzadas, observando –como adorando– una de las arcadas del templo. Repitió la escapada en varias ocasiones, pero ya siempre sabíamos dónde encontrarle.

Como el dios Anubis. Algo de su sangre tendría.

Un mastín en un piso avejenta deprisa. Se me saltaron las lágrimas cuando vi cómo se dormía lentamente en la mesa del veterinario que le puso la inyección. Debía de ser el año 73.

A mis 17-18 años con Tom, en el jardín de San Carlos

FAG II

No pasé mucho tiempo sin perro. Creo que fue en 1975 cuando ella me regaló uno. El primero realmente mío. Aún no nos habíamos casado.

Me dijo: te regalo un perro si te apetece; elígelo y lo compramos.

¡Vaya si me apetecía! Lo busqué, lo apalabré  y lo fuimos a recoger a un criadero del Cerro de los Ángeles. Le costó cinco mil pesetas.

Era un setter irlandés precioso. Aunque su nombre de verdad era Danny Boy of Broad Acres yo le llamé Fag, como el perro que tuvimos de chavales con el que tanto nos divertimos. Llamarle por su nombre oficial también habría resultado ridículo.

Resultó ser de una línea extraordinaria. Lo llevé a exposiciones de belleza y consiguió algunos títulos de campeón nacional. Sin embargo, no me sirvió para la caza. Posiblemente por culpa mía. Tuve un accidente que me partió la pierna cuando el perro tenía 7 u 8 meses y no pude entrenarle para esa temporada. Luego, me dije, ya era tarde.

Un día lo llevé a los pantanos y arrozales del delta, a acuáticas. Bajé un azulón de un excelente tiro, que cayó en el prado pantanoso al otro lado del canal. Reté al perro que se lanzó bravo en su búsqueda. Saltó al canal, nadó, buscó el pájaro, lo encontró y…se quedó con él justo al otro lado del canal. No hubo manera de que me lo trajera.

Así que crucé yo el canal, era invierno, estaba frío y mis botas eran cortas. Cogí el pato y me fui. Fag vino tras de mí pero no volvió a cazar conmigo.

Murió de muy viejo, como a los 15 años. Recuerdo que ella y yo comentábamos a menudo la necesidad de llevarlo al veterinario para su último viaje. Cada vez que lo hacíamos, el perro, tumbado porque ya casi no podía levantarse, se incorporaba y medio saltaba como si fuera un cachorro.

Sin duda, entendía lo que hablábamos.

 

Preciosa estampa. Fag II en 1978

Preciosa estampa. Fag II en 1978

A Fag II también le enseñé a saltar

A Fag II también le enseñé a saltar

FAG III

Aún tuve un tercer FAG. Un Schnauzer gigante (Riessenschnauzer). Este no fue regalo de nadie. Teníamos en aquel tiempo un chalet grande en Pozuelo y pensé que sería bueno tener un perro guardián. Así que me lo regalé yo. Debía de ser el año 91 ó 92.

Era fuerte como un toro. Lo adiestré muy bien pero solo me hacía caso a mí. Cuando yo no estaba en casa (trabajaba mucho en aquella época) hacía lo que quería.

Por mucho que cerráramos el jardín y revisáramos cada posible agujero en la alambrada, siempre encontraba hueco por el que fugarse.

Un día me contó mi hijo mayor que preguntó a un vecino por su bóxer, que hacía tiempo no veía. El vecino le contestó: “¡Pero hombre Tano, qué me preguntas; si me lo mató tu perro!”

A mí me extraña mucho, porque de haber sido cierto me habría enterado y, desde luego, habría habido denuncia o jaleo de algún tipo. Pero así me lo contó el chaval.

Fag III no murió en casa. Me convencí de que no era el perro que debíamos tener y lo regalé.

Fag III, al que mi hijo pequeño llamaba "Mononegro".

Fag III, al que mi hijo pequeño llamaba “Mononegro”.

CHINO

Chino ha sido el mejor perro que he tenido. Fue regalo de un buen amigo de trabajo y de caza.

Era un teckel de pelo duro. Entró en casa cuando Fag III aún no había salido, en 95 ó 96.

Dicen de los teckel que son cabezotas y complicados de adiestrar, pero el mío no lo fue. Le dediqué interés y tiempo y terminó siendo el teckel mejor adiestrado, en disciplina y en caza, de todos los que conocí.

Me avisaba de las reses que se acercaban y yo aún no veía. Él tampoco, pero su olfato y la sensibilidad de sus plantas, que percibían el lejano trote a través del suelo, suplían con creces el hándicap de su escasa altura, que le impedía ver.

Acostumbrado a la “sesión de fotos” al final de la jornada de caza, a una señal mía se incorporaba y saltaba sobre la grupa, o se sentaba al lado, del guarro más espectacular. En cuanto escuchaba unos cuantos “click” entendía que ya tenía que bajarse.

Se subía a la grupa...

Se subía a la grupa…

Su lance más bravo. Estábamos en un pequeño cortadero de traviesa en el que nuestro puesto era el único.  Al pasar el perrero con su rehala, me cambio al otro lado de la raya. Tomo macuto, rifle y demás trastos, incluido perro, y cuando me estoy organizando al otro lado escucho una ladra aislada: un perrete trae un cochino de vuelta.

Dejo todo y tomo el rifle. Sujeto la correa de Chino (en el puesto siempre lo llevo con correa) pisándola con el pié. La ladra se acerca y rompe al cortadero una guarra enorme. Le acierto en los cuartos traseros y cae al lado contrario. El podenco que va tras ella se le echa encima. Chino, nervioso, se suelta de mi pie y se va a ellos. Revuelo de perro chico, perro grande y guarra enorme.

Dejo el rifle, saco en cuchillo y me acerco a rematar. Pero decido antes que  prefiero ver cómo se desarrolla la escena y espero junto al barullo. El podenco se aburre o se asusta y se marcha. Dejo que siga la escena y la lucha, ahora solos, entre Chino y el jabalí. Durante algo más de un minuto disfruto con la bravura de mi perro, agarrando cuando podía y esquivando tarascadas. Y, sobre todo, eludiendo el peligroso frente a frente.

Hasta que llega el momento en que veo cómo la cochina lo tiene ante su enorme boca abierta y el perro, agotado, parece incapaz de reaccionar.

Entonces, cuando ya sé que me toca a mí, afirmo el cuchillo y acabo el lance. Nos volvimos felices y orgullosos, con seis guarros cobrados.

Chino fue un magnífico compañero y un gran cazador. Superó varios lances con jabalíes pero no pudo superar una pelea con un perro de la familia. De la mía, no de la suya. En San Carlos, casa de veraneo familiar en tiempos, se enredó en una pelea con el drahtar de un sobrino. Casi lo parte en dos. Yo no estaba. Lo llevaron a curarse pero ya nunca fue el mismo.

Murió como mueren los perros de caza que no mueren de viejos o a colmillos de guarro. Bajo las ruedas de un coche.

Tampoco estaba yo. Debió de ser por 2003 ó 2004.

...o se sentaba junto al cochino más grande...

…o se sentaba junto al cochino más grande…

Estos han sido mis perros y esta su historia, breve y mal contada.

En cuanto a la historia del perro que inicia este relato, no la va a tener. Lamentablemente, no ha dado opción; ni a él de tener historia ni a mí de contarla.

Chino le llamé. Observarán que soy repetitivo con los nombres. Quizá sea porque de este modo, en un perro tienes dos, o varios, el que vive y el que recuerdas de su mismo nombre.

No me dio opción. La sexta noche de su vida conmigo, es decir el martes de la semana siguiente a su recogida, decidió escaparse. Durante esos días había estado algo acobardado por el cambio radical en sus costumbres: de su criadero al aire libre, correteando con sus hermanos y primos, al ruido de Madrid, a los ascensores, las puertas, el suelo de madera del piso o el asfáltico de la ciudad…

Esa sexta noche, víspera de mi vuelta al sur y al día en que ella lo conocería, y un par de días antes de su bautismo de campo en busca de las perdices bravas, estaba saliendo de su “depresión”. Le veía más animado, correteaba al extremo de su correa extensible, mantenía su corto rabo alzado en lugar de apretado contra el culo…En fin, parecía otro perro.

Un tirón fuerte de la correa me pilló desprevenido. Chino salió como alma que lleva el diablo, corriendo veloz y sin parar con la correa arrastrada…

Lo busqué casi toda la noche y parte de la mañana siguiente. Di razón de la pérdida donde había que darla, puse carteles…

Ya no creo que aparezca.

Y también creo que, si no aparece, jamás ya tendré perro.

Por eso me apetecía contarles la historia de los que sí tuve.

Como el perro de las lágrimas.

Como el perro de las lágrimas.

 ¿Cómo habría sido este perro? ¿Fiel como Carola? ¿Valiente como Fag I? ¿Noble como Tom? ¿Hermoso como Fag II? ¿Fuerte como Fag III?

¿Tan buen cazador como Chino?

Sin duda hubiera tenido algo de cada uno, fidelidad, valentía, nobleza, belleza, fortaleza y bravura cazadora. Porque, mal me está el decirlo, todos aquellos tuvieron algo de mí.

Pero lo que sí creo es que tuvo, en su vida efímera conmigo, más sensibilidad que ninguno. No digo que hubiera tenido; digo que tuvo.

Porque él supo, no sé cómo lo supo, que de haber vuelto ese miércoles conmigo a la casa del sur, donde ella nos esperaba, no hubiera sido feliz.

No sé cómo lo supo. No sé en qué pudo haber intuido esa ausencia de felicidad futura que le indujo a buscar, escapando hacia la oscuridad, la incertidumbre; quizá la muerte.

Fue una sensibilidad parecida a la que invadió al Perro de las Lágrimas, cuando ya la mujer del médico había logrado salvar a todos. Cuando el llanto inconsolable, por todo lo que había pasado, surgió en el lugar del alborozo por el triunfo conseguido.

El Perro de las Lágrimas bebió las lágrimas.

Chino se escapó para que no surgieran

UN PAR DE HOMBRES NOTABLES (…y José María)

11 febrero, 2014 16 comentarios

 

¿Cuál es esa “otra” motivación de Jaime, de la que les hablaba ayer?

Él mismo nos la cuenta:

“Nado porque puedo, por los que no pueden”

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“Realmente soy afortunado de poder nadar y hacer lo que me gusta. Pero mi verdadera fortuna ha sido emprender esta andadura con la Asociación Siempre Adelante y desde el primer momento he conocido a algunos afectados por ELA y familiares que han ido reforzando este compromiso y ganas de hacer más y más cosas por ellos.

En todas y cada una de mis Travesías he tenido ganas de abandonar por diferentes motivos. He de reconocer que tengo mucha fuerza de voluntad, pero también tengo que dar las gracias a personas como: mi tío Jose Mari, Gonzalo, Iván, María, Fran, Agueda, Isabel, Juan, Jose Luís,…, que son quienes de verdad me han ayudado a valorar lo que de verdad importa y trasladando esto a las ganas de abandono que comento, suelo pensar y repetirme en esos y otros momentos de flaqueza: “Jaime, lo que te está pasando (frío, cansancio, agobio psicológico por pensar que no avanzas suficiente, …) es algo pasajero, lo que no es pasajero es tener una ELA o similar. Así que, sigue y hazlo por ellos”. (www.jaimecaballeronadador.com)

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Y es aquí donde Jaime conecta, hoy a través mío, con ese otro hombre notable que fue mi querido amigo José María Cervelló Grande. Un hombre Grande de verdad, no solo por el apellido.

La Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) es una enfermedad perra, en el peor sentido del término. Una vez que agarra, ya nunca suelta la presa. Comienza por afectar a la movilidad corporal hasta que, al poco tiempo, te lleva a la silla de ruedas. Continúa paralizando los músculos de la expresión hasta que, poco tiempo después, te impide hablar, incluso casi sonreír levemente. Y sigue sin descanso, afectando al aparato digestivo; ya no puedes comer. Cuando llega a los músculos del aparato respiratorio, aún puedes “vivir” un tiempo si te practican la traqueotomía y añades un aparato respiratorio a los muchos otros artilugios que ya controlan tu vida.

Es poco frecuente y tal vez por eso, porque no hay una “multitud de potenciales clientes”, no se investiga lo suficiente. O quizá sí se investiga y no es posible hallar remedio.

El caso es que mi amigo José María tuvo la mala fortuna de encontrarse con ella justo cuando más podía disfrutar de su vida. Cuando pudo dejar su trabajo, en la parte en que le era necesario para vivir, para dedicarse al trabajo que le gustaba y en el que era maestro en todos los sentidos: el coleccionismo de arte (doctor en Historia del Arte) y la enseñanza del derecho (Abogado del Estado). Lo de “doctor” y “abogado del estado” eran tan solo sus títulos profesionales. Lo importante es que fue notable erudito y coleccionista de libros de arte, gran jurista y magnífico profesor.

“Un día comentamos que tu amor por el libro estaba por encima del propio contenido del libro. Pienso que tu capacidad de disfrutar de la vida, está también por encima de su propio contenido”. (Carmela Mirecki)

“El Maestro no habla; actúa. Cuando su tarea concluye, la gente dice: ¡asombroso, lo hicimos nosotros solos!

El Maestro tiene, pero no posee; actúa, mas no espera nada. Cuando su obra termina, la olvida.

Por eso es imperecedera”. (Lao Tse)

Estas reflexiones, extraídas del memorable regalo que le hizo su mujer, Mª Teresa, cuando cumplió 60 años (un libro en el que una docena de sus íntimos amigos escribimos sobre él), definen con notable concisión y fidelidad la personalidad de José María. Sus libros…su vida; tan imprescindibles aquellos para esta, tan vivida esta para aquellos. Y su maestría en ser maestro.

La evolución de su enfermedad fue dramáticamente progresiva. Cuanto más la ELA avanzaba, más él se hacía intelectualmente fuerte para superarla. Cuando ya no pudo desplazarse para dar sus clases, los alumnos acudían a su casa. Cuando ya no podía siquiera expresarse, sus ojos hablaban por él; incluso los utilizaba para escribir con un programa especial de ordenador. Y cuando ya lo sabía casi todo comenzó, desde su obligada inmovilidad y su incapacidad de comunicación activa, a tomar clases de astronomía, de música… Su obsesión era saber.

En sus últimos meses, muchos fueron, solo podía pensar, escuchar y ver. Todo lo demás le estaba vedado.

Y cuando ya no pudo seguir viviendo, se despidió de la vida y de sus amigos con la dignidad de los grandes hombres.

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Yo le conocí en 1983, cuando se incorporó al despacho que yo dirigía. Durante 20 años conviví profesionalmente con él. Cuando lo dejó, en 2003, la amistad que siempre habíamos tenido se ensanchó para ocupar el espacio que la relación profesional abandonó. Fue entonces cuando el dedo de la (mala) fortuna le tocó la frente.

Cuando ya la enfermedad hizo garra y él no pudo ya moverse de casa, acudíamos mi mujer y yo con frecuencia a visitarle. No era la “obligada” visita al amigo enfermo, sino la buscada ocasión para volver a verle, contarle nuestras cosas y “escuchar” las suyas aunque ya no pudiera hablar. María Teresa, la mujer que le dedicó su vida entera durante esos años finales y María Jesús, la hermana que le acompañó durante toda la vida, complementaban lo que sus ojos no podían transmitir.

Disfrutábamos con esas tertulias, solos o con otros amigos con los que coincidíamos. Y muy especialmente gozamos de los magníficos conciertos privados que Marta y Pedro, los hijos de Tomás Alfaro, otro de sus grandes amigos, ejecutaban en casa de José María. Ella, al piano; él, al cello.

Un día de agosto de 2009 decidieron entre Dios y él que ya estaba bien; que todo lo que tenía que haberse hecho, estaba hecho; que todo lo que tenía que saber ya lo sabía; y que ya no tenía sentido seguir combatiendo a la maldita ELA puesto que él y su dignidad ya la habían vencido.

Se despidió de María Teresa sabiendo que pronto la volvería a ver. Un par de meses después de que él se fuera ella, que no podía vivir sin él, acudió a su encuentro.

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Sabrán disculparme esta efusión de emotividad. Tan solo quería rendir homenaje de admiración a Jaime y a José María. Dos hombres notables que, cada uno a su manera, han luchado con grandeza y dignidad contra un maldito enemigo.

UN PAR DE HOMBRES NOTABLES (Jaime…)

10 febrero, 2014 7 comentarios

Jaime y José María no se conocen. Y ya no tienen posibilidad de hacerlo porque uno vive casi en el mar y otro permanentemente en los cielos.

Yo solo conozco (conocí) a José María. Pero ambos son objeto de mi más profunda admiración y quiero reflejarlo en este blog.

A Jaime (Tolosa, 1975) algunos le llaman “El caballero de la Mancha”. No por identificarle con el Quijote, aunque seguro que algo de quijote tiene, sino porque su apellido es, precisamente, Caballero y su hazaña más notable ha tenido lugar en la Mancha; en el Canal de la Mancha.

Conózcanla.

JAIME CABALLERO, NADADOR

JAIME CABALLERO, NADADOR

El 6 de agosto del año pasado, Jaime Caballero se lanzó a las frías aguas de Dover con el objetivo de cruzar a nado, ida y vuelta sin detenerse, el Canal de la Mancha.

A las 8 am me eché al agua y todo comenzó sin grandes complicaciones ni sorpresas hasta que a la segunda hora empecé a sentir frío y a pedir té caliente…

A las sexta-séptima hora aproximadamente empecé a ver unos objetos flotando y bajo el agua de diversos colores y me resistí a pensar que eran lo que me temía pero pronto empecé a sentir en mis propias carnes que efectivamente eran medusas. Me picaban por todo el cuerpo y esto unido al frío y al festival de olas que tuve durante una media hora al pasar por un banco de arena me hizo pensar seriamente en abandonar…

Al aproximarme a la costa francesa empezaron unas fortísimas corrientes que me impedían mantener un punto de referencia único. Cada vez que miraba para adelante tenía que cambiar de objeto ya que nos íbamos hacia el Oeste con el riesgo de superar Cap Gris Nez y perder la posibilidad de tocar tierra. Pero lo hice.(www.jaimecaballeronadador.com)

Tras “tocar”, literalmente, costa francesa al sur de Calais y sin detenerse, viró 180º para retornar  a Folkstone, a 17 kilómetros de Dover.

Completados casi cien kilómetros, teniendo en cuenta el arco necesario para compensar corrientes, y más de 24 horas de bracear sin descanso, finalizó su hazaña.

Con una temperatura de 13-14 grados, lo digo por experiencia, un simple chapuzón en el mar resulta bastante  desagradable. Piensen en más de 24 horas seguidas nadando en mar abierto, con olas, corrientes y sin protección de neopreno, pues las normas de homologación de records lo prohíben.

Su cuerpo acabó plagado de picaduras de las medusas. Sus huellas se dejan ver en brazos, piernas, cara, espalda… Ni un solo rincón de su cuerpo quedó a salvo. “Tengo infección en la sangre por las picaduras, estoy con antibióticos y me vigilan una marca en la pierna, no se vaya a extender la infección”.

Tardó dos horas en completar los últimos 1.500 metros por las corrientes. “Era frustrante, en el barco creían que estaba desorientado porque no avanzaba”.

Brazada a brazada, para un total de 85.550, se dirigió a Inglaterra. Tragó más agua de lo normal. Sufrió de lo lindo para ingerir alimento. Los plátanos se los tragaba casi enteros. Masticar era un suplicio: “Me metía debajo del agua para comerme los bollos de mermelada. En la superficie me era imposible, tragué un montón de agua cada vez que abría la boca”.

De nuevo las corrientes le alejaron del destino final. Tomó tierra exhausto, desfallecido, como nunca antes le había ocurrido. Su temperatura corporal casi no llegaba los 31 grados. Una hora después las mantas térmicas apenas elevaron esta marca hasta los 33. (http://www.marca.com/2013/08/08/mas_deportes/deportes_aventura)

TRAVESÍA COMPLETADA

TRAVESÍA COMPLETADA

¿Qué puede motivar a un hombre a emprender una aventura como esta, con el sufrimiento asegurado y un evidente riesgo de perder la vida?

Seguramente sus motivaciones son parecidas a las de Jeanne Sócrates, que a sus 70 años dio la vuelta al mundo en solitario a bordo de su Nereyda

O a las de Jessica Watson o Laura Dekker, que hicieron lo mismo con 16 y 14 años…

O las de José Luis Ugarte, en la regata  Around the Globe del 93, a los 65…

O las de Teresa Perales, record de medallas olímpicas que, cuando no nada, tiene que estar en su sillita de ruedas…

O, por pasar del mar a las montañas, las de Carlos Soria que coronó el Anapurna a los 73 años…

O las de Edurne Pasabán, la brava vasca que, a sus 27 años fue la primera mujer del mundo en conquistar los 14 “ochomiles” que unen, casi, la tierra con el cielo.

O, por pasar de los montes a los hielos, las de Amundsen, Scott o Shakelton, conquistadores de los polos…

O, volviendo al mismo mar de Jaime, las de Philippe Croizon que, sin brazos ni piernas, cruzó a nado el mismo Canal de la Mancha desde Folkstone a Calais, justo la ruta inversa que la que nadó Jaime en su travesía de regreso.

Estos grandes hombres y mujeres, cuyas hazañas he tenido el honor de relatar en este blog y que pueden leer pinchando sus “links“, alimentan su corazón del coraje, pundonor, espíritu de superación y desprecio por el riesgo que les impele a nadar durante días en duras condiciones, navegar durante meses por mares peligrosos, conquistar las más elevadas cotas de la tierra y ser los primeros en llegar a donde antes nadie ha llegado.

En ocasiones, superando sus propias limitaciones físicas que a cualquier mortal le impedirían incluso llevar una vida normal.

Suelen ser, además, gentes modestas, que no lo hacen por presunción, por dinero o por vanidad. Seguramente todos ellos tienen parecida modestia a la de Jaime, que expresa sus proezas con esta reflexión:

No hay nada noble en ser superior a otra persona. La verdadera nobleza radica en ser superior a tu antiguo yo.

Siempre adELAnte

Siempre adELAnte

Pero Jaime Caballero, el hombre de la Mancha, tenía otra motivación además de la de la superación continua. Precisamente la que me ha inducido a “emparejarle” con mi querido amigo José María, al que él no conoció.

Mañana les hablaré de esa otra motivación y también de José María, que no sé si sabría nadar aunque era gaditano, que nunca escaló ni exploró los polos y que, probablemente, nunca navegó.

Pero que fue, como todos aquellos superhombres, paradigma de pundonor, superación y, por encima de todo, de dignidad.