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MI ENCUENTRO CON EL SUPERPETROLERO SAMIRAS

19 marzo, 2019 1 comentario

De junio de 2012.

Como todos los años por estas fechas (en esta ocasión algo más tarde), la Capitana y yo nos disponemos a zarpar en un par de días a bordo de Wanawaki. Destino: Sant Carles de la Rápita (Tarragona), al sur del Delta del Ebro. Pasaremos a bordo algo más de un mes y haremos unas 1.100 millas náuticas (2.100 kms).

Y es que en Sant Carles pasa el verano La Dama. Hace tiempo, mucho si contamos los años transcurridos pero muy poco si sólo lo recordamos, la casa de La Dama (mi padre aún vivía) estaba repleta de familia. Más de 30 almas entre hijos y nietos (los biznietos aún no habían llegado) conviviendo en el mismo caserón, viejo y grande. Hoy la Dama, más vieja como lo es el caserón pero mucho más menuda, vive sola con la señora que le cuida. Por eso y porque la adoramos, sus seis hijos vivos (fuimos ocho), sus nueras y yernos, sus 21 nietos y sus 26 biznietos nos buscamos la vida para que esté poco tiempo sola.

Así que el motivo de la travesía es, como el año pasado, visitar a La Dama. Ella es, ya lo habrán adivinado, mi querida madre, ya en sus 94 pero aún feliz. Apenas ve, apenas oye, apenas anda y apenas recuerda nada que no sean viejos recuerdos de juventud, cuando cualquiera de nosotros se los refrescamos para alegrarle la sonrisa, pero es feliz.

Un año para ella es mucho más que un año para nosotros. Así que no sé si este julio me la podré llevar a navegar, como el año pasado cuando tanto disfrutó. Seguro que sí porque, aunque apenas ve, apenas oye y apenas anda, seguro que recuerda las sensaciones que experimentó entonces cuando “mojando la plata” -como dicen los navegantes cuando la escora del barco casi sumerge la tapa de regala del costado de sotavento-, pasaba su mano por la superficie del mar y, en la exageración de su recuerdo, “tocaba los peces”. Así lo cuenta ella.

Zarpamos el 27 de julio, tal vez un poco demasiado tarde. No me gusta navegar en agosto fuera de mi zona porque los puertos están a reventar de ocupación y de precio. Pero no nos fue posible hacerlo antes por razón del involuntario encuentro que tuve con el petrolero SAMIRAS, cuyas consecuencias se terminaron de reparar ayer día 26.

Sucedió a finales de mayo. Era un día tranquilo, con calor para la época, sin apenas viento y con mar plana. Navegábamos la Capitana y yo solos.

La proa apuntaba al Peñón, a Punta Europa. Yo estaba sentado en la bañera y la Capitana tumbada en la cubierta de proa. Amos enfrascados en nuestras respectivas lecturas.

Le pregunto “¿Qué tal vas? ¿Despejada?”; “Sí”, me responde.

Yo también iba bien; y despejado. Al menos eso creía. Corrijo el timón automático para dejar la proa libre de costa y de buques (estábamos como a cinco millas de Punta Europa y de los buques fondeados en su proximidad) y dejo mayor izada, con puntita de motor, y 2-3 nudos de velocidad. Me siento en la bañera a continuar la lectura.

La siguiente noción de conciencia que tenemos es un tremendo ¡CRASH! y un súbito parón del barco.

Nos habíamos empotrado, literalmente, en el costado de babor de un enorme petrolero que estaba fondeado a apenas media milla de Punta Europa. Aterrado yo, me levanto; aterrada ella, se incorpora. No creíamos lo que nos había pasado. Nos hemos quedado dormidos los dos; al menos durante hora y media. El barco había derivado unos grados con el abatimiento y la corriente; los suficientes para que las aguas que eran libres se convirtieran en una masa de hierro de 300 metros de eslora y 20 de francobordo.

Meto motor atrás para separarme. Miro a la cubierta del petrolero y no veo a nadie. Me dijo luego Carmela que dice haber visto a un par de marineros mirando con prismáticos, incrédulos supongo, al estúpido velero que se les echaba encima; debajo, más bien. El caso es que nadie avisó y yo no vi a nadie.

Hago inventario de daños. Afortunadamente nada en el casco; solo sufrieron las estructuras metálicas de proa: el botalón, el púlpito y el soporte de fondeo. Las tres estructuras, consecutivamente, absorbieron el impacto y mantuvieron indemne el casco. Bastante suerte tuve para mi colosal torpeza.

El seguro, muy bien gestionado, se hizo cargo de todo e incluso aproveché la varada, necesaria para la reparación, para limpieza y pintura de casco, que ya le tocaba. Me ahorré más de mil euros con el asunto.

Pero durante meses me quedé con la intriga y el temor de que, en una lectura inversa de la intrigante novela de Justin Scott, El Cazador de Barcos, el petrolero SAMIRAS y su capitán me persiguieran hasta dar con mi barco a pique, de la misma manera en que el marino Peter Hardin logró, tras incontables aventuras, acabar con el petrolero LEVIATHAN, causante del hundimiento de su velero y de la muerte de su esposa.

RECUERDOS DE JUVENTUD. EL PARACAÍDAS

24 octubre, 2018 4 comentarios

Tengo este blog, que tanto me entretenía hace años, medio olvidado. Y lo cierto es que me da pena, es como cuando dejas de ver a un buen amigo y aun sabiendo que vive cerca y aun teniendo su teléfono, no lo buscas, no lo llamas. Es una especie de inercia negativa que deviene en masoquismo.

Pero como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí.

Ahí voy. Ya me dirán si me pongo muy pesado…

 

El verano fue tranquilo pero apasionante, como siempre. Entre el esquí, la pesca, la familia, las francesas y la discoteca las Cancelas de don Ben lo pasamos pipa. Pero si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida. Déjenme que la relate.

De vuelta de uno de sus viajes de prácticas al continente americano con la motonave Covadonga mi hermano había traído, entre otras cosas curiosas que solía mercarse allí, un paracaídas de segunda mano. Me dijo, supongo que sería de coña, que había pensado probarlo tirándose desde el balcón de su pensión en La Coruña, un piso 10 de un edificio en la calle Riazor. Luego, menos de coña, comentó que podríamos tratar de hacer con él algo parecido al parapente, deporte que entonces empezaba a estar de moda y que consistía en volar con un paracaídas, provisto de una sillita, en la que ibas cómodamente sentado y amarrado. El paracaídas iniciaba su vuelo cuando, previamente hinchado por el viento, el parapentista iniciaba una carrera por una pendiente cuesta abajo. En otra modalidad el artilugio estaba provisto de un motor que te ayudaba en despeje y aterrizaje.

Estudiamos un poco las diferentes posibilidades y la técnica básica en alguna revista y nos pusimos al asunto.

En algunas fotos observamos que algunos de los paracaídas que usaban los que sabían tenían uno o dos “gajos” recortados. Ignorábamos la función de tal recorte pero decidimos adaptar el nuestro, sin tener ni la más remota idea de qué gajos había que prescindir, de cómo cortarlos y, lo que es peor, de qué posición tenían que adoptar en el vuelo. Hicimos lo que nos aconsejó el sentido común: cortar un par de gajos, hacerlo con unas tijeras y mantenerlos a popa en el vuelo, es decir en la parte opuesta al elemento de tracción. Y como físicamente era imposible mantener la parte abierta en la zona en la que mayor presión ejerce el viento, decidimos atar en los lados del corte unas pastillas de plomo de nuestros cinturones de pesca submarina. Una verdadera chapuza, de todo punto inaceptable cuando lo que intentas hacer es una aventura con riesgo.

Luego nos planteamos cómo debería ser la unión de nuestro cuerpo con el paracaídas. Impensable hacerse con una silla de parapente, en la que vas cómodamente sentado y con las manos sujetando los cabos del paracaídas para poder manejarlo. Ni sabíamos dónde adquirirla ni teníamos las perras que costaba tal lujo. Se nos ocurrió lo más sencillo y, al tiempo, lo más peligroso: nos hicimos con una pieza cilíndrica de madera de casi un metro de largo por unos cinco centímetros de diámetro y la sujetamos con un cabo en cada extremo para atar ambos, en triángulo, a la terminación de los cabos del paracaídas, previamente unidos en sus extremos. Quedaba como un trapecio de circo. Es complicado explicarlo, pero resultó una solución pésima y, sobre todo, peligrosísima, como se verá a continuación.

Una vez consideramos que el equipo estaba listo, se nos ocurrió probarlo en las amplísimas y desiertas playas de la península de los Alfaques, la lengua de tierra que partiendo de la margen derecha de la desembocadura del Ebro transcurre hacia el sur para formar la bahía de los Alfaques. Sabíamos que siempre sopla una buena brisa en esa zona. Llevábamos como elemento de transporte y de tracción el Land Rover de la finca. Una vez en la zona, decididos a asumir el riesgo pero ciegos ante sus posibles consecuencias, enganchamos el cabo de arrastre del paracaídas al gancho de remolque del Land Rover. El proceso era el siguiente: (a) un par de ayudantes (no recuerdo qué hermanos o amigos llevábamos con nosotros) sujetaban el paracaídas abierto y cara al viento, tratando de mantener la abertura de los gajos cortados en la parte baja, cerca del suelo; (b) el coche arrancaba suavemente y una vez que el cabo de arrastre se tensaba, el loco de turno corría a la misma velocidad que el coche, sujetando fuerte con sus manos el trapecio; (c) el efecto de la presión del viento contra el interior del paracaídas hacía que este se elevase y el loco se elevaba con él, quedando colgado del trapecio solamente con sus brazos, sin ninguna otra sujeción.

El primero que lo intentó fue Chiky y todo salió como lo habíamos planeado; se elevó lentamente, voló un ratito como a veinte metros de altura y aterrizó suavemente. Yo lo miraba hipnotizado y, hasta que lo vi a salvo en el suelo, con el corazón encogido. Me tocaba ahora a mí; estaba acojonado pero el orgullo, a esa edad, es más fuerte que el miedo. El inicio fue perfecto, como el de Chiky; el vuelo fue bien, aunque más bajo por la diferencia de peso, tal vez diez o doce metros; el aterrizaje, un desastre. Como a diez metros de altura, cuando ya descendía tras un par de minutos de vuelo, se rompió el cabo de sujeción al vehículo y me quedé colgado del trapecio, suspendido en el aire pero sin tracción. Menos mal que durante los primeros metros la caída fue suave, pues el paracaídas actuó como tal. La caída libre fue solo de tres o cuatro metros y yo ya estaba preparado para el golpe, que finalmente fue relativamente suave.

Acojonados, terminamos la aventura. En este tipo de situaciones el miedo posterior, cuando el peligro ya ha pasado, supera con creces al que pudiera tenerse antes o durante la aventura. Pero visto nuestro encabezonamiento, no resultó tan persistente como para que nos impidiera una nueva prueba.

 

La preparamos para unos días después, pero esta vez en el mar y previamente advertido nuestro amigo Guy Bossuet, con quien practicábamos el esquí, para que nos hiciera de elemento de tracción con su fueraborda. El proceso fue idéntico con la única variación del elemento impulsor, barca en lugar de coche, y de la superficie de aterrizaje (o de caída), agua en lugar de arena. Amarramos el paraca al barco y mientras los ayudantes sujetaban la tela, el barco arrancaba suavemente. Nosotros corríamos a la misma velocidad el escaso trecho de playa, luego los primeros metros de agua y, en seguida, sentíamos cómo se elevaba el paracaídas con uno de nosotros colgado como un mono.

Esta vez sucedió lo contrario. Tras un par de intentos sin éxito de Chiky, me elevé yo sin dificultad; volé unos minutos a 15 o 20 metros de altura y americé con una suavidad deliciosa. Me siguió el hermano, que esta vez despegó sin ningún problema. Pero tras un vuelo a cota superior a la mía el cabo se volvió a romper. Me quedé paralizado. La barca transitaba a un centenar de metros de la costa pero, con el efecto del viento, el paracaídas estaba mucho más próximo a ella. En esa zona estaban fondeadas dos o tres lanchas. Para completar el panorama trágico, el fondo era muy escaso en esa parte, dos o tres metros tal vez.

Pensé en la tragedia. En la improbabilidad de que saliera bien de aquello.

Pero Dios y la Fortuna estuvieron de nuestra parte. Nada sucedió excepto el susto monumental y un buen tortazo contra el fondo. Chiky tuvo la habilidad y la inteligencia, en un momento en el que el terror domina todo, de voltear el cuerpo justo al contacto del agua para que el impacto contra el suelo fuera lo más leve posible.

El paracaídas no volvió a ser utilizado. Nuestra inconsciencia (y teníamos más de 20 años) estuvo a punto de costar la muerte o la invalidez de por vida de uno de nosotros. Yo creo que entonces no le dimos demasiada importancia pero hoy, mientras relato esto, se me encoge el alma y doy gracias al cielo por lo bien que se portó con un par de estúpidos.

 

EL CORAJE DE JEANNE, LA VIUDA DEL MAR

28 mayo, 2013 5 comentarios

Todo lo que pido es el cielo sobre mi

y el mar a mis pies.

Un pincel en mis manos

y los colores de un amanecer.

Una hoja en blanco

y un tiempo para vivir.

Todo lo que pido es

el cielo sobre mí

y el mar a mis pies.

(Dolores Tranche)

Casi todas las historias que relatan aventuras marinas contienen elevadas dosis de romanticismo, de coraje y de soledad. La que hoy les cuento no es excepción. De una profunda tristeza surge el coraje que lleva a Jeanne, la viuda del mar, a enfrentarse sola durante años, a los procelosos océanos.

Los lectores habituales de este blog recordarán a aquellas chiquillas, Jessica Watson y Laura Dekker en sus aventuras marinas. La primera, Jessica, circumnavegó la tierra, 23.000 millas en solitario, a bordo de un pequeño velero de 10 metros de eslora. Tenía 16 años. *(Jessica Watson, olé)

La segunda, Laura, completó su vuelta al mundo en solitario algo más joven aún (la empezó con 14 años). Por su juventud, era una niña, su hazaña generó polémica. Las instituciones de protección al menor han impedido que su record quede registrado en el Libro Guinness. *(Heroínas del Mar ¿dónde está el límite?)

Bendita seas, juventud, que cierras los ojos ante el riesgo y abres el corazón a las aventuras.

En mi historia de hoy no hay juventud, sino madurez, casi vejez. No hay ceguera ante el riesgo, sino conciencia de él. Y hay sobre todo, como en las aventuras de las chiquillas, corazón, mucho corazón.

JEANNE SOCRATES, La viuda del mar

JEANNE SOCRATES, La viuda del mar

Jeanne y George Socrates tuvieron la visión y la suerte de poderse retirar relativamente jóvenes, a los cincuenta y tantos, para empezar una vida libre de ataduras y juntos. Eligieron vivir donde la libertad y la soledad abundan: en el mar.

Jeanne apenas conocía el mar. Sus primeros escarceos, ya casi en sus cincuenta, fueron con el windsurf y a bordo de pequeñas embarcaciones de regata.  Tras una breve experiencia en regatas mayores y con tripulación experta, adquirieron en julio de 1997 su propio barco: un Najad 361 (10,5 metros); aunque de escasa eslora, sólido y bueno para navegar en aguas abiertas.

Nereida le bautizaron, como las ninfas griegas, las hijas de Nereo, Dios de los Mares, más antiguo aún que Poseidón, y de Doris, hija a su vez de Océano y de Tetis. Las hermosas Nereidas, la ninfas que vivían en el fondo de los océanos y que sólo emergían para ayudar a los navegantes ¿Qué mejor nombre para una embarcación?

NEREIDA I

NEREIDA I

Durante los cinco años que siguieron, Jeanne y George navegaron todos los mares: los de Escandinavia, los de las islas británicas y los de la península ibérica. Cruzaron al Caribe y nortearon hacia la costa este de Estados Unidos, hasta Cape Breton en Nueva Escocia (Canadá).

En 2001 iniciaron vuelta al sur: Miami, Grenada, Bahamas, Cuba, Haití, Dominica, Puerto rico, British Virgin Islands…

En septiembre de ese mismo año, a George le diagnostican un cáncer. Termina su tratamiento en mayo de 2002 y vuelve a bordo: Trinidad Tobago, Venezuela, Puerto La Cruz, Los Roques, Las Aves, Bonaire…

“Esperábamos volver por año nuevo –relata Jeanne en su blog-, pero no pudo ser. George abandonó la lucha –y la vida– en marzo de 2003.”

Imagino la dureza de la situación: Jeanne tiene 60 años, los últimos cinco intensamente vividos en compañía de su inseparable George, que era quien llevaba el peso de la navegación y quien conocía a fondo el barco y las artes de la navegación. Y que era, por encima de todo, su compañero de vida.

Dejar el barco, dejar el mar, volver a casa, al abandonado hogar, a la familia, a los amigos que aún quedan… ¿Qué, si no, para una mujer de 60 años que ha quedado sola?

“Decidí continuar sola, aunque era tarea ardua empezar a conocer –y saber manejar por mí sola- todos los sistemas del Nereida y ser capaz de resolver todos los problemas que se presentaran. Afortunadamente los amigos acudieron en mi ayuda con expertos consejos, útiles herramientas y más fuertes músculos. Y, sobre todo, con lo más necesario: apoyo moral.

Pero en seguida me di cuenta de que si quería –y era lo que yo quería- continuar navegando y viviendo a bordo del Nereida, la ayuda para solucionar los problemas inmediatos no era suficiente. Tenía que ser yo capaz de resolverlos y de afrontar cualquier situación inesperada por mí misma.”

Y Jeanne hubo de reciclarse. Estudió, se examinó y obtuvo el título de RYA Ocean Yachtmaster. Quizá no fuera suficiente, pero era necesario.

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Dejó Bonaire pocos meses después de la muerte de George y navegó algún tiempo “en conserva” con barcos de amigos hasta Colón. Cruzó el Canal de Panamá y la proa de Nereida miró por primera vez el Pacífico. En las noches estrelladas, Nereida y Jeanne debatían los detalles de  su proyecto ya concebido: como homenaje a George, darían la vuelta al mundo; ellas dos solas.

Así lo decidieron y así, tras tomar parte en varias regatas para continuar adquiriendo experiencia, lo intentaron.

En diciembre de 2006, en San Diego, comienza Jeanne la preparación de Nereida para una circunnavegación “cruisisng style”, es decir relajada. Zarpa de Zihuatanejo, Mexico, el 27 de marzo de 2007. En mayo de 2008, cuando estaba a punto de completar la vuelta, la mala suerte le alcanzó de nuevo: esta vez fue Nereida quien le abandonó. Encalló en un arrecife y su alma voló junto a George.

De nuevo se plantea ¿qué hacer? A sus 64 años quizá sea ya llegado el tiempo de dejarlo. Quizá sea ya tiempo de vivir en la tierra, con los suyos; de recordar los pasados tiempos del mar, de su mar.

¿Dejarlo? ¿Por qué, si aún me queda vida y coraje?

Jeanne vuelve a tomar la decisión contraria a lo que muchos considerarían, en su situación, sentido común. La que le pide su corazón y, seguro, también George desde arriba. Se hace con un nuevo velero pero mantiene su lealtad al que tantos ratos felices le hizo pasar. El nuevo barco será también un Najad; algo –poco- más grande que el anterior: 38 pies. Y mantendrá el mismo nombre: Nereida.

EL NUEVO NEREIDA

EL NUEVO NEREIDA

Y su nuevo proyecto será aún más ambicioso: una vuelta al mundo pero a lo grande. Nada de “cruising style”: en solitario y sin escalas. Como la niña Jessica Watson; como la diosa Ellen McArtur.

Y con este proyecto zarpa de Canarias en noviembre de 2009 con el nuevo Nereida. Tampoco ahora tendrá suerte. Una avería en el motor le obliga a hacer escala en Capetown, donde Nereida permanece varios meses.

Por tercera vez Jeanne, la perseverante, intenta la aventura. Zarpa de Victoria, British Columbia (Canadá) en octubre de 2010. Pero a cien millas de Cabo de Hornos, con duras condiciones de mar y viento, olas de 5-6 mts y vientos de 40’, Nereida sufre serios daños. Jeanne, ya experta navegante, logra con reparaciones de urgencia continuar navegando y completar la vuelta por los cinco grandes cabos. Pero ya no es una “non stop circumnavigation”. Habrá que intentarlo de nuevo. Es ya agosto de 2012; Jeanne tiene 69 años.

¿Dejarlo? No, ya no. Todavía no.

Así que Jeanne inicia su cuarta vuelta al mundo y su tercer intento sin escalas. Vuelve a zarpar de Victoria el 22 de octubre de 2012. A mediados de este mayo en el que aún estamos, cruzaba el ecuador de vuelta a casa. Y a la hora que esto escribo, 28-5-13 a 16.41 UTC, Nereida está en posición exacta 19.223100 N, 172.867208 W, navegando con rumbo 359º, a 6,3 kn de velocidad.

Todo parece funcionar bien, excepto su ordenador personal. Pero ese no es necesario para navegar.

Nereida y Jeanne conocen bien el camino de vuelta a casa. Y esta vez lo conseguirán, sin duda. Y, si es necesario, las ninfas emergerán para acompañarla en sus últimas singladuras.

Jeanne, la Viuda del Mar, la brava, la perseverante, la de corazón valiente. La que logró extraer una vida intensa de una triste muerte. Que las Ninfas te acompañen y que los Dioses del mar te protejan siempre.

Descansa tranquila. Te lo has ganado.

Y, si es necesario, las ninfas emergerán...

Y, si es necesario, las ninfas emergerán…

Para que la acompañe en sus últimas millas, le dejo esta bonita canción de Celtic Woman: Sailing

 Sailing, I am sailing
Home again cross the sea
I am sailing stormy waters,  to be near you
To be free

EL VIEJO Y EL MAR (José Luis Ugarte) (2)

4 abril, 2013 6 comentarios

2ª Parte. El hombre.

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Como comenté al inicio de la entrada anterior, tuve la suerte de conocer a José Luis Ugarte. Me hubiera gustado que fuera en el mar, habría disfrutado y aprendido con él. No fue así, sino en un entorno que él odiaba: los grandes despachos de Madrid.

Cuando decidió iniciar sus aventuras en solitario propuso a Castrol,  la multinacional cuyos productos representaba en exclusiva en el país vasco, venderles el negocio. Ganaría algo de dinero y, lo más importante, obtendría total independencia y libertad para los planes que ya tenía trazados.

Castrol era cliente mío y me pidió estar presente en las negociaciones. Fue un asunto fácil, sin controversias ni disputas por cláusulas o dineros. No había abogado contrario porque estaban de acuerdo en lo principal. Uno quería vender y el otro no quería que la empresa pasara a otras manos que no fueran las de Ugarte. El precio, lo de menos. Castrol había invertido en patrocinios con Ugarte (el barco Castrol Solo, entre otros) y –tras las multinacionales hay personas que, a veces, muestran su corazón romántico– le tenía cariño y admiración.

La operación rodó sola. Recuerdo, en los “breaks”, los ojos de agradecimiento de Edith, su mujer, y de él mismo cuando le hacía olvidar los asuntos de cifras y cláusulas y le pedía que me contara cosas de mar y de vientos.

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Y recuerdo, más vivamente aún, el cuello de su blanca camisa –que no podía abarcar el suyo-, la corbata oscura y con el nudo enorme descolocado a un lado bajo el botón desabrochado y el traje negro de sepulturero que, seguro, no había salido del armario en muchos años.

Y sobre todo no olvido sus dedos, gruesos como amarras de dos pulgadas, y sus manazas enormes, curtidas de tanto izar velas y trimar escotas. Los brazos no se los vi, puesto que no se quitó la chaqueta en los dos días que estuvimos pero, en la tensión de las mangas de su chaqueta, se adivinaban los cientos de horas de manivela de winche que habían forjado sus bíceps.

Como pez fuera del agua, como marino en tierra, estaba Ugarte dentro de aquel despacho, dentro de aquel traje. Pero sus ojillos entornados, chicos y azules de mar, chispeaban más aún que su sonrisa. Porque sabía que estaba entre amigos y sabía que esas horas, esos lugares  y esos sudores eran escaso precio por su libertad.

Su segunda pasión, después del mar y quizá antes de la familia, era su perro. Al menos, a mí me hablaba de estas dos pasiones. De la familia, nada. Una noche, ya madrugada, escuche en una emisora que nunca ponía a esa hora porque hablaba de futbol, una entrevista que le hizo el famoso comentarista deportivo J. Mª García. La había anunciado y por eso la puse. García estaba en su estudio; Ugarte navegaba por los Cincuenta Aullantes* en el océano austral.

(*Los cincuenta aullantes corresponden a las latitudes situadas entre los paralelos 50 y 60, en pleno océano Austral. Cerca del Antártico, los 50 son una zona sometida a una mar gruesa, de vientos muy violentos y en que los termómetros marcan entre 5 y menos 10 grados centígrados)

García le conectó en directo con su mujer Edith, a la que no veía hacía meses.

–         Jose Luis, hijo mío, ¿cómo estás? Hace días que no sé de ti y estoy preocupada. Me dicen que hay vientos terribles por donde navegas.

–         Bien cariño, aquí todo tranquilo. Dime una cosa ¿qué tal está el perro? ¿lo sacáis todos los días? ¿se acuerda de mí?…

–         Sí, sí; pero cuéntame de ti. Debes de encontrarte muy solo…

Poco le importaba la soledad.

“¿La soledad? Eso no es lo peor, ni con mucho. Soy una persona sociable. Así que si tienes que hablar, lo haces con el barco, que te responde con sus crujidos, o con las olas. Nunca estás solo; está la Naturaleza a tu alrededor”.

MARINO Y PERRO POR LAS PLAYAS DE SOPELANA

MARINO Y PERRO POR LAS PLAYAS DE SOPELANA

Era un tipo duro y valiente. Nunca –decía– se retiró de una regata. Ya podía ir el último, con calmas chichas o con temporales. En una ocasión –él no regateaba– abroncó a los participantes que se habían retirado de la regata, que eran casi todos. Había vientos de 50 nudos en ceñida y olas de siete metros.

 Así lo relata uno de los regatistas,

 “Si, conocí bien a Jose Luis a raíz de aquella primera regata que organizó el año 95, la “1ª Regata Orión Iru a dos”, la primera de altura que se realizaba en el Abra para tripulaciones reducidas. Estábamos en la línea de salida un total de 12 barcos, el mío el más pequeño de la flota, el PRAIA un Gib-sea 28’.

En la salida sabíamos que nos íbamos a enfrentar a un fuerza 10 en medio del Golfo de Vizcaya. Aún así nadie se echó atrás.

 Por radio oíamos como uno a uno los participantes se iban retirando; nosotros aguantamos toda la noche y ya, al día siguiente, cuando entró el nortazo de 54 nudos a cien millas de la salida, dijimos basta. Frente a aquello no podíamos ceñir y nos retiramos, creo que fuimos de los últimos en hacerlo.

El regreso fue dantesco con vuelco incluido y tripulante al agua, si bien el arnés le salvó la vida.

Una semana después se hizo la entrega de premios, a la que no pude acudir por motivos de trabajo. José Luís en su charla presentación, de muy malos modos, nos llamó a todos los participantes que nos habíamos retirado, en total 9, poco menos que cobardes y miedosos, por no ser capaces de navegar un temporalillo de nada.

Cuando me contaron lo sucedido y que nadie le hubiera replicado, me agarré un cabreo monumental. Pero tuve la fortuna de que unos días después le veo por la planchada del Marítimo y allí me fui. Más o menos tuve esta conversación, que recuerdo bien, porque la he referido varias veces:

K_ Oye José Luis, me han contado el broncazo que nos metiste en la entrega de premios, por habernos retirado

JL_ Hombre, yo estaba en un catamarán de 60′ en la boya de virada y allí no había más de 35 nudos.

K_ Sabrás que cuando entró el frente, yo estaba con el PRAIA a 100 millas de distancia y sé diferenciar una ola de 3 a 4 metros, como dijiste, de otras de 7 u 8 y además sé leer en el anemómetro 54 nudos. Y no pude ver más después de volcar y desaparecer el anemómetro de la perilla del mástil.

JL_ Ya sé que más al sur pegó más fuerte.

K_ Pues en vez de abroncarnos, eso hay que decirlo y bien sabes que mi barco es un 28′, mi tripulante le debe su vida al arnés y tienes que tener en cuenta, que tu eres un profesional y nosotros unos aprendices con más o menos experiencia, que se divierten con sus barquitos. Y que sepas que si salimos a la regata, sabiendo lo que venía, fue por ti y por lo mucho que te admiramos.

No recuerdo su última respuesta, pero dio media y se fue dejándome allí plantado.”

SOLITARIO, MUCHOS ADMIRADORES PERO POCOS AMIGOS...

SOLITARIO, MUCHOS ADMIRADORES PERO POCOS AMIGOS…

Así era él: hombre solitario y de pocos amigos. De muchos admiradores, pero de pocos amigos. Quizá el colofón con que el navegante que acaba de hablar cierra su discurso defina lo que la gente sentía hacia el viejo Ugarte:

 “Cuando la desgraciada enfermedad se lo llevó por delante, se hizo un funeral náutico para echar sus cenizas en el Abra. A pesar de que le dieron bastante publicidad los medios de comunicación, al funeral solo acudimos, aunque el tiempo era desapacible como le gustaba a él, poco más de una docena de embarcaciones.

Me quedé sorprendidísimo del escaso acompañamiento que tuvo en su última navegada el más grande navegante contemporáneo que ha dado el País Vasco. Más de uno nos preguntamos ¿porqué?

Era hombre de mucho carácter y pocos amigos.

Dejó muchos recuerdos. Entre ellos, dos grandes: Un libro y una escuela.

El libro, El Último Desafío, en el que relata la tremenda travesía Vendée Globe.

La escuela, el Centro de Vela de Getxo Jose Luis Ugarte, en el que niños, jóvenes y adultos aprenden los secretos de la vela y a amar el mar como lo hizo este marino valiente.

En 1996 el rey Juan Carlos I le impone la Medalla al Mérito. Supongo que en esa ocasión también se puso la corbata.

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La va bien a este viejo marino una preciosa canción del folclore irlandés, que cantan Jim Payne y Fergus O’Byrne:

Wave over Wave, Ola tras Ola.

 

Donde haya ola tras ola, el mar sobre la proa

Estoy tan feliz como el mar permita

No hay vida para un marino como yo

Que no sea navegar la mar salada, chicos, navegar el mar.

 

Me name’s Able Rogers, a shareman am I
On a three-masted schooner from Twillingate Isle
I’ve been the world over, north, south, east, and west
But the middle of nowhere’s where I like it best

Where it’s wave over wave, sea over bow
I’m as happy a man as the sea will allow
There’s no other life for a sailor like me
But to sail the salt sea, boys, sail the sea
There’s no other life but to sail the salt sea

The work it is hard and the hours are long
My spirit is willing, my back it is strong
And when the work’s over then whiskey we’ll pour
We’ll dance with the girls upon some foreign shore

I’d leave my wife lonely ten months of the year
She made me a home and raised my children dear
But she’d never come out to bid farewell to me
Or ken why a sailor must sail the salt sea

I’ve sailed the wide oceans four decades or more
And ofttimes I’ve wondered what I do it for
I don’t know the answer, it’s pleasure and pain
With life to live over, I’d do it again

 

EL VIEJO Y EL MAR (José Luis Ugarte) (1)

3 abril, 2013 3 comentarios

1ª Parte. El Marino.

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He hablado de navegantes notables en este blog. Desde jóvenes quinceañeras que se aventuraron a rodear la tierra en pequeñas embarcaciones, como Laura Dekker, 14 años, y su Guppy de 38 pies (Heroínas del Mar), hasta viejos aventureros solitarios, algunos de los cuales dieron su vida al mar, como Eric Tabarly (Por los que Nunca Volvieron).

He narrado también algunas aventuras históricas, como el hundimiento de la fragata Virgen de las Mercedes en 1804 (El Largo Viaje de una Virgen), en vil ataque de la armada británica, en su viaje de retorno de las indias. Con ella fueron al fondo del mar de Cádiz sus tesoros y la familia (la mujer y siete hijos) de D. Diego Alvear y Ponce de León.

He relatado conductas tan dignas como la de Robin Knox-Johnston y Bernard Moitessier y tan indignas como la de Donald Crowhurst, todas ellas en la Golden Globe Race de 1968 (Héroes y Villanos). Y otras historias menos heroicas, como la de D. Pedro de Armas (Los Otros Navegantes).

Pero no he hablado aún de los buenos navegantes españoles. Hoy lo haré.

Tuve la suerte de coincidir hace ya bastantes años, por motivos profesionales, con José Luis Ugarte, un fornido hombretón vasco de quien conocía ya sus aventuras. Fue algún tiempo antes de su participación en las grandes regatas de solitarios.

José Luis, al contrario que Laura Dekker, comenzó mayor. Laura era una niña de 14 (nació en 1995 a bordo del barco cuando sus padres navegaban por Oceanía) cuando completó su vuelta al mundo. Ugarte, nacido en 1928 en las Arenas (Guetxo, Vizcaya), tenía que dedicar su juventud a prepararse para la vida antes de poder dedicarla esta al mar. Su primera circumnavegación fue a los 62 años.

LAURA DEKKER

LAURA DEKKER

Sin embargo, la afición al mar la tenía desde chico en la sangre:

“Mi afición por la mar, desde muy niño, rayó la obsesión. Recuerdo que era aún muy pequeño cuando al alba corría hacia la playa con la esperanza de encontrar alguna embarcación que, aprovechando la marea, estuviera carenando. Yo quería estar allí para ayudar o, mejor dicho, estorbar. Después volvía a casa lleno de arena, escaramujo y oliendo a brea y a salitre de mar. Para mí el mejor perfume que existe es el del salitre”.

Hace la mili en la fragata Martin Alonso Pinzón, estudia náutica y desarrolla su carrera inicial en las marinas mercantes española y británica. Al cabo de unos años se establece en Liverpool, de dónde regresará a su tierra natal en 1969. Allí conoce a Edith, la mujer de su vida, y funda su negocio de aprovisionamiento de barcos, que le permitiría vivir su vida.

En Liverpool compra con sus escasos ahorros un viejo pesquero de vela, el Orión, su primer barco medio serio. Lo repara y lo navega en solitario hasta Bilbao. Es entonces, ya en edad adulta, cuando nace de verdad su romance con el mar.

A partir de entonces no para: 2.400 millas en la Falmouth-Azores (en 1979, con más de 50 años), 3.000 (atlántico norte en ceñida) en las Ostar del 80 y más tarde la del 84. De nuevo la AZAB (Falmouth Azores and Back) en 1987, ganando en todas las categorías y, un año más tarde, la Calstar 88.

En casi todas ellas, como único representante español. El viejo Orión ya había sido sustituido por el Northwind, luego por el Orión-Iru y, finalmente, por el Castrol Solo, patrocinado por la firma británica Castrol, cuyos productos representaba.

 Pero todas estas regatas, siendo durísimas, representaban nada más que el aperitivo de lo que José Luis Ugarte ansiaba: las Grandes Circunnavegaciones.

A BORDO DEL BBV EXPO EN LA BOC CHALLENGE

A BORDO DEL BBV EXPO EN LA BOC CHALLENGE

Y así, ya con edad bastante avanzada (62) es el primer español que participa en la BOC Challenge (con el EXPO-BBV 92), la regata de mayor relevancia internacional para solitarios –con 4 escalas-, en su edición 90-91. Cuenta de esta regata experiencias inolvidables, como la impresionante aurora polar que tuvo la suerte de ver o el encuentro con una ballena, rumbo a Sidney, que a punto estuvo de dar con su barco a pique.

En 1992-93 culmina la 1ª edición de la Vendée Globe, con el Europa Euskadi 93. La regata más dura de cuantas existen; 27.000 millas (50.000 kms) en solitario, sin escalas y sin ayuda externa de ninguna clase. Con 65 años, es el navegante de más edad de todos los participantes. Y el único español.

“Y allí, con 64 años, camino de los 65, decidió José Luis que estaba su lugar. No quería demostrarse nada, no era el enfrentamiento entre el viejo y el mar; no para Ugarte. Para él, tan solo era estar con su amada la mar.”

Esta fue su última gran regata, tenía ya suficiente. El coraje le sobraba, pero el cuerpo ya no daba más de sí:

“Cuando 135 días más tarde de su salida, regresaba al puerto francés de Les Sables d’Olonne con su destartalado Euskadi Europa 93, ni siquiera el apoteósico recibimiento, que le brindó una multitud que aguantó estoicamente el mal tiempo para agasajarle, libró de su cabeza los terribles momentos vividos, que se fueron conociendo con cuentagotas. Dos compañeros de regata muertos*, una vía de agua en su barco que le hizo pensar seria y fríamente en la muerte, escasez de víveres y la ausencia total de viento que le retuvo siete días en el Ecuador y que estuvo a punto de acabar con él psicológicamente, llevaron a Ugarte a expresarse con meridiana claridad, en medio del gentío, tras el abrazo con su mujer Edith: «No era tan fuerte como creía», dijo de sí mismo. «Es una prueba inhumana. Nunca más; es algo que sólo se puede hacer una vez en la vida»…

(*En aquella regata se habían perdido dos vidas: el norteamericano Mike Plant y el británico Nigel Burgess.)

EN LOS 60º SUR, CON EL EUROPA EUSKADI 93

EN LOS 60º SUR, CON EL EUROPA EUSKADI 93

En su libro, El Último Desafío, relata esta impresionante circunnavegación, donde olas de 35 metros, formadas durante miles de millas, se alzaban frente al Europa Euskadi 1993.

José Luis se reconoció, tras aquella épica regata, demasiado viejo para arriesgar la vida en hazañas que son casi imposibles incluso para avezados marinos de 30. Pero también sabía que era demasiado joven para desperdiciar la vida que quedaba.

Así que, tras unos años de “descanso”, emprende ¡a los 75! otra aventura. Ésta mucho más sosegada y más acompañada. Al mando de una réplica de la nao Victoria, junto con nada menos que 20 compañeros entre marinos avezados y científicos, vuelve a dar la vuelta al mundo por los mismos rumbos que trazó su paisano Juan Sebastián Elcano algunos siglos antes.

Cuatro años más tarde, el 27 de julio de 2008 sin haber cumplido los 80 deciden, entre él y Dios, que ya ha vivido mucho. Si no quedan fuerzas ni salud para el mar, la vida, esta vida de aquí, ya no merece ser vivida.

LA RUTA DE LA VENDÉE GLOBE POR EL OCEANO AUSTRAL

LA RUTA DE LA VENDÉE GLOBE POR EL OCEANO AUSTRAL

 

LOS OTROS NAVEGANTES (Don Pedro de Armas)

21 junio, 2012 5 comentarios

Este blog habla mucho de navegación y de navegantes. Para los que disfruten de ella (de la navegación o de la lectura) y como inicio de esta entrada, destaco algunas interesantes publicadas, con sus links:

Jessica Watson, ¡olé! (mayo 2010) Una chica de 16 años circumnavega el globo por los cabos.

Héroes y Villanos (mayo 2010). Relata el comportamiento épico (o vergonzante), de algunos competidores en la Golden Globe Race del 68: Sir Francis Chichester, Robin Knox-Johnston, Bernard Moitessier, Nigel Tetley y otros.

Heroínas del mar (agosto 2100). Homenaje a Laura Dekker, niña de 14 años que da la vuelta al mundo. Habla también de otras heroínas: Ellen McArthur, Florecce Arthaud, Isabelle Autissier, Krystyna Chojnowska-Liskiewicz, Naomí James, Anne Gash, Kat Cottee,…

Beauty and the Beast (septiembre 2010). La hazaña de Gisela Pulido compitiendo con su kite-surf contra un Ferry en el cruce del estrecho.

El Extraterrestre (enero 2012). Cuenta la hazaña de Yves Parlier en la Vendée Globe de 2001-2.

De Capitanes, Piratas y Navegantes (enero 2012). Habla de eso: capitanes, piratas y navegantes. Y cuenta la trágica muerte del legendario Sir Peter Blake, nacido en el mismo año que yo, a manos de los piratas amazónicos, el 7 de diciembre de 2001, a sus 53 años de plenitud.

Por los que Nunca Volvieron (enero 2012). Navegantes que zarparon y que nunca regresaron, como Eric Tabarly o Isidoro Arias. Yacen en el fondo del mar.

El Largo Viaje de una Virgen (febrero 2012). Aunque no habla de navegantes, sí de mar. Cuenta la travesía, interrumpida por más de dos siglos, del Virgen de las Mercedes y de su tesoro, rescatado.

Hay otros relatos de navegación, pero no son épicos; sólo hablan de cuando yo navego. Y quedan pendientes muchos más, aún no escritos. Un día hablaré de uno de nuestros mejores navegantes: Jose Luis Ugarte.

Pero el relato de hoy habla de otro navegante. De uno que aún no sé si ha vuelto de su periplo atlántico y que no por su extraño comportamiento deja de ser, probablemente, un buen marino, de amar el mar y de disfrutar de su barco.

LA GOLETA “CABO ANDRÉS”

Me refiero a Pedro de Armas, nombre que evoca hazañas marineras. Su barco es el Cabo Andrés, una preciosa goleta clásica de dos palos de 60 pies de eslora, con mástiles y masteletes originales de madera y aparejada con sus velas cangrejas de mayor y mesana, foques y trinquetillas. Parece impecablemente conservada, lo que denota esfuerzo y amor por parte de su armador.

Pedro zarpó de la Marina Rubicón, en Lanzarote, el 8 de enero de este año. Su proyecto, participar en la regata Gran Prix del Atlántico. Su destino, La Martinica. Un viaje que cualquier marino apetecería. Aunque Pedro realmente no participaba en la regata; iba por libre como clase “open”. Según leo en la web del Prix,

“Todos estamos pendientes de las clasificaciones, pero dos barcos están cruzando el Atlántico con el Gran Prix sin ratings, sin competir por el mero placer de realizar esa travesía de ensueño que es llegar al Caribe.”

Pedro iba de placer, con mucho tiempo por delante y nada, aparentemente, dejado atrás. Probablemente por esa razón, Pedro y su Goleta tardaron en llegar a La Martinica. De hecho, llegaron de los últimos y se quedaron en la paradisíaca isla, disfrutando de sus playas y de sus gentes, durante más de seis meses.

En su tierra, la gente le echaba de menos: ¿Dónde está Pedro? ¿Cuándo vuelve?

Porque parece que, aunque avisó de su partida, no dijo nada de su regreso.

Y, claro, como Pedro era (y aún es) Concejal del ayuntamiento de Arrecife de Lanzarote, la gente se extrañaba. Aunque, dicha sea la verdad, la marcha normal del municipio no se resintió lo más mínimo. El marino-concejal Pedro de Armas seguía cobrando (le seguíamos pagando) su sueldo puntualmente, ignoro si también dietas, y el consistorio seguía atendiendo sus facturas del móvil que, al ser utilizado desde La Martinica, costaban un riñón. Su secretaria personal también seguía siendo pagada por el concejo, 1.800 euros por mes ¿qué culpa tiene ella?

Algunos osados pidieron que dimitiera con débiles argumentos (“esto no puede ser”, “vaya jeta”, “ausentarse seis meses y encima pagarle su móvil”…). Pero Pedro, rudo hombre de mar, dice que no; que “tiene pensado volver en breve a ocupar su puesto de edil”, en cuanto venda la goleta o regrese de vuelta a bordo de su goleta.

Leo que, a lo mejor, el consistorio de multa con 900 euros. No le creo capaz al alcalde de tal ignominia. Eso sí, han prescindido de su pobre secretaria personal ¿qué culpa tiene ella?

Hombres de mar….

PEDRO DE ARMAS Y SU TRIPULACIÓN

A pesar de todo, voy a ser indulgente (la navegación es una de mis debilidades) y le voy a dedicar a Pedro, buen marino seguramente pero caradura como él solo, una preciosa canción de Linda Rondstat, La Barca de Guaymas. Eso sí, deseando que vuelva con el alma llena de vida. Que no le ocurra como al marino de la canción:

Te fuiste cantando

Y hoy vuelves trayendo

La muerte en el alma

 

Al fin y al cabo, hay políticos mucho más corruptos que él.

Si habéis llegado hasta aquí, escuchadla; es preciosa.

 

Al golpe del remo se agitan las olas
Ligera la barca
Al ruido del agua se ahonda mi pena
Solloza mi alma.
Por tantos pesares, mi amor angustiado
Llorando te llama
Y te hallas muy lejos… y sola,
muy sola
Se encuentra mi alma.

Alegre viajero que tornas al puerto
De tierras lejanas
Qué extraño piloto condujo tu barca
Sin vela y sin ancla
De qué región vienes, que has hecho
pedazos
Tus velas tan blancas.
Y fuiste cantando
Y vuelves trayendo, la muerte en el alma

Yo soy el marino
Que alegre de Guaymas, salió una mañana
Llevando en mi barca como ave piloto
Mi dulce esperanza.
Por mares ignotos
Mis santos anhelos hundió en la borrasca
Por eso están rotas mis alas
Y traigo la muerte en el alma.
Te fuiste cantando
Y hoy vuelves trayendo
La muerte en el alma.

 

POR LOS QUE NUNCA VOLVIERON (Tabarly, Arias…)

20 enero, 2012 14 comentarios

EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

En mi última entrada, De capitanes, Piratas y navegantes, incluía unos misteriosos versos:

Ahora trazamos estimas
Destinos y rumbos inciertos
El Mar devuelve a los muertos
De barcos aún por naufragar

Es más o menos lo que le sucedió a Ulises Adsuara en aquella extraña, triste y romántica novela (premio Alfaguara 1999) de Manuel Vicent, Son de Mar. Un día, el mar depositó con dulzura a Ulises en la playa de Circea, muerto y vestido con su elegante smoking. Sucedió antes de que se ahogara, porque “todos los muertos vuelven si los llama el amante con la fuerza necesaria”.

 Aunque en otras historias sucede al revés: el mar los vuelve a acoger después de, ahogados, haberlos devuelto. Como el caso de Ernesto, el Ahogado más Hermoso del Mundo, de García Márquez. El mar lo llevó a tierra; pero tan hermoso era que las mujeres, y luego los hombres, se encariñaron con él. Lo devolvieron al mar con tristeza y con la esperanza de que éste lo trajera otra vez de vuelta.

 “Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.” (El ahogado más hermoso del mundo)

Pero hay náufragos que nunca volvieron. No es cierto eso que algunos sostienen: que el mar siempre devuelve a los muertos. Suele quedarse con aquellos de los que más amor recibió. Hay muchos casos, pero hoy relataré tan solo dos:

Eric Tabarly

TABARLY

Eric Tabarly fue un extraordinario navegante francés. De los mejores que este mundo ha dado en su siglo. Nació en 1931; murió exactamente, y me trae nostalgia recordarlo, el mismo día en que yo cumplía medio siglo y el mismo día que un estúpido accidente se llevó la vida de una de las personas que más he querido: el 13 de junio de 1998.

 Eric era hijo de navegante y fue precoz en el mundo de la vela. A lo largo de su vida ha sido referente de varias generaciones de navegantes y maestro de muchos que después fueron grandes: Kersauson, Pajot, Lamazou, Desjoyeaux, Le Cam…Construía o diseñaba sus propios barcos, siempre con el mismo nombre: Pen Duick. El barco en el que con su padre, cuando era niño, navegaba (Pen Duick I, botado en 1898). Su palmarés es tan extenso que renuncio a reflejarlo aquí.  Muchos años y barcos pasaron hasta el Pen Duick VII que, en 1979, se convirtió en el Paul Ricard. La vela de alta competición y de aventura es muy cara; y como el dinero proviene de los sponsors hay que renunciar a ciertos romanticismos.

 Una noche, del 12 al 13 de junio de 1998 se perdió. Navegaba, sin competir, por el mar de Irlanda a bordo del Pen Duick I, réplica reconstruida del original. Había viento duro y aparejaba un foque pequeño y vela de capa. Con él, navegaba gente poco experta, tan solo amigos.

 “Los cuatro tripulantes que acompañaban a Tabarly no tenían demasiada experiencia en navegación a vela, se trataba de un fotógrafo, un oficial de la marina francesa y dos compañeros de esquí de nieve. El fotógrafo llevaba el timón, mientras dos tripulantes estaban en el palo trabajando con las drizas y Tabarly estaba más a popa esperando a que bajaran el pico de la cangreja para amarrarlo junto a la botavara. La vela bajó con dificultad mientras el pico se movía con fuerza de un lado al otro, debido al balanceo que imprimían al barco unas olas de 3-4 metros. Al no tener el apoyo de la mayor, el barco que navegaba a un largo, da un fuerte bandazo, la verga pasa sobre la cubierta a gran velocidad y golpea a Tabarly en el pecho lanzándolo al agua sin remedio.”
Así se relata el suceso en el foro “La Taberna del Puerto”.

PEN DUICK I

El resto de la tripulación, no demasiado expertos, no saben qué hacer. Cuando consiguen sujetar el pico de la cangreja, recuperar el foque y poner motor y proa hacia donde creen que puede estar Tabarly, ha pasado mucho tiempo. Para ponerlo peor, el aro salvavidas que lanzan no tiene luz incorporada, el motor se para, las bengalas están caducadas, aunque aún funcionan, y la VHF se queda sin batería. En fin, un desastre.

 Eric Tabarly fue un maestro del mar. Se creyó invulnerable y fue más imprudente que valiente. De noche, con temporal y mar montada de cuatro metros y acompañado de inexpertos, no solo no utilizó una línea de vida, sino que no se aseguró del buen estado del material ni preparó a sus compañeros para una eventualidad como esta.

 De mi sabio padre he aprendido mucho. Una de las cosas que siempre trato de recordar –aunque no siempre lo aplique– es algo que decía a menudo: “Los planes hay que prepararlos según la hipótesis más probable, pero la seguridad, siempre, según la hipótesis más peligrosa”.

 Nunca se ha encontrado el cuerpo de Tabarly. El mar se suele quedar con los que más le quieren.

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Isidoro Arias

MEMORIAL ISIDORO ARIAS

El caso de Isidoro fue muy diferente. De Tabarly, todo se sabe porque quienes con él estaban pudieron contarlo. De Isidoro nada, porque estuvo solo. Ni siquiera existen suposiciones creíbles basadas en indicios mínimamente reveladores.

 También la vela fue su pasión. Sin ser navegante puntero de competición o de gran aventura, realizó importantes travesías. Su diario de a bordo relataba, al menos, diez travesías atlánticas. Su ilusión era dar la vuelta al mundo en solitario y se preparó para ello durante años. Arranchó la embarcación Islero, un swan 44, y zarpó el 28 de octubre de Benalmádena, con todo el tiempo y todo el mundo por delante. Durante casi año y medio, nada fuera de lo normal sucedió. Navego durante cerca de 30.000 millas hasta casi completar la circumnavegación. Las comunicaciones con la familia y con Rafael del Castillo* eran frecuentes.

 *Rafael del castillo es una especie de ángel de la guarda de trotamundos del mar que, desde su Rueda de los Navegantes, central de comunicación establecida en Las Palmas pero con colaboradores en todo el mundo sigue, ayuda y ampara a todos los marinos que con él quieren contactar.

 El 25 de marzo de 2003, un año y cinco meses después de zarpar, tuvo el último contacto con su hijo y con Rafael. Desde hacía algunas semanas ambos le notaban confuso y, en ocasiones, delirante. Contaba Isidoro que “pequeños seres extraños”, brujas y hadas, subían al barco e incluso salían de los altavoces de bañera, haciéndole la vida imposible. Llegaron a pensar que estaba afectado de malaria y eso podía producirle alucinaciones y confusión extrema.

 A partir de entonces las comunicaciones cesaron. Se dio aviso al SAR español y este alertó a las comandancias de salvamento marítimo de la zona por donde navegaba, el atlántico sur, entre el cono sur de Sudamérica y el de África.

 Transcurrieron treinta y ocho días hasta que el Islero fue localizado al oeste de Santa Elena, a unas 600 millas. El estado de la embarcación era perfecto, sin signos de deterioro ni violencia y con el material de a bordo intacto, sin atisbo alguno de robo. Como si fuera un barco fondeado en cualquier cala de Ibiza, lo único que faltaba era el patrón, Isidoro, y la zodiac. Sin embargo, el motor de la zodiac estaba en el barco. Nadie se explica que pudo haber pasado ni por qué, con un barco en perfectas condiciones, el patrón abandona el barco. Los más imaginativos creen que pudo tratarse de una abducción de seres extraterrestres. Los más realistas, que simplemente se volvió loco de soledad o de la malaria.

 O, quizá, se enamoró de una sirena.

 Nunca se ha encontrado el cuerpo de Isidoro Arias. El mar se suele quedar con los que más le quieren.

A BEAUTIFUL ROSE EVERY DAY...

 Como homenaje a Eric Tabarly, a Isidoro Arias y a todos los que jamás volvieron del mar, dejo esta triste canción tradicional: What did the Deep Sea Say (¿Qué dijo el profundo mar?).

A beautiful rose every day
I placed on the crest of the waves
I said “Take it please
And let the pedals fall
Upon his watery grave”

Una bella rosa, cada día,
Deslicé en las cresta de las olas.
Y les dije: tomadla por favor
Y dejad que los pétalos caigan
Sobre sus tumbas acuosas.

Me habría gustado encontrar la versión de Woody Guthrie o, incluso la de Cisco Houston. No ha podido ser. Os la dejo con Dave Alvin.

 

Oh captain tell me true
Does my sailor sail with you
No he does not sail with me
He sleeps on the bottom of the sea

What did the deep sea say
Tell me, what did the deep sea say
It moaned and groaned
And it splashed and it foamed
And it rolled on its weary way

He promised he’d write to me
His promise he never kept true
Never a word from my sailor have I heard
Since he sailed on that ocean blue

What did the deep sea say
Tell me, what did the deep sea say
It moaned and groaned
And it splashed and it foamed
And it rolled on its weary way

Well a beautiful rose every day
I placed on the crest of the waves
I said “Take it please
And let the pedals fall
Upon his watery grave”

What did the deep sea say,
Tell me, what did the deep sea say
It moaned and groaned
And it splashed and it foamed
And it rolled on its weary way

What did that deep sea say,
Tell me, what did that deep sea say
It moaned and groaned
And it splashed and it foamed
And it rolled on its weary way