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Archive for the ‘EDUCACION Y SOCIEDAD’ Category

HISTORIA DE UN APELLIDO

7 noviembre, 2019 Deja un comentario

HISTORIA DE UN APELLIDO

Según los datos que publicó en su día la Enciclopedia de la Nobleza de Europa, editada en francés, en su página 505-506, el apellido Chicherio de Chiceriis es oriundo del distrito de Bellinzona (Ticino, Suiza italiana) y es mencionado desde el año 1.484. Una de sus ramas fijó sus raíces en Giubasco (Bellinzona) con el nombre Chicherio-Scalabrini.

Las armas de los Chicherio de Bellinzona son: Cruzada en banda de azur, de gueules et d’argente y un árbol en sinople (verde) surgiendo de un terrazo, con sus raíces al aire. Abrazando el árbol se ve una luna en cuarto creciente (croissant), en oro y con sus cuernos hacia el cielo, encuadrando una estrella también en oro. El escudo de armas data de 1635.

En la publicación mencionada aparecen hasta 21 Chicheri entre los siglos XV y XIX. Por señalar a algunos y establecer la conexión entre los Chicherio del Ticino suizo y los Chicheri de España, hablaremos de Leopoldo María, nacido en Bellinzona el 1 de enero de 1789, que entra al servicio de Francia en el IV Regimiento Suizo, en el que se distinguió obteniendo cuatro condecoraciones. Hizo la campaña de España a las órdenes del Mariscal Dupont y tomó parte en la batalla de Bailén, en la que resultó prisionero. En mayo de 1809 logró evadirse y, de nuevo, entró al servicio de Francia.

A la caída de Napoleón pasó al servicio del rey y con ocasión de los cien días (campaña de Waterloo) lo abandonó para reincorporarse de nuevo con Napoleón. Mandó el regimiento suizo hasta 1830 y fue nombrado Caballero de la Legión de Honor.

Otros Chicherio, ya Chichery o Chicheri, todos oriundos de Bellinzona, fueron Francisco Teobaldo, Carlos y Francisco, oficiales del ejército español por el IV Regimiento Suizo-Español. Francisco Teobaldo combatió en Bailén, Llinas y Valls, así como en Molino del Rey (1808). En Valls fue hecho prisionero por los franceses el 26 de febrero de 1809 y posteriormente liberado en junio de 1810.

También Francisco y Carlos combatieron en los mismos frentes. Francisco resultó herido en Valls y fue hecho prisionero, permaneciendo en Francia hasta 1814. Carlos alcanzó el grado de coronel y falleció en Tarragona el 29 de junio de 1809.

Queda así expuesto, sumariamente, el itinerario histórico-militar de algunos de los ancestros de la actual familia Chicheri en España que, procedentes del Ticino suizo, combaten unos con los franceses y otros contra ellos, y se hacen unos franceses y otros españoles transformando ligeramente sus apellidos pero manteniendo la nobleza de sangre sin necesidad de prueba alguna. En efecto, en los centros de enseñanza militar se ingresaba por carta de nobleza sin otra prueba que sus orígenes, pero siempre conservando sus armas nobiliarias.

Por otra parte, en el Bolletino Storico della Suizzera Italiana (pags. 29 a 42) aparece tan completa y en ocasiones profusa información sobre este linaje que resulta muy farragoso extendernos en su contenido. Aun así, haremos alguna mención.

Aparece de nuevo en dicho boletín Carlo Giuseppe Chicherio, coronel al servicio de España. A continuación, el árbol genealógico de la familia Chicherio, que encabeza Juan Bautista de Chicherio, Patricio de antiquísima y nobilísima familia. Aparece como descendiente por línea directa del Nobilis Caroli Joseph de Chicheriis, oriundo de Bellinzona, Patricio Inclite, RepublicUriane, Secundum in Legión Helvética de Reding… Súbdito por servicio de S.M. Caroli Tertio di Borbón, Hispaniorum, Indianorum Regis

Este boletín repite lo mismo que ya veíamos en la enciclopedia francesa al definir las armas del apellido: “El estigma Chicherio es de argento, caricato di un albero frondoso al naturale, terrazzato a la base, pórtate due traverse a banda nel tronco e acompagnato in capo da una mezza luna”.

Y por fin, en sus páginas 40 y 41 aparece, en 1760, un alto funcionario en la corte de España: Carlos José Chicheri y, remarchándolo, un último Gigeri, Carlo, capitán al servicio de España y en el Regimiento Suizo de Reding que devino en teniente coronel y, más tarde, en coronel.

En un prontuario español de fines del siglo XVIII y entre los regimientos suizos al servicio de Su Majestad, aparece el denominado barón de Reding, creado en 1742. Su uniforme: casaca, chupa, calzón, azules; buelta”, collarín y solapa, encarnados; botón blanco. Figura como coronel el propio Barón Reding y como teniente coronel, el coronel del ejército Carlos Chichery.

Sin lugar a dudas, todos los mencionados pertenecen a un mismo linaje, ancestros de los actuales Chicheri españoles, de los que aún existen algunos – pocos- con este apellido solo, ya que aquella rama se extinguió por línea de varón. Una nieta de Carlos Chichery, de nombre Gregoria Chicheri Suarez, bisabuela de quien esto escribe, contrajo matrimonio con don Juan López Urrea, Alcalde por estado noble de Cehegín (Murcia). Sus hijos decidieron unir los apellidos paterno y materno para convertirlo en el compuesto López-Chicheri. También de muy noble estirpe, pues los ancestros de don Juan López Urrea también lo fueron.

                                                         Luis Fernando López-Chicheri Urbina, Caro y Malcampo

                                                    Enero de 1995

 

Nota 1: Este texto fue enviado por su autor, mi padre, a la revista HOLA para pedirles que corrigieran una serie de inexactitudes en las que incurrió tal publicación con ocasión de un artículo sobre el linaje.

Post scriptum. Como complemento de esta reseña sobre el apellido, traigo aquí la transcripción del texto del libro NOSOTROS (Relatos familiares), autobiografía de mi padre, Fernando López-Chicheri Urbina) en la parte que hace alusión al primer Chicheri del que se tiene constancia en España:

El primer Chichery, que vino a España, pertenecía al Regimiento que el barón de Reding aportó a las filas de uno de los pretendientes en la Guerra de Sucesión a principios del siglo XVIII. En un anuario, que obra en mi poder, y en la descripción de los Regimientos suizos en España, aparece con fecha de 1704, entre los de infantería, y a continuación de su coronel, el barón, el Teniente Coronel de Infantería y Coronel de ejército don Carlos Chichery. En aquel tiempo existía el doble empleo: uno de Ejército, para igualar plantillas y emolumentos y otro de Arma o Cuerpo, para adaptación de funciones.

Carlos Chichery, finalizada la Guerra de Sucesión y proclamado rey de las Españas Felipe V, primero de los de la dinastía borbónica después de 200 años de hegemonía de la Casa de Austria, afincó en la provincia de Alicante y fue el origen de los Chicheri de España y abuelo de mi bisabuela doña Gregoria.

Otro de los descendientes del Barón de Reding, con su Gran Unidad (ya División) participó también activamente en la Batalla de Bailén (guerra de la Independencia). Como en aquel entonces se transmitía de padres a hijos la tradición en las unidades, al ser como de propiedad particular, un Reading era su general y algún Chichery figuraba como oficial encuadrado en aquélla.

Y así es como doña Gregoria de Chichery, nieta del primer Chichery afincado en España, nacida en Ferez (Alicante), y don Juan López, posibilitaron el apellido compuesto López-Chicheri, que ganó en alcurnia y cambió la “y griega” por su hermana pequeña; la “i latina.

SIETE DÉCADAS… YA PASARON

19 junio, 2019 Deja un comentario

Hace un año, el día 13 de junio de 2018, hablé de un día igual pero de 1948. Y seguí, y seguí, y seguí…

Y, asómbrense, en un solo año han pasado nada menos que 70.

 

A MODO DE PRESENTACIÓN

En esta tercera fase de la vida, en la que el tiempo es el mayor don que nos queda a los que tenemos la suerte de seguir manteniendo aquellas  tres cosas hay en la vida tan fundamentales, nuestro deber, y nuestro placer, es llenar de vida ese tiempo. Ya que nos ha sido dado, aprovechémoslo. No dejemos que él nos consuma poco a poco; hagamos lo contrario: consumámoslo nosotros a él, disfrutémoslo.

En esa intención no se me ha ocurrido otra cosa que volverlo a andar; que volver a andar ese tiempo que ya ha pasado, ese camino que ya he recorrido. Rememorar lo pasado, revivir lo vivido… Algo parecido le sucedió a mi querido padre en un tiempo de su vida algo más avanzado que el mío de hoy. Y se le veía tan contento mientras lo hacía, tan lleno su corazón de la vida revivida, tan comunicativo a ratos, tan circunspecto en ocasiones, tan feliz… que he pensado imitarle. La vida de mi padre fue extraordinariamente intensa, participando en una guerra que personalmente podría haber evitado, viviendo momentos inquietantes en la política nacional e internacional y protagonizando aventuras personales muy notables. La mía, como tantas otras de mi generación, ha transcurrido intensa y activa, pero en un entorno pacífico que me ha permitido jugar la partida con muchos comodines. De ningún modo pretendo emular el resultado, sino tan solo imitar la acción.

Y también, de alguna manera, convertir su hipótesis en acción. Porque en el prólogo de su libro NOSOTROS (relatos familiares) al que haré referencia en estas páginas, puede leerse: “Años de actividad plena, seguidos por otros de pasividad activa, que jalonan “el ser y el estar” en el autor de NOSOTROS. Durante ellos crea dilatadísima familia sobre la que se limita a una somera descripción, para no romper hipotéticos trabajos de futuro en todos o cada uno de los que la componen.”

¿Por qué entonces, pensarán algunos, nos quiere contar su vida si es como la de tantos de nosotros, si no tiene nada de particular como pudiera tenerlo la de un estadista, un artista o un filósofo afamado?

Contestaré. El objetivo prioritario es el de entretenerme, en su doble significado de disfrutar y de utilizar el tiempo que, aunque nunca sobra, tengo en cantidad; y no me refiero tanto al que me queda de vida, que ya no es demasiado, sino al que tengo a mi disposición cada día de los que me quedan. Cuanto menos futuro siento que me queda, más deseo tengo de aprovechar el presente y más disfruto recordando el pasado. De lo que pueda surgir de esto, el primer destinatario para su lectura seré yo mismo. Después quizá mis hijos, mi mujer, mi familia, algún amigo, tal vez puedan conocer, leyendo,  cómo fui, qué hice, qué pasó a mi alrededor en los tiempos en que no me conocieron.

En La Casa de los 20.000 Libros (Sasha Abramsky), de cuya lectura disfruto estos días, hace el protagonista (el abuelo del autor)  una reflexión sobre esto de escribir las memorias: “¿Por qué habría de sentir alguien la necesidad de escribir sobre su propia vida?” Parte de su respuesta era que su vida cubría “un largo periodo de nuestro turbulento siglo de revolución, guerra civil, progromos, dictaduras despiadadas, la segunda guerra mundial…”

Pero, claro, la mía, seguirá pensando alguno, poco tiene que ver con la de Chimen Abramsky, abuelo del autor y protagonista del libro. Y yo sigo con lo mío, avanzando en la lectura de la obra citada:

 “¿Quién tiene derecho a escribir sus recuerdos?”, preguntaba a sus lectores el escritor exiliado. Y respondía: “Todo el mundo. Porque nadie está obligado a leerlos. Para escribir los propios recuerdos no es necesario en absoluto ser un gran hombre, ni un famoso criminal, ni un célebre artista ni un hombre de estado; es suficiente con ser, simplemente, un ser humano, tener algo que contar y no solo desear contarlo, sino tener al menos un poco de habilidad para ello”…

Chimen Abramsky, a pesar de que su vida fueron los libros, pensó que no tenía esa habilidad para contar su interesante vida; por eso fue su nieto quien la contó. Como yo no creo que mi nieto conozca mi vida como Sasha la de su abuelo, y aunque mi vida no tenga mucho de particular, déjenme que se la cuente. Intentaré no aburrirles, de verdad.
Son siete décadas, nada menos, las que he vivido. Y puedo decir que las he disfrutado, que la suerte me ha sonreído; que he vivido unos tiempos cómodos que me han llevado casi en volandas y que mi único mérito, y no vean atisbo de modestia ni de vanidad en esto, ha sido el de tomar las decisiones acertadas en las alternativas que se me han presentado. Les relataré las cosas importantes, en la relatividad de lo que en mi vida lo han sido, y también las anécdotas que dejaron traza en mi recuerdo. Les contaré de mi infancia, de mi juventud, de mi madurez…; de mi vejez no, aún no. De mis juegos, de mis –escasos- escarceos amorosos, de mi trabajo, de mi ocio. De los que me acompañaron en cada una de aquellas etapas, familia y amigos. También de los avatares políticos que en algunos momentos críticos tuvieron impacto en mi trayectoria.

Déjenme que les cuente… Década a década, hasta siete.

 

 

RECUERDOS DE JUVENTUD. UNA GARZA EN LA RAMPA.

22 enero, 2019 1 comentario

Aquella época de nuestra vida frente al Parque del Retiro estuvo trufada de anécdotas. Como aquellos robos que les conté. Como el triste suceso del apuñalamiento de una chica en el bar que había junto al portal. Como el pobre sin techo que dormía por las noches en el Diane 6 de Carmela, que siempre dejaba abierto. Como las historias que nos contaba Adelaide, la tata de entonces, cuando volvía de sus paseos con los niños por el Retiro…

La que hoy les cuento fue simpática.

Una mañana, mientras terminaba de vestirme para ir al despacho, me dice Adelaide que baje a la calle; que el portero dice que es muy urgente aunque ella, como siempre, no sabe de qué se trata. Bajo corriendo las escaleras mientras termino de ponerme la corbata y cuando salgo a la calle veo la siguiente escena: Dentro de un corro de gente, en la calzada y frente al portal, está una grúa municipal con tres policías junto a ella. En medio de la rampa de la grúa, que estaba inclinada y con el cable extendido y amarrado al coche de ella, está Carmela sentada, toda peripuesta y elegante para ir a su trabajo. Y muy guapa.

Así, sentada en medio de la rampa de la grúa, con su bolso al lado y fumando un cigarrillo.

  • ¿Qué pasa? Le pregunto desde abajo sin hacer caso a la policía.
  • ¿Es que no lo ves? –me contesta desafiante– Que se quieren llevar el coche.

 

Miro a los policías, que esbozan un gesto de tranquilidad, como pensando “bueno, ya la hará bajar el marido…”.

Miro a Carmela, que esboza un gesto de seguridad, como pensando “ya se le ocurrirá algo, que para eso es abogado, porque yo de aquí no me bajo…”.

Miro a toda la gente alrededor, cada vez más; el portero, el tío de la Pequeñita, el del bar…y unos 20 más, que esbozaban, todos, un gesto de divertimento, como pensando “madre mía la que se va a liar…”.

Y me miro yo, sin esbozar nada, reflexionando, dudando entre el sentido común (“anda, no seas terca, baja de ahí”), la dignidad de marido triunfador (pero a ver cómo lo hago) y el temor, lógico, a la represalia o al menosprecio de Carmela (“cobarde, no te atreviste”). Y así transcurrieron tres o cuatro minutos eternos. Yo mirando, ora a Carmela ora a los polis. Y todos, Carmela, Polis y vecindario, mirándome a mí.

Al fin, tras esos minutos de angustia, surgió de mí la vena de abogado, como en aquel taller de bicis en el que querían hacerme pagar los desperfectos de la que alquilé para la carrera con los compis de la facultad, y me inventé un artículo del reglamento de circulación o de alguna norma municipal de reciente publicación. Con el tono más amistoso y cortés de que fui capaz, pero también con la seguridad plena de la que daban fe mi elegante porte y mi portafolio, en voz alta que todos oyeran, dije al policía que tenía el aspecto de jefe del grupo.

  • Miren, sin duda tienen ustedes razón en que el coche estaba mal estacionado, y firmaré el boletín de denuncia que proceda, pero no es menos cierto (esto lo dije con tono de abogado en sala de juicio) que así como la sanción tiene el objeto de sancionar una conducta inadecuada, la retirada del vehículo tiene la finalidad de liberar la calzada de un obstáculo que impide o estorba la circulación.

 

Me tomé un respiro, giré lentamente la cabeza para observar cómo me miraban todos, ella, los polis y los vecinos, y continué:

  • Y por eso, el reglamento permite que, cuando el infractor está presente y dispuesto a retirar por sí mismo el vehículo que obstruye la vía, no procede que sea la grúa la que lo retire. En fin, ustedes dirán si no es razonable lo que les digo.

 

Supongo que no lo dije con vocabulario tan rimbombante, pero me atrevo a asegurar que no fue muy distinto.

Ante tal discurso, que de lógica no carecía, la persistencia de Carmela, que intuían no iba a decaer y el posicionamiento del respetable que se evidenciaba a nuestro favor, el policía al que me dirigí hizo un gesto al mecánico de la grúa para que desenganchara el cable. Carmela bajó, me miró con gesto cómplice y firmó el boletín de denuncia.

Y cada uno nos fuimos a lo nuestro. No recuerdo si antes de separarnos me dio ella un beso; o si esbozó una mirada de gratitud.

 

Et pourtant je l’aime

RECUERDOS DE JUVENTUD. EL MISTERIO DE TIMES SQUARE

12 enero, 2019 Deja un comentario

Una tarde de otoño de un año, no recuerdo cuál, de mediados de los 90, llegamos a Nueva York, cansados del viaje y del cambio horario. El taxi nos deja en el hotel reservado: el Marriott Marquis de Times Square, en el corazón de Manhattan. Es un hotel muy singular que ocupa casi cincuenta plantas y una de ellas, en la que se ubica la cafetería, tiene un curioso movimiento rotatorio de 360º que permite la visión de todo el contorno. Solo gira ella, independiente del resto del edificio. Una vez registrados, subimos a la habitación con nuestro equipaje. Dejamos las maletas en el suelo y Carmela se tumba en la cama para descansar un rato antes de salir a cenar.

De repente, un ruido ronco, profundo y continuo empieza a escucharse. Se levanta y, extrañados, empezamos a buscar el origen de tan molesto temblor. Me acerco a la ventana buscando posibles obras, acercamos el oído a las paredes… Nada, no detectamos la fuente. Además era imposible detectar de dónde procedía. Era como si el ruido “estuviera”, no “procediera”.

Al no poder averiguar nada, llamo a recepción. A los cinco minutos sube un auxiliar que hace lo mismo que nosotros hicimos: mirar hacia todos lados y pegar el oído en todas las paredes. No encuentra nada; nos dice que no nos preocupemos, que va a avisar a un especialista y que si no se puede solucionar nos cambiarán de habitación. Lo siguiente que sucede, a los cinco minutos, es la invasión de la habitación por un grupo de tres personas. Un gorilón enorme, moreno y de casi dos metros, con un cinturón del que cuelgan un montón de herramientas y un cartel en el que se lee MOD (Manager on Duty), es decir, el encargado de chapuzas de guardia. Le acompañan dos ayudantes. Con ademán de seguridad, de que “esto no es nada para nosotros, en seguida lo resolvemos“, hacen lo mismo que hizo el anterior, que es lo mismo que habíamos hecho nosotros media hora atrás. Pero estos, con un poco más de profesionalidad. Tal profesionalidad consistía en que además de acercar el oído a las paredes, le daban golpecitos como cuando el cardiólogo ausculta al paciente: toc, toc; muy suavecitos.

El ruido, intenso y desconcertante, continuaba. El equipo, desconcertado, seguía buscando.

De repente, observo que Carmela llama mi atención y me hace una seña compleja; es decir, varias señas en un solo gesto. Mientras con el dedo índice de la mano derecha hace un gesto hacia abajo, veo que aprieta los labios como en sonrisa forzada y enarca las cejas. Creo entender que quiere decir haber descubierto algo, pero no sé el qué. Con los técnicos, que ya se habían rendido, cruzo unas palabras de mutua comprensión y me dicen que no me preocupe, que enseguida sube alguien de recepción para conducirnos a otra habitación. Y que lo sienten muchísimo.

Antes de que suban a cambiarnos de habitación el misterio se resuelve. Carmela se acerca a la maleta grande, la abre y el ruido sale de ella como si se estuviera ahogando; se reduce en intensidad y se expande por toda la habitación. La causa y el origen quedan al descubierto. Este, el interior del neceser con las cosas de aseo; aquella, un puñetero cepillo de dientes de esos eléctricos que se habían puesto de moda, cuyo mecanismo se había disparado. Nos resultaba absolutamente incomprensible haber visto (oído, más bien) cómo un sonido que escuchamos varias veces al día junto a nuestros oídos no es en absoluto molesto, ni nos percatamos de él, y ese mismo sonido, encerrado en una bolsita que está rodeada de ropa que está encerrada en una maleta, puede resultar tan dramático, tan amenazador, tan desconcertante y tan indescifrable como para haber provocado lo que provocó: el asombro de media docena de personas, la incapacidad de su detección y el cambio de habitación.

Cuando subió la chica de recepción la maleta ya estaba de nuevo cerrada y el cepillito, dentro, apagado. Le comentamos que ya había cesado pero que no podíamos arriesgarnos a que se reanudara el tormento. Cuando salimos a cenar, después de haber descansado y tomado la ducha en la nueva habitación, que estaba en la misma planta, no pudimos esconder una mutua mirada irónica al ver que tres o cuatro operarios estaban sacando muebles de la habitación. A la mañana siguiente estaba precintada.

Los misterios de la reverberación, de la resonancia.

RECUERDOS DE JUVENTUD. DETENCIÓN EN LA FERIA

8 enero, 2019 6 comentarios

Fue precisamente en la Feria de Sevilla cuando sucedió aquello que, sin desvelar de qué se trataba, les he anticipado en un par de ocasiones, hace ya muchas páginas, hace ya muchos años. Ahora se lo contaré.

Es el 19 de abril de 1991, viernes. Habíamos viajado de Madrid a Sevilla en el mi flamante BMW y nada más dejar las maletas en el hotel (esta vez cambiamos de hotel y nos hospedamos en el Hotel Lar, en la Plaza de Carmen Benítez, pues en ni en el AC ni en el Colón quedaban habitaciones) fuimos a la caseta a comer. Después de comida y sobremesa, me despido de Pepe y de los otros hasta la noche y nos volvemos al hotel a echar una buena siesta. Magnífica fue la siesta, pero a eso de las 9, cuando me dispongo a ducharme y vestirme, suena una llamada en la puerta: toc, toc.

Cuando abro la puerta me quedo medio paralizado. Una pareja de policías de uniforme, acompañados por el director del hotel.

  • ¿Jaime López-Chicheri?
  • Sí, soy yo, ¿qué quieren?
  • Que nos acompañe a la comisaría; queda usted detenido.
  • ¿Que qué? ¿Que estoy detenido? ¿Por qué?
  • Usted debe saberlo bien. Venga, póngase los pantalones y venga con nosotros.

Asombrado, asustado… No tenía ni idea de qué podría estar pasando. Hasta se me pasó por la cabeza que alguien nos había metido un paquete de droga en el coche. No sé, cualquier cosa…estaba acojonado.

Y es entonces cuando salta Carmela:

  • ¡¿Pero, qué dicen?! ¿Están ustedes locos?

 

  • Señora, o se calla o se viene con nosotros también. Y a este, espósamelo, grita dirigiendo la mirada a su compañero.

Le digo a Carmela que se calme. Y que llame a Joaquín Arribas, un auditor que entró al tiempo que yo en Arthur Andersen en 1975 y que se incorporó a E & W bastantes años después. Joaquín venía también este año a la feria, con su mujer y están en el mismo hotel. Joaquín tenía un hermano comisario, así que era un buen contacto, fuera lo que fuere el asunto este. El policía dice:

  • Ya, ya imagino que tendrá usted amigos. A ver si el Joaquín ese va a estar también pringado.

 

Mientras me visto, no con la dignidad que requeriría la noche de feria, con traje y corbata, sino con la suficiencia de la noche que, ya pensaba, me espera en comisaría, escucho al director del hotel…

  • Oiga, y ¿quién me va a pagar la estancia si se lo llevan a usted?

 

Con la mirada, le mandé a la mierda. Debidamente esposado, pero con toda la dignidad que las circunstancias permitían, salí de la habitación con un policía a cada lado y el director detrás. Me volví para echar un beso a Carmela; al hacerlo, elevé los hombros con ese gesto de “no tengo ni idea de qué está pasando”. Carmela me lanzó otro beso haciendo idéntico gesto.

El paso por el lobby del hotel resultó impactante. Serían las nueve y media, hora en la que los clientes del hotel bajan, todos guapos y elegantes, para ir a cenar o dirigirse a la feria. Y yo, esposado y escoltado por los maderos, con el cuerpo erguido y la frente muy alta, atravesando grupos y corros. Mis amigos, que ahí había unos cuantos, me miraban con tremenda extrañeza y ojos como platos, interrogantes. Yo repetí tres o cuatro veces el gesto de los hombros.

Me dio tiempo a decirles a los policías que se trataba de un error, que era inocente de lo que fuera que me acusaban, que… Y me di cuenta (ya había percibido algo) de que la pareja tenía repartidos los papeles de poli bueno poli malo, porque el malo, que era el que había hablado todo el rato, solo respondía “Ya, ya, todos dicen lo mismo…”, en tanto que el otro decía “Bueno, si es un error se aclarará en comisaría”. Al llegar al coche Z, me abren la puerta trasera y me indican que entre. Le pido por favor al policía que hasta entonces había permanecido en silencio, el bueno, que por favor me quitara las esposas para no romperme una muñeca al sentarme. Así lo hace. Pero cuando me siento, casi me rompo la rabadilla. Resulta que el asiento trasero, que tenía aspecto de asiento normal de coche, con su dibujito y su apariencia de tela o cuero en capitoné, era de plástico duro. Ante mi exclamación de dolor y mi comentario de sorpresa, el bueno me dice:

  • Es que ahora los hacen duros porque muchos detenidos, con tal de joder, rasgaban los asientos con las esposas.

 

Durante el camino les estuve insistiendo en que se trataba de un error y que, por favor, me dijeran de qué se trataba; o que, al menos, me hicieran pruebas de identificación. Cuando llegamos a la comisaría central de Sevilla, subimos a la planta donde estaba el comisario de guardia y me sientan en una silla, junto a otras tres o cuatro, pegadas a la pared en una sala amplia. El poli malo entra al despacho a hacer su atestado. Antes de que se separara le pido que le diga al comisario que quiero solicitar un habeas corpus, esto es, una comparecencia inmediata ante el juez de guardia. Con sorna, me responde:

  • Ya, ¿Usted cree que va a haber un juez de guardia en viernes de Feria?

 

El poli bueno se queda de pie, junto a mí. Más de una hora estuve esperando, mientras mi mente se empeñaba en recordar casos similares pero con finales trágicos. Como el Caso Almería, aquel asesinato de tres inocentes que detuvieron tomándolos por etarras. Sucedió justo diez años antes; ellos insistían en su inocencia pero fueron torturados primero y luego asesinados, simulando un accidente, por el teniente coronel Castillo Quero, el mismo que los detuvo.

En ese tiempo ya casi me había hecho amigo del poli bueno. No me cupo duda cuando, al cabo de media hora de espera, entró un detenido con andares de borracho y aspecto de drogado; lo sentaron junto a mí y el tipo echó la cabeza sobre mi hombro como para seguir durmiendo o porque era incapaz de mantenerla erguida. Entonces, el poli lo agarra del hombro, lo zarandea y lo separa de mí mientras le dice:

  • Quita, imbécil, ¿no ves que estas molestando al señor?

 

¡Al señor! Yo creo que ya estaba convencido. Y más cuando después de esa hora y media tan larga, su compañero sale del despacho del comisario con cara de cabreo.

  • Se nota que tienen ustedes contactos, casi grita con cara de cabreo. ¡Nos vamos a la policía científica!

Yo respiré. Eso es que me van a hacer las pruebas de identificación, pensé aliviado. Y eso es porque Carmela ha hecho bien su trabajo.

Así fue. Llegamos a las dependencias de la policía científica donde, sin esperar ni dos minutos, me invitan a entrar en el despacho del inspector o comisario, lo que fuera, quien se levantó, me tendió la mano y se presentó. Las maneras habían cambiado.

Me hizo un interrogatorio sobre mi vida, mi familia, los coches que había tenido, mis lugares de trabajo… al que no solo contesté a su satisfacción, sino que aporté multitud de detalles que pensé ayudarían a su convicción. Durante ese interrogatorio me explicó el asunto. Tenía, desde hacía años, orden de búsqueda y captura de 13 juzgados españoles y dos de la Interpol por asuntos de estafa, tráfico de drogas y otras cosas; menos delitos sexuales y asesinato, de todo. Cuando le pregunté cómo era posible que con tanta orden de detención hubiera podido hacer vida normal y viajar con frecuencia por el extranjero; cómo, habiendo tenido domicilio y lugares de trabajo conocidos, declarando mis impuestos…en fin, teniendo una vida transparente, nunca en estos años había tenido problemas, su respuesta fue que a él le extrañaba no menos que a mí, y que la única explicación que se le ocurría era que, en tiempos de feria como este, la policía revisaba con mucho más interés las fichas de los hoteles.

Ni él ni yo pensamos que esa podía ser una explicación. Luego me enseñó un pasaporte que habían interceptado a un tipo, colombiano, que más tarde escapó. Cuando leo el pasaporte, recuerden que en aquella época no estaban digitalizados y los datos aparecían a mano, veo los datos personales:

Jaime López-Chichen Dabán. Nacido el 12 de junio de 1948.

El poli que revisó la ficha del hotel tomó “Chichen” por “Chicheri”; una “n” escrita a mano se puede confundir con “ri”. Igual que un 12 por un 13.

Entonces recuerdo, y ustedes recordarán si leyeron la anécdota de cuando me llamaron de la comisaría de Arapiles, al poco de entrar en Arthur Andersen, el robo del piso de mis padres en la calle Ferraz en el que, además de joyas y otras cosas, despareció mi pasaporte. Y conecto aquello con esto. Este y no otro fue el origen de lo sucedido hoy. Se lo cuento al comisario, que ya estaba convencido de mi inocencia.

  • Mire don Jaime. Aunque yo no tengo autoridad para decretar su libertad, hoy es muy difícil contactar con el juez de guardia y no quiero que este asunto de tan evidente equivocación se prolongue más. Queda usted libre y le ruego que acepte nuestras disculpas.

El poli bueno, que había permanecido a nuestro lado todo el rato, respiró aliviado, como en las películas de misterio o de terror cuando, ya cerca del final, se deshace la oscura trama, se desvela el secreto, se salva la vida del protagonista. Me dio también la mano mientras me decía:

  • Mis disculpas también, don Jaime. Le llevo al hotel en el coche oficial

 

Ya en el hotel coincido con Carmela que, al verme, respira aliviada y me relata su lado de la historia. Nada más salir yo de la habitación, esposado, llamó a Joaquín y le contó lo sucedido. Y Joaquín se puso en marcha. El aviso llegó tarde a la comisaría pues el hermano de Joaquín, el comisario, no estaba en su casa y tardó en localizarlo. No eran tiempos de teléfonos móviles aún. Finalmente le dijeron que estaba por Valladolid, en la finca de unos parientes de su mujer. Cuando finalmente pudo hablar con él y le relató lo sucedido, el hermano le contestó:

  • Ya, Joaquín, pero ¿estás seguro de que es un error? Mira que no es fácil conocer la vida personal ni siquiera de nuestros mejores amigos. A ver si vamos a meter la pata.
  • Te puedo asegurar que es un error; que Jaime empezó a trabajar conmigo y le conozco bien. Estoy seguro.

 

Tampoco es que fuéramos íntimos Joaquín y yo, pero le agradecí mucho su insistencia. Gracias a ella se resolvió con cierta celeridad un asunto que pudo haber tomado un sesgo preocupante.

Después de llamar a Joaquín, tomó un taxi y se fue a la comisaría central, a donde a mí me habían llevado. Y allí, según pude colegir, armó la marimorena. Se puso a gritar como una descosida:

  • ¡¡Parece mentira, mi marido en la cárcel y Alfonso Guerra en la calle!!

 

  • Cállese, señora, no grite, le decía el comisario.

Así que todo acabó bien. Como a las dos o tres de la madrugada aparecía yo en la caseta, ante el asombro de Pepe y de otros amigos.

  • Pero Jaime, ¿Dónde te has metido? ¿No habíamos quedado a las diez?
  • Si, Pepe, lo siento. Es que mira, me han detenido.

 

Le decía mientras mostraba, para que todos lo vieran, mis dedos aún manchados con la tinta que ponen para implantar en la ficha las huellas digitales.

  • Baja la mano, bájala, me dice Pepe temiendo que sus amigos sevillanos pensaran que se trataba con un delincuente habitual.

Así terminó la parte sevillana de la historia. Para evitar la posibilidad de que pudiera volver a suceder algo similar, en cuanto llegué a Madrid pedí cita al Director General de Archivos Centrales del ministerio del interior, con quien me había conectado el hermano de Joaquín. Llevaba preparada una instancia en la que relataba lo ocurrido y que finalizaba con este triple SUPLICA:

  • Tenga por interpuesto este escrito a los efectos que proceda.
  • Dé las instrucciones pertinentes para que el nombre de quien esto suscribe, D. Jaime López-Chicheri Dabán, así como el de D. Jaime López-Chichen Dabán, que con evidente error de falsificación ha sido utilizado por quien realmente cometió los hechos imputados, sean eliminados de los documentos informáticos o de otro tipo en los que figure relacionado con los asuntos relatados.
  • De lo anterior se dé cuenta a los juzgados que interesaron la búsqueda y captura de los nombres citados.

Todo ello a fin de que un ciudadano respetable y de vida conocida y transparente, como el que suscribe, recupere la confianza en la Administración Policial y no se vea involucrado en tan desagradables procesos como el en este escrito relatado.

En Madrid, a 22 de abril de 1991. 

 

El Director General me atendió con una amabilidad inesperada y nada más saludarnos me pidió disculpas por lo sucedido, que ya le había explicado nuestro contacto común. Me pidió que le acompañara a la sala de ordenadores donde, en mi presencia, pidió al funcionario que eliminara de mi ficha personal de ciudadano los antecedentes que tuvieran relación con este asunto (excluso decir que no los había de ningún otro tipo) y, antes de despedirnos, confirmó mis sospechas sobre el origen de tan kafkiano acontecimiento.

Que no era otro que el que yo sospeché desde el principio: el robo del pasaporte en el asalto al piso de Ferraz.

RECUERDOS DE JUVENTUD. EL PARACAÍDAS

24 octubre, 2018 4 comentarios

Tengo este blog, que tanto me entretenía hace años, medio olvidado. Y lo cierto es que me da pena, es como cuando dejas de ver a un buen amigo y aun sabiendo que vive cerca y aun teniendo su teléfono, no lo buscas, no lo llamas. Es una especie de inercia negativa que deviene en masoquismo.

Pero como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí.

Ahí voy. Ya me dirán si me pongo muy pesado…

 

El verano fue tranquilo pero apasionante, como siempre. Entre el esquí, la pesca, la familia, las francesas y la discoteca las Cancelas de don Ben lo pasamos pipa. Pero si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida. Déjenme que la relate.

De vuelta de uno de sus viajes de prácticas al continente americano con la motonave Covadonga mi hermano había traído, entre otras cosas curiosas que solía mercarse allí, un paracaídas de segunda mano. Me dijo, supongo que sería de coña, que había pensado probarlo tirándose desde el balcón de su pensión en La Coruña, un piso 10 de un edificio en la calle Riazor. Luego, menos de coña, comentó que podríamos tratar de hacer con él algo parecido al parapente, deporte que entonces empezaba a estar de moda y que consistía en volar con un paracaídas, provisto de una sillita, en la que ibas cómodamente sentado y amarrado. El paracaídas iniciaba su vuelo cuando, previamente hinchado por el viento, el parapentista iniciaba una carrera por una pendiente cuesta abajo. En otra modalidad el artilugio estaba provisto de un motor que te ayudaba en despeje y aterrizaje.

Estudiamos un poco las diferentes posibilidades y la técnica básica en alguna revista y nos pusimos al asunto.

En algunas fotos observamos que algunos de los paracaídas que usaban los que sabían tenían uno o dos “gajos” recortados. Ignorábamos la función de tal recorte pero decidimos adaptar el nuestro, sin tener ni la más remota idea de qué gajos había que prescindir, de cómo cortarlos y, lo que es peor, de qué posición tenían que adoptar en el vuelo. Hicimos lo que nos aconsejó el sentido común: cortar un par de gajos, hacerlo con unas tijeras y mantenerlos a popa en el vuelo, es decir en la parte opuesta al elemento de tracción. Y como físicamente era imposible mantener la parte abierta en la zona en la que mayor presión ejerce el viento, decidimos atar en los lados del corte unas pastillas de plomo de nuestros cinturones de pesca submarina. Una verdadera chapuza, de todo punto inaceptable cuando lo que intentas hacer es una aventura con riesgo.

Luego nos planteamos cómo debería ser la unión de nuestro cuerpo con el paracaídas. Impensable hacerse con una silla de parapente, en la que vas cómodamente sentado y con las manos sujetando los cabos del paracaídas para poder manejarlo. Ni sabíamos dónde adquirirla ni teníamos las perras que costaba tal lujo. Se nos ocurrió lo más sencillo y, al tiempo, lo más peligroso: nos hicimos con una pieza cilíndrica de madera de casi un metro de largo por unos cinco centímetros de diámetro y la sujetamos con un cabo en cada extremo para atar ambos, en triángulo, a la terminación de los cabos del paracaídas, previamente unidos en sus extremos. Quedaba como un trapecio de circo. Es complicado explicarlo, pero resultó una solución pésima y, sobre todo, peligrosísima, como se verá a continuación.

Una vez consideramos que el equipo estaba listo, se nos ocurrió probarlo en las amplísimas y desiertas playas de la península de los Alfaques, la lengua de tierra que partiendo de la margen derecha de la desembocadura del Ebro transcurre hacia el sur para formar la bahía de los Alfaques. Sabíamos que siempre sopla una buena brisa en esa zona. Llevábamos como elemento de transporte y de tracción el Land Rover de la finca. Una vez en la zona, decididos a asumir el riesgo pero ciegos ante sus posibles consecuencias, enganchamos el cabo de arrastre del paracaídas al gancho de remolque del Land Rover. El proceso era el siguiente: (a) un par de ayudantes (no recuerdo qué hermanos o amigos llevábamos con nosotros) sujetaban el paracaídas abierto y cara al viento, tratando de mantener la abertura de los gajos cortados en la parte baja, cerca del suelo; (b) el coche arrancaba suavemente y una vez que el cabo de arrastre se tensaba, el loco de turno corría a la misma velocidad que el coche, sujetando fuerte con sus manos el trapecio; (c) el efecto de la presión del viento contra el interior del paracaídas hacía que este se elevase y el loco se elevaba con él, quedando colgado del trapecio solamente con sus brazos, sin ninguna otra sujeción.

El primero que lo intentó fue Chiky y todo salió como lo habíamos planeado; se elevó lentamente, voló un ratito como a veinte metros de altura y aterrizó suavemente. Yo lo miraba hipnotizado y, hasta que lo vi a salvo en el suelo, con el corazón encogido. Me tocaba ahora a mí; estaba acojonado pero el orgullo, a esa edad, es más fuerte que el miedo. El inicio fue perfecto, como el de Chiky; el vuelo fue bien, aunque más bajo por la diferencia de peso, tal vez diez o doce metros; el aterrizaje, un desastre. Como a diez metros de altura, cuando ya descendía tras un par de minutos de vuelo, se rompió el cabo de sujeción al vehículo y me quedé colgado del trapecio, suspendido en el aire pero sin tracción. Menos mal que durante los primeros metros la caída fue suave, pues el paracaídas actuó como tal. La caída libre fue solo de tres o cuatro metros y yo ya estaba preparado para el golpe, que finalmente fue relativamente suave.

Acojonados, terminamos la aventura. En este tipo de situaciones el miedo posterior, cuando el peligro ya ha pasado, supera con creces al que pudiera tenerse antes o durante la aventura. Pero visto nuestro encabezonamiento, no resultó tan persistente como para que nos impidiera una nueva prueba.

 

La preparamos para unos días después, pero esta vez en el mar y previamente advertido nuestro amigo Guy Bossuet, con quien practicábamos el esquí, para que nos hiciera de elemento de tracción con su fueraborda. El proceso fue idéntico con la única variación del elemento impulsor, barca en lugar de coche, y de la superficie de aterrizaje (o de caída), agua en lugar de arena. Amarramos el paraca al barco y mientras los ayudantes sujetaban la tela, el barco arrancaba suavemente. Nosotros corríamos a la misma velocidad el escaso trecho de playa, luego los primeros metros de agua y, en seguida, sentíamos cómo se elevaba el paracaídas con uno de nosotros colgado como un mono.

Esta vez sucedió lo contrario. Tras un par de intentos sin éxito de Chiky, me elevé yo sin dificultad; volé unos minutos a 15 o 20 metros de altura y americé con una suavidad deliciosa. Me siguió el hermano, que esta vez despegó sin ningún problema. Pero tras un vuelo a cota superior a la mía el cabo se volvió a romper. Me quedé paralizado. La barca transitaba a un centenar de metros de la costa pero, con el efecto del viento, el paracaídas estaba mucho más próximo a ella. En esa zona estaban fondeadas dos o tres lanchas. Para completar el panorama trágico, el fondo era muy escaso en esa parte, dos o tres metros tal vez.

Pensé en la tragedia. En la improbabilidad de que saliera bien de aquello.

Pero Dios y la Fortuna estuvieron de nuestra parte. Nada sucedió excepto el susto monumental y un buen tortazo contra el fondo. Chiky tuvo la habilidad y la inteligencia, en un momento en el que el terror domina todo, de voltear el cuerpo justo al contacto del agua para que el impacto contra el suelo fuera lo más leve posible.

El paracaídas no volvió a ser utilizado. Nuestra inconsciencia (y teníamos más de 20 años) estuvo a punto de costar la muerte o la invalidez de por vida de uno de nosotros. Yo creo que entonces no le dimos demasiada importancia pero hoy, mientras relato esto, se me encoge el alma y doy gracias al cielo por lo bien que se portó con un par de estúpidos.

 

RECUERDOS DE INFANCIA. Los pichones.

20 septiembre, 2015 9 comentarios

La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué ahora la recuerdo más que nunca.

(Benedetti)

PICHON VOLANDO

Una lectora de la última entrada, Don Amalio, el Pintor, me comentó que le había gustado pero que la encontraba “poco profunda”. No sé qué profundidad puede darse a estos recuerdos de niñez o, quizá sea más acertado, no sé cómo dársela.

Porque estas remembranzas infantiles que me ha dado por devolver a la vida y que, como Benedetti, recuerdo ahora más que nunca, son solo eso: recuerdos; generalmente intrascendentes. Y si los rememoro estos días es porque ellos me lo piden.

Así que seguiré contando cosas que sucedieron y que no tuvieron otro efecto que hacerme disfrutar o sufrir, enfadar o reír. Y sin duda contribuir, en poco cada uno pero en mucho en su conjunto, a mi formación; a ser como soy.

Debíamos de tener entonces 12 ó 13 años. Cuando utilizo el plural es para incluir a mi hermano Chiky, un año mayor que yo y compañero de aventuras y desventuras hasta que nuestras vidas, universitarias primero y profesionales después, tomaron diferentes rumbos: la suya, el de los mares; la mía, el de los despachos.

En aquella época, 1960, poco antes de nuestro internado en Zaragoza, íbamos mucho al Club de Campo. No necesitábamos compañía paterna ni, prácticamente, autorización. Éramos bastante libres y por aquellos años uno podía moverse por Madrid en auto stop o recorrer a pie, si íbamos con perro, los escasos tres kilómetros que separaban nuestra casa del club.

Eran los tiempos en que tuvimos a nuestro perro Fag (vid. Como el Perro de las Lágrimas), con el que pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo libre. Fuera paseando por el barrio o, como en este recuerdo, en el Club de Campo.

Nos gustaba escondernos con Fag tras el talud que hacía de fondo de seguridad en las instalaciones de la cancha de tiro de pichón del club. Estaba, como es lógico, absolutamente prohibido por el peligro de recibir perdigonadas. Pero la escasa vigilancia y nuestra habilidad para sustraernos de ella eliminaban cualquier dificultad. Nuestro objetivo aquél día: buscar con el perro y rescatar a los pichones que caían alicortados.

Y tuvimos éxito. Recogimos tres o cuatro pichones bastante íntegros, muy poco tocados de perdigón. Y nos volvimos, con perro y pichones, la mar de contentos a casa. Dispuestos a salvarles la vida y, una vez curados, devolverlos al cielo.

Les preparamos una especie de casa-nido encima del armario de nuestro cuarto. Les alimentábamos con lo que se nos ocurría: cañamones, granos de arroz, restos de comida… Y cogimos cariño a nuestros pichones; cada día estaban mejor y, aunque no volaban por la casa, saltaban del armario al suelo o a nuestras literas y volvían a su “nido”. El cuarto estaba, obvio es decirlo, hecho una porquería.

Pensábamos con cierta tristeza que en pocos días tendríamos que soltarlos. No sólo porque esa era nuestra intención inicial, sino por las continuas protestas de las tatas ante mamá; tal era la cantidad de mierda que producían los pichones.

PICHONES POSADOS

Una o dos semanas más tarde vinieron nuestros primos Eduardo y Manolo, de Zaragoza, a pasar un par de días a Madrid. Eran (son) de nuestra edad. Mamá les invitó a comer a casa. Después de pasar la mañana con ellos danzando por ahí, llegamos a casa.

  – ¿Qué hay de comer, mamá?, pregunta Chiky.

  – Pollo, hijo, croquetas y pollo.

  – Mmmm, qué rico!

Así que nos sentamos los cuatro en la mesa camilla del cuarto de estar. Mamá no comía con nosotros pero andaba deambulando por aquella zona de la casa.

Charla que te charla, croqueta tras croqueta, la tata nos sirve el pollo

– Qué bueno, dice Manolo.

– Sí, está estupendo, corrobora Eduardo.

Yo iba a mostrar mi acuerdo mientras me llevaba con la mano un muslo a la boca. No sé por qué, me quedo mirando el muslo antes de devorarlo. Me pareció pequeño para ser de pollo. De pronto, me entra una especie de angustia y le digo a Chiky:

– ¿No te parece pequeño este pollo?, le digo.

– ¡¡Los pichones!!

Nos miramos un momento y, al unísono, salimos disparados a nuestro cuarto. Nos subimos a la silla, miramos sobre el armario… Todo limpio, ni cartones, ni papeles, ni cañamones, ni cagadas…, ni pichones.

Volvemos corriendo al cuarto de estar. Mis primos no entendían lo que estaba pasando. La tata, sí. Le preguntamos por mamá, que hace un par de minutos estaba en el cuarto.

– Ha salido. Ha dicho que luego vuelve

Cuando volvimos a verla, por la tarde, nuestro enfado se había diluido.

Cosas de madres, cosas de críos…

Jamás le pedimos explicación. Pero hace pocos días, y ya estamos en el tiempo de hoy, en una de nuestras visitas a su residencia le cuento lo de los pichones. Aunque ya nada recuerda, arrebujada en su cama entrecierra los ojillos y aprieta los labios con esa sonrisa tan pícara suya.

estrella_pichon