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RECUERDOS DE INFANCIA. Don Amalio, el pintor.

7 septiembre, 2015 4 comentarios

¿Por qué volvéis a la memoria mía, tristes recuerdos del placer perdido…?

(Espronceda)

 

Hace unas noches se me ocurrió pensar que sería buena idea escribir los recuerdos antes de que llegue el momento en que la vida dure más que ellos. Antes de que uno se vea en la triste situación de aún vivir pero sin ya recordar.

Tanto pensé en ello que pasé buena parte de la noche en vela, recordando, hasta que dulcemente me dormí.

Anduve reflexionando sobre ello y hasta se me ocurrió comentarlo a mi mujer. En mala hora…

  • “Pues date prisa”, me responde, “porque al paso que vas…”

Y es que es cierto. Conforme pasan los años, el tiempo desprende los recuerdos de las neuronas igual que el viento desprende la pelusa de algodón de los chopos en primavera.

Pero no me desanimó del todo. Sigo pensando en ello. Quizá cuando aún ya no recuerde, si llega ese momento antes de que llegue el último, todavía me esté reservado el don de leer.

Así que me pongo a la tarea.

Mis recuerdos son como los de todos, no tienen nada de especial, excepto que son los míos. Son recuerdos de infancia, de niñez, de adolescencia, de familia, de amigos, de noviazgos, de aventuras, de trabajo, de hijos, de nietos… Son recuerdos de vida.

Aquella noche, el último que recordé antes de dormir fue, precisamente, el primero del que soy consciente en la cronología de mi vida.

Sé que el tiempo era otoño de 1951, porque de ello tengo prueba. Yo tenía tres años, 64 menos de los que ahora tengo. Nada menos.

Pintado el 17 de enero de 1952

Pintado el 17 de enero de 1952

Sucedía en el cuarto de estar de nuestro piso de la calle Ferraz, en Madrid. Yo fui el último de los hijos que nació en la anterior casa, en la calle Altamirano del mismo barrio de Argüelles. Hacía el número quinto y la casa se había quedado chica para tanta familia. Los tres que me siguieron nacieron cuando ya vivíamos en Ferraz.

El piso era amplio. En la “zona noble”, un hall de buen tamaño, un salón enorme, una sala de estar a la que llamábamos “despacho”, aunque nunca nadie trabajó en ella, y un comedor muy espacioso, que en los buenos tiempos ha albergado a una veintena comiendo.

Del hall nacía un larguísimo pasillo, con puertas a su derecha que daban paso a habitaciones y cuartos de baño. Al final del pasillo se encontraba la zona de cocina con dos estancias muy amplias, el dormitorio de mis padres y otras dos habitaciones contiguas.

La casa era grandona para lo que hoy se estila: cuatro salones, seis dormitorios, tres baños y la zona de cocina, todo comunicado por ese largo pasillo de 20 metros.

Una de las habitaciones del fondo era entonces, antes de que nacieran los pequeños y fuera habilitada como dormitorio, el cuarto de estar del que proviene mi recuerdo de hoy.

Tenía aquella habitación un par de balcones que daban a un patio de manzana, lo que permitía una luz espléndida. Esa luz es la que don Amalio, el pintor, gustaba para no perder detalle de nuestros rasgos. Yo no sabía que se llamaba don Amalio, pero todo lo demás se mantiene vivo en mi recuerdo…

El agobio que sentía después de unos minutos, para mí eternos, de absoluta inmovilidad, sentado en una sillita colocada encima de una mesa camilla. Para que mi rostro quedara a la altura del suyo…

El aspecto misterioso del pintor, con aquellos ojos escrutadores que atravesaban los míos…

El miedo a moverte después de las terribles advertencias maternas…

Y cuando don Amalio dejaba el pincel y se limpiaba las manos con uno de los trapos, ya sabía, ya sabíamos que la sesión terminaba. Venía entonces la excitación de la liberación. La explosión física que seguía a la forzada inmovilidad.

Brincaba de la sillita al suelo, me quitaba a toda prisa la ridícula blusa roja con ese cuello y esa pechera de encajes, para que se la pusiera el hermano, y me montaba en mi triciclo rojo para recorrer arriba y abajo el pasillo y sortear camas y muebles de las habitaciones.

Era entonces cuando a mi hermano Chiky le correspondía el agobio de la quietud. Porque durante la media hora anterior, mientras yo lo sufría, el pasillo había sido suyo y de su triciclo amarillo.

Y así, en varios turnos de media hora de posado y de desahogo, pasaron algunas semanas, no recuerdo cuántas, hasta que un día mi madre nos acompañó a la sala grande en una de cuyas paredes, durante más de 60 años, desde aquel mes de enero de 1952 hasta octubre de 2013 cuando aquella casa dejó de ser la Casa, los rostros que pintó don Amalio, fueron testigos de todo lo que en ella transcurrió.

Blanca

Blanca

Chiky (Javier)

Chiky (Javier)

Yo

Yo

Blanca, Chiky y yo. La tercera, el cuarto, el quinto… Siempre me he preguntado, aunque nunca lo he preguntado, por qué fuimos nosotros; por qué los dos anteriores o los tres que vinieron después no se enfrentaron a don Amalio García del Moral, el pintor retratista…

Pero hoy no hay preguntas; sólo quería recordar el recuerdo…

UN PAR DE HOMBRES NOTABLES (…y José María)

11 febrero, 2014 16 comentarios

 

¿Cuál es esa “otra” motivación de Jaime, de la que les hablaba ayer?

Él mismo nos la cuenta:

“Nado porque puedo, por los que no pueden”

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“Realmente soy afortunado de poder nadar y hacer lo que me gusta. Pero mi verdadera fortuna ha sido emprender esta andadura con la Asociación Siempre Adelante y desde el primer momento he conocido a algunos afectados por ELA y familiares que han ido reforzando este compromiso y ganas de hacer más y más cosas por ellos.

En todas y cada una de mis Travesías he tenido ganas de abandonar por diferentes motivos. He de reconocer que tengo mucha fuerza de voluntad, pero también tengo que dar las gracias a personas como: mi tío Jose Mari, Gonzalo, Iván, María, Fran, Agueda, Isabel, Juan, Jose Luís,…, que son quienes de verdad me han ayudado a valorar lo que de verdad importa y trasladando esto a las ganas de abandono que comento, suelo pensar y repetirme en esos y otros momentos de flaqueza: “Jaime, lo que te está pasando (frío, cansancio, agobio psicológico por pensar que no avanzas suficiente, …) es algo pasajero, lo que no es pasajero es tener una ELA o similar. Así que, sigue y hazlo por ellos”. (www.jaimecaballeronadador.com)

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Y es aquí donde Jaime conecta, hoy a través mío, con ese otro hombre notable que fue mi querido amigo José María Cervelló Grande. Un hombre Grande de verdad, no solo por el apellido.

La Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) es una enfermedad perra, en el peor sentido del término. Una vez que agarra, ya nunca suelta la presa. Comienza por afectar a la movilidad corporal hasta que, al poco tiempo, te lleva a la silla de ruedas. Continúa paralizando los músculos de la expresión hasta que, poco tiempo después, te impide hablar, incluso casi sonreír levemente. Y sigue sin descanso, afectando al aparato digestivo; ya no puedes comer. Cuando llega a los músculos del aparato respiratorio, aún puedes “vivir” un tiempo si te practican la traqueotomía y añades un aparato respiratorio a los muchos otros artilugios que ya controlan tu vida.

Es poco frecuente y tal vez por eso, porque no hay una “multitud de potenciales clientes”, no se investiga lo suficiente. O quizá sí se investiga y no es posible hallar remedio.

El caso es que mi amigo José María tuvo la mala fortuna de encontrarse con ella justo cuando más podía disfrutar de su vida. Cuando pudo dejar su trabajo, en la parte en que le era necesario para vivir, para dedicarse al trabajo que le gustaba y en el que era maestro en todos los sentidos: el coleccionismo de arte (doctor en Historia del Arte) y la enseñanza del derecho (Abogado del Estado). Lo de “doctor” y “abogado del estado” eran tan solo sus títulos profesionales. Lo importante es que fue notable erudito y coleccionista de libros de arte, gran jurista y magnífico profesor.

“Un día comentamos que tu amor por el libro estaba por encima del propio contenido del libro. Pienso que tu capacidad de disfrutar de la vida, está también por encima de su propio contenido”. (Carmela Mirecki)

“El Maestro no habla; actúa. Cuando su tarea concluye, la gente dice: ¡asombroso, lo hicimos nosotros solos!

El Maestro tiene, pero no posee; actúa, mas no espera nada. Cuando su obra termina, la olvida.

Por eso es imperecedera”. (Lao Tse)

Estas reflexiones, extraídas del memorable regalo que le hizo su mujer, Mª Teresa, cuando cumplió 60 años (un libro en el que una docena de sus íntimos amigos escribimos sobre él), definen con notable concisión y fidelidad la personalidad de José María. Sus libros…su vida; tan imprescindibles aquellos para esta, tan vivida esta para aquellos. Y su maestría en ser maestro.

La evolución de su enfermedad fue dramáticamente progresiva. Cuanto más la ELA avanzaba, más él se hacía intelectualmente fuerte para superarla. Cuando ya no pudo desplazarse para dar sus clases, los alumnos acudían a su casa. Cuando ya no podía siquiera expresarse, sus ojos hablaban por él; incluso los utilizaba para escribir con un programa especial de ordenador. Y cuando ya lo sabía casi todo comenzó, desde su obligada inmovilidad y su incapacidad de comunicación activa, a tomar clases de astronomía, de música… Su obsesión era saber.

En sus últimos meses, muchos fueron, solo podía pensar, escuchar y ver. Todo lo demás le estaba vedado.

Y cuando ya no pudo seguir viviendo, se despidió de la vida y de sus amigos con la dignidad de los grandes hombres.

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Yo le conocí en 1983, cuando se incorporó al despacho que yo dirigía. Durante 20 años conviví profesionalmente con él. Cuando lo dejó, en 2003, la amistad que siempre habíamos tenido se ensanchó para ocupar el espacio que la relación profesional abandonó. Fue entonces cuando el dedo de la (mala) fortuna le tocó la frente.

Cuando ya la enfermedad hizo garra y él no pudo ya moverse de casa, acudíamos mi mujer y yo con frecuencia a visitarle. No era la “obligada” visita al amigo enfermo, sino la buscada ocasión para volver a verle, contarle nuestras cosas y “escuchar” las suyas aunque ya no pudiera hablar. María Teresa, la mujer que le dedicó su vida entera durante esos años finales y María Jesús, la hermana que le acompañó durante toda la vida, complementaban lo que sus ojos no podían transmitir.

Disfrutábamos con esas tertulias, solos o con otros amigos con los que coincidíamos. Y muy especialmente gozamos de los magníficos conciertos privados que Marta y Pedro, los hijos de Tomás Alfaro, otro de sus grandes amigos, ejecutaban en casa de José María. Ella, al piano; él, al cello.

Un día de agosto de 2009 decidieron entre Dios y él que ya estaba bien; que todo lo que tenía que haberse hecho, estaba hecho; que todo lo que tenía que saber ya lo sabía; y que ya no tenía sentido seguir combatiendo a la maldita ELA puesto que él y su dignidad ya la habían vencido.

Se despidió de María Teresa sabiendo que pronto la volvería a ver. Un par de meses después de que él se fuera ella, que no podía vivir sin él, acudió a su encuentro.

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Sabrán disculparme esta efusión de emotividad. Tan solo quería rendir homenaje de admiración a Jaime y a José María. Dos hombres notables que, cada uno a su manera, han luchado con grandeza y dignidad contra un maldito enemigo.

UN PAR DE HOMBRES NOTABLES (Jaime…)

10 febrero, 2014 7 comentarios

Jaime y José María no se conocen. Y ya no tienen posibilidad de hacerlo porque uno vive casi en el mar y otro permanentemente en los cielos.

Yo solo conozco (conocí) a José María. Pero ambos son objeto de mi más profunda admiración y quiero reflejarlo en este blog.

A Jaime (Tolosa, 1975) algunos le llaman “El caballero de la Mancha”. No por identificarle con el Quijote, aunque seguro que algo de quijote tiene, sino porque su apellido es, precisamente, Caballero y su hazaña más notable ha tenido lugar en la Mancha; en el Canal de la Mancha.

Conózcanla.

JAIME CABALLERO, NADADOR

JAIME CABALLERO, NADADOR

El 6 de agosto del año pasado, Jaime Caballero se lanzó a las frías aguas de Dover con el objetivo de cruzar a nado, ida y vuelta sin detenerse, el Canal de la Mancha.

A las 8 am me eché al agua y todo comenzó sin grandes complicaciones ni sorpresas hasta que a la segunda hora empecé a sentir frío y a pedir té caliente…

A las sexta-séptima hora aproximadamente empecé a ver unos objetos flotando y bajo el agua de diversos colores y me resistí a pensar que eran lo que me temía pero pronto empecé a sentir en mis propias carnes que efectivamente eran medusas. Me picaban por todo el cuerpo y esto unido al frío y al festival de olas que tuve durante una media hora al pasar por un banco de arena me hizo pensar seriamente en abandonar…

Al aproximarme a la costa francesa empezaron unas fortísimas corrientes que me impedían mantener un punto de referencia único. Cada vez que miraba para adelante tenía que cambiar de objeto ya que nos íbamos hacia el Oeste con el riesgo de superar Cap Gris Nez y perder la posibilidad de tocar tierra. Pero lo hice.(www.jaimecaballeronadador.com)

Tras “tocar”, literalmente, costa francesa al sur de Calais y sin detenerse, viró 180º para retornar  a Folkstone, a 17 kilómetros de Dover.

Completados casi cien kilómetros, teniendo en cuenta el arco necesario para compensar corrientes, y más de 24 horas de bracear sin descanso, finalizó su hazaña.

Con una temperatura de 13-14 grados, lo digo por experiencia, un simple chapuzón en el mar resulta bastante  desagradable. Piensen en más de 24 horas seguidas nadando en mar abierto, con olas, corrientes y sin protección de neopreno, pues las normas de homologación de records lo prohíben.

Su cuerpo acabó plagado de picaduras de las medusas. Sus huellas se dejan ver en brazos, piernas, cara, espalda… Ni un solo rincón de su cuerpo quedó a salvo. “Tengo infección en la sangre por las picaduras, estoy con antibióticos y me vigilan una marca en la pierna, no se vaya a extender la infección”.

Tardó dos horas en completar los últimos 1.500 metros por las corrientes. “Era frustrante, en el barco creían que estaba desorientado porque no avanzaba”.

Brazada a brazada, para un total de 85.550, se dirigió a Inglaterra. Tragó más agua de lo normal. Sufrió de lo lindo para ingerir alimento. Los plátanos se los tragaba casi enteros. Masticar era un suplicio: “Me metía debajo del agua para comerme los bollos de mermelada. En la superficie me era imposible, tragué un montón de agua cada vez que abría la boca”.

De nuevo las corrientes le alejaron del destino final. Tomó tierra exhausto, desfallecido, como nunca antes le había ocurrido. Su temperatura corporal casi no llegaba los 31 grados. Una hora después las mantas térmicas apenas elevaron esta marca hasta los 33. (http://www.marca.com/2013/08/08/mas_deportes/deportes_aventura)

TRAVESÍA COMPLETADA

TRAVESÍA COMPLETADA

¿Qué puede motivar a un hombre a emprender una aventura como esta, con el sufrimiento asegurado y un evidente riesgo de perder la vida?

Seguramente sus motivaciones son parecidas a las de Jeanne Sócrates, que a sus 70 años dio la vuelta al mundo en solitario a bordo de su Nereyda

O a las de Jessica Watson o Laura Dekker, que hicieron lo mismo con 16 y 14 años…

O las de José Luis Ugarte, en la regata  Around the Globe del 93, a los 65…

O las de Teresa Perales, record de medallas olímpicas que, cuando no nada, tiene que estar en su sillita de ruedas…

O, por pasar del mar a las montañas, las de Carlos Soria que coronó el Anapurna a los 73 años…

O las de Edurne Pasabán, la brava vasca que, a sus 27 años fue la primera mujer del mundo en conquistar los 14 “ochomiles” que unen, casi, la tierra con el cielo.

O, por pasar de los montes a los hielos, las de Amundsen, Scott o Shakelton, conquistadores de los polos…

O, volviendo al mismo mar de Jaime, las de Philippe Croizon que, sin brazos ni piernas, cruzó a nado el mismo Canal de la Mancha desde Folkstone a Calais, justo la ruta inversa que la que nadó Jaime en su travesía de regreso.

Estos grandes hombres y mujeres, cuyas hazañas he tenido el honor de relatar en este blog y que pueden leer pinchando sus “links“, alimentan su corazón del coraje, pundonor, espíritu de superación y desprecio por el riesgo que les impele a nadar durante días en duras condiciones, navegar durante meses por mares peligrosos, conquistar las más elevadas cotas de la tierra y ser los primeros en llegar a donde antes nadie ha llegado.

En ocasiones, superando sus propias limitaciones físicas que a cualquier mortal le impedirían incluso llevar una vida normal.

Suelen ser, además, gentes modestas, que no lo hacen por presunción, por dinero o por vanidad. Seguramente todos ellos tienen parecida modestia a la de Jaime, que expresa sus proezas con esta reflexión:

No hay nada noble en ser superior a otra persona. La verdadera nobleza radica en ser superior a tu antiguo yo.

Siempre adELAnte

Siempre adELAnte

Pero Jaime Caballero, el hombre de la Mancha, tenía otra motivación además de la de la superación continua. Precisamente la que me ha inducido a “emparejarle” con mi querido amigo José María, al que él no conoció.

Mañana les hablaré de esa otra motivación y también de José María, que no sé si sabría nadar aunque era gaditano, que nunca escaló ni exploró los polos y que, probablemente, nunca navegó.

Pero que fue, como todos aquellos superhombres, paradigma de pundonor, superación y, por encima de todo, de dignidad.

MI TESTAMENTO VITAL

9 junio, 2013 23 comentarios

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“Una de las funciones más nobles de la razón consiste en saber si es o no, tiempo de irse de este mundo”.

Con esta cita de Marco Aurelio comenzaba un artículo que publiqué en agosto de 2010 con el mismo título de aquella película de Richard Fleischer, Soylent Green (1973). Disertaba en él sobre esos conceptos tan relacionados: Eutanasia, Muerte Digna, Muerte Asistida.

Hace unos días, no sé con qué motivo, hablábamos mi mujer y yo sobre la conveniencia de hacer testamento vital. Siempre da más tranquilidad conocer (y que otros conozcan) los deseos más personales e íntimos de quien está en proceso de pasar a mejor vida.

Pasar a mejor vida con el menor sufrimiento y la mayor dignidad posibles. De eso trata el testamento vital. Y, añado yo aunque suene prosaico hablando de esos asuntos tan trascendentales, con el menor coste económico que se pueda.

Así, de la misma manera que uno decide, sometido a ciertas normas legales, cómo se debe repartir el patrimonio que deja cuando se va de este mundo, puede también decidir aspectos tan personales como los cuidados o ayudas que debe recibir en tan decisivo trance. Y tanto una como otra decisión han de manifestarse en una declaración personal en pleno uso de facultades mentales, ante notario o ante testigos, y debidamente depositada en registros públicos.

Aspectos tales como si en el supuesto de enfermedad terminal debe ser mantenido vivo a toda costa o, por el contrario, debe ser ayudadomuerte asistidaa morir, si es su voluntad donar los órganos cuando ya no le sean necesarios, si desea ser inhumado o incinerado o si prefiere ritual religioso o pagano, son manifestaciones comunes en el testamento vital,

Incluso, aunque la eutanasia activa no esté aún regulada en nuestras leyes, puede el testador pedir que se le aplique en el caso de que si lo esté en el momento de su fallecimiento.

Por el documento de instrucciones previas, una persona mayor de edad, capaz y libre, manifiesta anticipadamente su voluntad, con objeto de que ésta se cumpla en el momento en que llegue a situaciones en cuyas circunstancias no sea capaz de expresarla personalmente, sobre los cuidados y el tratamiento de su salud o, una vez llegado el fallecimiento, sobre el destino de su cuerpo o de los órganos del mismo. El otorgante del documento puede designar, además, un representante para que, llegado el caso, sirva como interlocutor suyo con el médico o el equipo sanitario para procurar el cumplimiento de las instrucciones previas.

(Artº 11, Ley 41/2002) Muerte-digna-imagen

Tras este preámbulo de carácter divulgativo, me voy a centrar en la parte del testamento vital que se refiere al tratamiento del cuerpo una vez que el alma, es decir la vida, lo ha abandonado. Las opciones que se presentan no son demasiadas: inhumación, incineración o embalsamamiento; culto religioso o pagano.

Oscar Wilde, en su lecho de muerte, pidió al amigo que le acompañaba una botella del champan más caro y le dijo: “Me estoy muriendo por encima de mis posibilidades”.

Hoy no hace falta que pidamos champán ni que organicemos fastuosos funerales. El funeral más austero está por encima de las posibilidades de un común mortal y deja temblando una economía familiar modesta.

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Porque el coste de las pompas (pompa (drae): lujo, grandeza, esplendor) fúnebres es disparatado. Entre el oligopolio –monopolio en muchas regiones– que existe, la agresividad comercial de las empresas de pompas fúnebres –que aprovechan los sentimientos de la familia (esa comprensible vergüenza en escatimar calidades y honores)- y la cantidad de “partidas” que componen el proceso (esquelas, tratamiento y traslado del cadáver, féretro, alquiler de sala en tanatorio, lápida y nicho o incineración, coronas, ritos...), un funeral cuesta entre cinco y diez mil euros.

Más el 21%, amigos, porque aunque resulte inconcebible, el gobierno tuvo el delicado detalle, la desvergüenza, de incrementar hace un año el IVA aplicable a los servicios de pompas fúnebres: del 8% al 21%.

¿Por qué diablos, pregunto, tenemos que gastarnos un dineral en esas malditas pompas fúnebres, pagando al estado además un 21% de IVA?

Así que, indignado ante tan inútil despilfarro, procedo a hacer mi propio testamento vital. Tiempo tendré, espero, cuando tenga seguro que es posible lo que pretendo, de redactarlo y registrarlo como exige la ley.

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En grades rasgos mi voluntad es la siguiente:

–         No quiero seguir viviendo cuando ya no me quede conciencia ni salud para vivir dignamente. Trataré de definir ese concepto de dignidad para no dejar dudas inquietantes –o lo que es más arriesgado, una laxa interpretación– a los míos.

–         Quiero que mis órganos, en lo que valgan, sean puestos a disposición de quienes puedan utilizarlos, sin que nadie que no sean ellos obtenga ventaja de ningún tipo.

–         Y, por encima de todo, no quiero que mis deudos gasten en mis exequias nada, absolutamente nada, que pueda ser prescindible.

Así, no quiero que compren un féretro para depositar mis restos; no quiero velatorio ni tanatorio; no quiero flores; no quiero esquelas; no quiero funerales ni entierros; no quiero que paguen a nadie por quemarme.

Y no quiero IVA.

Quiero nada más que quien desee recordarme me recuerde. Y si puedo ser más exigente, sólo para recordarme con la alegría –o como mucho con la nostalgia–  de  los felices tiempos pasados; no con la tristeza de la ausencia.

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Y, entonces ¿qué hacer con mi cadáver?

Esa es la pregunta que me lleva a muchas otras:

¿Hasta qué punto es obligatorio utilizar una empresa de pompas fúnebres?

¿Hasta qué punto es obligatorio adquirir una linda caja de exótica madera y bonitos adornos para que se pudra bajo la tierra o se convierta en cenizas en el crematorio?

¿Qué otras opciones existen para un cuerpo que ya no sirve para nada?

¿Se puede guardar en un arcón en casa, debidamente congelado?

¿Puede ser enterrado en el jardín de su casa, si lo tuvo, o en algún recóndito lugar de cualquier monte?

¿Puede ser incinerado privadamente en el –improbable– caso de que se encuentre lugar adecuado?

¿Puede –igual que está permitido con las cenizas– ser arrojado el cuerpo a la mar, que al fin y al cabo es de nadie, envuelto en un retal de vela y con sendas balas de cañón atadas a las extremidades –como hacían los corsarios– para asegurar la inmersión?

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No sé si alguna de estas opciones es legalmente posible; si alguien lo sabe agradeceré ilumine mi ignorancia. Lo que si tengo claro es que en mi testamento vital eximiré a mi querida familia de gastar en mis “honras fúnebres” más de lo que cuesten unas viejas balas de cañón para hundirme dulcemente en el mar.

A mi ya no me importará, como al chico de esta preciosa balada que os dejo, que los rayos de sol no me alcancen, que la oscuridad y el frío me rodeen, que nadie sepa exactamente dónde estoy o que los peces tomen su justa revancha de tantos como yo me comí.

Os dejo esta preciosa canción, The Ocean BurialGeorge Allen, 1850)


“O! bury me not in the deep, deep sea”;

The words came low and mournfully,

From the pallid lips of a youth, who lay,

On his cabin couch at the close of day.

He had wasted and pined ‘till o’er his brow,

The death-shade had slowly passed, and now,

Where the land and his fond loved home were nigh,

They had gathered around him to see him die.

“O! bury me not in the deep, deep sea,

Where the billowy shroud will roll over me,

Where no light will break through the dark, cold wave,

And no sunbeam rest upon my grave.

It matters not, I have oft been told,

Where the body shall lie when the heart is cold,

Yet grant ye O! grant ye this boon to me,

O! bury me not in the deep, deep sea.

“For in fancy I’ve listened to the well known words,

The free, wild winds, and the songs of the birds;

I have thought of home, of cot and bower,

And of scenes that I loved in childhood’s hour.

I had ever hoped to be laid when I died,

In the church-yard there, on the green hill-side;

By the bones of my fathers’ my grave should be,

O! bury me not in the deep, deep sea.

“Let my death slumbers be where a mother’s prayer,

And a sister’s tear shall be mingled there;

O! ‘twill be sweet, ere the heart’s throb is o’er,

To know when its fountains shall gush no more,

That those it so fondly hath yearned for will come

To plant the first wild-flower of spring on my tomb;

Let me lie where those loved ones will weep over me,

O! bury me not in the deep, deep sea.

“And there is another; her tears would be shed,

For him who lay far in an ocean bed;

In hours that it pains me to think of now,

She hath twined these locks, and hath kissed this brow.

In the hair she hath wreathed, shall the sea-snake hiss?

And the brow she hath pressed, shall the cold wave kiss?

For the sake of that bright one that waiteth for me,

O! bury me not in the deep, deep sea.

“She hath been in my dreams” — his voice failed there;

They gave no heed to his dying prayer;

They have lowered him slow o’er the vessel’s side,

Above him has closed the dark, cold tide;

Where to dip their light wings the sea-fowls rest

Where the blue waves dance o’er the ocean’s crest;

Where the billows bound and the winds sport free;

They have buried him there, in the deep, deep sea.

EL LEÓN DE CORSARIO

1 junio, 2013 2 comentarios

Hoy, por primera vez, publico una entrada de otro autor.

Se trata de un personaje notable, asiduo lector de este blog y autor de interesantes comentarios cuando encuentra sugerentes las historias que en él se cuentan.

Poco a poco he ido conociendo a Corsario a través de sus comentarios: sus aficiones, sus viajes, sus aventuras; en fin, su manera de vida. En algunas cosas, especialmente en sus aficiones y en su manera de ser, me recuerda a mí mismo, aunque él es mucho más viajero y aventurero. Su vida transcurre más en el mar que en la tierra. Y, como verán, conoce a los leones ¡Incluso tuvo uno en su casa!

Un día me contó que para celebrar su cincuenta cumpleaños no se le ocurrió otra cosa que cruzar a nado el estrecho ¡Con 50 tacos y con un par !Fíjense ustedes si es singular el personaje.

No pasan los años...Cruce del estrecho con 50 años.

No pasan los años…Cruce del estrecho con 50 años.

Hoy, ya, le conozco tanto que es como si fuera mi hermano.

Con esta introducción sobre la personalidad de su autor convierto en entrada, dándole el protagonismo que merece, el comentario que escribió sobre mi reciente entrada de los Leones Comedores de Hombres.

Sigan sus consejos si alguna vez se topan de bruces con un león.

Va por el Corsario:

Qué buena idea la del viejo Pereira, no tan viejo por cierto, de espantar a los Leones con palmadas. Qué impresionante es contemplar a un león en la selva; junto con el tigre y el caballo son los animales terrestres más bellos.

Preciosa la foto de los dos machos en el Masai-Mara y que mala leche hay que tener para descerrajar un tiro a un animal de este porte, esos cazadores de magnum con White hunters protegiéndoles. Que se atrevan con lanzas como hacían los viejos guerreros Masai!

Hace un par de años estuve visitando una reserva de animales salvajes cerca de Ciudad del Cabo. Había una granja que criaba leones y se podía entrar al recinto con un cuidador experto. Estuve a punto de entrar pero me pareció muy caro solo por acariciarlo. Tampoco estaba muy seguro de que se portaran bien y yo hacía mucho tiempo que no iba por casa…además de encontrarme medio tullido después de haber hecho una visita a los tiburones blancos de Seal Island, en una zodiac que me dejo la espalda destrozada con los pantocazos.

Aprendí una cosa que me dijo el cuidador en caso de que entrara al recinto de los leones: me tenía que quitar las gafas de sol; tenía que haber “eye contact” con el felino, me dijo. Así que si ahora me encuentro con un león no olvidaré a Pereira con sus palmadas y al cuidador que me dijo que tenía que mirar a los ojos a los leones y nunca darles la espalda. Eso es lo que haré cuando me los encuentre.

A ver si encuentro una foto del hombre que susurraba a los leones y que es igualito a Vd. D. Jaime.

(Nota de D. Jaime: El hombre que susurraba a los leones es Kevin Richardson. Ud se refiere, creo, a Mike Penman, que también jugaba con leones)

Kevin Richardson, el hombre que susurraba a los leones.

Kevin Richardson, el hombre que susurraba a los leones.

Esa historia de la manada de 15 leones devoradores de hombres, que no conocía, recuerda las historias de Swartkrans de las que hablaba Bruce Chatwin sobre el exterminador de los homínidos , un depredador al que solo le gustaba nuestra carne.

Hace muchos años, cuando desembarqué en el antiguo Lourenço Marques, hoy Maputo, estuve a punto de visitar la cueva de Swartkrans, un yacimiento prehistórico cerca de Johannesburgo, donde se han encontrado fósiles de homínidos de cerca de dos millones de años, parientes de nuestra amiga “Lucy” sin duda, en el pleistoceno, y que inspiraron el libro “The hunters or the hunted ”, su autor C.K. Brain , un libro que he buscado insistentemente sin encontrarlo y en el que hablan de que los habitantes de la cueva fueron víctimas de los grandes felinos.

El resumen del libro es una pregunta que por ahora no tiene respuesta : ¿son los restos de estos antiguos homínidos , encontrados en 3 cuevas de un valle sudafricano, la evidencia de que nuestros antepasados ocuparon esas cavernas o son los restos que dejaron los carnívoros que cazaban a los homínidos? Los paleontólogos están en ello, supongo que retrotraerse a la edad de hielo debe ser apasionante.

Aquellos felinos debían de ser parientes cercanos de los leones comedores de hombres de ahora. Posiblemente en aquel tiempo geológico los felinos fueran el grupo dominante ¿volverán a serlo? Mejor eso que su extinción.

El último león con el que conviví hace unos 25 años (el único) lo saqué de un barco; de contrabando. Una barbaridad lo reconozco. Lo llevé a casa y convivió con mis hijas pequeñas unos meses. Lo adoraban, era un precioso cachorro de 2 meses al que llamamos Jackie.

Los vecinos venían a verlo con frecuencia pero, conforme pasaba el tiempo y el león crecía, notábamos que teníamos menos visitas y, además, en el ascensor nos ponían mala cara. La gente de las ciudades es muy rara, siempre lo he dicho.

Al final no me quedó más remedio que dejarlo al cuidado de una vecina, una señora viejecita y muy simpática que vivía con una de sus  hijas, que tenía el síndrome de down. Habitaban un chaletito con jardín donde el león campaba a sus anchas. La señora estaba encantada con el león porque, cuando lo sacaba a pasear por la urbanización, todos los perros enormes de guarda echaban a correr nada mas olerlo.

Recuerdo cuando me contó que una tarde de verano, un mayordomo recién contratado les sirvió el té y cuando vio a la viejecita, el león y la niña sesteando en el sofá, se le cayó la bandeja del susto.

El pobre león creció y tuvimos que darlo en adopción. Siempre se portó bien, pero no sé qué hubiera ocurrido si se hubiera quedado con nosotros, en el piso, convertido en un león de melena negra de 200 kilos. De vez en cuando nos acordamos de él; Jackie siempre formará parte de nuestras vidas.

Por cierto la versión de Whimmoweh de MIRIAM MAKEBA, es muchísimo mejor que la de Pete Seeger; ella era una Reina Zulú.

Pues nada, Corsario, aquí tienes a Miriam Makeba. Tienes razón, es una versión magnífica; mucho más África.

AMORES DE VIEJOS (Gina & Gina)

30 mayo, 2013 7 comentarios

Quizá sea amor y nadie lo entiende.

Quizá sea miedo a la soledad.

Quizá sea, tan solo, ternura.

Quizá no sea nada más que ambición.

Un poco de todo hay en estas situaciones, cada vez más frecuentes: amor, soledad, ternura, ambición…Entre los directamente involucrados, entiéndase, porque lo que sienten los indirectamente afectados es puro acojonamiento de quedarse sin herencia.

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Resulta que don Alfredo Di Stéfano, el ídolo del balompié antiguo, dice que se ha enamorado de doña Gina Gonzalez. Él tiene 86 años; ella 36. Y quieren casarse. Él aporta al matrimonio una considerable fortuna y cinco hijos. Ella, tan solo juventud. Y, asegura Gina, “aunque suene un poco particular, estoy enamorada de él”.

Sus hijos no lo entienden; o no lo creen, que para el caso es lo msmo. Dicen que la tal Gina es una aprovechada. Una cazafortunas que quiere sacar ventaja de la debilitada salud mental de su padre y que por tanto es su deber hacer todo lo posible por defenderle de ella. En consecuencia, han iniciado el proceso de su incapacitación.

 Aseguran que no es por motivos económicos, sino para protegerle; “en su exclusivo interés”.

«Ante el deterioro evidente de las facultades físicas e intelectuales que se viene observando en nuestro padre desde hace meses, sus cinco hijos, previo diagnóstico médico de su estado de salud, tomamos la decisión de solicitar ante los juzgados competentes, y en su exclusivo interés, su declaración de incapacidad, promoviendo de forma simultánea la adopción de medidas cautelares, en orden a la preservación de su patrimonio».

De momento, hasta que el juez decida, don Alfredo está incomunicado, encerrado en su casa y sin móvil desde hace meses. Los hijos han tocado a rebato familiar y han establecido una especie de guardia pretoriana  que no deja entrar a Gina ni a sus amigos ni deja salir a La Saeta Rubia.

 alfredo y gina

En estos mismos días leo una noticia muy similar, aunque con otra Gina de protagonista. Pero en ésta, los papeles están cambiados. Se trata de la Gina que nos enamoró a muchos de chavales. De la bellísima Gina Lollobrigida.

La Gina de este cuento tiene 85 años, un marido y un hijo.

Su capricho, un guaperas italiano de 25 años, un “toyboy”, de nombre Andrea Vicciola y de profesión ayudante de lavandería.

No pretende Gina, como don Alfredo, matrimonio. Su proyecto es mucho más peligroso a juicio de su familia: quiere adoptar legalmente a Andrea. Según cuenta a quien quiera escuchar, le ha tomado tal cariño que “no quiere que le falte absolutamente de nada.”

Salvando las diferencias, la reacción de los familiares es idéntica. Marido e hijo han puesto pies en pared ante tan singular proyecto que, dicen, además de destruir a la familia acabaría con el patrimonio de la actriz. Ya se han puesto en manos de abogados para solicitar su incapacitación parcial. También en su interés –el de Gina– naturalmente.

El miedo de la familia no es infundado. El joven alardea entre sus amistades de poseer el «Jaguar más bonito de toda Italia», regalo que Lollobrigida le hizo a principios de año. No es el único obsequio que ha recibido durante su intensa relación. El joven, según se dice, ya ha anunciado que en breve la actriz “le regalará un yate y en las próximas semanas, Andrea llevará a Gina a un rally del que temen no regrese.”

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Así son estas cosas de los romances crepusculares. Amor, soledad, ternura, ambición…Y, por encima de todo, el miedo de los herederos a que algún espabilado se quede con la pasta que, a poco tiempo que pase y si el cielo o el infierno ayudan, debería ser suya; sólo suya.

Yo, que soy hombre objetivo, entiendo a todas las partes.

El futbolista y la actriz, los viejos, que han trabajado duro durante toda su vida para vivir una tranquila vejez ¿no tienen derecho a comprarse un capricho, por caro que resulte?

La joven Gina y el ayudante de lavandería, a los que Dios sólo ha dado belleza ¿no tienen derecho a “venderla”, probablemente acompañada de una cierta dedicación, y quizá ternura, a esos viejitos que quieren comprarla?

La familia de los viejitos enamorados ¿no tiene derecho a defender, por medios admitidos en derecho, lo que en derecho les correspondería más tarde o más temprano?

Pues si todas las partes tienen su derecho y su parte de razón, siéntense y negocien. Hay muchos amores que se comparten, se compran o se venden. Que ninguna de las partes pretenda quedarse con todo ni llevarse algo a cambio de nada.

Para que la parte más débil, que no es otra que los viejitos caprichosos, puedan disfrutar durante los pocos años que les quedan de vida de ese sucedáneo de amor que al menos atenúe su inmensa soledad.

 Se lo han ganado…y no les queda nada más.

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A ellos, sólo a ellos, dedico preciosa esta canción. Como si no hubiera habido nadie más que ellos dos…o por si algún día llegaran a encontrarse.

La Chanson des Vieux Amants.

Jacques Brel

Bien sûr nous eûmes des orages
Vingt ans d’amour c’est l’amour fol
Mille fois tu pris ton bagage
Mille fois je pris mon envol
Et chaque meuble se souvient
Dans cette chambre sans berceau
Des éclats des vieilles tempêtes
Plus rien ne ressemblait à rien
Tu avais perdu le goût de l’eau
Et moi celui de la conquête

Mais mon amour
Mon doux mon tendre mon merveilleux amour
De l’aube claire jusqu’à la fin du jour
Je t’aime encore tu sais je t’aime

Moi je sais tous les sortilèges
Tu sais tous mes envoûtements
Tu m’as gardé de piège en piège
Je t’ai perdue de temps en temps
Bien sûr tu pris quelques amants
Il fallait bien passer le temps
Il faut bien que le corps exulte
Finalement finalement
Il nous fallut bien du talent
Pour être vieux sans être adultes

Oh mon amour
Mon doux mon tendre mon merveilleux amour
De l’aube claire jusqu’à la fin du jour
Je t’aime encore tu sais je t’aime

Et plus le temps nous fait cortège
Et plus le temps nous fait tourment
Mais n’est-ce pas le pire piège
Que vivre en paix pour des amants

Bien sûr tu pleures un peux moins tôt
Je me déchire un peu plus tard
Nous protégeons moins nos mystères
On laisse moins faire le hasard
On se méfie du fil de l’eau
Mais c’est toujours la tendre guerre

Oh mon amour
Mon doux mon tendre mon merveilleux amour
De l’aube claire jusqu’à la fin du jour
Je t’aime encore tu sais je t’aime

CHITENGO, NAMZELIEVA, OSAMA Y OTROS JUSTICIEROS

26 mayo, 2013 2 comentarios
Leones en el masai-Mara, Kenya

Leones en el masai-Mara, Kenya

Hace algo más de un año escribí una preciosa (me disculpen la vanidad) entrada sobre elefantes: Salomón, Ahmed y otras Majestades. Fue con ocasión del accidente del rey, cuando andaba de caza por Botswana y su reino, España, estaba en el mismo filo del abismo.

Casi todos los que de asunto de tanta relevancia escribieron lo hicieron sobre lo procedente o improcedente de la conducta del monarca, sobre la rotura de la real cadera o sobre lo ético de la práctica de la caza. Yo preferí homenajear a sus majestades, los elefantes; a las víctimas de Su Majestad, el rey. Porque pocos dudan de que el animal con más grande majestad sobre la tierra, incluido el rey de la creación, es el elefante.

Y si preguntáramos cuál pudiera ser el segundo en majestad, estoy convencido de que muchos contestarían: el León, sin duda, el Rey de la Selva

Pues de leones va hoy, amigos.

La idea me llega de un artículo que me manda un buen amigo, lector de este blog. El artículo constituye un pequeño homenaje a su protagonista, con ocasión de su reciente fallecimiento. El Hombre que aplaudía a los leones. Este hombre no era otro que “el viejo Pereira” (1958-2013), legendario guarda del Parque Nacional de Gorongosa, en Mozambique.

Luchó mucho Pereira por mantener el Parque a salvo de las masacres que cometían ambos bandos de la guerra civil (Mozambique estuvo casi 30 años en guerra; la de independencia, 1964-74 y la civil, 1977-92) y por regenerarlo cuando esta terminó. El parque era su vida, toda su vida; en él creció, vivió, aprendió, enseñó y murió.

Pereira tenía la naturaleza en la sangre y los leones en el corazón. Cuentan de él, quienes con él la vivieron, esta anécdota que demuestra su coraje y su autoridad sobre los leones:

“A principios de 1979, aún la guerra no era muy dura en Gorongosa, Pereira iba patrullando a pie el parque con Costa Quembo y Benjamín Bolacha. Iban buscando furtivos, trampas, desactivar minas. Fueron a cargar sus cantimploras en el río Mussicadzi, lleno de cocodrilos, cuando se dieron cuenta de que estaban junto a un par de leones. Entonces, uno de los leones intentó atacar a los ranger.

Pereira comenzó en ese momento a batir palmas y todos le siguieron. Lo hacían como se hace cuando se saluda a los jefes locales. Miraban fijamente a la leona y daban palmas sin apartar sus ojos de los suyos. El león macho, desconcertado, decidió entonces huir y la leona, furiosa, le siguió.”

El macho de la pareja era el legendario león del parque, Chitengo. Alguna costumbre humana adoptó el león Chitengo, ya que llegó a ocupar un viejo bungalow como su hogar y fundó la conocida “casa de los leones”.

El viejo Pereira, el que aplaudía a los leones

El viejo Pereira, el que aplaudía a los leones

Pero no todos los leones son tan conformistas como Chitengo, ni todos los que a ellos se enfrentan son hombres tan sabios como Pereira. Y si alguna costumbre humana han adoptado, es la de la antropofagia*.

(*Comeos los unos a los otros, una entrada sobre el canibalismo en este mismo blog)

Los leones no son vegetarianos como los elefantes, ni carroñeros como las hienas. Se alimentan de lo que cazan y solo cazan seres vivos. Cuando la vejez o la enfermedad merman sus fuerzas y ya no son capaces de abatir antílopes a la carrera, les resulta más sencillo cazar bípedos humanos.

Por eso, casi todos los leones conocidos por sus nombres no han sido víctimas del hombre, como lo fueron la mayoría de los elefantes famosos, sino “asesinos” o, mejor dicho, comedores de hombres. Cuentan que en Tanzania, uno de los pocos países africanos que conserva población notable de leones, mueren cada año no menos de cien personas, presas de sus fauces.

Los responsables de los  parques y los guardas de las sabanas conocen bien a estos comedores de hombres. Suele tratarse de viejos ejemplares o de  felinos con alguna tara que les dificulta cazar gacelas, que es lo que más les gusta; o de leones que viven en zonas en las que su caza natural escasea, precisamente por culpa de los humanos. En tales casos les resulta más fácil cazar hombre que gacela y terminan por encontrar esta carne deliciosa.

Muchos de estos “asesinos” murieron o permanecen en el anonimato y sólo viven en la memoria de las aldeas que diezmaron. Otros, viejos conocidos de los guardas, están identificados con sus nombres y están escritas sus hazañas.

Como el viejo Namzelieva, que mató a 43 personas cerca de Kasawa, en Zambia.

Como el Infame Charlie, conocido devorador de hombres. León feo donde los hubiere, ya que perdió en combate la mitad de su cola y era de color casi blanco, indigno de un león que se precie. “El León Blanco”, le decían, y de él hablaban con una mezcla de temor y afecto, “con la familiaridad afectuosa con la que algunas personas hablan del diablo”.

Charlie formó sociedad gastronómica con otros dos machos y tomaron apetencia por varias aldeas en la región del Serengeti. Mataron a más de 90 personas hasta que, tras muchos fracasos de los mejores tramperos y cazadores, cayó abatido en una trampa armada.

Como Osama, “acusado” de matar a más de 50 personas en ocho aldeas de la región de Rufiji, en Tanzania.

Como Msoro Monty o como el León de Mfuwe, que tenían su teatro de operaciones, sus comederos humanos, en el valle del rio Luangwa, en Zambia.

Como Los comedores de Hombres de Njombe. Cuentan que esta manada, de 15 ejemplares, ostenta el record de matanzas de humanos. Actuó entre 1932 y 1947 en la región de Njombe, al sur de Tanzania. El responsable de su captura, Goerge Rushby, declaró: “Los famosos devoradores de hombres de Tsavo eran alevines pequeños en comparación con lo que éstos leones resultaron “. Adecuada frase, pues mataron a no menos de 1500 personas. La razón de tal agresividad fue una de las que al principio mencioné: con el objetivo de controlar un brote de peste bovina, el gobierno colonial decidió reducir la cabaña ganadera, tanto doméstica como salvaje. La escasez de sus presas naturales provocó que los felinos dirigieran su instinto predador alimenticio hacia la especie humana.

John Patterson con el primer león de Tsavo

John Patterson con el primer león de Tsavo

Como, y con ellos termino la historia, los Leones de Tsavo. Esta pareja de gatos, feos y casi blancos como el León de Mfuwe, es quizá la que mayor fama ganó, pues  han sido protagonistas de buen número de películas y piezas literarias.

Fueron responsables de la muerte de más de 140 personas, la mayoría collies (de procedencia hindú), que trabajaban en la construcción del puente del ferrocarril de Tsavo, entre Mombasa y Kampala, la Uganda Railway. Aunque pronto fue rebautizada esta línea como The Lunatic Express  (El Tren Lunático, que aún hoy está operativo) debido a los  problemas que tuvieron en su construcción por oposición de las tribus locales, ataques de fieras, enfermedades, etc.  Los obreros que no fueron devorados escaparon en estampida y la construcción hubo de detenerse.

Fueron abatidos finalmente en 1898 por el coronel británico, cazador e ingeniero jefe de la obra, John Henry Patterson y el puente pudo ser acabado en 1899.

El segundo león de Tsavo

El segundo león de Tsavo

Leones asesinos, comedores de hombres…yo creo que son más bien leones justicieros, pues por mucho que se exagere la cifra de sus víctimas, siempre será infinitamente menor que la de leones muertos por el hombre, sea por muerte directa o por invasión de sus hábitats naturales. Los leones poblaban África de norte a sur y de este a oeste. Hoy, en más de diez países la especie se considera extinta y en muchos otros en vías de extinción. De los 200.000 leones que hace tres décadas existían en África central y occidental, apenas quedan hoy 700 en libertad.

En unos cuantos años más, no quedará ningún Rey de la Selva que pueda seguir vengando a su especie.

Comedores de hombres

Comedores de hombres

No cabe para esta entrada mejor canción que WHIMMOWEH (The Lion Sleeps Tonight) compuesta por Solomon Linda en 1939 sobre la base de la canción popular Mbube (León en zulú).

Hay muchas versiones, pero ya conocéis mi lealtad (debilidad) por el gran Pete Seeger. En esta versión, con sus compañeros de juventud: los Weavers. Aguantad esa clase que trata de impartir en los primeros compases y escuchadla hasta el final.

 Near the village,

the peaceful  village

The lion sleeps  tonight

¡Pero, cuidado, dormid con un ojo abierto y mantened una hoguera encendida a la puerta de vuestra cabaña!