HE VUELTO A ROBAR (y 2)

Y fue entonces, como la otra vez, cuando cometí el delito…

El rotulador que llevo habitualmente no es eficaz para impresos autocalcables, de modo que me dirijo a un mostrador en el que hay unos viejos bolígrafos “bic”, de esos transparentes, muy adecuados para el caso. Pero resulta que desde esos mostradores no se ven las pantallas de los números; y no podía asumir el riesgo de que pasara inadvertido mi turno.

Sucedió lo que tenía que suceder. Lo mismo que aquel día de abril de hace dos años, en este mismo lugar…Transcribo lo que entonces escribí pues tanto el acto en sí como los sentimientos que a él me llevaron son casi idénticos en ambas ocasiones.

No quería perder tiempo rellenando impresos...

No quería perder tiempo rellenando impresos…

 “El caso es que no quería perder tiempo rellenando los impresos por si, cosa improbable pero posible, llamaban mi número mientras lo hacía. Los bolígrafos eran BIC sujetos por una cuerda, con un extremo atado a la mesa y el otro al propio boli. La unión del bolígrafo con la cuerda estaba asegurada con vueltas y vueltas y vueltas, y más vueltas, de papel cello.

Decidí que me tenía que llevar el bolígrafo, a toda costa, a la zona de las ventanillas y llenar ahí el impreso. Intenté quitar el cello, pero era imposible ver dónde estaba la última vuelta. No tenía navaja, tijeras,…me dejé media uña del índice derecho tratando de hacerlo por las bravas. No quise utilizar la boca por discreción ¿qué pensaría la gente? Tiré con fuerza de la cuerda pensando que el cello no resistiría un enérgico tirón; me hice daño en la mano. Nada funcionó. Maldije el momento que dejé de fumar. Igual que un clavo saca otro clavo, un BIC (el típico mechero) liberaría a otro BIC (el maldito boli).

Cuando el tiempo transcurrido en mis intentos superaba ya el que hubiera dedicado a cumplimentar el impreso, tarea que aún estaba pendiente, di con la clave. Miré alrededor para asegurarme de que nadie me observaba y, dando la espalda a la sala para camuflar mi indigno comportamiento, partí en dos el BIC; dejé la parte inútil con su cuerda bien atada a la mesa y me dirigí con la parte que pinta, media carcasa de plástico y el tubito de la tinta entero –todo camuflado en mi mano derecha medio cerrada-, a las sillas de espera de la zona de ventanillas. Aún faltaban quince números para el mío, de modo que con toda la tranquilidad del mundo me dediqué al formulario. Mi mano derecha estaba tiznada de azul.”

*La Cola (2) (las pequeñas victorias), 5 de abril de 2011.

Algunos detalles, sin embargo, han sido en esta ocasión diferentes: (a) los puestos eran mesas con cómodas sillas, en lugar de ventanillas; (b) aunque llevaba mechero, pues ahora soy –aunque sólo media docena de pitillos– fumador, preferí no utilizarlo, y (c) partí el plástico del boli con una destreza impecable, sin duda gracias a la experiencia adquirida.

Decidí que me tenía que llevar el bolígrafo...

Decidí que me tenía que llevar el bolígrafo…

A partir de entonces todo transcurrió a la perfección. Me tocó el puesto 48, que ocupaba una señorita guapa y muy simpática. Tan eficaz era que, mientras organizaba el papeleo, tuvimos ocasión, la bella funcionaria y yo, de hablar de lealtades, de amores y de parejas. Parecerá extraño, pero fue a raíz de entregarle el poder de mi mujer. Ella lo lee por encima y me comenta:

–         Tiene que fiarse mucho de usted su mujer; con esto puede hacer usted lo que quiera.

–         Ya, es el típico “poder de ruina”, como lo denominamos los abogados. Nos fiamos mucho uno de otro; como ves, es recíproco, ella puede hacer lo mismo.

–         Pues yo no sé si le daría a mi marido un poder así.

–         Bueno, quizá sea cuestión de tiempo. Tu debes de llevar muy poco tiempo casada.

–         Si, cuatro años.

–         Supongo que le querrás mucho, pero ¿aún no estás segura de él?

–         No sé, nunca se sabe…

Y alrededor de este asunto nos enredamos incluso después de haber finalizado la gestión.

Porque es cierto que hay funcionarios estúpidos, arrogantes, odiosos,…como también los hay inteligentes, humildes, amables

Al fin y al cabo, como sucede en cualquier otra actividad profesional.

Dejé la parte inútil con su cuerda...

Dejé la parte inútil con su cuerda…

Lo que no tiene excusa ni justificación es este estúpido proceso burocrático que aún se mantiene en muchas dependencias de la administración y que hace perder tanto tiempo a quien lo tenga escaso y que provoca tanta ira y tantos nervios a quienes no tengan la templanza que yo tengo; una de mis escasas virtudes.

Hoy no traigo música. En su lugar, colgaré este video que me mandó un amigo, lector asiduo y amable, cuando leyó la entrada de ayer. Refleja, con notable exageración, experiencia parecida a la mía con la funcionaria de la planta de abajo, que ayer relataba.

Véanlo porque no tiene desperdicio. Se darán cuenta, además, que el estereotipo del funcionario odioso no es patrimonio nuestro. Sucede en todas partes; igual que, como antes dije, en todas las profesiones.

Anuncios
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: