HE VUELTO A ROBAR (1)

Si, señores. Lo he vuelto a hacer. Con un par.

Acostumbro a relatar en este blog, en torpe emulación del “Vuelva usted mañana” de Larra, mis paseos por las dependencias de la administración cuando tienen algo de singular, lo que sucede casi siempre.

Así lo hice con ocasión del “Tortuoso Caso del Vespino” y también en las gestiones relatadas en “La Cola” y en “La Cola (2)”, aquí referidas por si quieren pasar un rato entretenido.

Pues bien, he de reconocer que como sucedió en la última de ellas, he vuelto a robar al Estado; es decir, a todos ustedes. No tengo justificación, aunque sí excusa. La misma que tuve entonces.

El móvil ha sido el mismo; el escenario el mismo; el corpus delicti el mismo. Las razones, en fin, las mismas. ¿Quién puede resistirse si, habiéndolo probado una vez, vio que no pasó nada?

Vayamos al relato.

Resulta que hace unos meses cambié mi domicilio en Madrid. Una de las pocas gestiones (de tantas como hay que hacer) que aún tenía pendientes era la modificación del domicilio de un par de ciclomotores y del coche de mi mujer. Como ya me conozco el proceso, el día de autos (nunca mejor dicho) fui directo a la Dirección Provincial de Tráfico provisto de toda la documentación que, pensando en la hipótesis más peligrosa, podían requerirme.

Así que una vez allí, subo a la primera planta. Describiré la escena:

Una cola inmensa, caótica, desordenada...

Una cola inmensa, caótica, desordenada…

Una sala de dos o tres mil metros cuadrados, diáfana. Un par de colas normalitas a la derecha y otra inmensa, caótica, desordenada y atendida por dos funcionarios, a la izquierda. Temiendo lo peor, me dirijo a un mostrador en el que había otros dos funcionarios atendiendo a ¡una sola! persona. Me informan, después de insistir educadamente, de varias cosas:

–         Que “mi cola” es la inmensa.

–         Que no hay máquinas de expender numeritos porque aquí “se funciona de otra forma”.

–         Que el funcionario de “mi cola” sólo tiene función de información, no de resolver gestiones concretas; eso “lo hacen arriba”.

Como en ocasiones anteriores, pues tengo ya dilatada experiencia y tampoco era culpa de mi informador, guardo para mí cualquier comentario y le doy las gracias por su valiosa información.

Los treinta minutos que paso de pie en la cola no tienen historia, con excepción de un gratísimo encuentro con un buen amigo, al que no veía desde hace mucho tiempo y que llena un tercio de mi tiempo de espera.

Ya llega mi turno. La mirada de hiena de la funcionaria parece querer intimidarme. Seré –piensa– su próxima presa.

Sostengo con gallardía su mirada y, con una sonrisa, me acerco a ella. Mantenemos el siguiente diálogo:

–         Buenos días.

–         Dígame.

–         Venía a cambiar el domicilio de unos vehículos.

–         ¿Particulares o de empresa?

–         Uno de ellos de empresa, los otros….

–         Pues tendrá usted que traer la escritura de constitución de la sociedad, su poder…

–         Si, si, lo traigo todo…

–         Y, claro, el NIF con el nuevo domicilio. Ah, y la escritura de traslado de domicilio.

–         Señora, ya le digo que lo traigo todo.

–         Bien, pues entonces…

–         Espere, señora, no me dejó terminar; hay otros dos de personas físicas; mío y de mi mujer.

–         Ah, pues entonces tendrá que traer…

–         Mire señora, siento de veras amargarle la mañana; traigo la documentación de las motos, los empadronamientos, mi carnet, copia legalizada del de mi mujer. Y, por si acaso, un completísimo poder de ella a mi favor ¿es necesario algo más?

–         No, no, disculpe; veo que tiene todo

Es entonces cuando observo con sorpresa lo inesperado: ya con la batalla perdida, su mirada se dulcifica; si antes parecía de hiena, ahora es humana. Una tenue sonrisa adorna ya su rostro.

–        Tenga señor, con este número y estos impresos que debe rellenar suba a la planta de arriba.

La mirada de hiena de la funcionaria...

La mirada de hiena de la funcionaria…

Puesto que ya no me era hostil, no perdí tiempo en contarle lo estúpido que me parece el proceso. Un mostrador en el que hay más funcionarios que “clientes”. Junto a él, una enorme cola de unas cincuenta o setenta personas, atendida por otros dos funcionarios cuyo  único cometido es confirmar que la documentación está correcta y entregar el numerito dichoso.

Sería más lógico, podría haberle dicho, repartir mejor las funciones. Tendría sentido instalar una máquina de expedir números como ya se hace en muchas otras dependencias. Sería más eficiente que los mismos funcionarios que finalmente hacen la gestión sean quienes comprueben la suficiencia de documentación.

Seguramente me habría dado la razón. Y, sin duda, también habría estado de acuerdo conmigo en que ni la lógica ni el sentido común ni la eficiencia son cualidades de las que pueda presumir nuestro obsoleto procedimiento administrativo. 

La “planta de arriba” es otra historia. No hay colas ni aglomeraciones. Unos 70 puestos atienden ordenadamente, por turno, a unas doscientas personas cómodamente sentadas. Unas, ya en el puesto que les ha tocado; el resto, en espera. Yo llevo el 520 y van por el 450, pero hay unos 70 puestos; esto irá rápido.

 Y fue entonces, como la otra vez, cuando cometí el delito…

(pero se lo contaré mañana…)

Una tenue sonrisa adorna ahora su rostro...

Una tenue sonrisa adorna ahora su rostro…

 

 

 

 

 

 

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  1. 22 mayo, 2013 en 6:59 PM

    me muero por saber el final.,por favor el desenlace pronto que me como las uñas

    • 22 mayo, 2013 en 7:28 PM

      Ya lo tienes Sefa. Es una tontería, pero si no nos tomamos con humor estas cosas….
      Besos

  2. S. Guadiana
    1 junio, 2013 en 11:10 PM

    Mmmm!!!, buen entrante….(Hola mi querido amigo)

    Yo, de entrada, te perdono la parte que me corresponde ,como copropietaria del bien robado, no como colaboradora en el robo, claro.

    Leyendo esta entrada he recordado, a la perfección, “el Tortuoso Caso del Vespino” me reí realmente a gusto leyéndolo y releyéndolo en otra ocasión, así que hoy me he puesto en situación sin dificultad.

    No me impresiona la mirada de hiena de la funcionaria, pero su sonrisa/risa asusta al miedo…

    Voy a hacer de “abogada del diablo”, voy a decir en su descargo ( o lo voy a intentar) que esos inicios de “ni me mires que te destrozo” suelen ser escudos adquiridos/aprendidos a fuerza de tragar chaparrones, “entro matando para que no me maten”, pero una vez superada la entrada y sin muertes, afortunadamente, las aguas vuelven a su cauce, se arrincona el escudo y ya se puede ser persona, al menos en parte…

    Lo que no voy a defender, de ninguna manera, es el despropósito de los procedimientos administrativos y los enrevesados trámites que nos vemos obligados a hacer o por los que nos vemos obligados a pasar….

    Por ahora lo dejo aquí, veo mucha producción por tu parte (empiezas a parecer yo, desapariciones, apariciones, enormes apariciones… y vuelta a desaparecer…..)cosa que me alegra y me encanta. Tengo mucho que leer por delante, con lo divorciada que estoy del ordenador………………… pero te leeré encantada de la vida, si no es más tarde, será mañana, así que, volveré….
    Un beso enorme

    Guadiana

    • 4 junio, 2013 en 12:43 AM

      Hola Guadiana!
      Ya te echábamos de menos.
      Yo retrato, a mi modo, mis experiencias por los recovecos de la administración. Solo juzgo actitudes, gestos o miradas, pero nunca personas.
      Es muy posible (es seguro) que sea como tu dices, pero tanto detrás de las ventanillas como en las colas y en cualquier otra actividad u ocupación, hay gente con ganas de jorobar.
      Verás que la de la planta de arriba (en la 2ª parte de la entrada) era (al menos ante mí, en ese momento) un ángel.
      A lo mejor, cuando salían de su trabajo, cada una recuperaba su estado natural de Dr Jeckil o de Mr Hide, según el que hayan mostrado dentro, y se comportaban exactamente al revés.
      Un abrazo fuerte.

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