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EL ÚLTIMO (terrible y extraño) DUELO

Señores, con este lance daré fin a la serie. Les puedo decir que he disfrutado y he aprendido. Espero, también, haberles entretenido. Mi fuente inspiradora, Lances entre Caballeros vuelve a su lugar en la biblioteca.

LANCES ENTRE CABALLEROS (marqués de Cabriñana)

LANCES ENTRE CABALLEROS (marqués de Cabriñana)

Recuerdan que hace días salimos de España para asistir al duelo de los coroneles en Manila (Terrible Duelo en manila) y al de D. Alfonso Aldama en París (Un Duelo de Teatro). Hoy también vamos lejos, hasta la Indochina.

Saigón fue tomada por una expedición franco-española organizada bajo el mando de Rigaud de Genouilly, Jefe de las fuerzas navales francesas en China, que recibió el apoyo de un componente español del ejército de Filipinas, compuesto por 1500 hombres, a las órdenes del coronel Ruiz de Lanzarote.  La conquista de la ciudad tuvo lugar en el año 1859, la época dorada de los Lances de Honor.

Saigón y los franceses son, pues, los protagonistas de este terrible duelo.

LA TOMA DE SAIGÓN(Antoine Morel-Fatio)

LA TOMA DE SAIGÓN
(Antoine Morel-Fatio)

Lo relata un capitán del ejército francés, buen amigo de uno de los combatientes y padrino suyo en el lance. Describe con tal pasión los momentos de angustia que casi transporta al lector al escenario del duelo. Por ser así, daré más protagonismo a la transcripción de algunos textos que a la narrativa de quien esto escribe.

Así inicia su crónica.

“A mi llegada a Saigón hice amistad con un joven oficial muy simpático, el subteniente Enrique de Sertranne, que hubiera sido el más dichoso de los hombres a no servir bajo las inmediatas órdenes del teniente Pommereaux, un empedernido bebedor de ajenjo que tenía a gala exasperar a su subordinado con sus groseras observaciones e inmediatos castigos.”

“De primera fuerza en el manejo de la espada y la pistola, era Pommereaux tan detestado como temido en su regimiento.”

Ya tenemos, pues, las razones de fondo que darán lugar a la causa inmediata del desafío.

Sertranne era paciente y, al contrario que los subordinados que desafiaron a su propio general (El Honor del General), respetuoso con la jerarquía militar. Así pues, esperó el tiempo necesario hasta que, finalmente, fue ascendido a teniente, el mismo grado que su enemigo declarado. Ya no temía ser considerado como un subordinado y juró tomar venganza a la primera insolencia de quien, antes de ser compañero, fuera su jefe.

La ocasión se presentó a no mucho tardar.

“Al día siguiente de su ascenso, Pommereaux se permitió criticar en alta voz de los escándalos ocasionados en el ejército por las escalas abiertas y del vergonzoso favoritismo del gobierno con algunos oficiales.”

La alusión directa al recién ascendido era clara. El odio de éste, acumulado a lo largo de tanto tiempo y tantas ofensas, estalló.

“En cuanto Sertranne tuvo conocimiento de estas frases, buscó a su enemigo, lo encontró y le cruzó la cara a latigazos.”

Pommereaux, sin dejarse dominar por el coraje, le dirigió estas palabras:

–         ¡Tengo la elección de las armas y le mataré a usted!”

 Pommereaux quería acabar rápido y se decidió por su arma predilecta: las pistolas.

Además, en calidad de ofendido “gravemente”, se le concedió el privilegio de elegir modalidad de duelo. Sus padrinos impusieron las siguientes condiciones:

  1. El duelo tendrá lugar a 25 pasos con pistola de combate.
  2. Cada uno de los adversarios irá armado con dos pistolas, una en cada mano.
  3. Se hará fuego a partir de la señal convenida.
  4. A partir de ese momento, dispararán  a voluntad.
  5. Los adversarios tendrán la facultad de avanzar uno contra otro hasta la distancia de cinco pasos.

La condiciones eran leoninas para Sertranne y su padrino trató de modificarlas, incluso amenazando con suspender el lance. Nada consiguió. Su representado se negó a retirarse cualesquiera que fuesen las condiciones impuestas.

CONQUISTA DE SAIGÓN (cuerpo a cuerpo)

CONQUISTA DE SAIGÓN (cuerpo a cuerpo)

Ya en el terreno a la mañana siguiente, se midieron las distancias, se escogieron, sortearon y cargaron las armas, se echaron a suerte los lugares de cada uno… Ya sólo quedaban las oraciones, para quien creyera, y los consejos, para quien los aceptara.

“No te precipites; apunta  a la cintura; tira con suavidad; perfílate bien y no te muevas”, fueron los últimos consejos del padrino de Sertranne.

–         ¿Están ustedes dispuestos?

–         ¡Sí!

–         ¡Adelante!

“Dada la señal, Pommereaux, que estaba muy sobreexcitado y cuyos ojos inyectados en sangre daban a su fisonomía un carácter de ferocidad inusitada, empezó a avanzar con pasos cortos, perfilándose con precaución y dirigiendo la pistola a su adversario.

Sonó una detonación.

Era Sertranne, que había disparado a veinte pasos. Le vi arrojar su pistola para coger con la mano derecha la que tenía en la izquierda.

Una sonrisa burlesca plegó los labios de Pommereaux; no había sido tocado.”

En su turno, Pommereaux disparó y pareció haber acertado en el cuerpo de su rival, que tambaleó ligeramente. No fue así y Sertranne comenzó a marchar de nuevo. La distancia se acortaba al tiempo que las oportunidades para uno y para otro el peligro, aumentaban. A doce pasos, el fallo parece improbable y es él quien tiene el turno del disparo.

Un tercer disparo rompe el silencio; el tiempo, que la tensión del momento había congelado, retoma su ritmo con brusquedad. Todos esperan ver caer a Pommereaux,…pero éste se mantiene erguido, con la sonrisa burlesca y sus ojos inyectados en sangre.

“¡Siento terrible impulso de saltar a la garganta de aquel hombre…, de extrangularle…, de morderle!…

Pero estoy como enclavado en mi puesto por una fuerza desconocida; miro a los demás testigos que parecen también petrificados. Uno de ellos se ha cubierto la cara con las manos para no ver por más tiempo ese terrible espectáculo.”

Ajeno a la angustia de los testigos, Pommereaux, muy seguro de sí mismo pues ya sabe que su riesgo no existe, sigue avanzando lentamente, con pasos menudos, para saborear lentamente la venganza.

Enrique permanece en su lugar. Espera la muerte con dignidad y entereza…, y con una extrema palidez. Sus brazos, cruzados sobre el pecho; ya no perfila su cuerpo ¿para qué?

La angustia del padrino es muy superior al miedo, oculto para todos menos para él, de Sertranne.

“¡No puedo más! Quiero gritarle que se perfile, pero mi voz no sale de la garganta.

Estoy mudo, sin movimiento alguno, como clavado en el suelo.”

Pommereaux, ajeno a todo lo que no sea la venganza, continúa su lento avance. Llega a cinco pasos, casi la boca del cañón tocando el cuerpo de su adversario. Extiende aún más el brazo sin apresurar el disparo. Pasea el cañón de su pistola de la cabeza a los pies de Sertranne que permanece digno, pero lívido.

“¡Tire usted ya, miserable!”, grita una voz indignada.

 “Suena una detonación…la cuarta…”

...RUMBO A SU LUGAR EN LA BIBLIOTECA

…RUMBO A SU LUGAR EN LA BIBLIOTECA

Y Pommereaux cae pesadamente en tierra agitando los brazos, lanza un gemido y permanece inmóvil, con el cráneo destrozado y echando sangre…”

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Nadie podía imaginar tal desenlace. Pommereaux, en un rasgo de nobleza, en un instante de arrepentimiento o en un ataque de locura, que cualquiera de las tres cosas pudo haber sucedido, decidió acabar con su vida respetando la de su enemigo.

Solo los médicos que asistían al combate supusieron que Pommereaux se había vuelto loco repentinamente.

Yo no lo creo. Prefiero seguir pensando que hubo más nobleza que locura.

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