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EL HONOR DEL GENERAL (Duelo del General Seoane)

Cuenta Cabriñana en su libro Lances entre Caballeros un interesante duelo extraído, como muchos otros, de las Memorias Íntimas del General Fernández de Córdova.

Trae su causa este duelo del ambiente de rebelón militar y de la Guardia Real que desembocó en el Motín de La Granja de San Ildefonso. Como consecuencia de estos hechos, la reina Cristina se vio obligada a restablecer la Constitución de 1812 y a nombrar un nuevo gobierno progresista que ella misma había hecho caer con la destitución, pocos meses antes, del Presidente progresista Juan Álvarez Mendizábal y el inmediato nombramiento de Francisco Javier Istúriz (el duelo entre ambos quedó relatado en la reciente entrada Duelo entre Presidentes), hecho que a su vez fue el detonante de las revueltas militares.

EL MOTÍN DE LA GRANJA (los sargentos con la Reina)

EL MOTÍN DE LA GRANJA (los sargentos con la Reina)

El protagonista de este relato es Don Antonio Seoane Hoyos que, a la sazón, era Capitán General de Madrid y poco después Ministro de la Guerra, cargo al que renunció tras haberlo ejercido durante apenas veinte días. Fue también, algunos años después, Presidente del Congreso de los Diputados.

Seoane (Alcalá del Río 1790-Puerto de Santa María 1864) era progresista, como Mendizábal, e íntimo suyo. Como ustedes recordarán, actuó como padrino y testigo en el duelo de éste con Istúriz.

De su señorío da fe el duelo que voy a relatarles. De otras virtudes o defectos suyos, poco sé: me remito al criterio de quienes mejor le conocían:

“Carácter impresionable y en cierto modo fosfórico el del general D. Antonio de Seoane. Hombre pundonoroso, leal, consecuente, de gran corazón pero de limitadas facultades mentales, capaz de actos heroicos pero desprovisto del conjunto de dotes que requiere el puesto de general en jefe, principalmente en épocas de guerra civil”
(Historia general de España, de Modesto Lafuente y Juan Varela)

Puestos debidamente los antecedentes históricos y personales vayamos al lance, para cuyos detalles me basaré, como no, en Cabriñana y Córdova. Dio el asunto mucho que hablar en Madrid y en todas partes de España. Las razones, los detalles y los protagonistas no eran para menos. Vamos a ellos.

El diálogo entre los sargentos amotinados y la Reina Cristina.

El diálogo entre los sargentos amotinados y la Reina Cristina.

Como quedó dicho, Seoane era el Capitán General de Madrid y Diputado a Cortes cuando sucedieron los hechos. He aquí la causa:

“En una discusión acalorada que se trabó en el Congreso con motivo de si la Guardia estaba bien asistida y si tenía o no cada oficial un cinto de onzas, como había asegurado Mendizábal en otra sesión, y refiriéndose a la conducta política de los Regimientos de la Guardia, dijo Seoane que sus oficiales merecían cada uno arrastrar un grillete; que se habían conducido cobardemente y como genízaros en Pozuelo de Aravaca, negándose a marchar con su brigada que mandaba Van-Halen, ínterin no dejaran sus puestos los Ministros de la Corona.” 

Esta pública y osada declaración de Seoane, Capitán General, soliviantó a la oficialidad a sus órdenes. Ya sabemos que, cuando de ofensas se trata, no sirven jerarquías. Y a pesar de estar muchos de ellos convalecientes “curándose de sus enfermedades y heridas” recibidas en combates recientes, una treintena de oficiales se comisionaron para desafiar al general y nombraron a tres compañeros, previamente sorteados de entre ellos, para batirse con el General.

Tocó la suerte a al General Manzano, a Castro y otro de nombre no recordado. “En el café de Lorenzini se sorteó el primero que debía batirse con el general, resultando éste ser el General Manzano. Nombraron padrino al General Fernández de Córdova.

Seoane aceptó el reto, nombrando para sus padrinos al brigadier Infante y al Comandante de la Milicia Nacional de Bilbao, coronel Arana

Así pues, el desafío estaba lanzado y aceptado. Faltaba establecer las condiciones.

El título de este escrito alude al honor del General. Y lo demostró éste con creces, como se verá, y no sólo por aceptar batirse en duelo con tres adversarios, uno tras otro.

Seoane gozaba de fama de consumado tirador y fueron precisamente sus padrinos quienes propusieron la pistola como arma en el duelo. Pero aquél no quería ventaja, así que el lance se estableció de manera que fuera la suerte de uno la que determinara la muy probable muerte del otro.

Se decidió la distancia de cinco pasos...

Se decidió la distancia de cinco pasos…

Se decidió una distancia de cinco pasos (¡cinco pasos para pistola!) a fin de dar opción a Manzano, el menos avezado a pistola. Pero, además, convinieron en que solo una (¡solo una!) pistola se cargara. Los dos dispararían al tiempo, al pronunciar el número tres, pero tan sólo una pistola escupiría la mortal bala.

“Tales eran las sencillas pero terribles condiciones que debían igualar la suerte, conocida la desventaja de Manzano a la pistola respecto de Seoane. Los amigos del General debían llevar las suyas y yo las mías, que eran inglesas y de combate. Llegamos al terreno (fuera de la Puerta de Hierro, camino de El Pardo). Ninguno de los desafiados daba la menor señal de flaqueza. Resolviose en el campo, por los cuatro padrinos, que se cargara con mis pistolas, pero cargadas con la pólvora perteneciente a los cartuchos de la caja del General, por ser de Robert.”
“Cargadas las pistolas, una de ellas sin bala, colocáronse detrás de un matorral. Por haber ejecutado yo aquella operación (se refiere Córdova a la carga), no permití que fuera Manzano quien primero eligiese, como lo pretendía Seoane, que insistió mucho en ser el que tomara la pistola que su contrario le abandonara.”

Ya todo estaba como debía estar. Pero aún tuvo tiempo el General para dar prueba de su honor, como relata el padrino de su adversario:

“Me llamó el General a su lado y llevándome algo distante, y con voz entera que el peligro no hacía temblar, me dijo:
“- Córdova, si Manzano me mata, será probablemente asesinado esta noche por los patriotas de Madrid. Yo debo evitarlo. Tome usted este pasaporte con el cual podrá circular por todas partes y llegar al ejército y a su regimiento. Con esta carta –añadió- mi criado le entregará uno de mis caballos, y he aquí, además, este bolsillo…contiene 25 onzas, de que habrá menester el subalterno para salvarse.”

Córdova, conmovido por el rasgo de caballerosidad de Seoane, aceptó el pasaporte, pero no así el dinero ni el caballo: “Si Manzano no lo tiene (el dinero) se lo daremos sus compañeros; si necesita caballo, yo pondré a su disposición el mío; pero todos agradecemos, incluso Manzano, los generosos propósitos de usted.”

GENERAL FERNÁNDEZ DE CÓRDOVA

GENERAL FERNÁNDEZ DE CÓRDOVA

Ya no quedaban palabras que decir. Era el turno de que las pistolas hablaran.

“A la voz de uno, que yo di, Manzano apunto al cuerpo del General, y este lo mantuvo inmóvil. A la voz de dos, Manzano permaneció inmóvil, pero siempre apuntando. Seoane lo hizo a la cabeza de su contrario.”
“A la voz de tres no se oyó más que una sola detonación de las dos pistolas, y Seoane cayó al suelo desplomado. Todos le creímos muerto. No fue así, por fortuna. La pólvora fulminante estaba descompuesta y había perdido la mayor parte de su fuerza. La bala no tuvo la necesaria para penetrar en el cuerpo, pero sí la suficiente para fractura una costilla y doblar la otra sobre el hígado. El primer dolor fue atroz, pero Seoane se repuso pronto y se levantó; quería seguir el combate y que se cargaran otra vez las pistolas.”

Tanto Córdova como los demás padrinos insistieron con energía en detener el combate. Seoane, no obstante, declaró en seguida que se ratificaba en lo dicho en las Cortes y Manzano, consecuente, que no consentía el ultraje y que continuarían, en otro momento, batiéndose.

El General anduvo semanas entre la vida y la muerte. Sus adversarios “iban diariamente a interesarse por la salud del General y a preguntar cuándo ésta le permitiría asistir al duelo aplazado”.

Tan memorable combate –y las circunstancias que lo rodearon– traspasó el ámbito personal y el inmediato de amigos, para afirmar con mayor énfasis las posiciones políticas de los moderados, en favor de Manzano y de los progresistas “con mucha energía y efervescencia”, en favor de Seoane. La cuestión de honor se convirtió en cuestión de partidos.

Era menester, pensó Córdova, terminar con dignidad, y sin desórdenes ni muertes, este asunto. Y así, reunió a los oficiales de la guardia y les expuso:

“La afrenta está lavada. El General y el representante de ustedes han expuesto igualmente sus vidas, y aquél ha estado y continúa en peligro de muerte ¿Qué otra reparación ha de buscarse? Si continúan ustedes pretendiendo batirse todos contra uno, las condiciones dejarán de ser iguales y dignas, por lo tanto, de caballeros, puesto que cada uno de ustedes se arriesgará una vez sola y, el General, tantas veces como oficiales de la Guardia residen en Madrid.”

Córdova habló del honor de quien él no representaba. Nadie osó añadir una paraba más que no fuera de asentimiento.

Excepto el General Seoane, que seguía afirmando que él estaba dispuesto sólo contra todos. Aunque finalmente, “ante la conducta delicada de sus adversarios, acabó por retirar cuantas palabras ofensivas había pronunciado en su discurso.”

Y así terminó aquel lance en el que, ante todo, venció el Honor y la Gallardía de un General que:

“…investido con una de las representaciones más altas del Estado, dio muestra tan sublime de lealtad caballeresca con su adversario, y no vaciló en deponer por un instante su carácter, su autoridad y su jerarquía para acudir al Terreno del Honor—“

La mejor música para el Honor, es el Silencio.

Es ardid de Caballeros, cevallos para vencellos.

Es ardid de Caballeros, cevallos para vencellos.

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