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DOS DUELOS SINGULARES (Espronceda y Narváez)

Estos dos duelos que hoy traigo tuvieron poca transcendencia, a no ser por la personalidad del desafiante, en el primer caso, y lo peculiar del motivo y del escenario, en el segundo,

JOSÉ ESPRONCEDA

JOSÉ ESPRONCEDA

Espronceda fue uno de los más reconocidos poetas del romanticismo. Nació poco antes de los levantamientos del dos de mayo y murió muy joven, a los 39 años, casi en los preparativos de su boda. Fue, también, periodista y político liberal. Y, como casi todos los duelistas, hombre de honor, pendenciero y valiente.

Pues resulta que allá por el año 1837, el periodista D. Andrés Borrego, moderado, escribe un artículo que, sin ser demasiado agresivo, ofende a Luis González Brabo, diputado por Cádiz y militante del partido progresista. También fue Brabo, cómo no, Presidente del Consejo de Ministros desde el 5 de diciembre de 1843 a 5 de mayo de 1844 gracias al apoyo de Ramón Narváez, Duque de Valencia, que le sucedió en el cargo durante el siguiente trienio.

Ya conocemos cómo se tomaban estas cosas en aquella época. A cuenta del dichoso artículo, Brabo desafía a duelo a Borrego. Éste, sin cruzar ni dos palabras más, pide a quien había de ser su representante, el coronel de caballería D. Juan de la Pezuela, conde de Cheste, que haga lo que deba.

Bravo toma como testigos a D. José Espronceda y al Conde de la Navas, a quien ya conocemos de anteriores duelos. De este último dice el General Córdova que era “hombre muy irascible y de carácter violento”.

LUIS GONZALEZ BRABO

LUIS GONZALEZ BRABO

Los testigos de Brabo marcan las condiciones del duelo, “que son aceptadas por los de Borrego con marcada repugnancia”, pues debían de ser muy ventajosas para aquél: pistola, apuntar, avanzar y disparar “hasta que unos de los dos quedara fuera de combate”.

El duelo no tuvo historia, ya que hubo de suspenderse porque una de las pistolas estaba inutilizada (es el primer caso que nos encontramos, puesto que las pistolas de otros duelos, ya fueran de Hormaechea como en el duelo del Duque y del Infante o de Borrego, como en el de Mendizábal con Istúriz, estaban bien a punto). Brabo, haciendo poco honor a su nombre, declara el duelo terminado y rehúsa nuevo combate.

Pero, señores, aquí no acaba la historia. Espronceda, el protagonista en la sombra, aún no ha dicho “esta boca es mía”.

JUAN DE LA PEZUELA

JUAN DE LA PEZUELA

Al rehusar Brabo continuar el combate, es la representación de su adversario, D. Juan de la Pezuela, quien se arroga el derecho de dar publicidad al asunto. Relata éste lo ocurrido en una carta

“…en términos que Espronceda consideró ofensivos para la representación que ostentaba”.

Y, ni corto ni perezoso,

“Exige con violencia una reparación por las armas a Pezuela y aceptado por éste el nuevo reto, concertaron inmediatamente un duelo a sable, del que fue testigo único el general Ros de Olano.”

¿Ven que fáciles son las cosas cuando las ganas no faltan? el duelo original entre Borrego y Barbo, apenas iniciado y no culminado, da lugar a un nuevo reto entre sus testigos.

“El encuentro tuvo lugar detrás de las tapias del cementerio de San Martín., y Espronceda recibió una fuerte contusión en el dedo pulgar de la mano derecha”.

Los intentos de Ros de Olano por dar por concluido el lance se enfrentaron con la firmeza y las ganas de pelea de Espronceda, que:

“Excitado por su herida, desoyó los ruegos del único testigo y juez de campo, y avanzando con inusitada furia, llegó a arrinconar a su adversario, que no podía romper más, adosado, como estaba, a las tapias del cementerio.
Pezuela tenía mayor dominio del sable que el Espronceda; quería a éste como un hermano, y trataba de contenerle sin herirle nuevamente; pero el furioso poeta seguía arremetiéndole, sin escuchar las voces de Ros de Olano. Y, entonces, su adversario le descargó una tremenda cuchillada, que dio con él en tierra, rompiéndole una clavícula.”

Aquí termina el combate, que por unos minutos interrumpió la amistad que se profesaban Pezuela y Espronceda, ambos hombres de letras y compañeros en la tertulia del Café del Príncipe, mejor conocido como El Parnasillo, que aún hoy existe Su amistad se consolidó tras el combate.

EL PARNASILLO, EN 1836

EL PARNASILLO, EN 1836

Antes mencioné al padrino, no de duelo sino político, de González Brabo. El general Narvaez, Duque de Valencia que, como ya dije fue también Presidente del Gobierno entre 1844 y 1846 y en otras seis ocasiones, después de esta. El cargo de Presidente del Gobierno en aquella época tenía, como tuve ocasión de mencionar en Duelo entre Presidentes, poca seriedad.

Él será el protagonista del siguiente reto que, aunque tampoco se consumó, tuvo extraordinaria singularidad tanto por sus protagonistas como por los motivos. Resulta que el General Narváez mantenía relaciones sentimentales, que más tarde se consolidaron en matrimonio, con la bella Marie Alexandrine, hija de los Condes de Tascher de la Pagérie.

Estando Narváez un día de 1942 cenando en casa de sus futuros suegros, en compañía de otros invitados de renombre, tornó la conversación en asuntos relativos a la guerra con los franceses y, más en concreto, a las batallas en que había participado Narváez a las órdenes de Mina.

Algo, cualquier tontería –que ya conocemos la sensibilidad de estos señores– de un comentario de uno de los coroneles franceses, debió de molestar a Narváez que, a pesar de estar en plena cena, invitado en una casa que, además, es la de sus suegros, y en presencia de su novia, se levantó iracundo olvidando sus modales y el lugar en que se encontraba y, con voces destempladas, estalló:

“Yo me c…en usted,… y en todos los franceses, …y en el ejército francés, …y en Luis Felipe,…y en Francia,…”

No es posible dice el relator, testigo de la situación, describir la estupefacción y la sorpresa de todos los que presenciaban la escena.

“La prometida de Narváez se desmayó; los franceses se levantaron de la mesa y la comida se dio por terminada. El coronel francés designó a sus padrinos y Narváez nombró para representarle a Córdova y a Escosura, que aceptaron la representación con la condición de que su apadrinado retirase previamente todas las frases injuriosas para los franceses, con excepción del coronel.”

La labor de los padrinos fue en este caso conciliadora. No como en el duelo de Montpensier y D. Enrique, en el que pedían sangre ni como en el duelo de Borrego y Brabo, en el que se retaron y se batieron ellos mismos.

En esta ocasión, y una vez se evaporaron los efluvios del alcohol ingerido, las actitudes se calmaron y, en vez de duelo, hubo boda.

GENERAL D. RAMÓN DE NARVÁEZ

GENERAL D. RAMÓN DE NARVÁEZ

Ya estoy harto de buscar música de duelos. Como hemos hablado de las guerras con los franceses, a Narváez le habría gustado cantarle al coronel francés esta Copla de Arapiles, que recuerda con cierta chirigota la paliza que le dieron los aliados, madados por Lord Wellington (Velintón en la copla), a los gabachos de Marmont  en la batalla de Los Arapiles, Salamanca.. Las imágenes del video youtube son espléndidas.

Velintón en Arapiles

a Marmont y sus marciales,

para comer les dispuso

un buen pisto de tomate.

Y tanto les dio

que los fastidió,

y a contarlo fueron

a Napoleón.

¡Viva Velintón!

¡Viva, viva el lord Velintón!

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