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LOS 4 LANCES DEL GENERAL BRAVUCÓN

Para ciertas personas, la vanidad herida aunque sea levemente, necesita una muerte para sanar.

Este relato, verídico, muestra el engreimiento y la bravuconería de un joven aristócrata militar, que arriesgó su vida y la de otros por un desplante sin importancia que él consideró insoportable agravio. Cuando sucedían los hechos relatados, el militar era aún joven y ciertamente inmaduro. Lo malo es que sus vicios pendencieros y bravucones le acompañaron de por vida, incluso cuando tuvo mando e influencia como Teniente General, Ministro de la Guerra y (muy efímero) Presidente del Gobierno.

Fernando Fz. de Córdova. El tiempo del orgullo

Fernando Fz. de Córdova. El tiempo del orgullo

El Teniente General D. Fernando Fernández de Córdova no sólo actuaba como padrino en duelos (lo fue, entre otros, del Duque de Montpensier en el duelo que he relatado estos días). Fue también, en su juventud, frecuente duelista, provocador, pendenciero y valiente.

Cabriñana transcribe en LANCES ENTRE CABALLEROS alguna de las aventuras de Córdova, por él mismo relatadas en sus Memoria Intimas. Entre la “multitud de desafíos notables” que el general relata, el que describo hoy parece notable de verdad.

En aquella época la insumisión o rebelión fiscal tenía una respuesta del gobierno más eficaz y mucho más dolorosa que hoy. No había inspectores de hacienda que, enviados por el Montoro de turno (al que algunos llaman felón y por nadie es deseado), iniciaran expedientes y discusiones borocráticas sobre la procedencia de pagar y, en su caso, de la cuantía del pago.

El sistema, entonces, era mucho más expeditivo. Otro Felón, el Deseado Fernando VII, solía a sus “inspectores” en formación armada, que usaban armas más amenazantes que los ordenadores de hoy. Es con ocasión de una de estas “inspecciones tributarias” cuando se inicia la aventura.

“En el año 1827, promoviéronse en Zaragoza algunos alborotos, con motivo de negarse el pueblo a pagar el diezmo sobre todos los artículos de la producción de las huertas. Mi regimiento fue destinado a sofocar aquel espíritu revolucionario y marchamos a jornadas forzosas deseosos, como jóvenes, de encontrar seria y tenaz lucha para tener ocasión de guerrear.”

Ya se observa aquí, en el inicio de su relato, el “ardor guerrero” de Don Fernando, que prefería encontrar tenaz resistencia  –y, eventualmente, tener la posibilidad de matar a unos cuantos hortelanos– a cumplir pacíficamente el mandato del rey: volver con los diezmos cobrados o la promesa de hacerlo.

Ni una ni otra cosa sucedió. Ni espadas desenvainadas –excepto lo que luego se verá– ni diezmos cobrados.

“Pero en vez de resistencia, fuimos recibidos por el pueblo con demostraciones de afecto, y por la aristocracia del país con bailes y fiestas en las casas de campo y en la ciudad. La oficialidad de la guardia tenía la ventaja de estar mucha parte de ella ligada en parentesco con la nobleza del país.”

El caso es que se desistió de la acción armada y quedó ésta sustituida por bailes, fiestas y teatros. Pero el general, entonces sólo comandante, no quería que un estúpido buen ambiente diera al traste con sus ganas de sangre. Que alguien pudiera dudar de su hombría acusándole de haberse ablandado en una acción militar, pues esta lo era aunque no con ocasión de guerra, no era tolerable. Y así, buscó una excusa para trocar en grave ofensa lo que no fue nada más que una ligera desavenencia de compañeros de inferior grado.

“Un lance muy serio tuve a poco, que me sirvió de enseñanza para desconfiar siempre de lo que algunos llaman espíritu de cuerpo y de compañerismo, cuando se trata de arrostrar cuestiones y peligros a nombre de la generalidad.”

Cuando se habla de traicionar el espíritu de cuerpo y el compañerismo, sobre todo con ocasión de situaciones peligrosas, uno piensa inmediatamente en la deserción, en la traición. En la deslealtad, en fin, que motivada por la cobardía pone en peligro la vida del compañero. Esto es lo que me sugirió la lectura de esta confesión.

Pero seguí leyendo. Sigan también ustedes.

¿Cuál pudo ser la razón de tamaña deslealtad de compañeros de armas?

Escena de Il Barbiere di Siviglia

Escena de Il Barbiere di Siviglia

El regimiento, envuelto amablemente en ese ambiente festivo y de relación social, solía acudir cada día al teatro por cortesía del empresario, ya que en esos días no registraba llenos. Pero sucedió que aquella noche estaba prevista la presentación de una ópera de Gioacchino Rossini, compositor ya de moda en esa época.

“Acudía la oficialidad al teatro…La empresa había hecho ensayar la ópera Il Barbiere di Siviglia, traducida al español, formándose la orquesta con la mayor parte de la música del regimiento.”

Pero sucedió que el avispado empresario, previendo que en esa noche de la primera representación vendería todas las localidades, dispuso también de las que habitualmente ocupaba –gratis et amore- la oficialidad del regimiento. El bravo comandante entra en cólera ante tamaña ofensa, y así nos lo cuenta:

“Aquella inconsecuente resolución nos incomodó a todos, y el mismo día, en el campo de maniobras, convinimos en que ninguno pondría los pies en el teatro si no se nos daba satisfacción cumplida. Resolvimos además que la música, que pagábamos los oficiales, dejara de formar parte de la orquesta, con lo cual la ópera no podría ejecutarse.

En esta última parte intervino el coronel Ezpeleta, mandando que los músicos cumplieran con su empeño y por tanto con el público, lo cual, como era natural, aumentó nuestro descontento.”

(Hago notar que la actitud del coronel Ezpeleta no suponía desobediencia ni insumisión pues era él quien mandaba el regimiento. Córdova era a la sazón comandante y tenía tan sólo 18 años. Ascendió posteriormente a teniente coronel a la tempranísima edad de 21 años).

A pesar de la decisión del coronel respecto a la banda, “quedó en pie la resolución, sin embargo, de no ir a la representación, la que fue transmitida tanto al coronel como a los demás jefes.”

Pero en la noche del estreno Córdova ve con gran enfado, pero con un atisbo de felicidad porque ve ocasión de bronca, que no todos cumplen la resolución.

“Estábamos ya los oficiales reunidos en el café y empezaba la función en el teatro, cuando se nos dio conocimiento de que en él y en las lunetas (butacas), se hallaban algunos oficiales de la guardia que sin duda habían podido obtener billete por gestiones más particulares y activas. Semejante noticia exasperó a todos.”

Tras la “ofensa del empresario”, y el posterior “aumento del descontento” por la actitud del coronel, llega ahora, la “exasperación” por la deslealtad de unos oficiales. Esto no puede quedar así.

Córdova es comisionado por el resto para dar a conocer a los oficiales asistentes la resolución adoptada y para “intimarles su inmediata salida del teatro”.  De los siete que había, cuatro le hicieron caso; los otros tres se llamaron a andana “conformándose con las consecuencias, que yo les di a conocer para la mañana siguiente, después de la lista de policía.”

Lámina del duelo (del libro Lances entre Caballeros)

Lámina del duelo (del libro Lances entre Caballeros)

Adivinen las consecuencias de tamaña osadía: desafío a duelo.

“No hay plazo que no se cumpla, y aquel era muy corto para que no llegara más pronto de lo que yo deseara. Los demás oficiales habíanme dejado con tres desafíos y mis tres adversarios estaban en sus puestos a la mañana siguiente.

Todos teníamos nuestros padrinos, y en un olivar inmediato al castillo empecé el combate con un teniente de mi compañía llamado D. Félix Ichazo….hombre recio, de mala intención, valeroso y terco de carácter.”

El combate se va inclinando a favor de Córdova, lo que hace que el padrino de Ichazo trate de envalentonar a este con gritos de ánimo.

No le gustó esta actitud a nuestro guerrero, que decide –mientras con el otro se batedesafiar para luego al padrino “para ver si conservaría tales ánimos cuando estuviera delante de una espada.”

Finalmente abate a Ichazo: “…mas conseguí al cabo asestarle una en la cabeza que le obligó a sentarse…Otra le alcancé sobre el hombro derecho, de la cual el navarro no se dio siquiera por entendido; mas la tercera, que cruzó en la cabeza con la primitiva, hízole caer en tierra”. No dice si le arrebató la vida, puesto que visto queda que el duelo no era a primera sangre.

De los demás, no da demasiado detalle.

“Ante aquel desenlace todo lo demás encerraba escasa importancia. A un teniente le di una cuchillada en el brazo; otra más ligera en la pierna derecha a un alférez.”

Y ¿qué pasó con el cuarto, con el padrino de Ichazo?

“Faltaba, para concluir, el que fue padrino de Ichazo, y no hubo género alguno de satisfacciones que no me diera. Era aquel oficial muy obeso y presentaba un gran volumen, sobre el cual hubiera tenido yo blanco sobrado para ejercitar mi sable, que en verdad manejaba entonces con mucha destreza.”

El recibimiento de su familia en Madrid fue de héroe. La manera en que lo describe no deja lugar a dudas de su carácter bélico y de la manera tan pedante, soberbia y estúpida de justificar el duelo.

“En Madrid, mis hermanos D. José y D. Luis recibiéronme con agasajos y cariño, pues parecióles un hecho extraordinario que yo hubiera tenido en el mismo día cuatro lances. Era este el espíritu de la época, y celebraron ellos que yo siguiera sus propias huellas, entendiendo que para sostener el nombre a gran altura no había mejor camino que el de los duelos, a falta de una guerra en que tomar parte. Cosas del tiempo viejo, en verdad ya en desuso para la sociedad presente.”

 Así era este militar que llegó al grado de Teniente General a los 39 años, fue ministro de la guerra y también, a sus 45 años y aunque sólo por tres días, Presidente del Consejo de Ministros de España.

El tiempo de la decadencia

El tiempo de la decadencia

Como sucede con todo el que es esclavo de su altanería y su soberbia, fue débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Era detestado por las tropas a sus órdenes, a las que maltrataba. Al menos, sinceridad no le faltaba si damos crédito (cómo no darlo) a un suceso que él mismo relata en sus memorias. Nada más recibir el mando en Vitoria, al ver que uno de sus soldados no saludaba como debía a un teniente:

«…mandé en el acto al batallón poner armas al hombro y haciendo salir al granadero veinte pasos al frente, hícele despojar de sus armas y equipo y aplicar sesenta palos por cuatro cabos de la compañía al toque de fagina. Ejecutado con rigor el castigo y casi exánime el granadero, lo mandé conducir al hospital».

Dios mío, en qué manos estaba España.

Música sobre estúpidos hay mucha, pero no suele ser buena. De manera que traeré otra que tenga, aun muy tangencialmente, algo que ver con este asunto.

Lindoro era noble, como lo era el general bravucón. Pero al contrario que él, no era vanidoso. Muy al contrario. Enamorado de Rosina, aspiraba a lograr su amor por él mismo, ocultando su verdadera personalidad, que no era otra que Conde Almaviva.

Rosina sí era, en cambio, de armas tomar; si no de espada, sí de carácter. Así canta en su aria:

Pero si me tocan

en mi punto flaco

seré una víbora, lo seré,

y de cien trampas

me serviré

antes de ceder.

Les dejo con Una Voce Poco Fa, del Aria de Rosina (El Barbero de Sevilla, Rossini). Con María Callas, en vivo, en una versión algo antigua pero muy bien interpretada.

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  1. 14 marzo, 2013 en 7:52 PM

    lo que aprendo y encima escuchando la musica que mas me gusta.¡

    • 19 marzo, 2013 en 4:56 PM

      Gracias Sefa, me alegra mucho que te guste la música.
      Pero, más aún, que aprendas de quien aprendió.
      besos

  2. andreas guadalupe
    17 marzo, 2013 en 2:36 PM

    Hola Jaime, dado que estoy muy resfriada, he aprovechado para ponerme al día en tu blog (qué alegría volver a ver tanta actividad). Todos los relatos históricos me encantan y divierten: personajes del perído isabelino, revolución gloriosa y posterior restauración me resultan familiares…..he trabajado mucho sobre ellos estos meses pasados: duelos, pronunciamientos, honor y disquisiciones liberales, frente a presiones carlistas, que, para bien o para mal, construyeron la historia de España. Un secreto, de todos los mencionados, mi favorito es Prim. Un beso y gracias por continuar con el blog. Aprendo y disfruto.

    • 19 marzo, 2013 en 5:35 PM

      HOOOOOLAAAAA, Guadalupe.
      Qué alegría verte por aquí. A ver si te dura el resfriado y te quedas una temporada.
      Me alegra que te gusten estos relatos…y me da miedo que seas una experta y detectes errores históricos.
      Escribiré algo más sobre duelos, hasta que saque el jugo a “Lances Entre Caballeros”. Hay una cosa que me anima: a mi padre le hubiera encantado leerlos.
      Un beso muy fuerte.

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