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DUELO ENTRE EL DUQUE Y EL INFANTE (el desenlace)

Con la puntualidad de quien sabe que tiene que resolver un asunto de vida o muerte, y nunca mejor dicho, los contendientes y sus padrinos, testigos y facultativos, “Siendo las diez del día, se presentaron en el ex portazgo de las ventas de Alcorcón el Sr. Infante D. Enrique de Borbón y el Sr. Duque de Montpensier, acompañados de los infrascritos y de los doctores D. José Sumsi y D. Luis Leira.”

Recordemos que los duelos estaban legalmente prohibidos, aunque socialmente permitidos cuando no alentados. Muy especialmente entre las clases altas –los contendientes, por ejemplo– y la milicia, a cuyo más alto estamento pertenecían varios de los padrinos. Por eso, que junto al lugar del duelo existiera una Escuela de Tiro militar, no les preocupó lo más mínimo. Al contrario, lo utilizaron como coartada.

“Acto continuo se dirigieron todos los referidos a la Escuela de Tiro de la Dehesa de los Carabancheles, y obtenida la licencia del Sr. Comandante jefe de aquel puesto militar para probar unas pistolas, se eligió un lugar próximo al blanco de los tiros de cañon”.

En el lugar, dos padrinos miden la distancia de nueve metros. Paréceles a todos que la distancia queda corta y, de consuno, deciden alargarla en un metro: “En cuya virtud se midió y rayó a uno y otro extremo la distancia de diez metros, fijándola además con dos piquetes”.

La suerte en el orden de los disparos favoreció a D. Enrique. La suerte en el orden de elección de puesto sonrió a D. Enrique. Tal parecía que la diosa fortuna iba a sonreírle durante todo aquel día.

Cuando el duelo estaba a punto de comenzar, el Sr. Coronel don Felipe de Solís y Campuzano, advierte sobre la existencia de un cierto desnivel en el terreno que podría perjudicar al Sr. Duque, su pupilo: “…pero haciéndosele observar por todos los demás compañeros de una y otra parte que todo aquel terreno era accidentado; que aquella línea era la más regular que podía escogerse, y que preveyendo (sic) dicho inconveniente se había acordado en la noche anterior que decidiera la suerte, el Sr. Solís retiró su reclamación.”

Ya los duelistas están, en sus puestos respectivos. Ya nada parece que pueda impedir el duelo. Las armas se cargan con intervención de una y otra parte y, en el sorteo para la elección de pistola, “correspondió este derecho al Sr. Infante D. Enrique.”

Tres de tres. Los tres azares del reglamento acordado en la noche anterior sonríen al infante. Ya no hay nada más que hablar; comienza el duelo:

Comienza el duelo.

Comienza el duelo.

“Entregadas a dicho señor y al Sr. Duque de Montpensier sus armas respectivas, se dio la voz de “atención”, y perteneciendo al Sr. D. Enrique disparar primero, hizo fuego sin resultado, y respondió con su disparo el Sr. Duque con igual suceso”.

El primer asalto resulta, pues, nulo y sin sangre. Hay que proseguir.

Los padrinos debaten en ese momento sobre la “condición establecida núm. 2º”, esto es, la de acortar en un metro la distancia si en el primer turno de disparos no había resultado. Acordaron no hacerlo.

Segunda regla alterada, si bien por unanimidad de los redactores y tras oportuno debate.

“Disparó por segunda vez el Sr. Infante sin que ocurriera novedad.”

“Hizo su disparo el Sr. Duque, y la bala, dando entre la caja y la llave de la pistola de su adversario, se partió en dos: media quedó incrustada entre los muelles, y la otra mitad, chocando en la levita por encima de la clavícula derecha, rompió el paño sin penetrar en el chaleco. Reconocido el Sr. Infante por los facultativos, y preguntado…si sentía alguna molestia en el punto o alguna dificultad que le estorbase, contestó negativamente repetidas veces.”

El segundo asalto, ganado a los puntos por el Sr. Duque.

Aunque el combate no debería acabar hasta “resultar herida”, según la condición sexta, el General Alaminos (uno de los padrinos del Duque) se acerca al Sr. Rubio para plantearle “si aquel accidente no sería bastante a dejar en lugar honroso a las partes, sin ser necesario que continuase el duelo”.

¡Qué cerca estuvieron de salvar una vida!

El Sr. Rubio acepta la propuesta, que plantean al resto de la representación. Después de discutirla “con el mejor ánimo”, concluyen unánimemente que la condición número 6, que requiere sangre, ha de ser literalmente cumplida. Hago notar que, tras vulnerar los padrinos dos de sus propias reglas, deciden que la más importante, la que decide que haya o no haya un muerto, ha de ser literalmente respetada. Aducen para ello no cuestiones de humanidad, sino de publicidad y de “decoro” de los propios combatientes. En esto sí demostraron los nobles padrinos ser buitres sedientos de sangre.

Y, así, “…dada la publicidad del caso, el carácter de las personas, el hecho de haberse alterado ya benignamente las dos condiciones más duras del combate y lo ocasionados que son estos sucesos a ser materia de prolongadas interpretaciones que dejan peor parado el decoro de los combatientes, aun habiendo sufrido todos los peligros del duelo, se acordó por unanimidad que continuase.”

Y continuó, vaya si continuó.

“Hizo su tercer disparo el Infante D, Enrique, sin resultado.”

“Disparó en su turno el Sr. Duque y cayó en tierra el Infante D. Enrique.”

...y el infante cayó al suelo.

…y el infante cayó al suelo.

 “Reconocido por los doctores Sumbi, Leira y Rubio, resultó tener una herida penetrante en la región temporal derecha; las arterias temporales estaban rotas; la masa cerebral, perforada; la vida de relación y de sensibilidad, abolida; la respiración, estertorosa.”

El resto, ya poco importa; tan sólo, las formalidades “legales”.

“Acompañado por testigos de una y otra parte hasta que vino una camilla que, recogiéndolo, llevó el cuerpo del Sr. Infante al próximo campamento, se convocaron los infrascritos para la sesión presente, y acordaron levantar este acta en cumplimiento de la ley y de los usos y costumbres de los Lances de Honor, disponiendo además se escriban en el número necesario para entragar una a los herederos del Infante D. Enrique de Borbón, otra al Sr. Duque de Montpensier, una a cada testigo y otra para que el Sr. Teniente General D. Fernando Fernandez de Córdova se encargue de depositarla en tiempo oportuno en alguno de los establecimientos públicos encargado de la custodia de papeles.”

Siguen las firmas de los presentes:

Firmas de las Actas del duelo

Firmas de las Actas del duelo

Así reparaban estos salvajes, que se decían nobles y se creían educados, ciertas desavenencias que no debieran haber llegado, en el peor de los casos, a la enemistad o al desprecio. Se trataba de personas formadas, influyentes y educadas en sociedad, pero que tenían un concepto peculiar del honor. El honor entendido como exigencia de respeto, en ciertos casos de sumisión, por encima de cualquier otra cosa.

A D. Enrique, ese “honor” mancillado del duque le costó su vida a los 47 años de edad.

Para el Duque, los acontecimientos se precipitaron. El mismo 12 de marzo de 1870, día del duelo, es juzgado por un Consejo de Guerra y condenado ¡a un mes de destierro! El Consejo considera que la muerte del infante es consecuencia de un accidente.

El 16 de noviembre de 1870, las Cortes españolas eligen a Amadeo de Saboya, candidato de Prim, para ocupar el trono de España. El príncipe italiano obtiene 191 votos frente a los 27 del duque francés.

El 30 de diciembre de 1870, Juan Prim cae asesinado.

Muchos, con razón, sostienen que Montpensier no pudo ser rey por haber matado en duelo al Infante. Muchos, con razón, sostienen que Montpensier indjo y financió el asesinato de Prim porque fue quien le impidió ser rey de España.

Aun así, logró estar próximo al trono cuando su hija, María de las Mercedes, se casó seis años más tarde con su propio primo, Alfonso XII rey de España. Fue una proximidad efímera porque María de las Mercedes, solo cinco meses después de su boda y con sólo 18 años, se fue de este mundo.

La tumba del Infante D. Enrique.

La tumba del Infante D. Enrique.

Montpensier murió en 1890 en Sanlucar de Barrameda. A propósito de esto, me voy a permitir traer a colación otro entronque familiar.

Como comenté en mi anterior entrada, Lances entre Caballeros, el autor de la obra, Julio Urbina Ceballos-Escalera, marqués de Cabriñana, era tío carnal de mi abuela, María Teresa Urbina y Malcampo. El apellido Malcampo lo llevó con honor su abuelo, y por tanto tatarabuelo mío, D. José Malcampo y Monje.

Traigo este breve recuerdo familiar porque Don José murió también en Sanlucar de Barrameda (donde había nacido) diez años antes de que lo hiciera Montpensier. No cabe duda de que, por las posiciones respectivas y actividades de cada uno, tuvieron intensas relaciones, no sé si de amistad y tampoco sé si de duelos; pero seguro que políticas y, quizá de guerra, si que fueron.

En la lápida que mi tatarabuelo tiene en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, Cádiz, puede leerse

Aquí yacen los restos del Contraalmirante Don José Malcampo y Monje,
Marqués de san Rafael, Conde de Joló y Vizconde de Mindanao,
Senador del Reino, Presidente del Consejo de Ministros, con cartera de Estado y marina en 1871.
Capitán General y Gobernador de las Islas Filipinas en 1874. Conquistador de Joló en 1876.
Falleció en Sanlucar de Barrameda el 23 de mayo de 1880, a los 52 años de edad.
RIP.

Junto al sarcófago aún quedan los restos de una corona en la que se puede leer:

“A mi inolvidable y querido esposo”.

Lástima que muriera tan joven, a pesar de que Dios le regalara unos cuantos años de vida tras haber caído herido en la batalla de Pagalungan, Mindanao, cuando una bala le atravesó el pecho de parte a parte. Cuantos lo vieron, dijeron que fue un milagro que lograra vivir.

Debió de ser, sin duda, un gran tipo. Algún día escribiré sobre él.

D. José Malcampo y Monge

D. José Malcampo y Monge

La canción de hoy no va de duelos ni de honores. Pondré el precioso romance que habla de aquella chiquilla que, precisamente en el parque de los “Mompansié”, conoció al real mozo, muy cortesano, de Madrid, con bigote y patillas. Se casó con él. A los cinco meses, con 18 años, murió.

Adiós princesita hermosa, adiós carita de rosa…

María de las Mercedes, Concha Piquer.


Una dalia cuidaba Sevilla
en el parque de los Mompansié,
ataviada de blanca mantilla
parecía una rosa de té.
De Madrid con bigote y patillas
vino un real mozo muy cortesano
que a Mercedes besó en las mejillas
pues son los niños primos hermanos.
Y un idilio de amor empezó a sonreir…,
mientras cantan en tono menor
por la orillita del Guadalquivir:

María de las Mercedes,
no te vayas de Sevilla,
que en nardo trocarse puede
el clavel de tus mejillas.
Que quieras o que no quieras
y aunque tú no dices nada
se nota por tus ojeras
que estás muy enamorada.
Rosita de Alejandria,
Amor te prendió en sus redes
y puede ser que algún día
amor te cueste la vía,
María de las Mercedes.

Una tarde la primavera
Merceditas cambió de color
y Alfonsito, que estaba a su vera,
fue y le dijo: ¿Qué tienes, mi amor?
Y lo mismo que una lamparita
se fue apagando la soberana,
y las rosas que había en su carita
se le volvieron de porcelana.
Y Mercedes murió empezando a vivir,
y en la plaza de Oriente, hay dolor,
para llorarla fue todo Madrid.

María de las Mercedes,
mi rosa más sevillana,
¿por qué te vas de mis redes
de la noche a la mañana?
De amores son mis heridas
y de amor mi desengaño
al verte dejar la vida
a los dieciocho años.
Adiós, princesita hermosa,
que ya besarme no puedes.
Adiós, carita de rosa,
adiós, mi querida esposa,
María aa …
María de las Mercedes.

Tomado de AlbumCancionYLetra.com
En hombros por los Madriles,
cuatro duques la llevaron
y se contaban por miles
los claveles que la echaron.
Te vas camino del cielo
sin un hijo que te herede.
España viste de duelo
y el rey no tiene consuelo,
María de las Mercedes.

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  1. 19 marzo, 2013 en 12:24 PM

    Pues mire, yo también tengo un casual entronque familiar con esa historia. Mis abuelos paternos, naturales de Cádiz, tenían alguna relación con la duquesa de Montpensier descendiente, imagino, de uno de los protagonistas de esta historia. La anciana duquesa tenía en su casa una fantástica biblioteca a la que invitaba a pasar las tardes a mi padre, por aquel entonces tan sólo un niño pero tan aficionado a la lectura que aseguraba haberla leído entera del primer al último volumen. Dado el trato que tenían y que mi padre era un guapo niño rubio de ojos claros al parecer la duquesa le ofreció a mi abuela adoptar a mi padre. Mi abuela, naturalmente, se negó, me imagino que con cierto escándalo.
    Un relato precioso e interesantísimo Don Jaime.

    • 19 marzo, 2013 en 6:01 PM

      Muchas gracias por su comentario, D. Íñigo.
      Las historias de bibliotecas son siempre muy interesantes; más aún cuando coinciden con personas queridas que, además, nos han inculcado la afición.
      Lo de la adopción me recuerda a otra abuela, en este caso la de mi mujer. Su marido, músico y de familia de músicos, fue destinado a dirigir el conservatorio de Tanger, en la época de administración internacional. Una mora adinerada se encaprichó de él y le pidió a su mujer (la abuela de la mía) que se lo cediera “un tiempo” a cambio de una cierta contraprestación dineraria. Una especie de préstamo retirbuido.
      La reacción de la señora fue diferente a la de su abuela: dijo que venta en firme o nada. La mora aceptó, pero el abuelo (la “cosa” en tan singular contrato), se negó.
      Ella nunca se lo perdonó.
      Me alegro de que le haya gustado el relato.
      Abrazos

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