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LANCES ENTRE CABALLEROS (Deliverance)

“Malo es el duelo, como mala es la guerra, pero mientras en la humanidad subsistan la ofensa o el agravio, la guerra y el duelo tomarán forma tangible con el vicio de lo sangriento, con la virtud de lo indispensable, con la terrible urgencia de las amputaciones”.
(Eusebio Yñiguez. Ofensas y Desafíos, 1890)

LANCES 7

Legalidad de los Duelos de Honor.

Los Duelos de Honor, o Lances de Honor, relativamente comunes desde el inicio de la edad media y mucho más en la contemporánea, han sido sin embargo considerados como conductas delictivas, si bien solo “relativamente” perseguidas, en la legislación española. Fueron prohibidos expresamente por la Ley de Toledo de 1480 (bajo el reinado de los RRCC), por las Pragmáticas contra los desafíos de Felipe V (1716) y Fernando VI (1757),  por la Novísima Recopilación de Carlos IV (1805) y por el Código Militar de Fernando VII (1819).

A pesar de tan reiterada prohibición, que además establecía severas penas para duelistas, testigos y padrinos, los duelos, desafíos o “rieptos”, han sido práctica común para la resolución de porfías, si bien reservada tan sólo para la clase alta, incluyendo en esta no sólo a la aristocracia, sino a congresistas (los mismos que dictan las leyes que ellos mismos incumplen), políticos y periodistas, puesto que aun sin noble linaje, eran personas influyentes. A las clases medias y bajas les quedaban reservados los tribunales de justicia o, para las ofensas menores, los duelos a puñetazos, sin armas.

Sólo en el caso de que un duelo fuera sorprendido “in fraganti” por la autoridad, sus participantes se arriesgaban a pasar por los tribunales. Pero la autoridad hacía habitualmente oídos sordos y ojos ciegos dada la personalidad, generalmente influyente, de los contendientes. Y, por la misma razón, además de por ser considerados “actos de honor”, pocos se arriesgaban a denunciar un duelo del que tuvieran aviso.

Aun así, por muy ensalzadas que estén en la imaginación de nuestros días tales contiendas, poco tenían que ver con el Honor, escrito con mayúsculas. Ciertamente, siendo el honor lo que se ventilaba en los duelos, el resultado de la disputa por ese honor poco tenía que ver con la justicia, entendida ésta como virtud natural y no como el resarcimiento, claramente desproporcionado, de una ofensa. No siempre era aquel que consideró su honor ofendido el que vencía en el combate. El resultado, más bien tenía que ver con la pericia de los contendientes. No es dificil entender que solía vencer el más diestro con el arma escogida.

Bien es cierto que al ofendido se le reservaba el privilegio de elegir las armas, y eso le podia dar cierta ventaja, pero no era, tal ventaja, garante de resultado favorable.

Así, ante una prohibición legal expresa en ausencia de regulación positiva, la pregunta que surge es ¿Cuándo es un duelo “legal” o, al menos, admisible por la sociedad que lo acepta?

El propio autor, Eusebio Yñiguez,  responde en su obra citada:

“Un duelo es legal cuando sus trámites se ajustan severamente á lo escrito en el Código del honor y el duelo se realiza de conformidad con las condiciones pactadas por los padrinos”.

 Si bien, como reconoce el propio autor a la pregunta subsiguiente “¿Hay algún Código del Honor en castellano?”:

 “De un modo terminante no puede ser contestada esta pregunta; sin embargo, creo que no hay ninguno; creencia que ha de reconocerse por base la opinión de los más afamados libreros.”

Es decir, el duelo está prohibido por la ley positiva y no existe un código que, en ausencia de legislación permisiva, regule estos lances de honor. Sin embargo, la práctica del duelo durante siglos dejó un extraordinariamente detallado  “derecho consuetudinario” que no dejaba nada al azar. Tan sólo se le permitía a este decidir alguno de los detalles, como la colocación de los contendientes, el orden de los disparos, etc.

El Código del Honor.

Estos días estoy entretenido con un libro de mi biblioteca cuyo título es el de esta entrada: LANCES ENTRE CABALLEROS. Se trata de una obra especial, no sólo por su contenido sino porque es uno de los, supongo muy escasos, cien ejemplares de la edición (que fue también única) de Sucesores de Rivadeneyra, año 1900.

LANCES ENTRE CABALLEROS

LANCES ENTRE CABALLEROS

Hay otros dos motivos que añaden valor, para mí, a esta obra. Uno, que es un regalo personal de mi querido padre. Dos, que mi querido padre lo tenía en su poder porque el autor de la obra, Julio Urbina Ceballos-Escalera, Marqués de Cabriñana del Monte (1860-¿?) era tío abuelo suyo. Es decir, que todo queda en familia.

(Haré un paréntesis para decir que, escribiendo esto, he sentido una punzada de orgullo familiar. Y no solo por lo que antecede, sino porque, investigando su biografía (en Espasa y en el Sopena) para saber algo más de Don Julio Urbina, leo lo siguiente:

“En 1895 realiza campañas contra las inmoralidades administrativas del ayuntamiento de Madrid y sufre atentados por este motivo. Provoca una crisis a causa de su campaña y cae el gobierno de Cánovas del Castillo.”

¡Tenía carácter Don Julio!

Volvamos a LANCES ENTRE CABALLEROS.

El libro es casi respuesta directa a la pregunta que se hace Eusebio Yñiguez: ¿Hay algún Código del Honor en castellano?.

Precisamente, la obra de Cabriñana pretende llenar este hueco, pues su misión, según palabras del propio autor, es formular un Proyecto de Bases para la redacción de un Código del Honor en España. Proyecto cuya redacción, muy detallada en sus 212 artículos, ofrece en el propio libro.

En la redacción del Código formulado por Cabriñana participaron como colaboradores quienes más sabían de duelos, es decir algunos de los que habían actuado como duelistas, padrinos o maestros de esgrima. Aunque, como se verá, poco sabían de redactar leyes. Según la presentación del Código, los Señores:

D. José Echegaray, D. Francisco lastres, Duque de Tamames, Marqueses de Heredia, Vllecerrato y Alta-Villa, Generales Contreras, Marqués de Miranda de Ebro y Echagüe, Comandantes Gayoso, Alba, O’Donnell, Navarro y Barreto y Prodesores de Esgrima Sanz y Carbonell….Y otros distinguidos hombres de armas y de letras.

El Código se estructura en 212 artículos y 40 capítulos , el último de los cuales se dedica exclusivamente a los Formularios de las Actas que deben redactar los Padrinos antes y después del Lance.

LANCES...(contenido del libro)

LANCES…(contenido del libro)

Sin duda, ese final del siglo XIX era época de extremas sensibilidades. Uno se sentía ofendido por cualquier tontería y, por tanto, tenía derecho, de acuerdo con el código a retar al que la cometiere. Así, el artículo 1º decía:

Toda acción u omisión que denote descortesía, burla o menosprecio hacia una persona o colectividad honrada, se considera ofensa para los efectos de este proyecto de código si se realiza con intención de perjudicar la buena opinión y fama del que se sienta ofendido.”

Hago notar aquí, aunque no sería necesario para quien lea estas tres líneas, que en el grupo de redactores, anotadores o correctores del Proyecto de Código, no había ningún abogado. Es posible, que de haberlo, hubieran salido corriendo Señores, Duques, Marqueses, Generales y Maestros de esgrima, porque un abogado quizá hubiera tratado de poner algo de cordura en el proyecto, pero desde luego le habría quitado toda la belleza literaria y cualquier atisbo de excitante incertidumbre.

Porque, ¿hay algo más excitante, sobre todo en un asunto de posible vida o muerte, que dejarlo todo a lo que cada uno interprete que haya sido la intención de otro?

“Toda acción u omisión…”, incluida sin duda la omisión de saludo.

“Descortesía, burla o menosprecio…”, que lo serán o no, o lo serán más o menos, según el humor del ofendido en ese preciso momento.

“Hacia una persona honrada…” ¿Quien considera de sí mismo que no lo es?

“Si se realiza con intención de perjudicar…” ¿Quién juzga la intención? Cabe la disculpa, sin duda, si no hubo intención, pero el presunto ofensor quedaría humillado ante todos.

“Del que se sienta ofendido”. Al fin, todo queda a criterio del presunto ofendido, al que se le concede el derecho de retar y el privilegio de elección de armas.

¡Cuántas tropelías se habrán cometido al amparo de estos Lances de (dudoso) Honor!

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La obra también contiene una reseña histórica del duelo, con multitud de casos reales. El rollo que aquí les he “colocado” quedará compensado con el relato de algunos duelos bastante notables que, si tienen paciencia, podrán leer en las próximas entradas.

¿Canciones de duelos? Ni me molesto en buscar. Uno de los duelos más famosos, además incruento, es el que tuvo lugar entre un banjo y una guitarra y que muchos ya conoceréis. Ya lo puse en una entrada de hace tiempo, Duelo al Sol, pero las cosas buenas merecen ser repetidas. Como el texto que sigue, que es el mismo que publiqué.

Este duelo proviene de la película “Deliverance” o “Amarga Pesadilla” (1972, John Boorman) que relata la aventura de cuatro hombres de negocios en su descenso en canoa a través de un río que transcurre entre los bosques de Georgia. El viaje de placer se convierte pronto en aventura dramática. El film, soberbio; el duelo musical, insuperable. No dejéis de escucharlo y de conocer la historia de este duelo, que así me explicaba un amigo, lector de este blog:

“El niño que toca el banjo no es actor, es apenas un chico autista que residía cerca del lugar donde se estaba filmando la película. Cuando, por casualidad, el equipo paró en una gasolinera, surgió esta escena notable que el director tuvo el acierto de no interrumpir y decidió incluirla en el film. Reparad en la expresión del niño: Al principio, triste y pequeño. Pero, a medida que toca su banjo, crece con la música y se va dejando llevar por ella hasta transformar su expresión en alegría, rescatada gracias a un guitarrista forastero. El niño crece, brilla y exhibe su sonrisa apresada en los pliegues de su deficiencia, sonrisa maravillosa que la magia de la música trae a la superficie. Después, vuelve dentro de sí, dejando su parte de belleza eternizada en este film.” Así me lo contaba mi lector.

Disfrutad el duelo. Aguantadlo hasta el final y no perdáis de vista la cara del chiquillo. Disculparéis que no haya letra.

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  1. Pepe Beotas
    5 marzo, 2013 en 9:04 PM

    Querido Jaime:
    Me gusta mucho tu comentario, sobre todo por lo que se refiere al orgullo familiar (la palabra respeto tiene alguna reminiscencia mafiosa) y al aprecio por los libros, en particular los que tocaron quienes nos precedieron.
    Además estoy de acuerdo con la filosofia que creo entender subyace en lo que escribes (salvando los tecnicismos jurídicos) . El Honor es un concepto bonito y apreciado por nuestras familias (tipicamente distingidas y con ascendientes castrenses) pero un poco anticuado.
    En el fondo los duelos son una reminiscencia del “juicio de Dios” medieval. Dios casi siempre apoyaba al más fuerte o al más habilidoso, como dices, recordemos el resumen del dicho popular: “…. Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos.Porque Dios ayuda a los malos, cuando son más que los buenos…”.
    Lo mejor del Estado moderno es que lo justo exige que no gane el más fuerte sino el que ´tiene más razon, requisito previo es que las leyes amparen a los débiles haciendoles de analoga condición a los fuertes.
    Y… eso es progreso te lo dice un democristiano de derechas que cree en la evolución perfectiva del hombre, aunque a veces parecemos empeñarnos en ponerlo dificil y si echamos la vista atrás, enseguida nos damos de bruces con el mono.Un abrazo y sigue regalando tus comentarios ilustrados y amenos. Pepe.

    • 8 marzo, 2013 en 10:20 PM

      Hola Pepe!
      No sabes qué alegría me da verte por aquí. No sabía que leyeras esto.
      Tu si sabes de libros; te lo mostraré cuando nos veamos.
      El honor de los Lances de Honor es concepto diferente al Honor, entendido como virtud (lamentablemente escasa). Aquel es más bien un honor social, que atiende más bien a las formas, a los protocolos, a las humillaciones -sobre todo ante otros- y a las dignidades (que también es concepto diferente a la Dignidad).
      Éste, el Honor, es un honor personal que no entiende de formas, dignidades ni protocolos.
      Tu lo dices con otras palabras: ese honor es un poco anticuado.
      El Honor, en cambio, es atemporal.

      Tal y como están las cosas hoy, es dificil entender que tu último comentario representa la situación real. Más bien la que debiera ser. Lo matizas diciendo que es “requisito previo que las leyes amparen a los débiles”. No siempre se da. La realidad de hoy nos hace ver que, digan lo que digan las leyes y aunque amparen al débil, sus administradores están empeñados en amparar a los fuertes.
      Ya se que es una exageración y que estos casos son excepciones. Pero hay tantas excepciones…
      No sé tu, pero yo tengo tantas ganas de ver a tantos entre rejas que, hasta que no los vea, no creeré en las leyes. O no creeré en esta justicia.
      Siento esta deriva final.
      Un abrazo fuerte y muchas gracias.

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