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HACIA EL VALLE SOLITARIO (buried)

“Ninguno de los incidentes que pueden ocurrir en el curso de la existencia humana es tan propicio para inspirar el sumo dolor físico y mental como verse enterrado en vida”

(Edgar Allan Poe)

 “Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle.
Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará.
Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño.
Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto.”
(San Juan, 11: 11-14)

Esta semana que acaba he leído una noticia que me ha hecho rememorar temores de mi infancia.

Li Xiufen, una anciana china, muere a los 95 años. Su nieta la encontró una mañana sin vida. La muerte debía de ser reciente pues su cuerpo, aunque ya sin aliento, estaba aún caliente. La familia la preparó para los ritos funerarios. Permaneció en su cama vestida con sus mejores galas durante dos días para la despedida de familiares y amigos. Al tercer día introdujeron su cuerpo en el ataúd para que permaneciera en la casa unos pocos días más, según la tradición china. A la semana de su muerte el féretro debía ser trasladado al cementerio para que reposara bajo tierra.

Cuando, transcurridos los días, su nieta entró en la habitación, el ataúd estaba abierto y, asombrosamente, vacío. Tras una búsqueda infructuosa por los alrededores, al entrar de nuevo en la casa vieron a la anciana Xiufen en la cocina. Como si nada hubiera sucedido, estaba preparando la comida del día. “Dormí mucho tiempo y tenía mucha hambre; tuve que empujar fuerte la tapa antes de poder salir”, fueron sus primeras palabras.

LI XIUFEN

De pequeño me aterraban las historias que me contaban sobre personas enterradas vivas, creyéndolas muertas. Me imaginaba el sufrimiento que padecerían antes de morir o, en el mejor de los casos, de volver. Horas, días de incomprensión, de sospechas, de hambre, de desesperación antes de exhalar el último aliento o de ser descubierto el error.

La catalepsia, pues de esta enfermedad trataban las historias, es un trastorno del sistema nervioso que provoca parálisis de los miembros. De tal magnitud es en ocasiones que, quien la padece, no tiene síntomas de vida. Lo más terrible, en mi imaginación infantil, era pensar en la consciencia de su propio enterramiento por parte del cataléptico, pues en ciertos casos la total parálisis permite mantener un cierto grado de conciencia de lo que sucede. Y no era solo en mi imaginación. Sucedía de verdad.

Hoy son pocos los sucesos que llegamos a conocer gracias a los avances médicos, especialmente en el mundo desarrollado. Pero las hemerotecas y las instituciones médicas y policiales rebosan de casos de personas enterradas en vida por catalepsia no detectada especialmente en el siglo XIX y primera mitad del XX (vid. www.listverse.com para conocer casos reales).

El descubrimiento y divulgación de estos casos creaba verdadera psicosis en la población: el miedo a ser enterrado vivo. Tan cierto era ese terror que en los cementerios europeos se adoptaron medidas de seguridad, como colocar campanillas junto a las sepulturas o establecer “casas de muertos” en las afueras de las grandes ciudades, en las que se depositaban durante algunos días los cadáveres antes de ser enterrados, por si acaso alguno despertaba de su profundo sueño.


Aún recuerdo mis miedos mientras intentaba conciliar el sueño contando angelitos, corderos o lo que se me ocurriera; porque pensaba que me podría ocurrir a mí. El miedo ya no existe, pero el recuerdo del miedo permanece.

¿Imagináis que puediera pasarnos a uno de nosotros? Paralizado, inerte nuestro cuerpo; cerrados nuestros ojos pero atentos nuestros oídos. Rodeados por la familia que llora la pérdida y por los de pompas fúnebres que manipulan nuestro cuerpo una vez que el médico, el torpe y ciego médico, certificó nuestra muerte. ¡No!, ¡no estoy muerto! gritamos sin sonido, sin gestos, mientras nos introducen en el ataúd.

Sabemos lo que viene después, aunque no los detalles. Nos inyectarán ácidos, formoles o conservantes; nos sellarán la boca para no segregar líquidos; nos encerrarán, entre coronas de flores, en el escaparate helado del tanatorio para la despedida última de los familiares, que ya estarán terminando de llorar su pena, nuestra pena, y de los amigos, que se desharán en elogios sobre lo buenos que fuimos y el bien que hicimos. Nos aterra no saber si sentiremos el dolor o el frío. Nos desespera que los demás, nuestros seres queridos no se den cuenta de la situación de la que somos nosotros tan conscientes.

Pero, sobre todo, sentimos pánico, un pánico cerval ante la inminente cremación en vida de nuestro cuerpo. Ante el final doloroso, incomprensible, kafkiano de nuestra existencia.

Mucho mejor lo describía Edgar Allan Poe en su relato “El entierro prematuro”: “La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad… Estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno”.

Resurrección. Luca Signorelli

Al final todos morimos, sea cuando sea ese final; y, dicen, todos resucitaremos. Pero hay maneras que…mejor no pensar en ellas. Dios permita que el camino hacia el Valle Solitario sea un camino, si no de rosas, si al menos razonablemente transitable.

El Valle Solitario, The Lonesome Valley, es una canción góspel tradicional que grabó por vez primera David Miller en 1927. Después, muchos la cantaron. Os la dejo en magnífica versión de Joan Baez y Mary Travers, interpretada en directo en 1963 con ocasión del Festival de Folk de Newport. Entonces, Joan, la extraordinaria Joan, tenía solo 19 años.


Well, you got to walk that lonesome valley
You got to walk it by yourselves
Nobody else can walk it for you
You got to walk it by yourselves

Now mother walked that lonesome valley
She had to walk it by herself
Cause nobody else could walk it for her
She had to walk it by herself

Now father walked that lonesome valley
He had to walk it by himself
Nobody else could walk it for him
He had to walk it by himself

Now John, they say, he was a Baptist
While others say, he was a Jew
But the holy bible plainly tells you
Oh, that he was a preacher too

Yeah, you got to walk that lonesome valley
You got to walk it by yourselves
Ain’t nobody else gonna go there for you
You got to go there by yourselves

Yeah, we got to walk that lonesome valley
We got to walk it by ourselves (by ourselves)
Cause nobody else (nobody else) can walk it for us
We got to walk it by ourselves

Yeah, we got to walk (we got to walk)
That lonesome valley (that lonesome valley)
We got to walk (we got to walk) it by ourselves (by ourselves)
Lord, nobody else (nobody else) can walk it for us
(Can walk it for you)
We got to walk (we got to walk) it by ourselves

Yeah, we got to walk (we got to walk) it by ourselves

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  1. andreas guadalupe
    13 marzo, 2012 en 11:08 PM

    Caray Jaime, ¡no sé que decir! que temática tan inquietante has escogido para tu entrada……Efectivamente el que te entierren vivo y además ser consciente de todo lo que acarrea el ritual mortuorio no tiene parangón. Creo que todos lo hemos pensado en alguna ocasión pero lo describes con una nitidez que pone los pelos de punta. En fin, que no me ha gustado demasiado esta entrada, ja,ja. Un beso.

    • 15 marzo, 2012 en 10:54 PM

      Vaya, Guadalupe, siento que no te haya gustado. a verdad es que no es asunto agradable que te entierren en vida.
      Pero así es la vida, la muerte en vida, para algunos pobres con mala suerte.
      En compensación, pensando en mis dos queridas sirenas de agua dulce (ya sabes quiénes) acabo de escribir una entrada que, seguro, te gustará más.
      Besos

  2. Sarah Guadiana
    17 marzo, 2012 en 10:41 PM

    Jaime,
    menudo golpe de timón.

    Cierto, el tema es inquietante pero no deja de ser verdad, al menos para mi, alguna vez, no demasiadas afortunadamente y me temo que provocado por escenas de película o por relatos “malintencionados”, he imaginado esa situación y como bien dices (que dice Poe) “ante tal horror la imaginación más audaz retrocede”.
    Siempre me ha parecido de lo peor que puedo intentar imaginar porque la sensación de angustia es brutal, así que es una “imaginación” a la que prefiero no dedicar tiempo.

    Y también me parece cierto que hay gente en el mundo de los vivos que viven como muertos (esto por lo menos es un oxímoron) bien porque lo suyo no es vida, bien porque esa vida les provoca una angustia y una claustrofobia difícil de definir como tal. Lo imaginable aunque no sea agradable imaginarlo, no deja de ser posible de una u otra forma.

    Me gustan los golpes de timón!!!!!!

    Un beso enorme

    Guadiana

    • 20 marzo, 2012 en 11:23 PM

      Este blog a veces pierde rumbo y deriva durante semanas hasta que enfila de nuevo el norte magnético, o la polar, o la cruz del sur, o cualquier otro rumbo que lleve a ninguna parte a la que no quieras ir.
      A otra sirena que navega por aquí no le gustó demasiado; o le creó cierto desasosiego.
      Leí que en algunos casos en que se sospechaba catalepsia, se les enterraba boca abajo, mirando a la endosfera. Para que, si acaso despertaban, escarbando fueran más adentro, más abajo. Para que nunca pudieran volver.
      Dime cual es el rumbo que te gusta y viraré timón.
      Besos

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