HOME, SWEET HOME

Todos Los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los
poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las
normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización
del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.

(Constitución Española, art. 47)

¿Quién no ha dormido alguna vez bajo las estrellas? ¿Quién no ha soñado alguna vez hacerlo? Dormir en el campo, en la playa, sobre la cubierta de un velero en una noche cálida de verano. Bajo un manto de estrellas o a la luz de la luna; por placer, un día, quizá una semana entera…

Pero ¿y si ya fuera para siempre? ¿si ya no hay otra alternativa? Cuando ya no tienes la casa que tuviste. Cuando, después de haberlo perdido todo, todo lo material y hasta casi la dignidad, pierdes el techo que tanta ilusión colmó y que tantos esfuerzos costó  ¿Qué hacer cuando ya no quedan recursos, cuando los amigos –si alguno aún queda– vuelven la espalda y la familia no existe o no puede, o no quiere, ya, acogerte ¿Qué se siente? ¿Qué futuro queda?…

Hoy, 11-11-11, fecha binaria plena de malos presagios y arcanas esperanzas, se cumple el año de un triste suceso que, previendo que algún día escribiría sobre ello, guardé en mis memorias. Este es el extracto de la noticia:

“Ayer jueves 11 de noviembre conocimos la terrible noticia de que M.P., vecino de Hospitalet (Barcelona) se suicidaba en plena calle al lado de la vivienda en la que residía, propiedad de la empresa pública ADIGSA, y de la que iba a ser desahuciado por orden judicial de forma inminente. M.P deja mujer y una hija.

 Según las informaciones publicadas por los medios de comunicación, M.P. y su familia fueron desahuciados de su anterior vivienda por no poder pagar el alquiler después de quedar en paro. Al no disponer de alojamiento alternativo, hace 9 meses que ocuparon una de las viviendas vacías que ADIGSA tiene en el barrio de Gornal. Ante la ocupación, ADIGSA inició un procedimiento judicial para desahuciar la familia. M.P. acudió reiteradamente a la administración para solicitar un realojo o al menos una prórroga para el desahucio, obteniendo solo negativas. Desesperado, ayer puso fin a su vida.”

Drama sobre drama. La pérdida de la vivienda después de haber perdido todo lo demás. Cuando todo parece ya haberse perdido, sobreviene la pérdida de la propia vida, la pérdida del padre, la pérdida del marido…

Y por encima del propio drama personal y social, la triste, la perversa paradoja de que, siendo los poderes públicos los responsables de la tutela del derecho a una vivienda digna, es precisamente ADIGSA, empresa pública dependiente de la Generalitat de Catalunya, la directa causante de tan dramático suceso.

Miles de familias en España están ya en esta situación; otras tantas temen estarlo pronto. Perdieron o perderán sus viviendas, a pesar de que la Constitución Española consagra el derecho inalienable de los españoles a vivir bajo techo y con dignidad, y encomienda a los poderes públicos su protección.

———————————

En mi primera juventud, allá por los setenta, me sorprendía que la mayor parte de mis amigos tuvieran como objetivo primordial ser propietarios de su propia casa. Mi filosofía de vida, mezcla de confianza y de inconsciencia, me orientaba más a tratar de vivir bien y al día con lo que tenía –que no era más que lo que ganaba con mi trabajo- que a poseer. No entendía eso de entramparse y de renunciar a lo que la vida ofrecía, solo para obtener la recompensa de ser dueño de un piso. Felizmente, mi mujer compartía esa filosofía; e incluso mis hijos, que desde muy jóvenes los tuvimos, aportaban su propia idea: “vive a lo loco, que la vida dura poco”, era una de sus frases tópicas infantiles. Casi lo hice así; no viví a lo loco, pero me divertí; y la vida se portó: sigue durando.

Comprar un piso en aquellos setenta y ochenta era proeza de titanes. Verdad es que su precio, en términos absolutos y relativos, era menor que en estos últimos años. Pero también lo es que el esfuerzo personal era muy superior. Entonces las hipotecas estaban, en general, limitadas a 15 años y a un 70% del valor de la vivienda. Y los intereses rondaban el 15%. Lo cierto es que para comprar un piso en aquellos años había que renunciar a casi todo lo que no era estrictamente necesario. Años de sacrifico a cambio de la seguridad de un techo.

Algunas décadas y algunas crisis transcurrieron y dieron paso a los nuevos tiempos. Los que podían ver, los fuertes, vislumbraron el esplendor del naciente negocio del ladrillo. La codicia trajo la especulación, el aumento salvaje de los precios, la burbuja, la trampa,…el desastre. El interés de los préstamos bajó drásticamente y los vendedores de dinero y de humo contribuyeron al cambio profundo en las costumbres sociales. Las hipotecas se convirtieron en casi vitalicias, 30, 40, 50 años; las tasaciones de los pisos subieron como la espuma, muy por encima de su valor real; la estúpida confianza en un aumento de precios indefinido permitió que se concedieran préstamos por encima del precio –ya extraordinario- de los pisos. Si con tantos años para pagar y con intereses tan bajos, casi todo el mundo se podía comprar uno ¿para qué pagar un alquiler, dinero tirado, cuando con el mismo esfuerzo mensual  puedes ser dueño?

El comprador, atrapado por la atractiva apariencia, se cegó ante la cruda realidad. No fue consciente del compromiso que estaba adquiriendo.

Como unca antes, se hizo verdad esa máxima que a tantos se ha atribuido:Siempre fue cosa de necios confundir valor y precio”. Mientras los precios seguían subiendo, por la facilidad financiera en comprar, el valor se estancaba. Cuando los precios se estancaron, el valor se asomaba al abismo. Cuando los precios bajaron, el valor se derrumbó.

Y cuando ya no se pudo seguir pagando el precio porque el trabajo se había perdido, el valor, simplemente, desapareció. Ya no hay valor, no hay vivienda, me la quitaron. Y no solo perdí el precio que pagué; aún he de seguir pagándolo, incluso habiendo perdido la casa.

Esta es la triste historia. Esta es la tragedia.

—————————–

¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse, solo, contra la ley, esa ley que protege a los fuertes? Estamos en un estado de derecho en el que, por fortuna, es la ley la que impera. Pero cuando la ley, buena en origen, se convierte en perversa para el ciudadano, hay que adaptarla o derogarla, de modo que vuelva a servir como elemento de convivencia. La máxima “Dura Lex, sed Lex” del derecho romano no sirve como argumento para mantener las cosas como hoy están.

Muchos dirán que parte de la culpa la tiene aquel que se aventuró sin tener seguridad de salir victorioso, de poder cumplir su compromiso financiero. Pero es que resulta que una de las partes implicadas, la que tenía el poder del dinero y la capacidad de prestarlo, alteró las reglas del juego. Eso sí, sin vulnerar la letra de la ley. Prestó con garantía real por encima del valor de la propia garantía; tasó el bien por encima de su valor real; y, encima, jugó con la impericia técnica del prestatario estableciendo cláusulas de suelo y acuerdos de permuta financiera cuando ellos conocían, y el cliente no, la previsible evolución de los intereses a la baja.

Cuando esto ha sido así, y los poderes públicos no lo ignoran, lo que tiene sentido es parar la sangría, no dejar que la herida siga manando porque por ella se nos va la vida. Lo triste es que, aunque nuestros gobernantes tienen cerebros pensantes y capacidad de presión sobre la banca, adolecen de todo lo demás: liderazgo, coraje, voluntad….y espíritu de justicia.

¿Qué se puede hacer? No es este blog un vivero de ideas; ni por vocación ni por capacidad de su autor. Sin embargo, hay algunas cosas que se podían hacer; o, el menos, en las que se podría pensar.

  1. Quizá se podría pensar en imponer un cierto sentido de congruencia. Fueron los propios bancos los que tasaron las viviendas al conceder el préstamo; en muchas ocasiones por encima del valor de mercado, encubriendo así créditos de consumo. No sería descabellado imponer que el valor adjudicado a la vivienda en el momento del embargo no pueda ser inferior al valor originalmente tasado por el propio banco, descontando la disminución estadística de los precios que publica la propia administración o la institución competente para ello. Ello reduciría, e incluso anularía en muchos casos, el compromiso pendiente del deudor.
  2. Quizá se podría pensar en una modalidad razonable de dación en pago. Es decir, en  considerar cancelado el rédito y por tanto cualquier obligación de pago posterior al momento del embargo. Tiene mucho que ver con lo anterior. Estoy convencido de que, en muchos casos, una tasación congruente con la original impediría que, tras el embargo, el deudor deba seguir pagando crédito.
  3. Quizá se podría pensar en imponer un cierto principio de transparencia. Las subastas de bienes embargados se producen en un mercado opaco, que es aprovechado por especuladores o por la propia banca. La consecuencia es que el precio de remate suele ser muy inferior al valor real –aún al valor depreciado actual– de la vivienda. Los subasteros o el propio banco la adquieren a precio devaluado. La diferencia entre este precio de remate y el saldo vivo del préstamo quedan como pesada losa a cargo del deudor embargado.
    No debería ser muy complicado regular el proceso de subasta, haciéndolo más público y transparente y otorgando protección al más débil en lugar de permitirque el más fuerte se aproveche.
  4. Quizá se podría promover una especie de Pacto social con los bancos. Cuando se produce una ejecución de embargo todas o casi todas las partes pierden. El que más, sin duda, el deudor ejecutado; pierde su casa y tiene aún que seguir pagando. El banco pierde el ingreso por la hipoteca y tiene que asumir, además, los gastos de mantenimiento; y en su balance cambia un crédito que antes era sano y se convirtió luego en moroso por un activo devaluado que tiene que provisionar. El estado pierde estabilidad, la sociedad pierde cohesión y paz, el futuro pierde esperanza. Tan solo ganan las sabandijas de siempre.

Si quienes tienen poder tuvieran también voluntad, no sería demasiado complicado idear un sistema que, en lugar de romper, protegiera. Imaginemos una situación diferente a la del desahucio:

– El inquilino no puede pagar la totalidad de la cuota hipotecaria; pero quizá si pueda asumir una parte.

– El banco ejecuta el crédito hipotecario y pasa a ser propietario de la vivienda.

– Pero en lugar de desahuciar al deudor, le permite permanecer como inquilino y disfrutar el uso de la vivienda. La parte que aún pueda pagar se considera precio del alquiler e, incluso, a cuenta de una futura opción de compra.

– En un escenario hipotético de recuperación personal, el deudor-inquilino podría recuperar, en el futuro, la vivienda.

Las ventajas de un sistema como este son innegables: (a) El banco cambia en su balance un activo deudor por un activo material generador de ingresos (b) El deudor pierde la propiedad
de la vivienda pero mantiene su uso; no se va a la calle. (c) El deudor no tiene que seguir pagando, tras perderlo todo, sin recibir nada. (d) El deudor puede, si rehace su situación personal, recuperar la vivienda. (e) El estado y la sociedad ganan estabilidad.

Supongo que este planteamiento, o cualquiera similar, genera distorsiones no contempladas (siempre menores que las que la actual situación produce) que, en todo caso, el estado tendría que limar. Lo que está claro es que esto no puede seguir así. El Estado no puede, siempre, proteger al fuerte frente al débil. La sociedad no puede seguir sufriendo tantas bajas. La ley no puede imperar sobre la Justicia.

Porque, de no ser así, tendremos que aceptar como justa la alternativa de la ocupación.
Tendremos que asumir que es bueno que algunas facciones del 15M, de los indignados, ocupen los hoteles cerrados y abran sus puertas a las familias que ya no tienen el techo que les cobijó. Y tendremos que dar por buena, por justa aunque sea ilegal,  esa forma de “justicia social” que aplican los movimientos de los indignados, la PAH (Plataforma de Afectados por las Hipotecas) y DRY (Democracia Real Ya) cuando se oponen, a través de la presión y de la desobediencia cívica, a la práctica –sin duda legal– de los desahucios.

Como siempre, he encontrado una bella y triste canción para este tema. Lo bueno de mi música (Folk, Country, Tango, Habanera, Godspell, corridos, baladas…) lo digo a menudo, es que como cuentan y cantan la vida entera, siempre hay un canto para cada situación. En esta ocasión os traigo “Green, Green Grass of Home“, una balada country que escribió Claude Putman y popularizaron Porter Wagoner y Boby Bare en 1965.

Cuenta el reencuentro de un hombre con aquello que más aprecia: su hogar. Al descender
del tren tras una larga ausencia reencuentra a sus padres, a su amada Mary; ve el viejo roble en el que de niño jugaba, el verde césped del jardín (the green grass of home)…

Despierta entonces entre cuatro paredes grises y se da cuenta de que todo es un sueño…porque junto a la puerta de rejas ve al guardián y ve al viejo y triste capellán. Los mismos que le acompañarán del brazo, en el amanecer de su último día, a lo largo del corredor de la muerte. Es el día de su ejecución.

Como también despiertan de sus sueños y comienzan la pesadilla aquellos que con esfuerzo consiguieron su casa y se dan cuenta de que ya no la tienen.

Then I awake and look around me,
At the four gray walls that surround me,
And I realize that I was only dreaming.
For there’s a guard, and there’s a sad old padre,
Arm in arm, we’ll walk at daybreak.

(Entonces despierto y miro a mi alrededor

A las cuatro paredes grises que me rodean,

Y me doy cuenta de que estaba soñando,

Porque veo al guardia y al viejo y triste capellán,

Con los que caminaré del brazo al amanecer.)

De las versiones que he escuchado, Johnny Cash, Tom Jones, Elvis Presley y Joan Baez, os dejo con la última. A una canción tan triste la va mejor la transparente voz de la Baez.

 

 

The old home town looks the same,

As I step down from the train,

And there to meet me is my mama and my papa.

Down the road I look, and there comes Mary,

Hair of gold and lips like cherries.

It’s good to touch the green, green grass of home.

The old house is still standing,

Though the paint is cracked and dry,

And there’s the old oak tree that I used to play on.

Down the lane I walk with my sweet Mary,

Hair of gold and lips like cherries.

It’s good to touch the green, green grass of home.

Yes, they’ll all come to see me,

Arms reaching, smiling sweetly.

It’s good to touch the green, green grass of home.

Then I awake and look around me,

At the four gray walls that surround me,

And I realize that I was only dreaming.

For there’s a guard, and there’s a sad old padre,

Arm in arm, we’ll walk at daybreak.

Again, I’ll touch the green, green grass of home.

Yes, they’ll all come to see me

In the shade of the old oak tree,

As they lay me ‘neath the green, green grass of home.

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  1. Inma Cobreros
    12 noviembre, 2011 en 7:56 AM

    Muchas gracias Jaime por estas reflexiones llenas de “sentido común” y sabiduria.

    • 12 noviembre, 2011 en 3:22 PM

      Hola Inma, mucho tiempo sin verte por aquí.
      Gracias por tu comentario.
      Un abrazo

      • Inma Cobreros
        1 diciembre, 2011 en 9:56 AM

        Jaime, que buena memoria tienes, es verdad que hace tiempo que no dejo comentarios, pero leo con mucha atención y admiración todo lo que escribes. Esas reflexiones fruto de una gran cultura, experiencia bien llevada y una inteligencia nada común. Espero que sigas disfrutando de la naturaleza, el mar y la compañia de tu querida Carmen, y sigas teniendo tiempo y espíritu para escribir. Un abrazo.

  2. carmen
    12 noviembre, 2011 en 1:59 PM

    Efectivamente, es sólo un problema de “sentido común”, ¿quién gana con el desahucio? , absolutamente nadie, todos perdemos. Un abrazo

    • 12 noviembre, 2011 en 3:26 PM

      Hola Carmen.
      Y esa falta de sentido común está alimentada por la falta de coraje de los gobernantes. Mezclada, naturalmente, con el interés que tienen en llevarse bien con los bancos, que financian sus vanidades y, de vez en cuando, les condonan los créditos.
      Cuando los desahuciados, en masa, salgan a la calle a quemar sucursales de bancos se empezarán a preocupar.
      Besos

  3. 2 diciembre, 2011 en 10:27 PM

    Gracias otra vez Inma.
    Me esta fallando el sistema y no se si te llegará esta respuesta.
    Me ruborizan tus elogios. Y, claro, me excitan la vanidad y me animan a seguir.
    Sigo repartiendo me entre tierra y mar. A mi capitana, no la reparto. Es para mi solo.
    Muchos besos

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