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THE POWER AND THE MONEY

The Power and the Glory, The Power and the Money, The Money of the Power…

El título de esta entrada hace alusión a una obra maestra de la literatura clásica europea de mediados del siglo XX. Su título: The Power and the Glory (El Poder y la Gloria). Su autor: Graham Green.

La novela relata la lucha entre el Poder, en teoría en manos del Estado, y la Gloria, en teoría en manos de la Iglesia. El espacio y el tiempo: el México post revolucionario. El pueblo vive en la miseria, explotado por los terratenientes, pero acude diariamente a la iglesia para obtener confort espiritual. Los terratenientes que explotan al pueblo también acuden a la iglesia, pero sólo para obtener el perdón de sus pecados y poder, ya “limpios”, volver a pecar. La Iglesia, que controla así a pobres y a ricos, abandona poco a poco la gloria y se dedica a incrementar con voracidad su poder y su riqueza. Esta situación motiva la reacción del Estado, que inicia el acoso y la persecución del clero. Y esta persecución, a su vez, provoca un movimiento popular del pueblo engañado a favor de la Iglesia que le engaña: el “movimiento cristero”. El círculo imperfecto.

Este es el escenario. El hilo conductor de la novela se centra en la huída de un cura medio corrupto y borrachín para escapar de estas persecuciones. El cura es la imagen del hombre mundano. Más preocupado por su seguridad y su comodidad que por la de sus parroquianos, deriva hacia la degeneración; pero al fin y al cabo sigue siendo un cura y comienza la lucha interior entre egoísmo y responsabilidad. Al otro lado, por la parte de los perseguidores, un teniente ateo que quiere el bien, el final de la pobreza. Pero en su lucha, aún siendo honestos sus objetivos, el fin justifica los medios; si para acabar con la pobreza es necesario que los curas mueran, los curas han de morir.

Es la lucha del Poder contra la Gloria, aunque sea esta la que derroche corrupción y aquel el que quiere acabar con ella; otras veces es al revés. Al final, triunfa la iglesia, que no sabemos si es gloria, poder o corrupción. Seguramente es las tres cosas.

Este preámbulo no es más que un argumento para dar entrada a otro protagonista que sustituya, en este teatro, a la iglesia. Se trata de algo con más poder que todos los estados, a los que controla, y más fuerte que todas las religiones, a las que domina. Es el dinero: The Money.

The Power and the Money. Las luchas, los intereses y las connivencias entre estos dos dioses paganos que se sostienen mutuamente es lo que gobierna hoy el mundo. Cotidianamente vemos y toleramos, porque poco podemos hacer, múltiples ejemplos. No es necesario pasar fronteras para recordar cómo unos hermanos muy ricos (the Money) y que se dicen amigos del Rey (the Power) pervierten la institución jurídica de la prescripción, con ayuda del Tribunal Constitucional, para legalizar un delito o para haberlo como no sucedido. O cómo la justicia (the Power) se demora una docena de años para juzgar y aplicar una irrisoria condena a un reputado banquero (the Money) que acusó falsamente y provocó encarcelamiento de inocentes que molestaban y embargo de sus bienes. O cómo un gobierno (the Power) decide expropiar a un sólido grupo empresarial, aduciendo razones que hubieran requerido otras medidas menos drásticas, para poco después venderlo o regalarlo, en pedazos manejables, a sus amigos (the Money).

Ni tenemos que irnos muy atrás para enterarnos de que los dos principales grupos eléctricos españoles baten record de beneficios, al tiempo que exigen subidas en el precio de la luz, que sin duda obtendrán, para “compensar el incremento de costes”. O cómo sufrimos diariamente la evolución disparada de los precios de la gasolina aún cuando la materia prima no lo hace. O, también, como la crisis permite a las grandes empresas mantener o incrementar beneficios, bonuses y dividendos, mientras que las quiebras de pequeñas empresas se disparan y el desempleo crece.

Y, en todas estas extrañas paradojas, the Power ant the Money “walk hand in hand”; caminan juntos. No hay nada mejor que contar con la amistad de los que pueden. Después, años después, algunos de los que favorecieron estos desmanes desde el poder son admitidos en los consejos de las empresas que obtuvieron sus favores. El círculo perfecto.

Pero todo esto, siendo terrible, queda difuminado cuando conocemos, casi diariamente, de guerras, invasiones y matanzas, iniciadas o alentadas por los gobiernos que se aprovecharán de sus resultados, sean estos los que fueren. Porque todas las guerras modernas tienen como causa el dinero o aquello que produce dinero: sea el petróleo norteafricano o asiático, el coltan de Congo y Ruanda, el caucho de centroamérica, o los diamantes “sangrientos” de Sierra Leona.

Mucho tiene que ver esto con el asunto al que hoy me quería referir: el dinero del poder, the money of the power y, más concretamente, las fortunas de los dictadores. Hombres que no entran en las listas de Forbes, pero están entre los más ricos del mundo. Patrimonios generados a costa del saqueo de los países que gobiernan y de la miseria de sus pobladores.

Lo extraordinario del caso es que estos desmanes, por todos conocidos, tan sólo aparecen como algo indigno, sólo se divulgan, cuando los sátrapas asesinos y ladrones se convierten en ídolos caídos, en molestia incómoda para quienes antes los tenían como amigos, es decir, para el poder de otros países. Porque, hasta que no llegó su caída, Gadafi fue buen amigo y “hombre de paz”, Ben Alí digno miembro de la Internacional Socialista y Mubarak, el vigilante del Canal y el amigo de Israel, íntimo de todo occidente. Y, hasta que no llegue su caída, que llegará, siniestros personajes como Paul Kagame, presidente de Ruanda y genocida reconocido pero también co-presidente del grupo Objetivos de Desarrollo del Milenio nombrado por la ONU o como Teodoro Obiang, presidente y saqueador de Guinea pero también benefactor de la humanidad y patrocinador de un premio de investigación de la UNESCO, seguirán siendo amigos de occidente.

Por poner solo algunos ejemplos.

Hay muchos, muchísimos dictadores que se han hecho multimillonarios, tanto ellos como su círculo íntimo, a costa de la miseria de sus pueblos. Todos ellos y sus riquezas son conocidos por los organismos internacionales. Y, sin embargo, son muy pocas las acciones que se han hecho para tratar de evitar, controlar o revertir estas situaciones.

¿Cuál es la razón por la que en estos meses el asunto está saltando con mayor frecuencia a los medios? Simplemente, el hecho de que algunos de los ladrones asesinos están cayendo de sus pedestales. Puesto que, una vez pierden el poder, ya no serán personalmente la contraparte de los multimillonarios negocios de compra de petróleo y venta de armas, no tiene sentido seguir protegiéndoles.

Por eso, la banca suiza anuncia que trabará las fortunas de estos individuos y de sus allegados; pero, ojo, sólo de los caídos. Uno de ellos es el ex Faraón Mubarak del se calcula una fortuna parecida a la de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo y el primero de la lista Forbes: unos 70 mil millones de dólares. Otro es el ex presidente tunecino Zin el Abidin Ben Alí, derrocado en otra revuelta popular en enero, con una fortuna de 5 mil millones de dólares.

Hay otros dos países cuyos presidentes están masacrando a los manifestantes pero que aún no han caido. Se trata de Libia (Muammar Gadafi) y Siria (Bachar el Asad). En estos países, puesto que sus líderes aún no han sido derrocados, las iniciativas de los organismos internacionales son curiosas, muy curiosas y tímidas, muy tímidas. Según leo en los medios:

“En el caso de Libia, donde las revueltas populares contra Gadafi han acabado en conflicto armado con intervención de la OTAN, todavía no se ha iniciado ninguna conversación al respecto, aunque algunos países han pedido que los fondos se utilicen para financiar a los rebeldes”. Sin duda, la escena está ensayada y lo que no quieren es tomar una decisión drástica contra un líder casi caído pero que aún puede recuperarse; aunque sí anunciarle la posibilidad para que se lleve los dineros, y con ellos los problemas para Suiza, a otra parte.

En cuanto a Siria, el enfoque occidental es más curioso aún. La UE ha decidido ya “el primer paquete de sanciones” que incluye, además del embargo de armas y material de represión, la traba de los bienes internacionales de 13 dirigentes y la prohibición de visados para Europa. Pero, ojo, entre esos dirigentes no está el propio presidente, el que da las órdenes de matar, el máximo culpable ¿alguien lo entiende? Yo creo que todos lo entienden: el presidente no es, aún, un ídolo caído; no conviene, aún, enemistarse con él.

Esta es la posición internacional: Sólo se toca a los líderes caídos; se incordia un pelín a los medio caídos que aún pueden resistir; y no se toca ni un pelín a los que no están, aún, en riesgo de caer. Si The Power aún resiste, The Money no se toca. Si ya no hay Power, el Money está en riesgo de perderse.

Otra cuestión es qué se hace con los bienes que se “congelan”. Su destino, en teoría, es devolverlos al pueblo al que se le robó. Pero ¿qué o quién es esa entelequia que se llama “el pueblo”? ¿A quién se devuelve realmente? Como dice el experto en estos temas, Peter V. Kunz, “devolver el dinero de dictadores es un proceso que puede tardar años”. Y no puede estar más en lo cierto. Veamos un par de ejemplos:

El primero. “En 1997, Suiza congeló 6,2 millones de euros del recientemente fallecido dictador congoleño Mobutu. Las negociaciones para su devolución con el nuevo gobierno, del que formaba parte un hijo de Mobutu, fueron rocambolescas. El Gobierno congoleño había prometido a miembros del clan Mobutu entregarles el dinero tan pronto como Suiza lo hubiese transferido. Tras 12 años de gestiones infructuosas, a Suiza no le quedó más remedio que entregar el dinero a la familia del antiguo dictador, un desastre de imagen”.

El segundo. Los fondos del dictador haitiano Jean Claude Duvalier. Tras su caída, las autoridades haitianas solicitaron en 1986 la congelación de los fondos robados. Los suizos intentaron un arreglo amistoso entre Duvalier y Haití que, naturalmente, no prosperó. En mayo de 2008 (¡22 años después!) por fin Suiza decide que Haití tiene razón y que el dinero no era de procedencia lícita (¡¡¡) y retorna el dinero a los haitianos para promover proyectos de desarrollo. Veremos (o no veremos) si la historia acaba bien.

Este último caso ha dado pie a la reciente aprobación por el gobierno suizo de La Ley Federal para la Restitución de Valores Patrimoniales de Origen Ilícito de Personas Políticamente Expuestas (vaya nombre eufemístico), más conocida como “Ley Duvalier” ya que su objetivo es “corregir las lagunas jurídicas que habían impedido devolver al pueblo de Haití los fondos del dictador Jean-Claude Duvalier, congelados en 1986”.

Dice la ley que si los ex dictadores o sus familias pretenden recuperar el dinero de sus cuentas, tendrán que probar ante la Justicia suiza que fue obtenido de forma legítima. Para mí que no es nada más que una iniciativa para lavar, someramente, la imagen de Suiza.

Hay otra iniciativa internacional en marcha. Se trata del programa StAR (Stolen Asset Recovery Initiative o iniciativa para la recuperación de bienes robados), impulsada por Naciones Unidas y el Banco Mundial. Este programa trata de tejer una amplia red de países que actúe de manera coordinada para identificar y retener fondos obtenidos ilícitamente por dictadores. Para mí que también se trata de un lavado de cara. El Banco Mundial no es inocente en estos asuntos.

“Desde StAR se calcula que el dinero robado anualmente en los países en vías de desarrollo, mediante sobornos, apropiación indebida o cualquier otra forma de corrupción, oscila entre los 20 y los 40 mil millones de dólares, cifra que comparativamente representaría casi el 30% de las ayudas destinadas al Tercer mundo. De esa cantidad sólo se han conseguido recuperar 5 mil millones de dólares en los últimos 16 años. Un dinero que ha servido para aliviar en parte la pobreza de algunos países. Según el Banco Mundial, por cada 100 millones de dólares recuperados se puede financiar el acceso a agua potable de 250.000 hogares o el tratamiento médico de más 600.000 personas con SIDA”.

Si todo eso se puede hacer con lo que se recupera, ¿Qué se podría hacer con lo que se roba si no se facilitara su robo?

Pero, como sucede con la ley Duvalier y con los ídolos caídos, el programa StAR sólo se aplicará a los dictadores o políticos corruptos que han sido condenados, destituidos o que han fallecido. Nada se hace contra los que aún permanecen en el poder, por mucha constancia que se tenga de que su patrimonio procede de la miseria de su pueblo. Seguirán disfrutando, si no de la protección, sí al menos de la mirada hacia otro lado de ONU y Banco Mundial.

 

Mientras la comunidad internacional no se decida a atacar el origen, las causas de la corrupción, el robo se seguirá produciendo y los dictadores continuarán masacrando física e intelectualmente a sus súbditos, para mantener ambas cosas: The Power and The Money. Pero no nos engañemos; es un deseo irrealizable. Detrás de los sátrapas, sosteniéndoles y enriqueciéndoles hasta que ya no les son útiles, están las grandes petroleras, las farmacéuticas, las mineras, las acereras, los fabricantes de armas y todas las grandes compañías multinacionales. Y, detrás de estas, los gobiernos occidentales. Otro círculo perfecto.

Seguirán existiendo los Suharto, Mobutu, Al-Sahud, Laurent Gbago, Stroessner, Obiang, Montesinos, Duvalier, Ferdinand Marcos, Gadafi, Mubarak, Ben Alí, Bongo, Sassou-Ngesso, Abacha, Fujimori, y tantos y tantos otros, mientras siga existiendo la hipocresía y el comercio salvaje. Y ambas cosas son inherentes a la especie humana.

Pero sería bueno que, aunque no desaparezca esta corrupción asesina, al menos se reduzca.

……

Quizá la canción que mejor convenga a esta entrada sea Imagine, de John Lennon. Se publicó en 1971 y es tenida como una de las mejores canciones jamás publicadas. Es una canción de esperanza; pero, como todas las esperanzas basadas en el deseo de una paz mundial, es utópica. Lennon decía de ella que era “antireligiosa, antinacionalista, anticonvencional y anticapitalista, pero aceptada por su dulzura”.

“Imagina que no hay Paraíso, ni infierno…ni países…ni religiones. Nada por lo que matar o morir. Imagina a todo el mundo viviendo su vida en paz”.

IMAGINE

Imagine there’s no Heaven
It’s easy if you try
No hell below us
Above us only sky
Imagine all the people
Living for today

Imagine there’s no countries
It isn’t hard to do
Nothing to kill or die for
And no religion too
Imagine all the people
Living life in peace

You may say that I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
And the world will be as one

Imagine no possessions
I wonder if you can
No need for greed or hunger
A brotherhood of man
Imagine all the people
Sharing all the world

You may say that I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
And the world will live as one

imagina que no existe el paraiso,
es fácil si lo intentas,
sin el infierno debajo nuestro,
sobre nosotros, solo el cielo.
imagina a toda la gente
viviendo el presente…

imagina que no hay países,
no es difícil,
nada por lo que matar o morir,
ni tampoco religión,
imagina a toda la gente,
viviendo la vida en paz…

imagina que no hay posesiones,
me pregunto si puedes,
sin necesidad de gula o hambre,
una hermandad de hombres,
imagínate a toda la gente
compartiendo el mundo

puedes decir que soy un soñador,
pero no soy el único,
espero que algún día te unas a nosotros
y el mundo vivirá como uno.

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  1. Raymond
    13 mayo, 2011 en 9:00 AM

    Escribes bien compadre. Se te nota el poso de la experiencia. Ya vamos siendo mayores y alguna cosa buena tendría que tener. Repito Jaime. Tenemos que bailar otra la canción de Prima. En la casa de Nacho o en el vestíbulo del Paraíso.

    • 13 mayo, 2011 en 10:34 PM

      Hola chavalin, cuanto me alegra verte por aqui.
      Gracias por leer y por tu comentario. Cantaremos de nuevo just a gigolo y lo que haga falta, donde quiera que nos volvamos a ver.
      Y si tiene que ser en el portico del paraiso, cuanto mas tarde mejor. De momento, prefiero en casa de nacho, con buena compañia y buen vino.
      Un abrazo fuerte

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