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MISCELÁNEA (2) (esta España nuestra: sistema judicial)

(Coda de la última entrada: mi protesta final sobre el abuso en la fijación de los precios de la gasolina ha tenido acogida, ayer, en un editorial (“Cara Incompetencia”) del diario de mayor tirada nacional, que se hace eco de un demoledor informe de la CNC. Aunque no pretendía tanto cuando escribí: “quizá tendría sentido que alguien con criterio e influencia se interesase en ello”, bienvenida sea la denuncia de este influyente diario. A ver si logra poner en evidencia a quien corresponda)

 

Siguiendo con la miscelánea iniciada, hoy hablaré sobre un par de anécdotas leídas en prensa hace pocos días y que afectan a nuestro sistema judicial: la primera, casi simpática; la segunda, vergonzosa. Pero ambas suponen síntoma del pésimo funcionamiento de nuestro sistema y de la cuasi inmunidad de quienes ejercen este tercer poder.

 

2. El atasco de la Justicia.

 

No voy a hablar de los problemas, muy serios, relativos a asuntos tan graves como la politización de la fiscalía, del CGPJ, del TS o del TC que afecta, casi borrándolas, a las ya difusas líneas de la división de poderes en nuestra nación. Trataré de dos asuntos que recién (me gusta esta expresión argentina) he leído en cortas noticias de prensa y que, aunque aparentan poca importancia, por su singularidad o su gravedad, han llamado mi atención.

 

Estudié leyes y practiqué el derecho, pero nunca he sido experto en asuntos procesales. Conozco la estructura de nuestro sistema judicial y tengo ciertas ideas sobre las competencias asignadas a cada uno de los órganos judiciales, desde los juzgados de paz hasta el Tribunal Constitucional, bien sea por razón de la materia, del territorio o del nivel de avance del proceso. Intuyo que quienes no conocen de leyes ni de tribunales, saben que nuestro sistema judicial se basa en una estructura piramidal. Hay muchísimos jueces de paz, muchos juzgados de primera instancia e instrucción, bastantes audiencias provinciales, diez y siete tribunales superiores de justicia, una audiencia nacional y un tribunal supremo, con diferentes salas estos dos últimos en función de la materia de que se trate. Así es la pirámide.

 

Me he entretenido en relatar lo anterior, porque lo que el sentido común invita a pensar es que la razón de que exista esta estructura piramidal no es solo para lograr la tutela judicial efectiva para todos los ciudadanos, sino también por razones de eficiencia procesal, en el sentido de que los tribunales menores han de atender y resolver asuntos menores y los tribunales superiores habrán de hacer lo propio con los de mayor calado. Decir “menores” o “de mayor calado”, constituye una simpleza o, ya que hablamos de derecho, lo que en ciencia jurídica se denomina “concepto jurídico indeterminado”. Quizá dicho de otra manera se entienda mejor: no deberían llegar al Tribunal Supremo los asuntos que sean francamente estúpidos,  que no tengan importancia real o que puedan ser fácilmente solucionables en instancias de menor nivel sin que resulte grave la imposibilidad de apelación.

 

Porque, si cualquier controversia llega hasta la cúspide judicial, entenderemos fácilmente el extraordinario atasco de asuntos que hay en nuestros juzgados y tribunales y la poca celeridad en su resolución. Quizá unas pocas cifras –oficiales- reflejen mejor lo que digo:

 

A finales del año 2010, estaban pendientes de resolución en nuestros juzgados y tribunales 3. 275.000 casos. Setecientos mil más que dos años antes. Cada uno de los últimos años, han entrado entre 150 y 400 mil casos más de los que se han resuelto. Y la bola de nieve o, con más acertada metáfora, el globo, continúa inflándose; hasta que reviente, porque es improbable que se solucione. En los informes sobre evaluación de los sistemas judiciales de los países de la UE, que elabora la Comisión Europea para la Eficacia de la Justicia, España aparece en tercer lugar (por la cola, se entiende), solo por encima de Portugal e Italia. España también tiene el dudoso honor de ostentar el índice más bajo -81,7- de casos resueltos en relación con los recibidos. En esta clasificación, lamentablemente, no hay ningún país peor que el nuestro.

 

Y ¿por qué es esto así? Pues muy posiblemente porque suceden cosas como las que cuento a continuació

 

El primer caso que traigo es ciertamente jocoso; podría resultar divertido, de no ser nada más que patético. El titular de la noticia, tal como lo leí, decía esto: “Absueltos de ofender a quien pillaron en una fuente defecando”.

 

Lo que más me sorprendió, cuando bajé del titular de la noticia a las tripas, fue que el órgano que resolvió el asunto, este tremendo asunto, fue el Tribunal Supremo. Resulta que un tipo, el demandante, vecino de Vélez Rubio, tenía la fea costumbre de defecar (vamos, de cagar) en fuentes públicas. Quiero decir que no lo hizo una sola vez; lo hacía con cierta asiduidad. Los vecinos deciden denunciar el hecho e identifican al causante en la denuncia. El alcalde, prudente ante tan insólito hecho, no toma medidas drásticas. Con buen criterio, se le ocurre que lo más eficaz puede ser una controlada difusión del hecho entre los familiares del defecador con el propósito de que, reconvenido debidamente éste por aquellos, abandone tan cochina conducta.

 

Aunque la sentencia reconoce que solo lo divulgó ante tres personas del entorno familiar del defecador, nadie pudo controlar la propagación que estas tres personas hicieron de tan simpático suceso a lo largo y a lo ancho de Vélez. Hasta tal punto se propagó que, según declaró el denunciante –y así figura en autos– era ya por todos conocido como “el cagador oficial de Vélez Rubio”.

 

No quiero traer más detalles del asunto aunque hay algunos, recogidos en autos, ciertamente escatológicos. Supongo que los curiosos podrán encontrar detalles en la red. Pero sí quiero reiterar mi asombro por el hecho de que un asunto así, que ya fue juzgado en primera instancia, termine requiriendo la dedicación de los magistrados de nuestro más alto tribunal. ¿Cómo no vamos a figurar en último lugar de eficacia judicial, con asuntos como este resolviéndose en el Supremo? Algo habría que hacer.

 

………..

 

El segundo caso tiene más enjundia. El asunto, relatado con brevedad, es este:

 

Una señora entra en una perfumería de Úbeda (Jaen) y compra un frasco de colonia de marca Eau de Rochas. A los pocos días, vuelve a la perfumería y, aduciendo que la colonia “no ofrecía la fragancia que esperaba” (es decir, que abrió el frasquito), exige la devolución de su importe, 49,95 euros. La dependienta se niega. La señora se exalta, se irrita, y tira de carnet; y resulta que su carnet es el carnet de una jueza: de la jueza Barragán. Con él en ristre, trata de presionar a la asustada dependienta amenazándola con los males del infierno. Esta persiste en la negativa.

 

La jueza no se anda con chiquitas. Sin cortarse un pelo, ella misma –como ciudadana– denuncia a la perfumera ante la Policía aduciendo que en esa perfumería se venden colonias posiblemente falsificadas. Y ella misma –como jueza-, admite la denuncia y ordena a los agentes que intervengan todos los productos de primeras marcas, que precinten esa y otra perfumería del mismo dueño y que obliguen a éste a acreditar “la adquisición lícita de los mismos”. Y para asegurarse de que nadie más interviene en tan feo asunto, exige –como jueza– al inspector que dirige las actuaciones, que las concluya “a la mayor brevedad y, en concreto, antes de que ella misma saliese de la guardia”. 

 

Epílogo: El Tribunal Supremo –otra vez el supremo- ha confirmado la sanción disciplinaria de un año de inhabilitación que el Consejo General del Poder Judicial había impuesto a la jueza, así como su traslado forzoso a una plaza que se encuentre a, al menos, 100 kilómetros de distancia de Úbeda. 

 

Al margen de que, por muy legal que sea, parezca sorprendente que asuntos como este lleguen al Supremo,  resulta descorazonador que un juez corrupto o prevaricador, que para el caso y la profesión es lo mismo, sea condenado con tan escasa pena. El comportamiento de esta jueza no es, seguramente, esporádico; está en su naturaleza, como la fábula de la rana y el alacrán. Si prevarica por un asunto como este ¿qué no hará durante su larga carrera judicial, cuando el premio por vulnerar los principios que ha jurado sea más sustancioso?

 

Viene muy a cuento, aunque tan solo sea para dar un cierto nivel a esta entrada, traer uno de los más impactantes diálogos del cine; de cuando se hacía CINE con mayúsculas. Me refiero al film “Vencedores o Vencidos”, sobre el juicio de Nuremberg (Stanley Kramer, 1961). El reparto, de escándalo: Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Maximillian Schell, Marlene Dietrich, Judy Garland, Montgomery Clift,…Una de las mejores películas de la historia del cine con, sin duda, el mejor elenco de actores que podamos imaginar.

 

En uno de los diálogos finales, Ernts Janning (Burt Lancaster), el juez alemán juzgado, acusado de crímenes contra los judíos, le dice a Dan Haywood (Spender Tracy), el juez americano que juzga los crímenes de la guerra:  

-Jamás supuse que se fuese a llegar a esto (al holocausto)

Se llegó a esto la primera vez que usted condenó a un hombre sabiendo que era inocente.

 Fue la respuesta del juzgador.

Cuando un juez, en quien todos han de confiar y que tiene la máxima representación del Estado en la aplicación de su “tercer poder” comete una tropelía, es la dignidad del Estado la que sufre con la injusticia cometida. Y esa dignidad solo puede recuperarse con la rápida reparación de la injusticia y la inmediata separación del juez, de por vida, de sus funciones. 

Estaba decidido a traer música relativa a resoluciones judiciales injustas; incluso tenía preparada “Hurricane”, de Bob Dylan, que canta la prevaricación de los jueces racistas de New Jersey cuando condenaron injustamente al campeón de los pesos medios Rubin Carter. Pero Judy Garland es Judy Garland. Basta que me haya referido a ella tangencialmente para haberme quedado enganchado. Aunque no sea demasiado conocida, su mérito no es haber sido la madre de Liza Minelli, sino haber sido la Gran Judy Garland.

Una de sus más conocidas canciones habla de un mundo mejor. Un mundo mágico que en estos días inciertos es, quizá, lo que más necesitamos. Un mundo que está en algún lugar por encima del arco iris: Somewhere Over The Rainbow. La compusieron Harold Arlen (música) y Yip Harburg (letra), para que la cantara Judy, y no otra, en la película El Mago de Oz, en 1939. Judy tenía 17 añitos.

 

Os dejo una versión algo más moderna: de 1955.

 

 


Somewhere over the rainbow
Way up high,
There’s a land that I heard of
Once in a lullaby.

Somewhere over the rainbow
Skies are blue,
And the dreams that you dare to dream
Really do come true.

Someday I’ll wish upon a star
And wake up where the clouds are far
Behind me.
Where troubles melt like lemon drops
Away above the chimney tops
That’s where you’ll find me.

Somewhere over the rainbow
Bluebirds fly.
Birds fly over the rainbow.
Why then, oh why can’t I?

If happy little bluebirds fly
Beyond the rainbow
Why, oh why can’t I?

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  1. Sarah Guadiana.
    24 marzo, 2011 en 11:06 PM

    Jaime,
    apoyo la moción de que en estos días, momentos, tiempos inciertos necesitamos un mundo mágico y seguro que está en algún lugar, me gusta pensar que está más allá del arco iris.

    Apoyo con mi voto ese “deseo y necesidad de un mundo mejor” con esta diferente versión de ese precioso tema de la Gran Garland.

    Me encantó cuando lo descubrí y me sigue encantando, me relaja y a veces me ayuda a irme a dormir con una relajada sonrisa.

    Hay posibles elecciones en You Tube, esta es la que da menos problema para cargarse.
    Espero que te guste.

    Besos
    Hoy más Guadiana que nunca

  2. corsario
    25 marzo, 2011 en 2:03 PM

    Hablando de sentencias escatológicas, había una graciosa de un imputado que decía que llegó tarde a la citación porque justo cuando salió de casa le entraron ganas de “cagar” y no se pudo aguantar y por ese motivo presentó el recurso de apelación.
    El Juez en sus fundamentos de derecho, y con sentido del humor , decía que sin duda alguna en la tesitura de escoger entre una y otra deposición, una por evacuación de vientre, otra por manifestación ante el juez como acusado, cualquier persona habría de optar por la primera por los graves apremios que supone el caso de no ser satisfecha esa necesidad fisiológica, siendo poco higiénica la presentación ante un tribunal en otras condiciones que no sean la de un completo descargo y que era precisamente lo que el recurrente sostenía que por hacer una cosa no pudo hacer la otra.
    Al final el juez no se creyó la existencia del sorpresivo apretón y estimó que el recurrente se burlaba de la administración de justicia y ratificó la sentencia.

    sldos
    Corsario

    • 27 marzo, 2011 en 10:28 PM

      Nuevo alto en el camino de Corsario; bienvenidas sean tus efímeras apariciones.
      Escuché hace tiempo la anécdota que cuentas, o una muy parecida. Y sabio es el planteamiento del juez en sus fundamentos pero, sin dar la razón al apelante, bien podría haber acordado una nueva citación antes que confirmar la sentencia apelada tan solo por la incomparecencia del citado.
      En fin, hay veces que la carga de la prueba resulta muy onerosa; o imposible.
      Un abrazo

  3. María Pilar Tortosa del Carpio
    28 marzo, 2011 en 5:46 AM

    Muy acertado el post y la canción

    • 31 marzo, 2011 en 11:45 PM

      Hola Pilar
      Muchas gracias por entrar en el blog, por leerlo, por valorarlo y por molestarte en comentar.
      Espero verte mas a menudo.
      Un abrazo

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