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ELUCUBRACIONES SOBRE LA UCRONÍA

¿QUÉ HUBIERA PASADO SI…?

 

 

UCRONÍA

Terrible lo que está pasando en Libia. Vergonzosa la tibia reacción de Europa y Estados Unidos. “Hay que tomar medidas“, dicen nuestros líderes, pero nadie las toma; “hay que organizar una reunión internacional”, dice Obama, pero sólo llegará a tiempo para ayudar a enterrar muertos. Se reúne el Consejo de Seguridad, la Comisión Europea, los gabinetes de crisis de los diferentes gobiernos ¿para qué? Para decir que hay que tomar medidas, sin tomarlas, y ocuparse sólo de repatriar a sus nacionales.

 

Como sucedió en el caso de Egipto, más vale –piensan– esperar a ver como evoluciona la crisis y así evitar apostar por el perdedor. No vaya a ser que Gadafi salga al fin “triunfante” y tengamos que seguir pactando con él. Pero en Egipto no hubo sangre y, aunque vergonzante, la espera resultó incruenta. En Libia, no. En Libia, el amigo de occidente, ese loco enfermo de Gadafi, está masacrando a su pueblo con las armas que le vendemos. 

 

¿Qué tiene esto que ver con la ucronía? No sabemos, hoy, cómo acabará esto; ni somos capaces de intuir cómo será África dentro de treinta años: ¿como Irán? ¿como Turquía? ¿quizá como cualquier país europeo?. Cuando llegue ese momento y los sucesos de hoy sean, ya, historia, muchos se preguntarán: ¿qué habría pasado si Europa y los EEUU nos hubieran ayudado? Aunque, ojala la pregunta sea, entonces, la contraria: ¿qué habría pasado si Europa y los EEUU no nos hubieran ayudado? Porque aún hay tiempo; aunque sea para la reconstrucción de los ELNA, los Estados Libres del Norte de África.

 

A este tipo de elucubraciones que consisten en imaginar lo que hubiera podido ser, se le conoce con el extraño nombre de “ucronía”. Lo bueno de escribir sobre lo que uno no entiende, es que siempre se aprende algo. Al contrario de lo que sucede si escribe de lo que entiende: es posible que se enseñe algo. Mi caso es el primero. Y, así, aunque se que la etimología del término proviene del griego, “cronos” (“tiempo”) precedido por partícula negativa, es decir, ausencia de tiempo, ignoraba que el término lo “inventó” un filósofo francés, Charles Renouvier, en su obra Uchronie. L´utopie dans l´Histoire, (Ucronía. La utopía en la Historia). Renouvier dice “que así como utopía es lo que no existe en ningún lugar, ucronía es lo que no existe en ningún tiempo”.

 

Se entiende por “ucronía”, según el DRAE, la “reconstrucción lógica de episodios históricos, dando por supuesto acontecimientos no sucedidos, pero que pudieron haber ocurrido”. El típico y tópico ¿qué habría pasado si en lugar de ……hubiera…..? cuestión que afecta a “lo que hubiera podido ser” en todos los planos de la vida: política, guerras, avances científicos, médicos o industriales e, incluso, en el plano individual de la vida, de los intereses y de los sentimientos.

 

 

Se me ha ocurrido escribir sobre esto hoy, precisamente, por ser el aniversario del 23 F, que nos ha machaconeado las neuronas estos días. Hoy, transcurridos treinta años desde aquel inquietante 23 de febrero de 1981, muchos se preguntan: ¿qué habría pasado si…? Los posibles “si” cubren multitud de variables: ¿…si el Rey hubiera apoyado el golpe,…si hubiera habido muertos en el Congreso,…si se hubieran enfrentado diferentes facciones del ejército,…si…? Felizmente, todo transcurrió bien; pero pudo no haber sido así. Nuestra joven democracia se fortaleció y, aunque con carencias, está hoy consolidada. Si bien ciertamente esclerotizada de hacer caso a lo que escuché esta mañana en una emisora. De los 350 diputados del Congreso, 150, es decir un 43%, estaban ya en 1981 ¿no es poca renovación para estos treinta años de democracia? A mi me parece que sí.

 

 

Si yo me hiciera esa “ucrónica” pregunta me respondería que, aunque no es posible saber qué hubiera sucedido de concurrir cualquiera de esos “si”, España sería hoy muy parecida a lo que es; incluso si hubiera triunfado el intento de golpe militar. Hubiéramos pasado unos años tensos, de temor de involución, incluso posiblemente con sangre. Pero, al cabo de unos años, la presión de nuestro entorno y la imparable globalización de economías e intereses habrían hecho que las aguas volvieran a su cauce; aguas más sucias y cauce más estrecho, pero que el tiempo habría limpiado y ensanchado.

 

Y, aunque sea más arriesgado decirlo, seguramente tampoco seríamos muy diferentes de lo que hoy somos si no hubiera habido hace setenta años una sangrienta guerra civil o si, tras ella, Franco hubiera detentado el poder cinco años en lugar de treinta y cinco. Seríamos, probablemente, república en lugar de monarquía pero ¿cuál es la diferencia para el ciudadano? ¿Somos muy diferentes de italianos, franceses o alemanes? No lo creo. Y seríamos, también probablemente, un país más avanzado.

 

Y esta creencia mía es absolutamente al margen de sensibilidades o tendencias políticas. Simple deducción de que, por la evolución económica y política de nuestro entorno y el transcurso de unas cuantas décadas, es difícil pensar que hubiera podido ser de otra manera. Y es sencillo y seguro, frente a una polémica, mantener una tesis así, porque hablamos de creencias que no pueden ser rebatidas por hechos, sino sólo comparadas con otras creencias alternativas.

 

Pero, claro, cuando digo que “no seríamos muy diferentes” me refiero al país en su conjunto o, más certeramente, a la situación política de ese país. Porque si hubiera triunfado el golpe, muchas vidas no serian como han sido; y si no hubiera habido una guerra civil, no habrían muerto casi un millón de almas ni dejado de nacer otras tantas.

 

————-

 

Porque una cosa es la ucronía histórica o colectiva, y otra la individual o, dicho de otra manera, la que nos plantea el “¿qué me, te o le hubiera pasado, si…?” Esta ucronía, la individual, es la más trágica por ser las más próxima y suele dejar un poso de tristeza, de impotencia o, como poco, de melancolía. Porque, además, casi siempre nos la planteamos cuando lo que pasó realmente fue una desgracia o fue un fracaso personal y lo que hubiera podido pasar y no pasó hubiera sido la salvación o el triunfo.  Todos tenemos amigos o familiares que han fallecido en circunstancias trágicas. Entre otros, recuerdo, por ser extraordinariamente  triste y fatal, el caso de un amigo mío, hijo único, que, en su viaje de vuelta de vacaciones, murió con su mujer y su único hijo en un accidente de tráfico. La causa, una mujer que conducía por el otro lado de la autopista y que perdió el control cuando su perrito le saltó del suelo al regazo; su coche saltó por encima de la mediana al otro lado de la autovía, cayendo sobre el de mi amigo. Pensar en la cantidad de casualidades y causalidades en tiempos, distancias y conductas que tuvieron que concurrir para que aquello sucediera, y en lo sencillo que hubiera sido que cualquiera de ellas variara en una milésima, lo suficiente para evitar el suceso, conduce a la locura. Solo queda la aceptación de la fatalidad; el puñetero destino.

 

Como en cualquier otro suceso: “si sólo hubiera salido un minuto más tarde….”, “si no hubiera olvidado…”, “si hubiera estado un metro más a la izquierda…”, “si no hubiera recibido aquella llamada …” Y ese condicional, que nunca sucedió y que se mide en mínimas desviaciones de tiempo, de distancia o de comportamiento, habría supuesto la utópica continuidad de la vida frente a la trágica realidad de la muerte o de la incapacidad. Como una macabra Teoría del Caos.

 

La vida está plagada de estas ucronías individuales, aún con un alcance menos trágico que la vida o la muerte. Nos entretenemos a veces en pensar o imaginar nuestras “vidas paralelas”. Esas decisiones que descartamos, que decidimos no tomar, y que hubieran podido afectar a nuestro trabajo, nuestra actividad, nuestro bienestar o nuestra  riqueza: “Dónde estaría yo ahora si hubiera decidido estudiar derecho en lugar de medicina; si hubiera aceptado aquel trabajo que me ofrecieron,  si me hubiera decidido a…”.

 

Y, quizá, más entretenidas aún son las ucronías que se refieren al amor, a la vida afectiva y que, normalmente, no se quedan sólo en el afecto o en el amor, sino en todo lo que éste es –o hubiera sido– capaz de crear y de procrear. “¿Habría fracasado mi matrimonio si me hubiera casado con…?” o, por el contrario “¿habría sido tan feliz si me hubiera casado con…?” o, también el más complicado “mis hijos no serían ellos; serían quizá otros si hubiera tenido el valor de declararme a aquella compañera de facultad…”

 

 

El libre albedrío, la capacidad de decidir entre las diferentes alternativas que se nos presentan en cada momento de la vida, valorando las ventajas e inconvenientes de cada una de ellas, es capacidad que caracteriza, y que condiciona, al ser humano. Una decisión de optar por algo implica una decisión de descartar muchas otras opciones. La opción tomada se ve, en el presente, como éxito; la renuncia a lo alternativo puede verse, en el futuro, como fracaso. Generalmente, no hay uno sin el otro. La vida está plagada de éxitos y fracasos, simultáneos, alternativos o sucesivos. Y aunque, como enseñaba Kipling, ambos han de ser tratados como impostores, somos nosotros los que, para ellos, representamos tan sólo un juego.

 

Sucede, además, que las más importantes decisiones de nuestras vidas hemos de adoptarlas en edades muy tempranas, cuando nos falta la experiencia, la perspectiva, la madurez y la sensatez; y nos sobra el valor, la irresponsabilidad, la inconsciencia. “Huy, si yo hubiera sabido entonces lo que ahora se”. Pero una vez que ya nada se puede hacer para cambiar lo que en el pasado fue y convertirlo en lo que hoy no es, no deja de ser un juego entretenido imaginar una o varias vidas paralelas que hubieran podido ser si, con la experiencia y el conocimiento de hoy, hubiéramos tomado otras decisiones ayer.

 

Quienes piensan que les habría podido ir mejor si hubieran hecho lo que no hicieron, suelen ser mas numerosos que los que creen lo contrario. Por eso, el mundo está lleno de gente infeliz. Quizá en el futuro sea posible, con algún invento que hoy ni siquiera podemos imaginar, transitar por dos o más caminos en paralelo o divergentes, o al menos tener la capacidad de visualizar, más que imaginar, esas  posibles vidas. Nuestras vidas serían más seguras, más confiadas y tendríamos, seguramente, menos miedos. Pero perderíamos esa humana sensación de riesgo que nos da la posibilidad, a veces la seguridad, de habernos equivocado. Y ¿qué es la vida sin riesgo? Asegurar el futuro convirtiéndolo casi en presente, es tan deshumanizado como atar corta a la historia, adaptándola a las necesidades políticas o sociales de cada momento, como hacía el Ingsoc en el orweliano Ministerio de la Verdad.

 

——————

 La ucronía que hoy convierto en canción es esta: ¿Qué habría sucedido si el payador de este precioso poema cantado de José Larralde, se hubiera atrevido a cantarle y a declararle su amor a su amada? Con toda seguridad,  no disfrutaríamos hoy de esta canción. La triste historia de un amor que ni siquiera empezó: Mejor, me voy.

 

Porque aunque casi se atrevió:

Tal vez por creerme cantor

esa noche llegué hasta su ventana
traiba al chambergo una flor
y en mi encordada, el sol
de cien mañanas.

Finalmente,  se acobardó:

 Tal vez ni quiera saber
que sueño con su amor…
mejor me voy.

Mejor, me voy, de José Larralde. Escuchadla, por favor. Empieza como un poema, acaba como canción. A lo mejor, al oirla, alguien se decide a dar un paso que no se atrevía a dar.

 

 MEJOR ME VOY


Me jui despacio,
aI tranquito sobón de mi matungo viejo
total… no tenia apuro en llegar,
cuanto más tardara, mejor,
ansina pudiera ser que se me juera
el temblor que tenia en el cuerpo
Nunca tuve el corazón tan apurao
y tan quedao el aliento;
yo no sabia lo que era estar embretao
hasta que vi sus ojos
pa’ colmo a su estancia
llegaban los dotores encochaos del pueblo
y las chinas relucientes
en pilchas que valen mucha plata.
Tuito el paisanaje sabia
que yo estaba metido hasta las ancas
y no faltó el paisano cometido
que me chució:
andá y dale una serenata
yo te empriesto la guitarra.
Hasta ai’ jui bien
después pa’ que hablar.
Tal vez por creerme cantor
esa noche llegué hasta su ventana
traiba al chambergo una flor
y en mi encordada, el sol
de cien mañanas.
La noche me dió su luna
y ansina fue, que la soñé mi fortuna,
pero en dispués,
me volví sobre los pasos
y antes de montar
miré pensando.
Tal vez ni quiera saber
que sueño con su amor…
mejor me voy.
Tal vez por ser soñador
esa noche me fui
sin despertar,
o acaso fue el corazón
que imposible pensó
poder besarla.
La duda se hizo matrera de ilusión
cerquita pialó mi canto, la razón
pa’ que pensar en volver,
si solo tengo el verso por fortuna
tal vez ni llegue a saber,
que casi le cante…
mejor me voy.
Tal vez ni llegue a saber
que casi le cante…
mejor me voy.

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  1. Cosimo Piovasco Di Rondò
    24 febrero, 2011 en 6:57 PM

    Yo no soy muy de ucronías, sin embargo desde pequeño me han llamado la atención las ilustraciones que imaginaban cómo sería el mundo en el año 2000 o más. El otro día leyendo un artículo me enteré de que eso tiene un nombre: “paleofuturismo”.

    Volviendo al tema de la ucronía y hablando de literatura, que hace mucho que no cuento nada. Philip Roth es un magnifico escritor estadounidense (no se que esperan a darle el Nobel) cuyos libros tienen una subtrama de “tesis” bastante potente. El caso es que tiene un libro que se llama “La conjura contra américa”, es precisamente una ucronía en la que Roth parte de ciertos hechos reales: la existencia de un movimiento filonazi/antisemita y aislacionista en EEUU en los días previos a la Segunda Guerra Mundial (encabezado por el aviador Charles Lindberg y el empresario Henry Ford), enfrentado a las tesis más liberales e intervencionistas de F.D. A partir de ahí Roth construye la ucronía en la que Charles Lindberg es elegido presidente de los EEUU frente a Roosvelt e impone una política aislacionista y de aproximación a la alemania de Hitler, con un impacto inmediato en la población judía. La trama política es pura ficción, como toda ucronía, pero Roth tira de material autobiográfico para contar su pequeña historia familiar que corre paralela a la trama política.

    Abrazos,

    Cosimo

    • Cosimo Piovasco di Rondó
      24 febrero, 2011 en 9:38 PM

      No me había leído la segunda parte de la entrada, está muy bien, cuantas veces nos hemos planteado ese que hubiera sido si… Y cierto que las decisiones más importantes de nuetra vida suelen suceder en la juventud, cuando menos sabemos de la vida y, sin embargo, nos marcarán para siempre como hierro al fuego.

      Abrazos,

      Cósimo

    • 28 febrero, 2011 en 8:03 PM

      A mi me inquietaban las historias de viajes en el tiempo, al pasado, y el posible (imposible) efecto que tendría modificar algún hecho pasado cuando el futuro (el presente) ya es conocido porque ya ha sucedido. En fin, un lío.
      De Charlie Lindberg colgué música en una entrada de hace meses. Su mérito fue ser el primer aviador que cruzó el charco en solitario y sin escalas. Su pecado, ser filonazi, aunque finalmente hizo la guerra con las USAF. Su pena, perder un hijo de 20 meses, secuestrado y asesinado.
      No conozco a Philip Roth y nada he leido suyo. El apellido me trae a la mente a una actriz que me encanta: Cecilia Roth.
      Un abrazo

  2. Sarah Guadiana.
    25 febrero, 2011 en 12:01 AM

    Hola Jaime.
    Es preciosa la canción y la voz de este hombre, simplemente maravillosa.

    Respecto a la toma de decisiones y las ucronías, he llegado a la “cómoda conclusión” de que cada decisión tomada es siempre la más adecuada en ese momento, la mejor o como mínimo la menos mala, con todos los condicionantes que hacen que la balanza se incline hacia ella. Que más adelante se llegue a la conclusión de que no fue una buena decisión, es más que fácil, los condicionantes pierden el peso que tenían en su momento.
    A partir de ahí intentar imaginar lo que hubiera podido ser de haber tomado otra decisión o la contraria, no dejará de ser imaginación y proyección de sueños, anhelos, insatisfacciones… bueno eso, ucronías. ¿¿Quién sabe??

    En esta preciosa canción, él toma la decisión de abandonar sin siquiera intentarlo, quizá sea de las peores decisiones, las que más ucronías pueda procurar porque anula la posibilidad de tener ni siquiera indicios “futuribles”…

    A parte de esto, me encanta la frase “Tal vez por ser soñador esa noche me fui sin despertar”, que además disculpa un poco a nuestro amigo por no haber decidido arriesgar. Y ahora entraríamos en otra cuestión ¿no arriesga por ser un soñador? o si hubiera sido un soñador se habría lanzado sin red a la conquista de su sueño.

    Besos
    S. G.

    • 28 febrero, 2011 en 8:26 PM

      Hola Guadiana!!
      ¿No conocías a Larralde? A los diez y tantos años se te metía bien adentro en la piel. Como esta, también de Larralde, que te regalo, solo para tí: RESOLANA

      Estoy muy de acuerdo en lo que dices y es parte de mi filosofía de vida. En los asuntos importantes es más sano tender a pensar que la opción que tomaste es la más correcta. Siempre, claro está, que hayas tenido suerte razonable en la vida. Porque si todo te sale mal,…brrrr, y encima piensas que las decisiones que tomaste son las adecuadas, es para pegarse un tiro.
      Bueno, son cosas que hay que tomarse relativamente en broma.
      Lo de abandonar sin intentarlo, al menos en asuntos de amor, no creas que es tan malo. El intento con fracaso es valiente, pero deprimente. La decisión de no intentarlo para no fracasar, es sin duda cobarde, pero ¿y la cantidad de sueños que te quedan? “si yo me hubiera atrevido,…”
      Es que, además, una mujer de bandera acobarda a cualquiera.
      No se si ser soñador es arriesgado o no, pero te da tanta vida….
      Un beso Guadiana

      • Sarah Guadiana.
        1 marzo, 2011 en 9:03 PM

        Gracias Jaime por esa preciosa canción llena de sentimientos, que romántico adiós, que bonito dejar una huella en alguien “como resolana debajo la piel” pero…. de nuevo ¡¡es tristona!!, en fin, aunque no me gustan los “adioses” es romántica y eso me gusta.

        Sigo con las decisiones: yo alguna vez tomé, tuve que tomar, alguna decisión que preveía podía tener (en un más que alto porcentaje de probabilidad) un mal resultado y no me falló la previsión, pero era la que tenía que tomar en ese momento y si hoy me preguntas si volvería a tomar la misma decisión, te aseguro que no estoy segura de la respuesta. Siempre me quedará el plan B, ¡¡¡me suicido!!! y así no tengo que tomar la decisión… (¡¡es broma !!).

        Tampoco yo se si ser soñador es arriesgado o no, pero es estupendo soñar y si hay que arriesgar para intentar alcanzar el sueño ¡¡¡se arriesga!!!, también el dolor es señal de que vivimos, en el peor de los casos, claro.

        Un beso enorme

      • 3 marzo, 2011 en 8:58 PM

        Tienes razón, pero “cuando el amor renace, todo tiene sentido otra vez,….si te queda de mi la ternura como resolana debajo la piel”. No es un adios del todo triste; es un “ojala que te vaya bonito” (¿recuerdas este bolerito mejicano tan tierno?)
        Fíjate, Guadiana. La vida está llena de adioses y de nuevas ilusiones. Y lo que hubo antes de los adioses siempre queda en el recuerdo.

        Seguro que la decisión que tomaste fue la correcta. Y la que tomarías, de presentarse otra vez la ocasión, también lo será.

        Beso enorme para ti también

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