INDIGNARSE ¿SIRVE DE ALGO? (2)

Indignación, hartazgo, cabreo,… ¿Sirve de algo indignarse? supongo que sí, pero habrá que hacer algo más. Indignarse, hartarse, cabrearse, te dejan jodidamente melancólico. Hay que actuar; pero habrá que ver cómo.

Así terminaba la entrada anterior. 
Es necesario que se produzca un cambio cualitativo en la conducta de la sociedad o, dicho de otra forma, en la reacción de la sociedad ante la manera de ser gobernada. Aunque es difícil saber qué cambio e, incluso sabiéndolo o intuyéndolo, imaginar cómo motivarlo.

En palabras más claras: La Sociedad Tiene Que Reaccionar. No sólo Razonar, como sugería el neuropsiquiatra crítico de Hessel; no sólo Indignarse, como sugiere el propio Hessel. Es necesario Reaccionar; algo parecido a Rebelarse; sin sangre pero con energía y convicción.

Porque, aunque no concurren hoy la mayoría de los motivos –especialmente los de carácter económico o social– que actuaron como detonantes directos de las grandes revoluciones que cambiaron la historia en Europa (la francesa de finales del XVIII o la bolchevique de principios del XX), en América (la de independencia del norte a finales del XVII, la bolivariana del sur a primeros del XIX, la mexicana del centro a principios del XX), en Africa (especialmente los sangrientos procesos de descolonización y la revolución pacífica de Sudáfrica) y en Asia (con las diversas revoluciones chinas a lo largo del siglo XX), sí se perciben algunas de las causas que catalizaron la participación masiva de los ciudadanos en esos movimientos revolucionarios.

Con excepción de la revolución sudafricana, gracias al liderazgo del gran Mandela, el resto de las citadas devinieron en revueltas sangrientas y, casi todas, en prolongadas guerras. Algunas acabaron con un largo periodo absolutista; otras lo iniciaron o, simplemente, cambiaron la personalidad, filosofía o ideología del dictador.

Efectivamente, en Europa del Sur no concurren, hoy, la mayor parte de las causas sociales de aquellas revoluciones. Hay cierta pobreza, pobreza occidental siglo XXI, pero no hay hambre; la protección del estado y la solidaridad familiar la evitan. La lucha de clases, con el crecimiento de la clase media, no es ya tal lucha, tan sólo existen diferencias pacíficamente aceptadas. La revolución industrial finalizó con el triunfo de los derechos sociales sobre la explotación. Aunque sigan existiendo latifundios –pocos- la población rural ni es mayoritaria ni está marginada; al contrario, la que queda está protegida por subvenciones y los jóvenes hace tiempo que emigraron a las ciudades.

Sin embargo, algunas situaciones y muchos de los detonantes de carácter político que sirvieron de catalizadores de las inquietudes y deseos de cambio de las gentes de aquellos países y épocas, los podemos encontrar en nuestra sociedad y en nuestra clase –casta– política de hoy. En efecto, podemos decir, sin riesgo de cometer exageración, que hoy sufrimos:

–         Un cierto agotamiento de un sistema basado en el capitalismo “salvaje” del libre mercado, que ha escapado –probablemente porque gran parte de la clase política saca partido de ello– de cualquier intervención o regulación estatal. Prueba de ello es que muchos de quienes fueron protagonistas de ese mercado son, hoy, asesores económicos de gobernantes. Y ha sido precisamente ese capitalismo salvaje el causante de la profunda crisis que está a punto de acabar con él.

–         Un incremento extraordinario, en las últimas décadas, de la corrupción de los políticos. Agravado por el sentimiento de que esta corrupción, a ojos de la sociedad, queda impune; efectivamente, cada día somos informados de nuevos casos o de agravamiento y extensión de casos conocidos; y, sin embargo, podemos contar con los dedos de la mano de un manco los políticos que están juzgados, condenados, encarcelados y, sobre todo, obligados a devolver lo que robaron.

–         Un imparable despilfarro de los recursos que el estado obtiene de los impuestos de los ciudadanos, sin entrar en la consideración de la justicia o injusticia distributiva del sistema impositivo. Despilfarro que se consume, en el mejor de los casos en objetivos inútiles y en el peor en gastos suntuarios de los propios políticos o, indirecta pero impunemente, en sus bolsillos

–         Un sentimiento profundo y justificado de que los gobiernos gobiernan al margen de las opiniones o de las preferencias mayoritarias de la sociedad. Y, aun así, se arrogan el “poder emanado del pueblo” como esencia de la democracia. La sociedad se convierte así en rehén de los políticos. La única capacidad de reacción de la sociedad es cambiar el signo del voto; el nombre del partido que ha de recibirlo. Escasa capacidad de reacción cuando, excepto en ciertos detalles, los partidos –y los políticos de los partidos– son intercambiables sin que percibamos, apenas, ese cambio.

–         Una debilidad del gobernante de turno, gracias a nuestra nefasta ley electoral, que le obliga bien a sacar en las urnas mayoría absoluta, con el riesgo que eso supone, bien a traicionar su ideología y su dignidad comprando a un PIP (Partido de Intereses Personales) con nuestros dineros o con otras prebendas los votos que, en cada ocasión, necesite.

–         Una carencia intelectual de nuestros políticos. La política se ha convertido en una carrera profesional tan sólo accesible por una casta determinada. De la misma manera que a la actividad notarial sólo pueden acceder los notarios, a la ingeniería los ingenieros y a la medicina los médicos, a los puestos de responsabilidad de la política (sea ministro, secretario de estado o simple diputado, alcalde o concejal) sólo pueden acceder los políticos de carrera. La diferencia es que los notarios, ingenieros y jueces tienen que haber probado su capacidad intelectual y su esfuerzo. Los políticos, tan sólo su lealtad al líder, su servilismo y la capacidad probada de vender su dignidad.

–         Una esclerosis o paralización de las Instituciones del Estado por la ambición de poder y por la falta de sentido de estado de nuestros políticos. La renovación, aún no completada después de cuatro años de prórroga, del Tribunal Constitucional, la elección de los representantes en el CGPJ, la falta de acuerdos del Pacto de Toledo, son ejemplos representativos de esta parálisis.

–         Y, muy probablemente provocado por todo lo anterior, una sensación de la ciudadanía de ser utilizada como moneda intercambiable, como elemento de disputa, como un concepto inerte del que en cada momento pueda el político servirse y al que sólo haya de prestar atención en los procesos electorales.

 

Es decir que, aunque no concurran las Grandes Motivaciones Materiales inspiradoras de las revoluciones que cambiaron el mundo, sí existen motivos suficientes para la rebeldía, para gritar nuestra indignación, para decirles a nuestros políticos y gobernantes, sean del partido que sean, que ya está bien de abusar, de robar, de insultar, de acusar, de amenazar. Que ya es hora de gobernar y, si para ello tienen que pactar, que ya es hora de pactar.

Sobran motivos, pero faltan líderes intelectuales. No necesitamos guerreros ni iluminados: ni Villas ni Zapatas; ni Lenins ni Stalins; ni Robespierres ni Marats. Y los que nos gustarían, Lincolns o Mandelas, no existen. Por mucho que repasemos nuestro particular santoral de políticos, nada de valor encontramos; ni entre los líderes intelectuales, ni entre los “media”, ni en las universidades, ni en las empresas.

Pero es que, por otro lado, faltan también ejércitos que dirigir.

Antes dije que, en ausencia de rebelión, nuestro único momento son las elecciones y nuestra única arma es el voto. Pero ¿qué hacer con él? ¿Votar al contrario, al opositor? Tendremos sólo un momento de satisfacción, porque al poco tiempo estaremos deseando que se vaya.

¿Qué hacer, pues, con el voto? Hay una posibilidad: una rebelión pacífica. Aunque si creemos a quien, si bien sólo en el terreno literario, la experimentó, es difícil que tenga éxito.

En su Ensayo Sobre la Lucidez, el Nobel José Saramago relata la insólita situación que se genera tras las elecciones municipales de un país democrático, presumiblemente Portugal. Sin previo acuerdo o movilización dirigida, la mayoría de los electores de la capital opta por votar en blanco. El gobierno, sorprendido y preocupado, decide repetir las elecciones previendo una recapacitación del electorado. El resultado es aún más angustioso: cero abstenciones, 17% de voto explícito (8/8 derecha y centro y 1 izquierda) y 83% de votos en blanco.

Aún siendo el voto en blanco una opción legítima y constitucional, el gobierno se siente atacado y lanza una campaña de intoxicación contra los “blanqueros”, alertando de que, si bien el voto en blanco es legítimo, una actuación masiva en tal sentido es acción subversiva, posiblemente dirigida por inconfesables intereses del terrorismo internacional. El gobierno declara el estado de excepción y lanza una campaña de espionaje contra la población; detiene a muchos ciudadanos, les interroga e incluso tortura. Ante la falta de éxito de tales medidas, declara el estado de sitio y decide que todas las instituciones: gobierno, parlamento, judicatura e, incluso, policía, abandonen la capital. Establece un cordón del ejército alrededor de la ciudad para impedir que nadie pueda abandonarla. Piensan que los habitantes de la capital, frente al caos, pillaje, saqueos, incendios que sin duda se producirán en ausencia de la protección, tutela  y vigilancia del gobierno, terminarán pidiendo a gritos la vuelta de las instituciones, delatando a los culpables –reales o inventados- e implorando el perdón del gobierno.

Nada de eso sucede. El orden y la decencia, en ausencia de los políticos, impera en la ciudad. El gobierno –de derechas, no olvidemos– provoca una huelga de limpieza como antepenúltima esperanza de arrepentimiento de la población. Los ciudadanos asumen ellos mismos las labores de limpieza y los servicios municipales se incorporan, acabando así con la huelga. El gobierno –de derechas, no olvidemos-, como penúltima esperanza, pone una bomba en el metro matando casi a cincuenta ciudadanos. Piensa que en los funerales la población estallará; pero nada sucede. El gobierno, como última esperanza, envía a un eficaz comisario con un par de agentes para que liquiden a quienes ya han identificado –sin serlo– como culpables. Es el gobierno el que, Razón de Estado e Imbecilidad por medio, de convierte en terrorista.

No contaré el final. Diré tan sólo que merece la pena leer Un Ensayo sobre la Lucidez. El estilo de redacción, la ironía, sarcasmo e imaginación de Saramago son notables. Y los diálogos y disputas entre los ministros, hilarantes; si no pensáramos que, “mutatis mutandis” deben de ser muy parecidos a los de nuestros propios ministros

Es triste llegar a esta conclusión, pero ni siquiera el voto masivo en blanco, además de ser maniobra de difícil ejecución, serviría. La abstención, menos aún. Les importaría a nuestros políticos un carajo ser elegidos por diez o por diez millones.

Sigo igual ¿qué hacer? ¿Una campaña de movilización continuada a través de las redes sociales como algún lector sugería? ¿Una campaña de objeción fiscal? ¿Un boicot masivo a los medios de comunicación? ¿Una huelga colectiva de hambre? ¿Una extracción masiva de fondos de las entidades bancarias como sugirió hace poco no se qué famoso? ¿Una huelga de compras en grandes superficies? ¿…?

Nada; no haremos nada, no podemos, no sabemos y no queremos. Esperaré que a alguien se le ocurra algo y me pondré tras él. Mientras tanto, como sugería el Gatopardo, desayunaré churros con chocolate tras haberme duchado con agua caliente y escucharé las noticias en la radio. Eso sí, indignado, melancólico, despistado y decepcionado…conmigo mismo.

………..

Terminaré transcribiendo el inicio de un editorial de un diario de hoy, que dice más o menos lo que yo quiero decir con tanto rollo y tanto circumloquio.

“Necesitamos al Estado; necesitamos a las instituciones, a los partidos y a los políticos, pero, sobre todo, necesitamos que funcionen, que cumplan con sus obligaciones, que sean responsables. En un momento de crisis tan severa como la presente y con un futuro no precisamente halagüeño, la llamada a la responsabilidad es una llamada a que tan importantes piezas de la estrategia para salir de la crisis recuperen la credibilidad ante los ciudadanos, porque ésta es el aceite del engranaje social imprescindible para dirigir y coordinar todos los esfuerzos hacia la salida de la crisis”.

 

Podría traer muchas canciones hoy, pero después de darle vueltas me decido por “The Bells of Rhymney”. Esta canción se basa en un poema del galés Idris Davies, nacido precisamente en Rhymney, que vivió durante la primera mitad del siglo pasado. El poema se inspira en la huelga general que tuvo lugar en Reino Unido en 1926. Como muchas rebeliones, la huelga fracasó; pero finalmente, el movimiento social triunfó.

Las campanas, como los ciudadanos, tañen, gritan, acusan; pero, como hoy nosotros, no se mueven. Se indignan, preguntan, exigen; pero nadie les hace caso.

Is there hope for the future? , cry the brown bells of Merthyr.

(¿Hay esperanza para el futuro?, gritan las campanas de Merthyr)

La canta uno de los mejores, a quien ya conocéis porque lo he traído en varias ocasiones: Pete Seeger. En actuación en directo, Australia 1963. Muy buen sonido para la época de la grabación y un Pete en plena forma, su salsa, con su público entusiasmado pero tranquilo.

 

 

Oh what can you give me?
Say the sad bells of Rhymney.
Is there hope for the future?
Cry the brown bells of Merthyr.
Who made the mine owner?
Say the black bells of Rhondda.
And who robbed the miner?
Cry the grim bells of Blaina.

They will plunder willy-nilly,
Cry the bells of Caerphilly.
They have fangs, they have teeth,
Say the loud bells of Neathe.
Even God is uneasy,
Say the moist bells of Swansea.
They will plunder willy-nilly,
Say the bells of Caerphilly.

Put the vandals in court,
Say the bells of Newport.
All would be well if, if, if,
Cry the green bells of Cardiff.
Why so worried, sisters, why?
Sang the silver bells of Wye.
And what will you give me?
Say the sad bells of Rhymney.

Oh, ¿qué me daréis?/ Dijeron las tristes campanas de Rhymney./ ¿Hay esperanza para el futuro?/ Dijeron las campanas marrones de Merthyr./ ¿Quién hizo al propietario de la mina?/ Dijeron las negras campanas de Rhondda./ ¿Y quién robó a los mineros?/ Dijeron las graves campanas de Blaina.// Saquearán queramos o no,/ Dijeron las campanas de Caerphilly./ Tienen colmillos, tienen dientes,/ Dijeron las claras campanas de Neath./ ¡Hasta Dios está inquieto!/ Dijeron las húmedas campanas Swansea./ ¿Y qué me daréis??/ Dijeron las tristes campanas de Rhymney.// Lanzar a los vándalos en el tribunal,/ dijeron las campanas de Newport./ Todo estaría bien si, si, si, si, si, si…/ Dijeron las verdes de Cardiff./ ¿Por qué estáis tan abrumadas, hermanas, por qué?/ Cantaron las plateadas campanas de Wye./ ¿Y qué me daréis?/ D

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  1. Sarah Guadiana.
    17 enero, 2011 en 11:31 PM

    Hola Jaime.
    es dificil, muy dificil aportar algo nuevo o discrepar en estas dos entradas.

    Todos estamos igual, igual de indignados, desencantados, cabreados y desorientados.

    Me apuntaría a todas las opciones que apuntas en tu “sigo igual ¿qué hacer?” incluso podríamos añadir: huelga de consumo energético, de agua, de telefonía y también me apuntaría a ellas.
    Si fuera una huelga general con seguimiento masivo donde se incluyeran todos esos ámbitos el resultado sería muy interesante, lo malo es que ya de entrada podemos dudar del seguimiento y esto es lo peor.

    No tenemos fe en la casta política, pero tampoco la tenemos en nosotros mismos como ciudadanos que deberían recuperar su papel protagonista en esta película. Parece que nos ha pillado por sorpresa descubrir que no somos los “prota”, que solo somos unos secundarios, necesarios, pero secundarios y nos dan y nos quitan papel y plano a su antojo e interés y constatando que son unos guionistas y directores malísimos, seguimos actuando a sus órdenes.

    Dado que no puedo aportar ideas, seguiré al que lo haga.

    Besos.

    S. Guadiana

    • 18 enero, 2011 en 12:18 AM

      Pues andamos parecido, Guadiana.
      El otro día, no me acuerdo que fecha pero si el medio (el Mundo) leí un articulo interesante de Rosa Diez sobre la Sociedad Civil. Lo buscare y te lo mandare al Mail que figura en tus comentarios.
      Rosa Diez parece una mujer con criterio, con sentido común y sin ambiciones. Lo que pasa es que no se si es solo la apariencia ni se si tiene, o tendrá si empieza a crecer, libertad de acción.
      Hay muchos que se fían poco de ella y yo no tengo demasiado criterio. Quizá seria bueno que sacara buenos resultados en mayo para empezar a conocerla, a ella y a los suyos. En Catalunya le dieron calabazas.
      Besos y a dormir. Que tengas lices sueños.

  2. CORSARIO
    18 enero, 2011 en 12:07 AM

    Pete Seeger es “too soft” , para una “revolution” mejor los Beatles.

    Si se trata de “incendiar” las masas nada mejor que música de Pink Floyd.

    Me encantaría oir un buen plan ¡¡

    You say you want a revolution
    Well you know
    we all want to change the world
    You tell me that it’s evolution
    Well you know
    We all want to change the world
    But when you talk about destruction
    Don’t you know you can count me out
    Don’t you know it’s gonna be alright
    Alright Alright
    You say you got a real solution
    Well you know
    we’d all love to see the plan
    You ask me for a contribution
    Well you know
    We’re doing what we can
    But when you want money for people with minds that hate
    All I can tell you is brother you have to wait
    Don’t you know it’s gonna be alright
    Alright Alright
    You say you’ll change the constitution
    Well you know
    we all want to change your head
    You tell me it’s the institution
    Well you know
    You better free your mind instead
    But if you go carrying pictures of Chairman Mao
    You ain’t going to make it with anyone anyhow
    Don’t you know know it’s gonna be alright
    Alright Alright.

    • 18 enero, 2011 en 12:24 AM

      Mañana te contestare mas pausado Corsario. Pero, de momento, puedo decirte que Pete Seeger y muchos de “los míos” musicalmente hablando, hicieron mucho por las rebeliones sociales del sindicalismo (que envidia de sindicalismo) de mediados del siglo pasado.
      Los Beatles, ante quienes me quito el sombrero, revolucionaron la música. Que no es poco.
      Hasta mañana

      • Cosimo Piovasco Di Rondò
        19 enero, 2011 en 12:46 PM

        Naturalmente. Tengo una versión muy bonita de la “Internacional” cantada por Pete Seeger. Igual anda por Youtube.

      • 20 enero, 2011 en 12:25 PM

        Me refería más bien a las canciones, escritas em interpretadas por él, sobre las rebeliones de las Unions en el desarrollo industrial USA. En este blog he incluido algunas (Which Side Are You On, Joe Hill,..).
        Aunque también versionó (como lo hizo Joan Baez) algunas canciones políticas y varias de la guerra española (El Frente del Jarama, Quinto Regimiento, Venga Jaleo, Si me Quieres Escribir, …).
        Tuvo menos fama que los beatles y fue, musicalmente, menos rompedor. Había bastantes cantautores sociales (Woody y Arlo Guthrie, Baez, Leadbelly). Era la época; en latinoamérica, Victor Jara, Violeta Parra, Atahualpa, Larralde,… y en España Paco Ibañez, Raimon, Lluis Llach, etc…
        Y creo que ayudaron bastante; movieron masas con su canción y consiguieron derribar barreras sin sangre (excepto la del pobre Jara)
        Abrazos
        Abrazos

  3. Cosimo Piovasco Di Rondò
    19 enero, 2011 en 12:29 PM

    Cierto! no recordaba (no he leído) “Ensayo sobre la Lucidez” en la que Saramago trata lo del voto en blanco. El libro lo quiero leer. El voto en blanco es una opción a considerar para alguien que no se siente representado por ninguna formación política; ese es el caso de Cósimo, que además renuncia al voto útil porque realmente no es capaz de concluir si son mejores los que están o aquellos a los que se espera y tampoco le vale la opción de que “como los que están lo han hecho mal, demos la opción a los que vienen”, porque no le convence nada, pero nada de nada, la guarda pretoriana que sale en el telediario (los Pons, Cospedal, Montoro…), de entre los “peperos” casi que se queda con Rajoy y eso dice mucho.
    Desconozco el porcentaje que el voto en blanco alcancó p.ej. en las últimas elecciones (nunca se refleja en los cuadros) así como la tendencia en los últimos años; apostaría por que en las próximas elecciones (al menos en las generales) el voto en blanco va a subir, sobre todo si se movilizan las redes sociales con un mensaje convincente y razonado, que pueda explicar el motivo de ese voto en blanco.
    Lo dicho, me apunto “Ensayo sobre la Lucidez”, que me apetece leerlo. De Saramago (que, a pesar de su popularidad, sus novelas -las que yo he leído al menos- no son ni mucho menos fáciles de leer) leí “Memorial del Convento” (magnífica novela histórica y de amor bastante “sui generis”), “Ensayo sobre la Ceguera” (un libro intenso, metáfora de la fragilidad humana, de las miserias colectivas y las grandezas humanas), “El año de la muerte de Ricardo Reis” (más que intensa, el ambiente de Lisboa años 30, la figura de Pessoa…) e “Historia del cerco de Lisboa” (la que menos me gustó de las cuatro). Empecé “Todos los nombres” y se quedó olvidado en un avión. Me parece un escritor excelente.

    Abrazos,

    Cósimo

    • 20 enero, 2011 en 12:10 PM

      A veces tenemos la convicción -más que sensación- de que nuestro voto es inútil, no en el sentido político, sino en el práctico: ¿Que es un sólo voto entre 20 millones? Nada. Y si no es nada, ¿para qué sirve votar? ¿qué más da a quien vote, o que vote en blanco, o que no vote?.
      Claro que, si todos pensáramos lo mismo, la abstención sería gigantesca, lo que tampoco sería malo en estas circunstancias.
      Atahualpa Yupanki, en sus Coplas de un Payador Perseguido, decía:

      La sangre tiene razones que hacen engordar las venas
      pena sobre pena y pena hacen que uno pegue el grito
      la arena es un puñadito, pero hay montañas de arena.

      Pues el voto es como ese puñadito de arena, que solo no es nada, “pero hay montaaaaañas de arena”.
      Yo, de Saramago, he leido poco (tu eres ya casi un samarólogo). Su estilo de escribir los diálogos de los personajes (a los que nunca pone nombre, sino que los identifica por lo que son, lo que hacen o lo que parecen) es curioso y te cuesta entrar al principio. En Ensayo sobre la Lucidez alude al de la Ceguera e incluso incorpora alguno de sus personajes.
      En uno de los diálogos entre el ministro del interior y el primer ministro, me pareció escuchar a Rubalcaba (al menos en sus tiempos del GAL). El de Interior se dirige al primer ministro: “Usted sabe mejor que nadie que ningún ministro del interior, en ninguna época y en ningún país del mundo, abriría jamás la boca para hablar de las miserias, de las vergüenzas, de las traiciones y de los crímenes de su oficio, por consiguiente puede estar tranquilo, en ese caso tamnpoco seré una excepción”. Clavadito.
      Un abrazo

  4. odile
    8 febrero, 2011 en 11:40 PM

    Normalmente cuando las personas están tristes, no hacen nada. Se limitan a llorar. Pero cuando su tristeza se convierte en indignación, son capaces de hacer cambiar las cosas. (Malcolm X)

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