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CINCO MIL TURPIALES ROJOS

 

Durante los últimos días de 2010 y los primeros de este año nuevo, los medios han especulado con ciertos sucesos de aparentes “suicidios” colectivos de animales, sobre todo aves y peces. La reseña, breve, de estos sucesos es la siguiente:

Arkansas (EEUU), diciembre 2010. Casi un millón de peces aparecen muertos, flotando en el río Arkansas.

Maryland (EEUU), diciembre 2010. Centenares de aves halladas muertas.

Arkansas (EEUU), enero 2011. Unos 5.000 turpiales rojos (mirlos de ala roja) caen del cielo, ya sin vida, y aparecen muertos en el suelo. (Se da la circunstancia adicional de que, según un informe preparado por la GRU para Putin, uno de los mayores expertos de los Estados Unidos en armas biológicas y químicas fue brutalmente asesinado, después de amenazar con exponer públicamente que fue el gas venenoso de una prueba Militar de los EEUU el causante de estas muertes).

Luisiana (EEUU), enero 2011. 500 pájaros, en su mayoría mirlos y estorninos, se desploman del cielo y mueren; o viceversa, mueren y se desploman.

Falkoping (Suecia), enero 2011. Varios centenares de grajillas caen del cielo sin vida.

La concatenación de estos hechos y su coincidencia en lugares y tiempo han encendido la imaginación de muchos, deseosos de encontrar señales naturales o sobrenaturales, humanas o demoníacas, que indiquen un cambio de ciclo, una ruptura –no alianza– de civilizaciones o, quizá, el fin de este mundo. Cualquiera de estas cosas merecería constituir la guinda lógica a un año de tan profundas crisis sociales y económicas y con tan graves desastres naturales.

Para muchos, el Apocalipsis, el juicio final, el fin del mundo se acerca. Para otros, se trata simplemente de experimentos químicos de alguna de las potencias que controlan el mundo. ¿De qué, si no, van a caer tantos pájaros del cielo o morir de golpe tantos cientos de miles de pescados? O se trata de suicidios colectivos, que vaya usted a saber que significan, o es cuestión de armas tóxicas en pruebas. No hay otra.

A pocos parece tranquilizar, siquiera interesar, las muy lógicas –a mi al menos así me lo parecen– explicaciones de que la muerte de los peces obedeció a una epidemia que afectó solamente a la especie de los fallecidos o de que, en el caso de los pájaros, la causa indirecta fueron los estruendos nocturnos producidos por cohetería de fiestas, que espantaron a estas especies de aves diurnas haciéndolas volar de noche. Ese vuelo alocado, ciego y desordenado provocó –y es esta la causa directa– los impactos de las aves contra las estructuras urbanas y, al fin, su muerte.

Este asunto de las muertes colectivas me ha traído a la memoria el hecho de que, excepto que ésta –o la información que me llega– me falle, hace mucho que no suceden suicidios humanos colectivos.

Porque suicidios colectivos siempre han ocurrido. Voluntarios o provocados. He aquí un “inventario” de las últimas décadas:

  

Sharbish, Delta del Nilo, 1966. Los asnos de esta población toman la decisión de morir, golpeándose la cabeza con fuerza contra un pesado muro. Murieron docenas de ellos, con la cabeza destrozada.

Cayo Grassy, Florida (EEUU), 1969.  Sesenta ballenas se suicidan estrellándose voluntariamente contra las rocas. Unos barcos guardacostas intentaron ahuyentarlas hacia alta mar, pero las ballenas regresaban al instante, movidas por un deseo de morir más fuerte que el de vivir. Similares acontecimientos de fallecimientos masivos de cetáceos suceden con frecuencia en lugares distintos y distantes como Playa de Isla de Guyo (Filipinas), Porto Alegre (Brasil), Stewart (New Zealand), Santiago de Compostela (España), Burela, Lugo (España), y muchos otros.

Regio Emilia (Italia), 1978. Por razones que no se pueden determinar, 200 ovejas deciden su suicidio colectivo emprendiendo ciega carrera. Como si obedecieran a una misteriosa voz de mando, abandonan la seguridad del prado para arrojarse a las aguas del río Crostolo y morir ahogadas. Otras 500 ovejas habían decidido morir de la misma manera unos años antes, arrojándose al rio Rin, en Chur (Suiza)

MASACRE DE GUYANA

MASACRE DE GUYANA

Jonestown (Guyana), 1978.

912 miembros de la secta del Templo del Pueblo –hombres, mujeres y niños– murieron en Guayana en una ceremonia de suicidio y de asesinato colectivos dirigida por el “reverendo” Jim Jones, fundador norteamericano del movimiento.

Filipinas, 1985. Datu Mangayanon, Jefe de la tribu Ata de Mindanao, se suicida por envenenamiento, junto con 60 miembros de la secta. Su objetivo, “ver la imagen de dios”.

Wakayama (Japón), 1986. Siete cuerpos femeninos, carbonizados como consecuencia de una decisión colectiva de suicidarse, fueron encontrados en la playa de Wakayama, al oeste de Japón.

Yongin (Corea), 1987. La sacerdotisa Parl Soon-Ja, de no se que secta, asesina o “suicida” por envenenamiento, además de a sus tres hijos, a otros 28 discípulos de su secta.

Waco, Texas (EEUU), 1993. El gurú de la secta de los Davinianos, escindida de la del Séptimo Día, se suicida junto con 80 seguidores.

Suiza, 199448 miembros de la secta del Templo Solar fallecen calcinados, en la búsqueda de la esperanza de una pronta resurrección en un remoto paraíso más allá de nuestro sistema planetario. Su lider, Luc Jouret, les condujo, además de a la muerte, a adorar a “La gran logia blanca” de la estrella Sirio, unos supuestos maestros extraterrestres que habrían comunicado a la secta la base doctrinal que los condujo a terminar con sus propias vidas.

Canadá, 1994. Al día siguiente del suicidio colectivo de la secta del Templo Solar en Suiza, otros 26 miembros de la misma secta se quitan la vida.

California (EEUU), 1997.  Marshall Applewhite, profeta lider de la secta Puerta del Cielo, se suicida, junto a otros 38 fanáticos, envenenándose con una mezcla de fenobarbital y pudín de manzana bañado en vodka.

Santa Cruz de Tenerife (España), 1998.  la policía española impide en el último momento el suicidio colectivo de 32 personas de una peligrosa secta secreta que, convencidos de que se acercaba el fin del mundo y que solo ellos iban a sobrevivir a la catástrofe mediante el cumplimiento de un ritual suicida, decidieron “salvarse quitándose la vida”.

Kampala (Uganda), marzo 2000. Joseph Kibweteere, “profeta” católico de la secta Los Diez Mandamientos, organiza una fiesta con un número indeterminado de seguidores, tras la cual, y después de varias horas de entonar cánticos místicos se prenden fuego y fallecen.

Irtich (Siberia). Cientos de miles de roedores que viven en cuevas subterráneas, al llegar el mes de mayo abandonan sus madrigueras y emprenden una larga peregrinación que dura cuatro meses. Caminan día y noche hasta alcanzar la Tunguska; atraviesan el río y siguen a la península de Taimyr, donde se lanzan a las frías aguas del océano Glaciar Ártico. Mueren todos, hasta el último. Se ignora porqué realizan estos seres un suicidio colectivo de tan enormes proporciones, que recuerda a los de los lemmings que se internan en el mar, frente a Noruega y terminan ahogándose.

Asnos, ballenas, ovejas, miembros de sectas, roedores,… son suicidas colectivos relativamente habituales

A propósito he intercalado suicidios colectivos de animales y de seres humanos, también animales al fin. A pesar de que, según las teorías evolucionistas, todos –animales y hombres– procedemos de un origen común, mantenemos significativas diferencias físicas y, sobre todo, morales o intelectuales. Entre las físicas, destacan el andar erecto y, de ahí, la posición superior de la cabeza, el tamaño relativo del cerebro y la casi ausencia de pelo en el cuerpo. Entre las morales o intelectuales, las diferencias son más notables. Destacan en el hombre la conciencia, el lenguaje –verbal y escrito– complejo, la expresión y exteriorización de las emociones, la capacidad de elección al margen de los instintos, la de planificar, cultivar y recolectar. Y, en fin, todas esas virtudes y defectos humanos, que así se llaman porque sólo son patrimonio de los hombres: el amor y el odio, la nobleza y la vileza, la capacidad de apreciar la belleza y despreciar la fealdad, el agradecimiento y la venganza, la generosidad y la avaricia, la gula y la templanza, la lujuria y la castidad, la pereza y la diligencia, la ira y la paciencia, la envidia y la caridad, la soberbia y la humildad…Todas estas son facultades exclusivas del hombre.

La muerte nos iguala a todos, hombres y animales aunque, según muchos dicen, tras aquella continúan las diferencias. El animal carece de alma y por tanto de esperanza tras la muerte, en tanto que en el hombre, aquellas diferencias morales o intelectuales transformadas en alma, permiten que aquellos que creen vivan –o imaginen vivir, antes de morir-, la vida posterior a su muerte.

La muerte nos iguala. La búsqueda individual de la muerte –para quienes la buscan– nos diferencia. Porque pocos casos se conocen de suicidios individuales de animales y muchos de hombres: (Inmerso en su soledad, y en la mayor desesperanza, el suicida contempla la idea de su propia muerte. La obsesión madura con lentitud, va tomando forma en su mente, como la trama de una película con un terrible final*). La soledad, la depresión y la desesperanza son, probablemente, patrimonio del hombre, no del animal. Por eso aquellos no se suicidan si no es en manada. Por eso éstos, cuando se suicidan colectivamente, pierden su condición humana y adquieren la animal.

GRAN LOGIA BLANCA

¿Cuál es el mecanismo, el proceso, que conduce al suicidio colectivo? No soy filósofo ni psicólogo, pero tengo la opinión, casi la seguridad, de que en el mecanismo psicológico que lleva al suicidio colectivo no interviene ni la desesperación ni la depresión ni la soledad. Ni el deshonor propio, ni razones de tipo material o ético que hagan que vivir resulte incompatible con vivir con mínima dignidad, a criterio del propio suicida. En ausencia de todo lo anterior, lo que hay es debilidad mental, inducción de un tercero –líder espiritual, gurú, profeta-, hipnosis colectiva,  falsa religión, esperanza de fantásticos nirvanas; vacuidad. Y, de resultas de todo ello, una completa anulación de las facultades intelectuales –de las facultades del alma– y de la propia voluntad. Aquellas facultades que, precisamente, constituyen la superioridad del hombre respecto del animal. El hombre involuciona y se convierte en animal.

 

Y por eso, incluso antes de haber pensado lo que iba a escribir, intercalé suicidios colectivos de animales y de hombres. Porque no encuentro diferencias sustanciales entre los suicidios colectivos de las ballenas, ovejas o roedores y los del hombre. Quizá haya, por el contrario, una fundamental similitud. Todas las especies, incluso la humana, terminan quitándose la vida por miedo a una especie: por miedo, precisamente, al hombre.

O, como en el caso de los cinco mil mirlos o turpiales de ala roja, por causa del comportamiento humano. Porque los turpiales, ya quedó dicho, no se suicidaron.

Ignoro si hay música sobre suicidios colectivos; ni se me ocurre buscarla. Pero sí os dejo una bonita y triste canción de Brad Paisley y Alison Krauss, que canta un doble suicidio por amor. Primero él, que no se siente amado por ella; luego ella, que no puede vivir sin él. Sólo hay dos motivos por los que el suicidio puede ser comprensible: por amor y por honor. Aun así, es una solemne estupidez.

La canción es Whiskey Lullaby

She put him out like the burnin’ end of a midnight cigarette

She broke his heart he spent his whole life tryin’ to forget

We watched him drink his pain away a little at a time

But he never could get drunk enough to get her off his mind

Until the night

He put that bottle to his head and pulled the trigger

And finally drank away her memory

Life is short but this time it was bigger

Than the strength he had to get up off his knees

We found him with his face down in the pillow

With a note that said I’ll love her till I die

And when we buried him beneath the willow

The angels sang a whiskey lullaby

The rumors flew but nobody know how much she blamed herself

For years and years she tried to hide the whiskey on her breath

She finally drank her pain away a little at a time

But she never could get drunk enough to get him off her mind

Until the night

She put that bottle to her head and pulled the trigger

And finally drank away his memory

Life is short but this time it was bigger

Than the strength she had to get up off her knees

We found her with her face down in the pillow

Clinging to his picture for dear life

We laid her next to him beneath the willow

While the angels sang a whiskey lullaby

*elespectador.com

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  1. Lolita
    9 enero, 2011 en 12:37 PM

    Curioso caso el de los mirlos, a mi también me dejó impactada.

    Mezclando aves con amor: hace poco leí que en el sur de Inglaterra (Gloucestershire) descubrieron que los cisnes, que se creían “fieles” a su pareja hasta la muerte, también empezaban de cero, incluso simulando no conocer a su pareja anterior y presumiendo ante todos de la nueva.

    Respecto al suicidio, desde mi punto de vista, siempre hay motivos para vivir, nada ni nadie es imprescindible (afortunada o desafortunadamente), solo personas importantes en un determinado momento y a las que nunca se olvida.Aunque hay que reconocer, que el desamor, cuesta, la dependencia, más, y se pasa mal cuando llega o debe llegar a su fin.

    ¡Que bonita canción!

    Besos para ti y para “She”.

    • 9 enero, 2011 en 8:15 PM

      Hola Lolita
      ¿Qué tal los Reyes?
      Los cisnes son muy poéticos y algo cuentistas. No les creas nada de lo que dicen y desconfía de su apariencia. Son, como las abubillas, preciosos por fuera pero, según dicen, por dentro están podridos.
      ¿Será por eso por lo que no se comen? No. Es porque nos tienen engañados. Yo creo que es la única -o de las pocas- subespecie de las anátidas que no se come.
      En lo demás, estoy contigo. Siempre hay motivos para vivir, aunque esos motivos están muy desigualmente repartidos y hay gente, incluso en nuestro mundo, a quienes no les ha tocado ninguno o que no son capaces, en algún momento de sus vidas, de encontralos.
      Que tu y yo, y todos nuestros amigos, siempre los tengamos.
      Un abrazo

      • Lolita
        9 enero, 2011 en 9:11 PM

        Los reyes, muy bien, aunque cuando uno se va haciendo mayor, tal vez, lo material vaya pasando a un segundo plano y se valoren más otras cosas.

        El año nuevo, que se presentaba tranquilito, con algunos “disgustillos”, que como todo, afortunadamente pasa.Esos cisnes traviesos…

        ¡Pero que bien se vuelve a casa de los restaurantes y cafeterías sin oler a tabaco!

        ¡Abrazo enorme!

        PD: Estoy con Corsario en que tal vez haya que ser muy valiente para suicidarse.”Acabar con uno mismo”, que barbaridad, dejar de vivir, de estar, de ser, de sentir, de compartir momentos, experiencias, etc…Casi nada…

  2. Cosimo Piovasco di Rondò
    9 enero, 2011 en 3:07 PM

    Me parece muy interesante tu entrada y tus reflexiones acerca del suicidio y el comportamiento de los humanos. Al fin y al cabo todo se reduce a la inteligencia (o a su fracaso), entendida como la capacidad de un individuo para dirigir su comportamiento. El éxito de esa inteligencia radicaría, pues, en dirigir bien la conducta y el fracaso en su contrario, normalmente producido por un factor de distorsión o desarreglo de la inteligencia, normalmente provocado por una mala influencia o un aprendizaje inadecuado.

    En relación con todo esto es interesante el libro que José Antonio Marina (Toledo, 1939) “La inteligencia fracasada” (Anagrama, año 2004), que cita y desarrolla algunos factores que desencadenan el fracaso de la inteligencia: el prejuicio (“estar absolutamente seguro de una cosa que no se sabe”), la superstición (supervivencia de una creencia injustificable que es invulnerable a cualquier evidencia en contra), el dogmatismo, muy ligado a los anteriores factores (defensa a ultranza del prejuicio a pesar de las evidencias en contra) y, como compendio de todas ellas, el fanatismo (“defensa de la verdad absoluta y llamada a la acción”).

    En todos los casos aparece un factor común de distorsión: el blindaje contra los argumentos adversos que se apropia de la inteligencia y de la capacidad de aprender.

    Y yo que aprovechando tu entrada de hoy me habia propuesto no hablar de los políticos….

    Abrazos,

    Cosimo

    • 9 enero, 2011 en 8:33 PM

      Hola Cosimo
      Me alegro de que la hayas encontrado interesante. Hay veces que no se encuentran asuntos o que, habiéndolos a montones, no se encuentra el hueco para hincarles el diente. Lo de los mirlos da mucho juego y, al menos, te pasas un rato entretenido en los laberintos de la biblioteca universal.
      Entendida así, tan ampliamente, la inteligencia, su fracaso (su ausencia), es culpable no sólo de suicidios, tanto individuales como colectivos, pues en estos se anula la voluntad (parte del contenido de esa inteligencia) y en aquellos la capacidad de reflexión inteligente (sirva la tautología), sino también de asesinatos, genocidios, guerras y todo tipo de tropelías.
      Aunque no todo el mundo esté de acuerdo en el significado de “dirigir bien la conducta”.
      Resulta significativo y ciertamente inquietante (y supongo que es lo que quieres decir con tu enigmática frase final), que de los cuatro factores desencadenantes del fracaso de la inteligencia, al menos tres de ellos están presentes en la diaria conducta de -parte de- nuestra clase política: el prejuicio (en la acepción que entrecomillas), el dogmatismo y el fanatismo.
      Terminarán suicidándonos, si no hacemos algo….y si lo hacemos, también.
      Un abrazo

  3. CORSARIO
    9 enero, 2011 en 5:32 PM

    “En el año de 1284 en el día de Juan y Pablo
    siendo el 26 de junio
    por un flautista vestido con muchos colores,
    fueron seducidos 130 niños nacidos en Hamelin
    y se perdieron en el lugar del calvario, cerca de las colinas.”

    A propósito le la Leyenda del Flautista de Hamelin, de autor desconocido, creo que la mayoría de los suicidios colectivos, tanto de animales como de hombres, son provocados o inducidos por influencia del hombre.

    He oído algunas opiniones que las condiciones meteorológicas han provocado los últimos acontecimientos de muertes de pájaros y peces, me inclino a pensar que estas muertes son consecuencia de alteraciones del ecosistema producidos por experimentos o simplemente contaminaciones atmosféricas de todo tipo. Las “políticas verdes”, auténticas, son ahora, más que nunca, imprescindibles.

    Creo recordar que recientemente aparecían cetáceos malheridos o desorientados cerca de las Islas Canarias, finalmente se llegó a la conclusión que la razón fueron los ejercicios navales que se realizaban en aguas de las islas, parece que las explosiones submarinas y los sonares afectan a estos animales. Tengo entendido que estos ejercicios ya no se realizan cerca de las Islas, así que previsiblemente los matarán en otras zonas.

    Pienso que los varamientos masivos de cetáceos, principalmente en los mares del sur, tienen su origen en experimentos o ejercicios navales cerca de la Antártida, una región muy sensible a las alteraciones magnéticas que afectan los sistemas de orientación de los cetáceos.

    La ideología maya del suicidio como una búsqueda y posible encuentro con el paraíso en otro lugar, que no es éste, simplemente no me la creo, más bien creo que los suicidios colectivos eran inducidos por los Chamanes religiosos al estilo de lo que sucedió en Guyana.

    En una carretera al sur de Cuba presencié un “suicidio colectivo” de millones de enormes cangrejos que salían a la carretera desde los manglares próximos y eran atropellados por los coches, el ruido al aplastarlos con mi camión era tremendo, cuando conducías de noche iluminando a los cangrejos con las pezuñas extendidas te recordaba una película de A. Hitchcock, tuve la mala suerte de pinchar de noche y entre el olor nauseabundo de las carcasas pudriéndose y el ruido que hacían los vivos al arrastrarse me produjo una gran inquietud…

    Por último opino que para suicidarse hay que ser valiente, sobre todo si uno se suicida sin merma de sus facultades mentales.

    Saludos cordiales,

    El Corsario

    • 9 enero, 2011 en 9:06 PM

      Hola Corsario
      De nuevo estás de vuelta, después de larga ausencia (“Luna Cautiva”, Chango Rodríguez). Me alegro mucho.
      No recordaba (no conocía) esta variante del flautista de Hamelin. Seguramente, en mi época de chaval estaba censurado el cuento. Además, según acabo de leer, el cabronazo del flautista se llevó a los chavales por venganza. Porque el pueblo no le pagó sus servicios de desratización. ¿Imagináis que sea esa o parecida la reacción de tantos y tantos acreedores de ayuntamientos cuyas empresas han quebrado por falta de pago?.
      Estoy de acuerdo. Las muertes colectivas de animales son provocadas por actos humanos. Los animales no tienen instintos ni asesinos ni suicidas. Toda regla tiene su excepción y, quizá el comportamiento de los lobos que, que matan mucho más de lo que necesitan -y no lo hacen para guardar-, y de los elefantes que se van a morir, ya viejitos, a sus cementerios, constituyan excepciones. Pero esta disgresión, aunque venga a cuento, no quita ni pone nada.
      En lo de los pájaros y los peces de estos días, creo más en un acontecimiento repentino e inmediato como causa (el explicado por algunos científicos que comento en mi entrada) que en causas de efecto mucho más lento -pero más dañino- como las que comentas de alteraciones de ecosistemas. Estas matan poco a poco, no tan de golpe.
      Curioso lo de los cangrejos; si lo llego a saber antes, lo incluyo en la entrada, con los asnos, las ovejas y los roedores.
      Yo no creo que sea necesario ser valiente (en el sentido que yo tengo de valentía) para quitarse la vida. Es un acto de locura, o más bien de enajenación mental, más que de valentía. Aunque de chavales es cierto que solíamos comentar algo así como que el suicidio era una “cobardía valiente”; cobardía por no atreverse a seguir afontando la vida y valentía por el reto que implicaba el acto de suicidarse.
      Un abrazo

      • Cosimo Piovasco di Rondò
        9 enero, 2011 en 10:57 PM

        Sobre el debate valentía / cobardía. Supongo que la mayor parte de los casos de suicidio se producen en personas con un trastorno mental, permanente o transitorio, y son consecuencia de la alteración de la personalidad del suicida, no asociable -al menos directamente-, con la valentía o la cobardía, actitudes cuyo significado generalmente -salvo situaciones extemas- se entiende cuando el sujeto conserva sus plenas facultades mentales (aunque mucho podría hablarse sobre la cobardía y las actitudes asociadas al léxico del “miedo”, pero esta es otra historia)). Ahí creo que todos estamos de acuerdo.

        Fuera de esos casos -o del de la gilipollez supina-, el suicdio lo entiendo como acto de dignidad ante la vida, cuando ésta deja de tener sentido por una situación normalmente irreversible, ej. un tumor incurable (no un desamor, siempre reversible). ¿Es el sucida un cobarde que teme a la vida? (por cierto, cuanto se habla del miedo a la muerte y qué poco se dice del miedo a la vida) o por el contrario es tipo que desprecia el miedo que supone quitarse la vida? Si tenemos en cuenta que cada ser humano es diferente, no creo que exista una sola respuesta posible o, quizá, podría decirse, paradójicamente, que el miedo a la vida es un acto de cobardía (flaqueza, apocamiento, pusilanimidad), mientras qeu el suicidio cambia el filo hacia la valentía (fuerza y vigor para quitarse la vida). Hace poco leí un repotaje de Juanjo Millás en El País Semanal, una entrevista con un suicida por un tumor incurable, no me pareció un cobarde, si acaso un valiente, dejo el enlace
        http://www.elpais.com/articulo/portada/minutos/Dejas/respirar/fuera/elpepusoceps/20101205elpepspor_9/Tes

        Abrazos,

        Cosimo

      • 10 enero, 2011 en 8:12 PM

        “No creo que exista una respuesta posible”, dices, y estoy muy de acuerdo.
        Aunque resulte muy “literario”, no hay una vida igual a otra vida ni dos razones iguales para abandonarla voluntariamente. Las situaciones de tu primer párrafo son las que yo entiendo como suicidio. Enajenación, más que valentía.
        Los “otros casos” entran más bien dentro del concepto de eutanasia o, por decir mejor, muerte digna, como el caso de Carlos, que relatas; como el caso del tetrapléjico Sampedro (Mar Adentro). Sin estar, felizmente, en ninguno de esos casos, es complicado identificar la conducta de quien prefiere desaparecer, con la valentía por el acto en sí o con la cobardía por no querer afrontar la vida. Y si es complicado identificar, mucho más lo es juzgar (que ninguno lo estamos haciendo).
        La historia de Carlos es tremenda, especialmente por la frialdad con que la relata.
        Me consta que conoces otra historia real no menos terrible. El mayor ejemplo de Dignidad que yo he conocido. Mi querido amigo…aquejado a los 55 años de ELA…vivió sus últimos 4 años totalmente inmovil, excepto los ojos y las neuronas. Su vida dependía de un respirador artificial y de una sonda de alimentación intragástrica. El último año y medio no podía ya ni siquiera hablar. No tuvo la “suerte” de Sampedro, que del cuello para arriba funcionaba bien y del cuello para abajo no sentía. Con la ELA, los nervios -y por tanto el dolor- siguen viviendo en todo el cuerpo. Cada hora de cada día de cada uno de sus últimos cinco años fue un ejemplo de dignidad. Tanto que, cuando le visitábamos, lo que hacíamos con bastante frecuencia, volvíamos a casa con la sensación de que él había participado tanto como nosotros en la conversación. Hablaba y se reía con los ojos.
        Cuando llegó su momento, cuando quiso que llegara su momento, se fue con la misma dignidad con la que vivió.
        Y ¿en qué “tipo” catalogaríamos el adios de su viuda? Porque poco más de dos meses después, cuando todos creíamos que la pérdida de…había supuesto un dolor pero también una liberación (no se movió de su lado durante los cinco años), decidió de la forma más racional y a la vez más radical reunirse con él. Ninguno de sus amigos ni de sus familiares lo esperábamos.
        En fin, disculpad que haya traido el recuerdo a este foro pero cuadra mucho en este cruce de opiniones o de sentimientos. Aunque, si alguna vida hay después de esta, es la que queda en el recuerdo de los que quisiste o te quisieron. Sirva como pequeño homenaje.
        Un abrazo

  4. CORSARIO
    10 enero, 2011 en 12:19 AM

    Impresionante el testimonio de Carlos, al menos fue el dueño de la situación cuando surgió la problemática espiritual que tensa el alma de los hombres en momentos cruciales, es mejor el suicidio que la muerte con sus aspectos sórdidos y terribles que se avecinaba, y teniendo en cuenta como había vivido pensaría que la vida sin placer era un acto sin valor.

    Sí, hay que ser valiente, cuando, como en el caso de Carlos, se mira de frente a la muerte .

    Slds
    El Corsario

  5. CORSARIO
    10 enero, 2011 en 12:36 AM

    por cierto el comentario de Carlos sobre los jesuitas es muy gracioso y se vé que le jo…bastante para que se acuerde de eso en momentos tan trascendentes, seguro que algún jesuita se ha tenido que tragar el sapo.

    Slds
    Corsario

    • 10 enero, 2011 en 8:31 PM

      Se nota que aún eres chaval, Corsario. O, al menos, no de mi generación.
      Lo de los golpes con la regla en las puntas de los dedos, ni era lo único, ni era patrimonio de jesuitas. Yo hice mi bachillerato en tres colegios de curas y un par de academias. Los curas, excepto a partir de los 13-14 años, porque no se atrevían ya a arriesgar el guantazo que les podía caer de vuelta, tenían varias técnicas.
      Algunos clavaban chinchetas en el extremo de la regla con la que golpeaban. No hacía más daño, pero ellos sentían mayor sadismo.
      Uno, recuerdo, disfrutó mucho el tiempo que tuvo un brazo escayolado con una especie de anillo metálico que sobresalía de la escayola y que utilizaba como instrumento de “disciplina”.
      Otros se divertían frotándote con las palmas de sus manos las orejas en los fríos días de invierno, cuando las tenías como carámbanos.
      Lo que más dolía, mas que lo de las puntas de los dedos, era el golpe con la regla en el dorso de la mano.

      Lo tengo muy fresco en el recuerdo, pero si te digo la verdad, no tengo absolutamente ningún trauma. Ni eso me ha hecho tomar manía a los curas. Simplemente así sucedía, así lo teníamos asumido y, aunque nos jodiera, eran por decirlo así “las reglas del juego”. Era lo normal en aquellos años del 55 al 60 más o menos.
      Luego, ya de mayor, al recordarlo te da cierta tristeza; no por tí, por ellos.
      A partir de esos años ya no se entendía el castigo (que tampoco era tanto, cuatro o diez reglazos y ya está). Un hijo mío, a sus 12 ó 13 años me dijo que le había atizado un cura de su cole. Me dolió mucho más que los reglazos. Me fui con él al cole y, después de explicárselo al director y pedirle su autorización (que me la dio sin ningún problema) hable con el cura del sopapo y le exigí que, en mi presencia, pidiera disculpas a mi hijo. Si lee esto, lo recordará.
      Claro que, al año siguiente, fue a otro colegio. Faltaría más.
      Este coloquio está trayendo muchos recuerdos.
      Un abrazo

    • Lolita
      10 enero, 2011 en 10:35 PM

      Respecto a la educación, yo pasé primero por un colegio de monjas y después por otro de curas:

      En el primero, las monjas cogian a las traviesas de la oreja, te obligaban a traer de tu casa amoniaco y un trapo para limpiar la mesa en caso de que la pintases con bolígrafo (lógicamente, hay que aprender a cuidar las cosas con el fin de que los demás las puedan usar después), te dejaban sin comer el bocadillo en el recreo si no hacías las tareas en tiempo y forma con cronómetro (cinco años, ojo al dato, teniendo en cuenta que ahora ponen el grito en el cielo cuando se lo hacen a niños más mayorcitos; hace poco creo que llegó algo parecido a los juzgados), si alguien hacía alguna “fechoría”, la hermana Catalina amenazaba con no dejarte volver ese día a casa (¡¡Horror, pavor!!).

      En el de franciscanos, mixto, se aprendía a sobrevivir a los compañeros.A las que veníamos de las monjas, que éramos buenecitas y estudiosas, nos tenían en el punto de mira (el resto de la clase).Pero se aprende a no estar agazapado, a luchar y a defenderse.Ahora hay tanto niños muy débiles como otros que con la evolución de los tiempos y hábitos son tremendamente malvados.

      Siempre hay casos excepcionales, pero yo tampoco he salido traumatizada de las monjas y los curas.Uno de mis abuelos era profesor y también usaba la regla.Hay niños realmente “indomables” (en las monjas, una buena amiga, que ahora es doctora en biología, sacaba las gomas de las carpetas para tirárselas al profesor de inglés a modo de tirachinas).

      En resumen: todos nos hemos llevado algún “cachete” de algún compañero o profesor y todos hemos dado algún “cachete” (barriobajero) a algún compañero, en defensa propia.

      ¿Qué les ocurre a los niños de ahora?

      Perdón, perdón, perdón por la extensión.

      Abrazos y besos.

      • 13 enero, 2011 en 10:34 PM

        Todo evoluciona Lolita.
        En la generación anterior a la mía se practicaba la disciplina física de verdad. En mi época, eran pequeños castigos corporales, reglazos, pescozones y collejas. En la tuya, presión psicológica y poco más.
        En la generación actual, los profesores tienen que atarse los machos para tratar de no ser denunciados por los alumnos o sus padres porque, quizá, hayan mirado mal al puñetero crío.
        Así es la vida. Habrá que volver a los palos, porque yo creo que mis padres recibieron mejor formación humana que la que reciben mis nietos.
        Besos y portate bien

  6. Sarah
    10 enero, 2011 en 9:47 PM

    Yo también pienso que, salvo en los casos de desorden mental manifiesto, hay que ser valiente para suicidarse y sobre todo hay que tener un profundo respeto por uno mismo.

    Impresionante el testimonio de Carlos, me ha inspirado eso, un profundo respeto hacia su persona. No es lo mismo vivir que mantenerte en la vida cuando esa no es la vida que quieres vivir.
    Y ante este tema y las diferentes opiniones y enfoques siempre me hago la misma pregunta ¿Por qué se suele contemplar como opción que se trata de “cobardía para afrontar la vida”?.Carlos Santos y otras personas no me muestran cobardía, al contrario, me demuestran que se respetan a sí mismos y que no están dispuestos, que ¡¡¡no les da la gana!!! de vivir sus vidas de una forma con la que no están de acuerdo, venga dada por los motivos que sea.

    Es una de las opciones: quedarte o irte. ¿ Cuántas veces tenemos esa disyuntiva en momentos triviales o menos triviales? Contemplar el suicidio como opción no es nunca trivial, es una decisión muy importante, pero también tenemos derecho a tomarla y no me parece en absoluto cobarde.

    Comiendo en una ocasión con psiquiatras y enfermeras de una unidad de agudos psiquiátricos saqué el tema y expuse más o menos lo que acabo de exponer aquí. Una de las enfermeras casi me come (a mi en lugar de a su comida), respondió de una forma tan vehemente que me asustó, incluso me tachó de desequilibrada por tener esta opinión.
    Yo sigo pensando lo mismo (y no me considero desequilibrada).

    Preciosa canción Jaime

    Un beso

    Sarah Guadiana

    • 13 enero, 2011 en 10:24 PM

      Hola Guadiana
      Es tan complicado enjuiciar conductas ajenas, y especialmente en estos asuntos de vida indigna (por las circunstancias personales) frente a muerte digna, que lo único que podemos hacer es, como tu dices, respetar la decisión que tome quien ha de tomarla. Y, en lo posible, no interferir.
      Besos

  7. Cosimo Piovasco Di Rondò
    11 enero, 2011 en 1:50 PM

    Jaime,

    Qué distintas las formas de afrontar lo irreversible tuvieron tu amigo (a quien yo conocía y admiraba) y el protagonista del reportaje de Millás. Nadie puede juzgar sus actos, más allá de reconocer la valentía en ambos (y fíjate que optaron por soluciones opuestas) y tratar de comprenderlos. Como suele hacerse en estos casos, yo me pongo en sus zapatos y, vista la irreversibilidad, probablemente quisiera evitarme los días en los que “existir” deja de ser “vivir” (pero ese límite, si es que lo hay, lo pone cada uno).

    Supongo que en cada decisión personal influye no sólo el acto de reflexión individual, sino -consciente o subconscientemente- el nivel de creencias (religiosas) y sobre todo los usos y costumbres. Como también suelo hacer en estos casos, me imagino siendo un extraterrestre que analiza las cosas sin la mochila llena de costumbres y aprendizajes, de creencias o supersticiones, y quizá entendería mejor la postura del protagonista del artículo de Millás. Tal vez cambien las costumbres, es un debate que está por venir (por cierto, no se si alguna otra entrada la dedicaste a la eutanasia).

    El caso de tu amigo fue durísimo, sólo él supo lo que le iba por dentro en cada hora. Lo que me queda por saber es cómo pudo influir todo aquel sufrimiento en la decisión de la otra persona.

    Un abrazo,

    Cosimo

    • 13 enero, 2011 en 10:54 PM

      Cosimo,
      Quizá no fueron decisiones tan opuestas. Tan sólo cuestión de tiempo; uno aguantó más que otro. Recuerdo hace un par de años (más o menos cuando murió nuestro amigo) que hubo dos casos, muy próximos en el tiempo, de enfermos de ELA que, mucho antes de que la enfermedad de apoderara de sus cuerpos, cuando aún podían moverse con cierta libertad pero ya sabían lo que les esperaba, tomaron la decisión de escapar de la vida; de esa vida.
      Siempre hay que ponerse en los zapatos del otro. Dice un proverbio indio “antes de juzgar a una persona, camina durante tres días con sus mocasines”. Pero, aún así, nunca sabrás lo que harías en su situación. Sólo “probablemente”, como dices.
      En cuanto a la religión, yo creo que suceden mutaciones curiosas. Desde el creyente que, en el lecho de muerte, blasfema ante lo que cree injusticia hasta el agnóstico que, en la misma situación llama al cura, por si acaso. Fuera de tópicos, sí, tienes razón, las creencias religiosas influyen. Y también la legislación; el código penal es una amenaza para los colaboradores piadosos.
      Pues sí, el ocho de agosto publiqué una entrada sobre la muerte digna (mirando hacia atrás, me doy cuenta de que he escrito sobre bastantes cosas). El título era SOYLENT GREEN, recordando una interesante película de Richard Fleischer de 1973. La entrada se iniciaba con esta frase de Marco Aurelio:
      “Una de las funciones más nobles de la razón consiste en saber si es o no, tiempo de irse de este mundo”.
      Fíjate si viene al caso.
      Y, para terminar, “lo que te queda por saber” nunca lo sabremos. Vacío, soledad, tristeza, (¿quizá buscar el reencuentro?); todos los sentimientos en su faceta más incompatible con la vida.
      Un abrazo

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