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LOS ULTIMOS DE UNA ESTIRPE

Hace pocos días, el 29 de octubre, leí que a Camille, el último oso autóctono del Pirineo (ursus arctus), se le da por muerto. Nadie le ve desde hace meses y en las últimas ocasiones en que se le vio, andaba ya enfermo, envejecido y triste. Con él, se extingue la subespecie típica de la cordillera pirenaica. No ha sido posible mantener la especie a pesar de los muchos millones de euros gastados. Yo no se que se debiera haber hecho para evitar la desaparición de Camille o la de su especie. Supongo que lo primero era cuestión de tiempo, ya que Camille tenía 25 años, algo menos de la vida media de un oso en libertad. Lo segundo, no lo se, pero los ecologistas dicen que se podría haber hecho mucho más de lo que se ha hecho. Supongo que se referirán no a la muerte de Camille, sino a la sus congéneres autóctonos que, si aún vivieran, podrían haber mantenido la especie por simple procreación.

Culpan los ecologistas no sólo a este gobierno –ya tiene bastante- sino también a los anteriores e, incluso, a los franceses. Dicen que las decenas de millones de euros se han dilapidado en gastos burocráticos, inútil propaganda e indemnizaciónes a los ganaderos. Una oveja cuesta entre 70 y 100 € y las indemnizaciones estaban entre 500 y 880 € por oveja muerta a garras de oso. Yo supongo que también en comisiones y subcomisiones (con sueldos, gastos, viajes y demás caprichos) que se habrán formado a lo largo de estos últimos treinta años en todas las comarcas de influencia. Porque este es el periodo en que, paulatinamente, ha ido desapareciendo la especie. Desde que se decidió protegerlo con fondos públicos, la pérdida de ejemplares se ha ido acelerando. Y no es que yo lo invente; así lo dice FAPAS, el Fondo para la protección de los Animales Salvajes: “El Gobierno de Francia y el Gobierno de España primero y posteriormente los gobiernos de Navarra, Aragón y Cataluña han aplicado estrictamente los protocolos de garantía para la extinción del oso, basados en la aplicación de una política generosa de distribuir recursos económicos entre la sociedad implicada, pero evitando cualquier actuación de conservación de la especie en el territorio”

Pero yo creo que la causa más inmediata de la desaparición de la especie y la muerte final, triste y sólo, de Camille, o al menos el último eslabón, ha sido la introducción de osos intrusos que han hecho que la dignidad, el orgullo y finalmente la vida del auténtico oso español se haya perdido. Los intrusos son los osos eslovenos que hoy, sin el digno oso español, campan a sus anchas bien alimentados por los gobiernos y parcialmente domesticados para promover el turismo internacional que nuestros viejos y tristes osos no eran capaces de atraer.

Considerada aisladamente, la muerte de un oso, aunque sea el último de una estirpe, no tiene mayor importancia. Pero se me ha ocurrido traerla aquí como metáfora de la muerte del orgullo y de la dignidad.

Porque en estos días hemos perdido a otro representante, orgulloso y digno, de una estirpe, de una especie. Y pido que nadie trate de encontrar el mínimo atisbo de falta de respeto en esta comparación. En la misma fecha que a Camille se le daba por muerto, el 29 de octubre, ha fallecido a los 92 años Marcelino Camacho, el último representante de una estirpe sindical.

Camacho ha sido un ejemplo de dignidad y de coherencia política. En palabras de Cayo Lara, coordinador general de IU, “su vida es reflejo fiel de su tiempo. Guerra, exilio, represión, penuria, sindicalismo, política, cárcel y, sin embargo, ni la suma de todos esos factores borraron la sonrisa de la geografía de su cara”.

Así ha sido. Marcelino Camacho ingresó en el PCE en 1935, a los 17 años de edad. Al final de la guerra, con poco más de 20, fue encarcelado y posteriormente condenado a trabajos forzados en Tánger, de donde escapó hacia Argelia, amparado por el asilo político. Se le indultó en 1957 y entró a trabajar en la “Perkins”, siendo rápidamente elegido representante en su comité de empresa. Impulsó a partir de los sesenta la creación de Comisiones Obreras, sindicato ilegal y, como consecuencia, detenido y encarcelado en 1967. Permaneció 9 años en prisión. En las primeras elecciones democráticas, 1977, fue elegido diputado. Poco tiempo transcurrió hasta que se dio cuenta de que la disciplina del partido era incompatible con su lealtad a la causa de los trabajadores que él defendía. Eligió esta última cuando, a los dos años de ser elegido, dimitió. En 1987, con 70 años de lucha, cedió su puesto de jefe del sindicato a Antonio Gutiérrez. Su protagonismo, desde entonces, ha sido mínimo. La modestia de los grandes. Su nivel de vida, viviendo hasta que ya no podía subir los cuatro pisos, en el mismo pisito –sin ascensor- de Carabanchel que hace mucho compró y viviendo de la pensión del matrimonio, ha ido parejo con esa modestia. Tan solo ha admitido que su modestia flojeara en tres ocasiones: cuando recibió del Rey la Medalla al Merito Constitucional y cuando le nombraron Doctor Honoris Causa por las Universidades de Valencia y de Cádiz. Aunque yo creo que fue precisamente su modestia la que le impidió desairar a las instituciones.

Hoy, sus adversarios le recuerdan con respeto, sus partidarios con admiración y todo el mundo, cuando dirigimos nuestra vista a esta pareja de marionetas que tenemos como jefes de los sindicatos mayoritarios, con nostalgia y envidia.

Como en el caso de Camille, no ha sido posible evitar la desaparición del individuo, es cuestión de tiempo, de edad. Y, también como en el caso de Camille, los sucesivos gobiernos han sido incapaces de lograr la pervivencia de la especie. Como en el caso de Camille, las subvenciones –millonarias a los sindicatos– no solo no han logrado que la especie sobreviva, sino que han sido directamente culpables de la muerte del sindicalismo como especie autóctona. Y, como en el caso de Camille, han sido los osos eslovenos, con nombres como Toxo y Méndez, quienes han contribuido a la desaparición de una estirpe de dignidad y orgullo.

…..Adiós Marcelino. Como a Camille, España entera te recordará con nostalgia.

Y pido todas las disculpas que sean necesarias a familiares y amigos por tan incorrecta comparación.

Como homenaje a un hombre y a un sindicalista comprometido y honrado, dejo la canción The Ballad of Harry Bridges, escrita por Lee Hays, Millard Lampell y Pete Seeger (cuando formaban The Almanac Singers) en 1966. Harry Bidges (Australia, 1901-1990) fue uno de los más significativos líderes sindicales americanos, controvertido y carismático y, como Camacho, perseguido por el gobierno durante años y condenado por su pertenencia al Partido comunista.  La canta Arlo Guthie.

 THE BALLAD OF HARRY BRIDGES

Let me tell you of a sailor, Harry Bridges is his name,
An honest union leader whom the bosses tried to frame,
He left home in Australia, to sail the seas around,
He sailed across the ocean to land in Frisco town.

There was only a company union, the bosses had their way.
A worker had to stand in line for a lousy dollar a day.
When up spoke Harry Bridges, “Us workers got to get wise.
Our wives and kids will starve to death if we don’t get organized.”

CHORUS (AFTER MOST OR ALL VERSES):
Oh, the FBI is worried, the bosses they are scared
They can’t deport six million men they know.
And we’re not going to let them send Harry over the seas.
We’ll fight for Harry Bridges and build the CIO.

They built a big bonfire by the Matson Line that night.
They threw their fink books in it and they said we’re going to fight.
You’ve got to pay a living wage or we’re going to take a walk.
They told it to the bosses but the bosses wouldn’t talk.

They said there’s only one way left to get that contract signed.
And all around the waterfront they threw their picket line.
They called it Bloody Thursday, the fifth day of July,
Four hundred men were wounded and two were left to die.

Now that was seven years ago and in the time since then
Harry’s organized thousands more and made them union men.
“We must try to bribe him,” the shipping bosses said,
“And if he won’t accept the bribe, we’ll say that he’s a red.”

The bosses brought a trial to deport him over the seas,
But the judge said, “He’s a honest man, I got to set him free,”
Then they brought another trial to frame him if they can.
But right by Harry Bridges stands every working man.

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  1. Joselito
    3 noviembre, 2010 en 7:43 PM

    Qué bueno Jaime!!!!! me parece muy buena la comparación de dos especies en extinción… Y que pena que de la última no haya más en otros ámbitos de la vida pública española….sólo cuando aparece en los medios la muerte de alguien tan coherente con sus ideas a lo largo de toda una vida, aunque no las compartamos, sí que echamos en falta esos valores y esa coherencia en el resto de la sociedad española.

    de la primera, todo lo has dicho…las subvenciones, una vez más se demuestra, son pan para hoy y hambre para mañana.

    Un abrazo fuerte,

    Joselito

    • 5 noviembre, 2010 en 2:36 PM

      Gracias Jose, contigo da gusto.
      Marcelino era un buen hombre. Pero ya sabes también que la muerte mejora a la mayoría de las personas; al menos en el recuerdo de los demás.
      A los osos, no se.
      Un abrazo

  2. Cosimo Piovasco Di Rondò
    4 noviembre, 2010 en 12:07 PM

    Buena metáfora la del oso. Y entrados en metáforas, este “hasta aquí llego” parece haber sido su última huelga ¿si? Marcelino Camacho fue un tipo consecuente, digno y, como dices en tu comentario, con la modestia de los grandes, esa virtud que le permite a uno alejarse de la soberbia y que tan escasamente frecuentan los políticos. A Marcelino Camacho le tocó vivir en el esplendor del sindicalismo, suerte la suya, que pudo vivir y resistir tan intensamente por unos ideales, con tanto camino por recorrer y tantos logros alcanzados. Ya nos gustaría a todos tener una décima parte de esa vida y esa grandeza. Llegado el momento supo, además, ceder el testigo, retirándose a sus cuarteles de invierno, “sin más gloria y virtud” que la de haber luchado generosamente por unos ideales y unos valores tan nobles como los que él defendió.

    Jaime, hoy me pones a huevo el libro: “El barón Rampante” y, claro, no digo más.

    Abrazos,

    Cosimo Piovasco di Rondó

    • 5 noviembre, 2010 en 2:43 PM

      Gracias Cosimo
      Anticipándome al comentario de Sarah, no es sólo que le tocara vivir el esplendor del sindicalismo; es, también, que él y su amigo Nicolás Redondo hicieron un sindicalismo noble. Especialmente si lo comparamos con los actuales líderes.
      Y la próxima vez, trata de hacer el comentario antes de yo publicar la entrada; así aprovecharía para incorporar algunas de tus frases, sin duda más acertadas que las mías.
      Terminaré leyendo el Barón Rampante.
      Un abrazo

  3. Sarah
    4 noviembre, 2010 en 2:13 PM

    Jaime, una vez más bonita entrada.
    Estoy de acuerdo contigo en lo que dices respecto a ambas desapariciones, ha sido una buena elección.
    Se ha marchado un hombre comprometido, coherente, modesto, de los que ya no existen y si existe alguno, no es, desde luego, en la vida pública.
    Cósimo, yo seré un poco más atrevida, yo no diría que Marcelino Camacho tuvo la suerte de vivir el esplendor del sindicalismo, yo diría que él fue una parte esencial para que se diese ese esplendor, un luchador que creía por encima de todo en sus ideales y peleó . Y lo hizo por todos.

    Saludos

    Sarah

    • 5 noviembre, 2010 en 2:48 PM

      ¡¡Hola Sarah!!, gusto en leerte de nuevo.
      Como verás por mi comentario a Cosimo, coincido contigo. Fue una “retroalimentación”, como dicen ahora. Una época de creatividad que necesitaba un lider adecuado.
      Un abrazo

  4. Fabrizio Corbera de Salina
    4 noviembre, 2010 en 5:49 PM

    Que duda cabe que Marcelino Camacho fue un hombre íntegro; No pertenecía a la especie de los sindicalistas paniaguados con los que hoy convivimos, pero desde mis ideas conservadoras no me veo con fuerzas para tributarle un homenaje y ello por su esencia “comunista”; será que me recuerda a las turbas rojas de Garibaldi.
    El comunismo ha sido el cancer ideológico del s. XX y la metástasis se extiende por el universo mundo con su crueldad y su desapego al hombre.
    Descanse en Paz Marcelino, su “amor” por los trabajadores fue como todo amor: “un instante de pasión y fuego y toda una vida de cenizas”.

    Saludos

    El Principe de Salina

    • 5 noviembre, 2010 en 2:54 PM

      Hola Príncipe.
      De acuerdo en lo primero, pero no en lo segundo. Para mí es más importante que los hombres sean íntegros a que las ideas sean o no compartidas por todos.
      A pesar de sus ideas comunistas fue más pragmático que “dogmático intolerante”, como define Jesús a los “progres” de hoy. Marcelino no era “turba roja”. Vivió con pasión su vida, no un instante de su vida. Y sus cenizas las aventaron los Méndez de ahora.
      Un abrazo

  5. Peraltés
    4 noviembre, 2010 en 11:28 PM

    Hola Jaime. Primera vez que entro en tu blog y me gustaria adjuntar un texto publicado en diariovasco.com el 30/10/2010. Parece que el oso estaba con sarna y con una edad avanzada. Oyendo a los ganaderos del valle de Roncal, pues tengo la suerte de veranear en Burgui todos los años porque mi mujer es de allí, y tiene familiares que son ganaderos cuyas ovejas pastan todo el verano el puerto de Belagua, no eran excesivamente partidarios de la politica seguida con esta especie por los daños que le causaban a los rebaños (al igual que con el excesivo número de buitres que hay en el valle porque se han dado casos que han atacado al ganado).
    No obstante, Camille ha formado parte de la vida de los navarros porque no había primavera que no saliese en los medios por sus ataques a las ovejas. Para introducir una nota de humor, buenisimos los chistes que el humorista César Oroz hace todos los años en la última página del Diario de Navarra.

    “Camille, asentado desde 1997 en el Roncal, ya había dado signos de debilidad en 2008 cuando fue fotografiada en Garde con signos de problemas física. A sus 27 años de edad, la longevidad máxima para un ejemplar de su especie, padecía de sarna, que se había agravado por su edad. Incluso había modificado sus hábitos de vida, abandonando las cautelas propias de un ejemplar de su especie para buscar comida”

    • 5 noviembre, 2010 en 3:07 PM

      Hola Peraltés
      Gracias por entrar en el blog. Tu apodo me trae ciertos recuerdos familiares.
      No conozco a Camille tan de cerca como tú. De hecho no lo conocía antes de leer su muerte y parte de su última vida. Pero lo que también he leído (y, naturalmente, no me atrevo a decir que sea cierto) es que los ganaderos -supongo que sólo algunos- estaban felices con Camille y con que Camille les matara algunas ovejas. Calculábase el coste -y con ello la subvención a recibir- de las ovejas como si de una empresa se tratara; no sólo el daño emergente (la pérdida del animal), sino también, como es lógico, el lucro cesante (la leche que ya no darían o las crías que ya no tendrían). Y añadíanse los “gastos generales” (“overheads”) reales o imputables a los cuidados que habían de tener -los tuvieran o no- para prevenir (los más malos, a provocar) el ataque del oso.
      Así, una oveja que en mercado puede tener un precio de menos de cien € multiplicaba su valor.
      Aunque ya se sabe, no es lo mismo valor que precio.
      Pero, como digo, seguramente todo esto es incierto.
      Pero tenemos el ejemplo de los lobos. Otrora abundantes en España y casi extinguidos hace dos o tres décadas, hoy vuelven a ser casi numerosos y cada año conquistan áreas más meridionales de la península. Y eso que, aunque con control, se permite su caza.
      Un abrazo y besos a tu mujer.

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