RECUERDOS DE JUVENTUD. MISS CANCELAS DE DON BEN

12 noviembre, 2018 1 comentario

Hoy, 11 de noviembre, hace justo 13 años que mi querido hermano Nacho se fue al cielo a visitar a mi querida hermana Blanca, que marchó allá un 13 de junio de 1998, justo el día que yo cumplía mis primeros 50 años. Nacho no volvió. Nos hablamos de vez en cuando y, como a Blanca y a mis padres, le recordamos mucho.

Y hoy, en el chat familiar, han paseado fotos y recuerdos de Nacho. Entre ellos, el de aquel día, famoso día, en que Nacho ganó el concurso de Miss de la discoteca más afamada de nuestro querido San Carlos de la Rápita: Las Cancelas de don Ben. Han leído bien: Mi hermano Nacho ganó el concurso de Miss Cancelas de don Ben

Era Las Cancelas una discoteca maravillosa, que por la mañana era casa de campo, el resto del día restaurante y bar de copas y por la noche sala de fiestas. Estaba entre San Carlos y Las Casas de Alcanar, frente al camping de los Alfaques, en el que ocho años después, el 11 de julio de 1978 se cebó la tragedia. La explosión de un camión cisterna destruyó el camping y, con él, 250 vidas.

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Como ya saben que estos meses ando escarbando recuerdos de mi coco y de mi corazón, permítanme que les relate el día de Miss Cancelas.

 

Miss Cancelas conmigo

                  Miss Cancelas conmigo

 

      Miss Cancelas con mi hermano Manolo.

Aquel verano de 1970 transcurrió, como siempre, entre el esquí, la pesca, las francesitas y las Cancelas de don Ben. Este año en las Cancelas sucedió lo extraordinario: mi hermano Nacho, con 16 años muy bien llevados, ganó el concurso de Miss Cancelas. Como lo oyen.

No sé a quién se le ocurrió la idea. Nacho era un chaval divertido, ingenioso y atrevido. Los dueños de las Cancelas, con el propósito de animar la asistencia, convocaron ese verano un concurso de mises. Alguien de la familia, no recuerdo quién, tuvo la fantástica idea de que nos presentáramos uno de nosotros disfrazado de chavala. Yo me descarté porque tenía barba, Fernando y Manolo porque eran muy mayores, Chiky no sé por qué, Virginia porque era niña, Blanca no estaba, Iván era muy pequeñajo… Todos miramos a Nacho. Y él, con una sonrisa de oreja a oreja, se prestó a ello con ilusión.

Así que la cosa se fue preparando. Virginia y yo –no sé si algún otro hermano– nos colamos en el jurado, pues teníamos cierta influencia con los dueños por ser tan buenos clientes. La tarde de la celebración del concurso Nacho se encerró en casa con sus asesores de imagen, los otros hermanos. No le volví a ver hasta que alguien me avisó de que llegaba a las Cancelas. Salimos a verle, era ya atardecido, y nos quedamos de piedra, absolutamente admirados. A la grupa de un caballo pinto, cabalgando a pelo, llegaba una chavala preciosa, vestida con un traje blanco y verde con un corazón bordado en la pechera, toda ella sonriente, sugerente y elegante. Nacho estaba bellísima.

Nos costó descubrir en ella, en Loli, a nuestro hermano pequeño. Tampoco lo descubrió la concurrencia, ni siquiera el jurado, también admirado por la belleza de aquella desconocida. Fue escaso el esfuerzo que tuvimos que hacer Virginia y yo para convencer a los demás miembros del jurado de que, sin duda, la más bella de las mises era…Nacho. Disculpen, Loli.

Aun así, tuvimos la prudencia, antes de tomar la decisión unánime de nombrar a Nacho como la más bella de las mises, de desvelar el secreto a los del jurado. Nos miraron sin creerlo, observaron a Loli con más atención y, en silencio, se descojonaron de risa. Y tanto les divirtió el asunto que les pareció bien nuestra propuesta de anunciar el veredicto. Eso sí, también estuvimos de acuerdo en desvelar la verdad justo después de que Nacho fuera declarado Miss Cancelas de don Ben, para que la gente participara de la juerga. Así se hizo. Luego, inmediatamente, se dio el veredicto definitivo para que ganara la más bella.

Que, dicha sea la verdad, no lo era tanto como Nacho lo parecía

 

    Miss Cancelas con las piernas llenas de pelos

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RECUERDOS DE JUVENTUD. LA PELEA DE PEÑÍSCOLA.

3 noviembre, 2018 Deja un comentario

En mi última entrada, la del paracaídas, les comentaba que “como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí”. Así que les traigo hoy otro recuerdo.

Iniciaba el relato del paracaídas con esta mención: “…si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida”.

Hoy, rememorando lo que sucedió un año después, puedo comenzar este relato de manera similar:

Si por algo ha de ser recordado ese verano del 69, es por la pelea de Peñíscola”.

Un día de agosto, ya de veraneo en San Carlos, recibió mi padre una llamada de su cuñado, Joaquín Garrigues, que andaba de crucero en un barco frente a las costas de Tarragona. Tenía un problema serio, ya que su hijo Felipe, que tendría unos 17 o 18 años, había enfermado con diagnóstico de apendicitis. La urgencia de la intervención aconsejaba no esperar al siguiente puerto de destino; había que desembarcar. Mi padre puso todo a disposición de la familia y de la urgencia. No recuerdo los detalles del traslado, pero al día siguiente estaban Joaquín Garrigues y su hijo Felipe en casa. Al día siguiente le operaron y a los dos días volvió Joaquín a sus quehaceres. Felipe prefirió quedarse cuando vio lo divertido que era San Carlos con sus animadísimos primos. A Felipe lo llevábamos a todos lados con nosotros. Con sus 18, estaba a medio camino entre nosotros, Chiky y yo con 21 y 22 y Nacho con 15.

A Chiky le veía poco en esta época. Entre que estaba casi todo el tiempo embarcado y que sus tiempos libres los pasaba entre Coruña y Cangas (se había echado hace poco una novia guapísima, María García-Blanco Cicerón, gallega) le veía de pascuas a ramos. Pero en verano no faltaban en San Carlos. Estaban también este verano mis queridas hermanas Blanca (embarazada de cuatro meses de su hijo Jaime) sola, sin su marido, y Virginia con Fernando, su novio. No estaban los hermanos mayores, Fernando y Manolo.

A Peñíscola solíamos ir bastante. Es un pueblo simpático y entretenido y en aquella época tenía bastante animación nocturna. Coincidíamos a veces con los Iglesias, Julio y Carlos, su hermano menor. Julio, que había sido compañero de los mayores en el colegio y de Fernando en la facultad de Derecho, empezó a ser conocido por haber ganado el festival de Benidorm el año anterior. Recuerdo, antes de eso, que siempre que nos veíamos iba con su guitarra al hombro y a cualquier insinuación, o sin ella, se la descolgaba y se ponía a cantar. “Julio, coño, déjalo ya, no seas pesado”, le decíamos. Aún no era lo que luego fue, claro. En ocasiones coincidíamos con ellos en El Capote, la discoteca de moda que da origen a esta historia.

Este verano decidimos ir a pasar una noche divertida con ocasión de las fiestas patronales, a primeros de septiembre. Temprano por la noche salimos los que estábamos: Blanca con su embarazo, Chiky, Virginia y Fernando, Felipe, Nacho y yo. Primero estuvimos en la discoteca Capote, charlando y tomando una copa. Recuerdo que Nacho, el más animado con sus 15 años, estaba bailando con una chavalita bastante mona. Luego, cuando se sentó, le pregunto:

  • ¿Y tu parejita? Era mona….
  • No sé, está bailando con otro, creo.
  • Ah, te la ha quitado el chulo del Capote, digo yo por decir algo, sin fijarme en quién era el que ahora bailaba con la niña.

Nunca sabe uno las consecuencias que pueden tener unas palabras inocentes, dichas en un entorno tan privado e intrascendente como aquél…

Después de un buen rato en la disco, se nos ocurre ir a la plaza, donde estba la animación, el grupo musical, el baile del pueblo… Al cabo de un rato, junto a donde estaba sentado yo, veo que un chaval del pueblo pega un empujón a Nacho. Sin saber y sin preguntar, me levanto y le pego otro empujón, este de los buenos, al agresor, que lo manda rodando cinco metros por el suelo. Para qué les quiero contar. Diez o doce tipos se levantan de sus mesas, nos hacen corro y empiezan a zarandearme. Veo que Chiky y Fernando se levantan. Otros más de ellos, también. La pelea empieza. Como las de aquella serie de televisión de nuestra infancia, Bonanza, los dos o tres hermanos peleando contra una turba, pues así fue.

En seguida nos perdimos de vista, cada uno con su pelea particular. Yo me fui desplazando, me fueron desplazando, hacia una esquina, rodeado por varios, lanzando puños y recibiendo empujones. No eran muy peleones ellos, pero eran muchos. Al cabo de unos minutos me recuerdo de pie, la espalda pegada a una pared, con el polo desgarrado y colgando del cinturón, y con sangre por la cara. Con seis o siete a mi alrededor, seguía con los puños en guardia pero cansado, derrotado… Menos mal que uno de ellos, sensato, dijo: “Venga, vámonos. No vamos a matar a este gilipollas”. El gilipollas dio gracias al cielo; al fulano no, por orgullo, pero vaya si le agradecía el detalle.

Volví a la plaza con toda la dignidad que pude, con mi camisa rota y el rostro sangrando. Todo quedó en un poco de sangre por la nariz y un rasguño en el pómulo derecho. El tumulto había terminado y ya todos juntos, contándonos la aventura particular de cada uno, nos dirigimos al coche. Al acercarme, veo en el asiento un trozo de papel que habían deslizado por la rendija de la ventana mal cerrada. Lo desdoblo y leo: “Yo seré el chulo del Capote, pero tú eres un mierda”. Me sorprendió que supieran cuál era nuestro coche.

Y ahí quedó todo. Como decía hace un momento, las consecuencias de una palabra inocente… Menos mal que los paisanos de Peñíscola, si bien vengativos, demostraron ser buena gente y decidieron no hacer sangre ni con nosotros ni con el coche.

Dos años después de esto volvimos Chiky y yo al pueblo y, con cara inocente, preguntamos en un bar de la plaza si “recordaban una pelea que hubo hace un par de años aquí mismo”.

  • ¡Claro! –contestó el fulano-, unos guiris gilipollas que montaron un pollo ¡Se fueron bien calientes!

 

RECUERDOS DE JUVENTUD. EL PARACAÍDAS

24 octubre, 2018 4 comentarios

Tengo este blog, que tanto me entretenía hace años, medio olvidado. Y lo cierto es que me da pena, es como cuando dejas de ver a un buen amigo y aun sabiendo que vive cerca y aun teniendo su teléfono, no lo buscas, no lo llamas. Es una especie de inercia negativa que deviene en masoquismo.

Pero como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí.

Ahí voy. Ya me dirán si me pongo muy pesado…

 

El verano fue tranquilo pero apasionante, como siempre. Entre el esquí, la pesca, la familia, las francesas y la discoteca las Cancelas de don Ben lo pasamos pipa. Pero si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida. Déjenme que la relate.

De vuelta de uno de sus viajes de prácticas al continente americano con la motonave Covadonga mi hermano había traído, entre otras cosas curiosas que solía mercarse allí, un paracaídas de segunda mano. Me dijo, supongo que sería de coña, que había pensado probarlo tirándose desde el balcón de su pensión en La Coruña, un piso 10 de un edificio en la calle Riazor. Luego, menos de coña, comentó que podríamos tratar de hacer con él algo parecido al parapente, deporte que entonces empezaba a estar de moda y que consistía en volar con un paracaídas, provisto de una sillita, en la que ibas cómodamente sentado y amarrado. El paracaídas iniciaba su vuelo cuando, previamente hinchado por el viento, el parapentista iniciaba una carrera por una pendiente cuesta abajo. En otra modalidad el artilugio estaba provisto de un motor que te ayudaba en despeje y aterrizaje.

Estudiamos un poco las diferentes posibilidades y la técnica básica en alguna revista y nos pusimos al asunto.

En algunas fotos observamos que algunos de los paracaídas que usaban los que sabían tenían uno o dos “gajos” recortados. Ignorábamos la función de tal recorte pero decidimos adaptar el nuestro, sin tener ni la más remota idea de qué gajos había que prescindir, de cómo cortarlos y, lo que es peor, de qué posición tenían que adoptar en el vuelo. Hicimos lo que nos aconsejó el sentido común: cortar un par de gajos, hacerlo con unas tijeras y mantenerlos a popa en el vuelo, es decir en la parte opuesta al elemento de tracción. Y como físicamente era imposible mantener la parte abierta en la zona en la que mayor presión ejerce el viento, decidimos atar en los lados del corte unas pastillas de plomo de nuestros cinturones de pesca submarina. Una verdadera chapuza, de todo punto inaceptable cuando lo que intentas hacer es una aventura con riesgo.

Luego nos planteamos cómo debería ser la unión de nuestro cuerpo con el paracaídas. Impensable hacerse con una silla de parapente, en la que vas cómodamente sentado y con las manos sujetando los cabos del paracaídas para poder manejarlo. Ni sabíamos dónde adquirirla ni teníamos las perras que costaba tal lujo. Se nos ocurrió lo más sencillo y, al tiempo, lo más peligroso: nos hicimos con una pieza cilíndrica de madera de casi un metro de largo por unos cinco centímetros de diámetro y la sujetamos con un cabo en cada extremo para atar ambos, en triángulo, a la terminación de los cabos del paracaídas, previamente unidos en sus extremos. Quedaba como un trapecio de circo. Es complicado explicarlo, pero resultó una solución pésima y, sobre todo, peligrosísima, como se verá a continuación.

Una vez consideramos que el equipo estaba listo, se nos ocurrió probarlo en las amplísimas y desiertas playas de la península de los Alfaques, la lengua de tierra que partiendo de la margen derecha de la desembocadura del Ebro transcurre hacia el sur para formar la bahía de los Alfaques. Sabíamos que siempre sopla una buena brisa en esa zona. Llevábamos como elemento de transporte y de tracción el Land Rover de la finca. Una vez en la zona, decididos a asumir el riesgo pero ciegos ante sus posibles consecuencias, enganchamos el cabo de arrastre del paracaídas al gancho de remolque del Land Rover. El proceso era el siguiente: (a) un par de ayudantes (no recuerdo qué hermanos o amigos llevábamos con nosotros) sujetaban el paracaídas abierto y cara al viento, tratando de mantener la abertura de los gajos cortados en la parte baja, cerca del suelo; (b) el coche arrancaba suavemente y una vez que el cabo de arrastre se tensaba, el loco de turno corría a la misma velocidad que el coche, sujetando fuerte con sus manos el trapecio; (c) el efecto de la presión del viento contra el interior del paracaídas hacía que este se elevase y el loco se elevaba con él, quedando colgado del trapecio solamente con sus brazos, sin ninguna otra sujeción.

El primero que lo intentó fue Chiky y todo salió como lo habíamos planeado; se elevó lentamente, voló un ratito como a veinte metros de altura y aterrizó suavemente. Yo lo miraba hipnotizado y, hasta que lo vi a salvo en el suelo, con el corazón encogido. Me tocaba ahora a mí; estaba acojonado pero el orgullo, a esa edad, es más fuerte que el miedo. El inicio fue perfecto, como el de Chiky; el vuelo fue bien, aunque más bajo por la diferencia de peso, tal vez diez o doce metros; el aterrizaje, un desastre. Como a diez metros de altura, cuando ya descendía tras un par de minutos de vuelo, se rompió el cabo de sujeción al vehículo y me quedé colgado del trapecio, suspendido en el aire pero sin tracción. Menos mal que durante los primeros metros la caída fue suave, pues el paracaídas actuó como tal. La caída libre fue solo de tres o cuatro metros y yo ya estaba preparado para el golpe, que finalmente fue relativamente suave.

Acojonados, terminamos la aventura. En este tipo de situaciones el miedo posterior, cuando el peligro ya ha pasado, supera con creces al que pudiera tenerse antes o durante la aventura. Pero visto nuestro encabezonamiento, no resultó tan persistente como para que nos impidiera una nueva prueba.

 

La preparamos para unos días después, pero esta vez en el mar y previamente advertido nuestro amigo Guy Bossuet, con quien practicábamos el esquí, para que nos hiciera de elemento de tracción con su fueraborda. El proceso fue idéntico con la única variación del elemento impulsor, barca en lugar de coche, y de la superficie de aterrizaje (o de caída), agua en lugar de arena. Amarramos el paraca al barco y mientras los ayudantes sujetaban la tela, el barco arrancaba suavemente. Nosotros corríamos a la misma velocidad el escaso trecho de playa, luego los primeros metros de agua y, en seguida, sentíamos cómo se elevaba el paracaídas con uno de nosotros colgado como un mono.

Esta vez sucedió lo contrario. Tras un par de intentos sin éxito de Chiky, me elevé yo sin dificultad; volé unos minutos a 15 o 20 metros de altura y americé con una suavidad deliciosa. Me siguió el hermano, que esta vez despegó sin ningún problema. Pero tras un vuelo a cota superior a la mía el cabo se volvió a romper. Me quedé paralizado. La barca transitaba a un centenar de metros de la costa pero, con el efecto del viento, el paracaídas estaba mucho más próximo a ella. En esa zona estaban fondeadas dos o tres lanchas. Para completar el panorama trágico, el fondo era muy escaso en esa parte, dos o tres metros tal vez.

Pensé en la tragedia. En la improbabilidad de que saliera bien de aquello.

Pero Dios y la Fortuna estuvieron de nuestra parte. Nada sucedió excepto el susto monumental y un buen tortazo contra el fondo. Chiky tuvo la habilidad y la inteligencia, en un momento en el que el terror domina todo, de voltear el cuerpo justo al contacto del agua para que el impacto contra el suelo fuera lo más leve posible.

El paracaídas no volvió a ser utilizado. Nuestra inconsciencia (y teníamos más de 20 años) estuvo a punto de costar la muerte o la invalidez de por vida de uno de nosotros. Yo creo que entonces no le dimos demasiada importancia pero hoy, mientras relato esto, se me encoge el alma y doy gracias al cielo por lo bien que se portó con un par de estúpidos.

 

SIETE DÉCADAS

13 junio, 2018 10 comentarios

Hoy es trece de junio de 1948

Hoy es trece de junio de 1948, casi mediodía. Estamos (bueno, yo aún no, pero estoy a punto de estar) en el dormitorio principal de la calle de Altamirano, número 48, cuarto piso derecha, hogar familiar de D. Fernando López-Chicheri Urbina, su esposa Dª Blanca Dabán Ruiz de Bucesta y sus cuatro hijos, Fernando, Manolo, Blanca y Javier.

Está mi madre, Blanca, el ginecólogo, amigo de la familia, y una enfermera. Mis hermanos supongo que tienen vedada la presencia en el cuarto, porque ni escucho sus voces ni les veo desde la rendija que tengo frente a mí. Estarán, probablemente, en sus cuartos o en el de jugar, porque es domingo y no tienen colegio. Fernando y Manolo tienen, y es curioso no siendo gemelos, la misma edad, cinco años. Blanca tres y Javier (que siempre ha sido y será Chiky) un año y dos meses. Chiky estará en la cuna.

Todo esto lo sé no porque lo haya visto o me lo haya contado alguien. Lo he oído desde aquí dentro en varias conversaciones. Ellos piensan que si no estás, si no te ven, no te enteras de las cosas. Tal vez ellos no se enteraron, tal vez estaban dormidos cuando la puerta, esta rendija que tengo frente a mis ojos, se abrió ante ellos. Pero yo duermo poco; solo duermo cuando duerme ella. El resto del tiempo estoy atento, tratando de intuir lo que me espera

Sé muchas más cosas, pero hoy solo quiero hablar de hoy.

También sé, y es algo que me ha tenido preocupado estos días, que mi padre, Fernando, no está aquí hoy, 13 de junio, el día más importante de mi vida. Escuché hace pocos días una breve discusión entre él y mamá, de este tenor más o menos (les sorprenderá, pero tengo una capacidad retentiva enorme):-

  • Pero Fernando, ¿cómo no vas a estar cuando nazca el niño? ¿Cómo que te tienes que ir a Mallorca?
  • Te lo juro Blanca, he intentado por todos los medios retrasarlo, pero la Escuela expedicionaria de las Islas empieza en unos días y mi presencia es inevitable. No sabes la pena que me da.

Así que mi padre no pudo darme la bienvenida. Aunque los días siguientes no los recuerdo, sé que compensó su ausencia con creces. No solo en los días posteriores a su vuelta, sino durante toda la vida. Y yo nunca le reproché que no estuviera ese día.

Pero volvamos a hoy. Tras unos minutos de silencio y expectación, solo perturbados por los gemidos controlados de mi madre, acostumbrada ya a estos acontecimientos, se produce el milagro.

  • Muy bien Blanca, te has portado estupendamente, dice el doctor mientras me sujeta por los tobillos con una mano, cabeza abajo, y me da unos leves azotes. Es un niño… Es guapo y parece muy sanote.
  • Buaaaaaa!! grito yo notando los, para mí, salvajes azotes.
  • Déjamelo, doctor, ruega mi madre con algo de dolor, que ya se va, y mucha felicidad, que ya ha venido, dibujadas en su rostro. Déjamelo, repite mientras se descubre su pecho izquierdo.
  • Ah, y llama a Fernando, por favor. Una tenue humedad empaña sus ojos al ser consciente de su ausencia.

Así fue. Nadie me lo ha contado, lo he recordado yo con todos sus detalles.

Cuando el doctor y la enfermera se fueron, después de vestirme, dejar todo en orden y prometer que vendrían mañana, mamá dijo que dejaran entrar a los hermanos (a Chiky lo trajo en brazos la tata) para que me vieran. Todos, después de dar un beso a mamá y controlar sus gritos de alegría, me tocaron con suavidad la cara, las manos, los pies mientras comentaban lo que se les ocurría (“qué guapo es”, “qué feo es” “qué mojado está”, “¿le habéis contado los dedos?”). Chiky no dijo ni pío; ni siquiera me miró a pesar de que la tata se inclinó, con él en sus brazos, hasta casi juntar nuestros rostros. Un girón de su baba mojó mi cara sin desprenderse de la suya. Un nexo de unión, pensé, seremos amigos.

Seremos amigos… Transcurridos apenas seis meses desde este día, debió de ser por navidades de este mismo año, Chiky, “mi amigo”, atentó contra mi vida. No fue por maldad, claro; tal vez fuera por celos.

Aquí tienen el relato resumido de lo que sucedió.

Nuestra primera perra, Carola, nació antes de nacer yo. Tenía la edad de mi hermano Chiky, 14 meses mayor que yo.

No era perro mío, era de la familia. Es más, era familia. Vivió como unos 12 años y mis recuerdos están muy borrosos. Excepto uno, que no es recuerdo propio, sino relatado por mi madre. Se lo cuento.

Yo tenía cinco o seis meses y estaba, como es propio a esa edad, en la cuna; en un cuarto contiguo a la habitación de mis padres.  Carola solía acurrucarse debajo de mi cuna.

Mi madre andaba en la cocina, organizando la comida con las tatas (conmigo, ya éramos cinco hermanos). En esto, escucha unos gemidos extraños de la perra. Al acercarse, menos mal que se acercó, vio a mi hermano Chiky que, en pie junto a la cuna, blandía amenazante, sobre mí, el atizador de la cocina (en aquella época, las cocinas eran de carbón).

Los celos del benjamín destronado, supongo. El caso es que su intento de acabar conmigo se frustró. Lo más probable es que no hubiera tenido éxito, pero nunca se sabe…

Jamás le he guardado rencor. No solo eso, sino que siempre nos hemos llevado muy bien y nos queremos un montón.

(Extracto de https://jchicheri.wordpress.com/2014/12/20/como-el-perro-de-las-lagrimas/)

 

Este fue el primer día de mi vida. Llegué a ella tan feliz y tan activo, después de nueve meses de encierro, que a los pocos minutos de la entrada de mis hermanos me dormí tan profundamente que no recuerdo nada más. Cuando me desperté, comencé a vivir.

La familia antes de llegar yo. Papá, mamá, 

Fernando, Manolo, Blanca y Javier.


 

Hoy es también trece de junio de 2018. Setenta años han transcurrido sin apenas darme cuenta.

Setenta años llevo andando por la vida, recorriendo sus caminos. He volado por autopistas, he conducido por carreteras, he caminado por senderos y he deambulado por trochas cochineras de difícil transitar. Los caminos por los que la vida transita no son siempre buenos o siempre malos. De todo hay en tan largo trayecto. Pero lo que sí es cierto es que serán mejores o peores en función de la elección que tomes en cada cruce y, sobre todo, de las veces que se aparezca en tu camino la diosa Fortuna.

Nunca, antes de llegar al cruce, sabes con certeza cuál de los caminos en que el tuyo se bifurca va a resultar de más cómodo andar. Igual que nunca sabrás si el que dejaste, el que no tomaste, hubiera sido mejor que el que elegiste.

Desde este trece de junio de hoy trato de ver, con la vista ya gastada y muchos de los caminos ya borrados, cómo ha sido todo esto que he pasado, que me ha pasado, desde aquél otro trece de junio que con tanta claridad he recordado y relatado. La cumbre desde donde observo tiene buena perspectiva, pero mi vista, ya les digo, no llega a todos los rincones. Y el camino está, en muchas partes de su recorrido, ya borrado ya oculto por la vegetación enredada en la memoria.

Trataré de recordar algunas de las etapas de tan largo camino. Tal vez se las cuente; tal vez las guarde para mí, ya veré. Nada de especial tienen; son muy parecidas a las de cualquier mortal que haya andado caminos parecidos, en tiempo y lugar, a los míos. Pero son mis etapas, mis caminos.

Lo que sí puedo decir, aun antes de zambullirme en los recuerdos, es que las decisiones que tomé en cada bifurcación no han sido malas. No sé cómo podrian haber sido las alternativas, eso queda en el mundo paralelo de las ucronías.

Y también puedo decir que tenido suerte.

RECUERDOS DE INFANCIA. Los pichones.

20 septiembre, 2015 9 comentarios

La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué ahora la recuerdo más que nunca.

(Benedetti)

PICHON VOLANDO

Una lectora de la última entrada, Don Amalio, el Pintor, me comentó que le había gustado pero que la encontraba “poco profunda”. No sé qué profundidad puede darse a estos recuerdos de niñez o, quizá sea más acertado, no sé cómo dársela.

Porque estas remembranzas infantiles que me ha dado por devolver a la vida y que, como Benedetti, recuerdo ahora más que nunca, son solo eso: recuerdos; generalmente intrascendentes. Y si los rememoro estos días es porque ellos me lo piden.

Así que seguiré contando cosas que sucedieron y que no tuvieron otro efecto que hacerme disfrutar o sufrir, enfadar o reír. Y sin duda contribuir, en poco cada uno pero en mucho en su conjunto, a mi formación; a ser como soy.

Debíamos de tener entonces 12 ó 13 años. Cuando utilizo el plural es para incluir a mi hermano Chiky, un año mayor que yo y compañero de aventuras y desventuras hasta que nuestras vidas, universitarias primero y profesionales después, tomaron diferentes rumbos: la suya, el de los mares; la mía, el de los despachos.

En aquella época, 1960, poco antes de nuestro internado en Zaragoza, íbamos mucho al Club de Campo. No necesitábamos compañía paterna ni, prácticamente, autorización. Éramos bastante libres y por aquellos años uno podía moverse por Madrid en auto stop o recorrer a pie, si íbamos con perro, los escasos tres kilómetros que separaban nuestra casa del club.

Eran los tiempos en que tuvimos a nuestro perro Fag (vid. Como el Perro de las Lágrimas), con el que pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo libre. Fuera paseando por el barrio o, como en este recuerdo, en el Club de Campo.

Nos gustaba escondernos con Fag tras el talud que hacía de fondo de seguridad en las instalaciones de la cancha de tiro de pichón del club. Estaba, como es lógico, absolutamente prohibido por el peligro de recibir perdigonadas. Pero la escasa vigilancia y nuestra habilidad para sustraernos de ella eliminaban cualquier dificultad. Nuestro objetivo aquél día: buscar con el perro y rescatar a los pichones que caían alicortados.

Y tuvimos éxito. Recogimos tres o cuatro pichones bastante íntegros, muy poco tocados de perdigón. Y nos volvimos, con perro y pichones, la mar de contentos a casa. Dispuestos a salvarles la vida y, una vez curados, devolverlos al cielo.

Les preparamos una especie de casa-nido encima del armario de nuestro cuarto. Les alimentábamos con lo que se nos ocurría: cañamones, granos de arroz, restos de comida… Y cogimos cariño a nuestros pichones; cada día estaban mejor y, aunque no volaban por la casa, saltaban del armario al suelo o a nuestras literas y volvían a su “nido”. El cuarto estaba, obvio es decirlo, hecho una porquería.

Pensábamos con cierta tristeza que en pocos días tendríamos que soltarlos. No sólo porque esa era nuestra intención inicial, sino por las continuas protestas de las tatas ante mamá; tal era la cantidad de mierda que producían los pichones.

PICHONES POSADOS

Una o dos semanas más tarde vinieron nuestros primos Eduardo y Manolo, de Zaragoza, a pasar un par de días a Madrid. Eran (son) de nuestra edad. Mamá les invitó a comer a casa. Después de pasar la mañana con ellos danzando por ahí, llegamos a casa.

  – ¿Qué hay de comer, mamá?, pregunta Chiky.

  – Pollo, hijo, croquetas y pollo.

  – Mmmm, qué rico!

Así que nos sentamos los cuatro en la mesa camilla del cuarto de estar. Mamá no comía con nosotros pero andaba deambulando por aquella zona de la casa.

Charla que te charla, croqueta tras croqueta, la tata nos sirve el pollo

– Qué bueno, dice Manolo.

– Sí, está estupendo, corrobora Eduardo.

Yo iba a mostrar mi acuerdo mientras me llevaba con la mano un muslo a la boca. No sé por qué, me quedo mirando el muslo antes de devorarlo. Me pareció pequeño para ser de pollo. De pronto, me entra una especie de angustia y le digo a Chiky:

– ¿No te parece pequeño este pollo?, le digo.

– ¡¡Los pichones!!

Nos miramos un momento y, al unísono, salimos disparados a nuestro cuarto. Nos subimos a la silla, miramos sobre el armario… Todo limpio, ni cartones, ni papeles, ni cañamones, ni cagadas…, ni pichones.

Volvemos corriendo al cuarto de estar. Mis primos no entendían lo que estaba pasando. La tata, sí. Le preguntamos por mamá, que hace un par de minutos estaba en el cuarto.

– Ha salido. Ha dicho que luego vuelve

Cuando volvimos a verla, por la tarde, nuestro enfado se había diluido.

Cosas de madres, cosas de críos…

Jamás le pedimos explicación. Pero hace pocos días, y ya estamos en el tiempo de hoy, en una de nuestras visitas a su residencia le cuento lo de los pichones. Aunque ya nada recuerda, arrebujada en su cama entrecierra los ojillos y aprieta los labios con esa sonrisa tan pícara suya.

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RECUERDOS DE INFANCIA. Don Amalio, el pintor.

7 septiembre, 2015 4 comentarios

¿Por qué volvéis a la memoria mía, tristes recuerdos del placer perdido…?

(Espronceda)

 

Hace unas noches se me ocurrió pensar que sería buena idea escribir los recuerdos antes de que llegue el momento en que la vida dure más que ellos. Antes de que uno se vea en la triste situación de aún vivir pero sin ya recordar.

Tanto pensé en ello que pasé buena parte de la noche en vela, recordando, hasta que dulcemente me dormí.

Anduve reflexionando sobre ello y hasta se me ocurrió comentarlo a mi mujer. En mala hora…

  • “Pues date prisa”, me responde, “porque al paso que vas…”

Y es que es cierto. Conforme pasan los años, el tiempo desprende los recuerdos de las neuronas igual que el viento desprende la pelusa de algodón de los chopos en primavera.

Pero no me desanimó del todo. Sigo pensando en ello. Quizá cuando aún ya no recuerde, si llega ese momento antes de que llegue el último, todavía me esté reservado el don de leer.

Así que me pongo a la tarea.

Mis recuerdos son como los de todos, no tienen nada de especial, excepto que son los míos. Son recuerdos de infancia, de niñez, de adolescencia, de familia, de amigos, de noviazgos, de aventuras, de trabajo, de hijos, de nietos… Son recuerdos de vida.

Aquella noche, el último que recordé antes de dormir fue, precisamente, el primero del que soy consciente en la cronología de mi vida.

Sé que el tiempo era otoño de 1951, porque de ello tengo prueba. Yo tenía tres años, 64 menos de los que ahora tengo. Nada menos.

Pintado el 17 de enero de 1952

Pintado el 17 de enero de 1952

Sucedía en el cuarto de estar de nuestro piso de la calle Ferraz, en Madrid. Yo fui el último de los hijos que nació en la anterior casa, en la calle Altamirano del mismo barrio de Argüelles. Hacía el número quinto y la casa se había quedado chica para tanta familia. Los tres que me siguieron nacieron cuando ya vivíamos en Ferraz.

El piso era amplio. En la “zona noble”, un hall de buen tamaño, un salón enorme, una sala de estar a la que llamábamos “despacho”, aunque nunca nadie trabajó en ella, y un comedor muy espacioso, que en los buenos tiempos ha albergado a una veintena comiendo.

Del hall nacía un larguísimo pasillo, con puertas a su derecha que daban paso a habitaciones y cuartos de baño. Al final del pasillo se encontraba la zona de cocina con dos estancias muy amplias, el dormitorio de mis padres y otras dos habitaciones contiguas.

La casa era grandona para lo que hoy se estila: cuatro salones, seis dormitorios, tres baños y la zona de cocina, todo comunicado por ese largo pasillo de 20 metros.

Una de las habitaciones del fondo era entonces, antes de que nacieran los pequeños y fuera habilitada como dormitorio, el cuarto de estar del que proviene mi recuerdo de hoy.

Tenía aquella habitación un par de balcones que daban a un patio de manzana, lo que permitía una luz espléndida. Esa luz es la que don Amalio, el pintor, gustaba para no perder detalle de nuestros rasgos. Yo no sabía que se llamaba don Amalio, pero todo lo demás se mantiene vivo en mi recuerdo…

El agobio que sentía después de unos minutos, para mí eternos, de absoluta inmovilidad, sentado en una sillita colocada encima de una mesa camilla. Para que mi rostro quedara a la altura del suyo…

El aspecto misterioso del pintor, con aquellos ojos escrutadores que atravesaban los míos…

El miedo a moverte después de las terribles advertencias maternas…

Y cuando don Amalio dejaba el pincel y se limpiaba las manos con uno de los trapos, ya sabía, ya sabíamos que la sesión terminaba. Venía entonces la excitación de la liberación. La explosión física que seguía a la forzada inmovilidad.

Brincaba de la sillita al suelo, me quitaba a toda prisa la ridícula blusa roja con ese cuello y esa pechera de encajes, para que se la pusiera el hermano, y me montaba en mi triciclo rojo para recorrer arriba y abajo el pasillo y sortear camas y muebles de las habitaciones.

Era entonces cuando a mi hermano Chiky le correspondía el agobio de la quietud. Porque durante la media hora anterior, mientras yo lo sufría, el pasillo había sido suyo y de su triciclo amarillo.

Y así, en varios turnos de media hora de posado y de desahogo, pasaron algunas semanas, no recuerdo cuántas, hasta que un día mi madre nos acompañó a la sala grande en una de cuyas paredes, durante más de 60 años, desde aquel mes de enero de 1952 hasta octubre de 2013 cuando aquella casa dejó de ser la Casa, los rostros que pintó don Amalio, fueron testigos de todo lo que en ella transcurrió.

Blanca

Blanca

Chiky (Javier)

Chiky (Javier)

Yo

Yo

Blanca, Chiky y yo. La tercera, el cuarto, el quinto… Siempre me he preguntado, aunque nunca lo he preguntado, por qué fuimos nosotros; por qué los dos anteriores o los tres que vinieron después no se enfrentaron a don Amalio García del Moral, el pintor retratista…

Pero hoy no hay preguntas; sólo quería recordar el recuerdo…

OTROS TRES…

13 junio, 2015 24 comentarios

Me disculparán que hable de mí. Hace tiempo que no lo hago…excepto conmigo mismo.

Hace tres años, apenas un soplo de tiempo, escribía con cierta melancolía sobre la tenue tristeza que me producía no poder ya, con propiedad, cantar aquella preciosa música de Paul Mcartney, When I’m Sixty Four.

Y es que, al día siguiente, cumplía mis 64.

Aún así, cada vez que he tenido ocasión, fuera sólo o con amigos, la he seguido cantando (When I get older, losing my hair…)  con esa manía mía de cantar cuando estoy haciendo cualquier cosa o cuando no hago más que esperar a que suceda cualquier cosa; cuando estoy solo o cuando estoy con gente.

Es decir, siempre. Siempre ando cantando. Cierto es que cuando no estoy solo o no es una fiesta de cantar, canto bajito, apenas tarareando o incluso con los labios cerrados, nada más emitiendo un murmullo que me sale del alma, grave si es soul o gospel, agudo si es aria de ópera o sonata de Mozart.

Hay gente a la que le gusta, o eso creo yo, porque me dicen ¡qué bien cantas! Otros, no muchos, a pesar de ser amigos me dicen que qué pesado. Pero los hay más directos: el otro día estaba cantando bajito, apenas un murmullo, y una señora que estaba a mi lado me dijo con enfado: “¿Puede usted callarse?”. Ni por favor ni nada; así de seco. Y me callé, claro. Yo creo que fue porque estábamos en la sala de espera de un médico y probablemente le dolía la cabeza.

Pero no iba yo a hablar de mis cantos, sino de mis años.

El tiempo pasa deprisa, muy deprisa. Apenas da tiempo para recordar con sosiego lo que ha sucedido en los años inmediatamente anteriores.

El futuro de acerca deprisa, muy deprisa. Apenas queda tiempo para disfrutar con sosiego los proyectos que se han cumplido; o para lamentar los que no fructificaron.

¿Qué me ha pasado, qué he hecho en este lapso que ha transcurrido, veloz como nunca, desde que cumplí aquellos sesenta y cuatro hace hoy exactamente tres años?

¿Nada? ¿Solo el tiempo? ¿Solo -tantos como- tres años?

Decir nada es quizá una exageración, pero si alguien me preguntara, espero que no, ¿qué has hecho en estos tres años? No sabría qué decirle.

Quizá le respondería simplemente, por salir del paso: “vivir”.

Y es cierto, he vivido, que no es poco. He disfrutado de la vida que tengo, que la fortuna permite que sea buena y digna. He cumplido con el itinerario de la vida que contaba en aquél escrito, Las Edades del Hombre, que me inspiró mi padre. He conseguido, creo, que mi tiempo sea mío, para disfrutarlo, y de nadie más, excepto para compartirlo con las personas que quiero y que me quieren, como me enseñó Manuel Vicent.

Y hoy, tan rápido como un suspiro, han pasado tres años desde aquellos 64; son ya 67. Los setenta llegarán sin avisar, más rápido, mucho más, de lo que han llegado estos. Y luego los 73; y, en seguida, los… La vida que Dios me dé, que espero mantenga un razonable equilibrio entre duración y calidad; entre tiempo y salud. Nada de eso puedo controlar.

El tiempo no avisa, te asalta. Porque el tiempo, en cuanto medida de la vida que transcurre, no es más que una entelequia. Ya lo decía el Gaucho Fierro en aquella payada con el Moreno que relataba hace justo tres años:

Moreno voy a decir,

Según mi saber alcanza

El tiempo solo es tardanza

De lo que está por venir;

No tuvo nunca principio

Ni jamás acabará.

Porque el tiempo es una rueda,

Y rueda es eternidad;

Y si el hombre lo divide

Solo lo hace en mi sentir,

Por saber lo que ha vivido

O le resta que vivir.

Así que hasta que llegue el siguiente momento, haré lo que he hecho hasta ahora: vivir. Y, en lo posible, emulando lo que dijo Horacio en su Libro de las Odas: Carpe diem quam minimum credula postero (aprovecha el día, confía lo menos posible en el mañana).

Trataré de seguir aprovechando cada día, con los míos, pero seguiré confiando en el mañana y en los míos. Como siempre he hecho.

Ah, y seguiré cantando hasta que ya no quede voz.

Como cantaba con mi queridísima hermana Blanca, que no tuvo la suerte que yo he tenido y que nos dejó en el único cumpleaños triste, tristísimo, que he tenido en mi vida: el de mis cincuenta.

Este fue el último suyo.

Felicidades, amigo. Un beso enorme, hermanita.

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