RECUERDOS DE JUVENTUD. EL MISTERIO DE TIMES SQUARE

12 enero, 2019 Deja un comentario

Una tarde de otoño de un año, no recuerdo cuál, de mediados de los 90, llegamos a Nueva York, cansados del viaje y del cambio horario. El taxi nos deja en el hotel reservado: el Marriott Marquis de Times Square, en el corazón de Manhattan. Es un hotel muy singular que ocupa casi cincuenta plantas y una de ellas, en la que se ubica la cafetería, tiene un curioso movimiento rotatorio de 360º que permite la visión de todo el contorno. Solo gira ella, independiente del resto del edificio. Una vez registrados, subimos a la habitación con nuestro equipaje. Dejamos las maletas en el suelo y Carmela se tumba en la cama para descansar un rato antes de salir a cenar.

De repente, un ruido ronco, profundo y continuo empieza a escucharse. Se levanta y, extrañados, empezamos a buscar el origen de tan molesto temblor. Me acerco a la ventana buscando posibles obras, acercamos el oído a las paredes… Nada, no detectamos la fuente. Además era imposible detectar de dónde procedía. Era como si el ruido “estuviera”, no “procediera”.

Al no poder averiguar nada, llamo a recepción. A los cinco minutos sube un auxiliar que hace lo mismo que nosotros hicimos: mirar hacia todos lados y pegar el oído en todas las paredes. No encuentra nada; nos dice que no nos preocupemos, que va a avisar a un especialista y que si no se puede solucionar nos cambiarán de habitación. Lo siguiente que sucede, a los cinco minutos, es la invasión de la habitación por un grupo de tres personas. Un gorilón enorme, moreno y de casi dos metros, con un cinturón del que cuelgan un montón de herramientas y un cartel en el que se lee MOD (Manager on Duty), es decir, el encargado de chapuzas de guardia. Le acompañan dos ayudantes. Con ademán de seguridad, de que “esto no es nada para nosotros, en seguida lo resolvemos“, hacen lo mismo que hizo el anterior, que es lo mismo que habíamos hecho nosotros media hora atrás. Pero estos, con un poco más de profesionalidad. Tal profesionalidad consistía en que además de acercar el oído a las paredes, le daban golpecitos como cuando el cardiólogo ausculta al paciente: toc, toc; muy suavecitos.

El ruido, intenso y desconcertante, continuaba. El equipo, desconcertado, seguía buscando.

De repente, observo que Carmela llama mi atención y me hace una seña compleja; es decir, varias señas en un solo gesto. Mientras con el dedo índice de la mano derecha hace un gesto hacia abajo, veo que aprieta los labios como en sonrisa forzada y enarca las cejas. Creo entender que quiere decir haber descubierto algo, pero no sé el qué. Con los técnicos, que ya se habían rendido, cruzo unas palabras de mutua comprensión y me dicen que no me preocupe, que enseguida sube alguien de recepción para conducirnos a otra habitación. Y que lo sienten muchísimo.

Antes de que suban a cambiarnos de habitación el misterio se resuelve. Carmela se acerca a la maleta grande, la abre y el ruido sale de ella como si se estuviera ahogando; se reduce en intensidad y se expande por toda la habitación. La causa y el origen quedan al descubierto. Este, el interior del neceser con las cosas de aseo; aquella, un puñetero cepillo de dientes de esos eléctricos que se habían puesto de moda, cuyo mecanismo se había disparado. Nos resultaba absolutamente incomprensible haber visto (oído, más bien) cómo un sonido que escuchamos varias veces al día junto a nuestros oídos no es en absoluto molesto, ni nos percatamos de él, y ese mismo sonido, encerrado en una bolsita que está rodeada de ropa que está encerrada en una maleta, puede resultar tan dramático, tan amenazador, tan desconcertante y tan indescifrable como para haber provocado lo que provocó: el asombro de media docena de personas, la incapacidad de su detección y el cambio de habitación.

Cuando subió la chica de recepción la maleta ya estaba de nuevo cerrada y el cepillito, dentro, apagado. Le comentamos que ya había cesado pero que no podíamos arriesgarnos a que se reanudara el tormento. Cuando salimos a cenar, después de haber descansado y tomado la ducha en la nueva habitación, que estaba en la misma planta, no pudimos esconder una mutua mirada irónica al ver que tres o cuatro operarios estaban sacando muebles de la habitación. A la mañana siguiente estaba precintada.

Los misterios de la reverberación, de la resonancia.

Anuncios

RECUERDOS DE JUVENTUD. DETENCIÓN EN LA FERIA

8 enero, 2019 6 comentarios

Fue precisamente en la Feria de Sevilla cuando sucedió aquello que, sin desvelar de qué se trataba, les he anticipado en un par de ocasiones, hace ya muchas páginas, hace ya muchos años. Ahora se lo contaré.

Es el 19 de abril de 1991, viernes. Habíamos viajado de Madrid a Sevilla en el mi flamante BMW y nada más dejar las maletas en el hotel (esta vez cambiamos de hotel y nos hospedamos en el Hotel Lar, en la Plaza de Carmen Benítez, pues en ni en el AC ni en el Colón quedaban habitaciones) fuimos a la caseta a comer. Después de comida y sobremesa, me despido de Pepe y de los otros hasta la noche y nos volvemos al hotel a echar una buena siesta. Magnífica fue la siesta, pero a eso de las 9, cuando me dispongo a ducharme y vestirme, suena una llamada en la puerta: toc, toc.

Cuando abro la puerta me quedo medio paralizado. Una pareja de policías de uniforme, acompañados por el director del hotel.

  • ¿Jaime López-Chicheri?
  • Sí, soy yo, ¿qué quieren?
  • Que nos acompañe a la comisaría; queda usted detenido.
  • ¿Que qué? ¿Que estoy detenido? ¿Por qué?
  • Usted debe saberlo bien. Venga, póngase los pantalones y venga con nosotros.

Asombrado, asustado… No tenía ni idea de qué podría estar pasando. Hasta se me pasó por la cabeza que alguien nos había metido un paquete de droga en el coche. No sé, cualquier cosa…estaba acojonado.

Y es entonces cuando salta Carmela:

  • ¡¿Pero, qué dicen?! ¿Están ustedes locos?

 

  • Señora, o se calla o se viene con nosotros también. Y a este, espósamelo, grita dirigiendo la mirada a su compañero.

Le digo a Carmela que se calme. Y que llame a Joaquín Arribas, un auditor que entró al tiempo que yo en Arthur Andersen en 1975 y que se incorporó a E & W bastantes años después. Joaquín venía también este año a la feria, con su mujer y están en el mismo hotel. Joaquín tenía un hermano comisario, así que era un buen contacto, fuera lo que fuere el asunto este. El policía dice:

  • Ya, ya imagino que tendrá usted amigos. A ver si el Joaquín ese va a estar también pringado.

 

Mientras me visto, no con la dignidad que requeriría la noche de feria, con traje y corbata, sino con la suficiencia de la noche que, ya pensaba, me espera en comisaría, escucho al director del hotel…

  • Oiga, y ¿quién me va a pagar la estancia si se lo llevan a usted?

 

Con la mirada, le mandé a la mierda. Debidamente esposado, pero con toda la dignidad que las circunstancias permitían, salí de la habitación con un policía a cada lado y el director detrás. Me volví para echar un beso a Carmela; al hacerlo, elevé los hombros con ese gesto de “no tengo ni idea de qué está pasando”. Carmela me lanzó otro beso haciendo idéntico gesto.

El paso por el lobby del hotel resultó impactante. Serían las nueve y media, hora en la que los clientes del hotel bajan, todos guapos y elegantes, para ir a cenar o dirigirse a la feria. Y yo, esposado y escoltado por los maderos, con el cuerpo erguido y la frente muy alta, atravesando grupos y corros. Mis amigos, que ahí había unos cuantos, me miraban con tremenda extrañeza y ojos como platos, interrogantes. Yo repetí tres o cuatro veces el gesto de los hombros.

Me dio tiempo a decirles a los policías que se trataba de un error, que era inocente de lo que fuera que me acusaban, que… Y me di cuenta (ya había percibido algo) de que la pareja tenía repartidos los papeles de poli bueno poli malo, porque el malo, que era el que había hablado todo el rato, solo respondía “Ya, ya, todos dicen lo mismo…”, en tanto que el otro decía “Bueno, si es un error se aclarará en comisaría”. Al llegar al coche Z, me abren la puerta trasera y me indican que entre. Le pido por favor al policía que hasta entonces había permanecido en silencio, el bueno, que por favor me quitara las esposas para no romperme una muñeca al sentarme. Así lo hace. Pero cuando me siento, casi me rompo la rabadilla. Resulta que el asiento trasero, que tenía aspecto de asiento normal de coche, con su dibujito y su apariencia de tela o cuero en capitoné, era de plástico duro. Ante mi exclamación de dolor y mi comentario de sorpresa, el bueno me dice:

  • Es que ahora los hacen duros porque muchos detenidos, con tal de joder, rasgaban los asientos con las esposas.

 

Durante el camino les estuve insistiendo en que se trataba de un error y que, por favor, me dijeran de qué se trataba; o que, al menos, me hicieran pruebas de identificación. Cuando llegamos a la comisaría central de Sevilla, subimos a la planta donde estaba el comisario de guardia y me sientan en una silla, junto a otras tres o cuatro, pegadas a la pared en una sala amplia. El poli malo entra al despacho a hacer su atestado. Antes de que se separara le pido que le diga al comisario que quiero solicitar un habeas corpus, esto es, una comparecencia inmediata ante el juez de guardia. Con sorna, me responde:

  • Ya, ¿Usted cree que va a haber un juez de guardia en viernes de Feria?

 

El poli bueno se queda de pie, junto a mí. Más de una hora estuve esperando, mientras mi mente se empeñaba en recordar casos similares pero con finales trágicos. Como el Caso Almería, aquel asesinato de tres inocentes que detuvieron tomándolos por etarras. Sucedió justo diez años antes; ellos insistían en su inocencia pero fueron torturados primero y luego asesinados, simulando un accidente, por el teniente coronel Castillo Quero, el mismo que los detuvo.

En ese tiempo ya casi me había hecho amigo del poli bueno. No me cupo duda cuando, al cabo de media hora de espera, entró un detenido con andares de borracho y aspecto de drogado; lo sentaron junto a mí y el tipo echó la cabeza sobre mi hombro como para seguir durmiendo o porque era incapaz de mantenerla erguida. Entonces, el poli lo agarra del hombro, lo zarandea y lo separa de mí mientras le dice:

  • Quita, imbécil, ¿no ves que estas molestando al señor?

 

¡Al señor! Yo creo que ya estaba convencido. Y más cuando después de esa hora y media tan larga, su compañero sale del despacho del comisario con cara de cabreo.

  • Se nota que tienen ustedes contactos, casi grita con cara de cabreo. ¡Nos vamos a la policía científica!

Yo respiré. Eso es que me van a hacer las pruebas de identificación, pensé aliviado. Y eso es porque Carmela ha hecho bien su trabajo.

Así fue. Llegamos a las dependencias de la policía científica donde, sin esperar ni dos minutos, me invitan a entrar en el despacho del inspector o comisario, lo que fuera, quien se levantó, me tendió la mano y se presentó. Las maneras habían cambiado.

Me hizo un interrogatorio sobre mi vida, mi familia, los coches que había tenido, mis lugares de trabajo… al que no solo contesté a su satisfacción, sino que aporté multitud de detalles que pensé ayudarían a su convicción. Durante ese interrogatorio me explicó el asunto. Tenía, desde hacía años, orden de búsqueda y captura de 13 juzgados españoles y dos de la Interpol por asuntos de estafa, tráfico de drogas y otras cosas; menos delitos sexuales y asesinato, de todo. Cuando le pregunté cómo era posible que con tanta orden de detención hubiera podido hacer vida normal y viajar con frecuencia por el extranjero; cómo, habiendo tenido domicilio y lugares de trabajo conocidos, declarando mis impuestos…en fin, teniendo una vida transparente, nunca en estos años había tenido problemas, su respuesta fue que a él le extrañaba no menos que a mí, y que la única explicación que se le ocurría era que, en tiempos de feria como este, la policía revisaba con mucho más interés las fichas de los hoteles.

Ni él ni yo pensamos que esa podía ser una explicación. Luego me enseñó un pasaporte que habían interceptado a un tipo, colombiano, que más tarde escapó. Cuando leo el pasaporte, recuerden que en aquella época no estaban digitalizados y los datos aparecían a mano, veo los datos personales:

Jaime López-Chichen Dabán. Nacido el 12 de junio de 1948.

El poli que revisó la ficha del hotel tomó “Chichen” por “Chicheri”; una “n” escrita a mano se puede confundir con “ri”. Igual que un 12 por un 13.

Entonces recuerdo, y ustedes recordarán si leyeron la anécdota de cuando me llamaron de la comisaría de Arapiles, al poco de entrar en Arthur Andersen, el robo del piso de mis padres en la calle Ferraz en el que, además de joyas y otras cosas, despareció mi pasaporte. Y conecto aquello con esto. Este y no otro fue el origen de lo sucedido hoy. Se lo cuento al comisario, que ya estaba convencido de mi inocencia.

  • Mire don Jaime. Aunque yo no tengo autoridad para decretar su libertad, hoy es muy difícil contactar con el juez de guardia y no quiero que este asunto de tan evidente equivocación se prolongue más. Queda usted libre y le ruego que acepte nuestras disculpas.

El poli bueno, que había permanecido a nuestro lado todo el rato, respiró aliviado, como en las películas de misterio o de terror cuando, ya cerca del final, se deshace la oscura trama, se desvela el secreto, se salva la vida del protagonista. Me dio también la mano mientras me decía:

  • Mis disculpas también, don Jaime. Le llevo al hotel en el coche oficial

 

Ya en el hotel coincido con Carmela que, al verme, respira aliviada y me relata su lado de la historia. Nada más salir yo de la habitación, esposado, llamó a Joaquín y le contó lo sucedido. Y Joaquín se puso en marcha. El aviso llegó tarde a la comisaría pues el hermano de Joaquín, el comisario, no estaba en su casa y tardó en localizarlo. No eran tiempos de teléfonos móviles aún. Finalmente le dijeron que estaba por Valladolid, en la finca de unos parientes de su mujer. Cuando finalmente pudo hablar con él y le relató lo sucedido, el hermano le contestó:

  • Ya, Joaquín, pero ¿estás seguro de que es un error? Mira que no es fácil conocer la vida personal ni siquiera de nuestros mejores amigos. A ver si vamos a meter la pata.
  • Te puedo asegurar que es un error; que Jaime empezó a trabajar conmigo y le conozco bien. Estoy seguro.

 

Tampoco es que fuéramos íntimos Joaquín y yo, pero le agradecí mucho su insistencia. Gracias a ella se resolvió con cierta celeridad un asunto que pudo haber tomado un sesgo preocupante.

Después de llamar a Joaquín, tomó un taxi y se fue a la comisaría central, a donde a mí me habían llevado. Y allí, según pude colegir, armó la marimorena. Se puso a gritar como una descosida:

  • ¡¡Parece mentira, mi marido en la cárcel y Alfonso Guerra en la calle!!

 

  • Cállese, señora, no grite, le decía el comisario.

Así que todo acabó bien. Como a las dos o tres de la madrugada aparecía yo en la caseta, ante el asombro de Pepe y de otros amigos.

  • Pero Jaime, ¿Dónde te has metido? ¿No habíamos quedado a las diez?
  • Si, Pepe, lo siento. Es que mira, me han detenido.

 

Le decía mientras mostraba, para que todos lo vieran, mis dedos aún manchados con la tinta que ponen para implantar en la ficha las huellas digitales.

  • Baja la mano, bájala, me dice Pepe temiendo que sus amigos sevillanos pensaran que se trataba con un delincuente habitual.

Así terminó la parte sevillana de la historia. Para evitar la posibilidad de que pudiera volver a suceder algo similar, en cuanto llegué a Madrid pedí cita al Director General de Archivos Centrales del ministerio del interior, con quien me había conectado el hermano de Joaquín. Llevaba preparada una instancia en la que relataba lo ocurrido y que finalizaba con este triple SUPLICA:

  • Tenga por interpuesto este escrito a los efectos que proceda.
  • Dé las instrucciones pertinentes para que el nombre de quien esto suscribe, D. Jaime López-Chicheri Dabán, así como el de D. Jaime López-Chichen Dabán, que con evidente error de falsificación ha sido utilizado por quien realmente cometió los hechos imputados, sean eliminados de los documentos informáticos o de otro tipo en los que figure relacionado con los asuntos relatados.
  • De lo anterior se dé cuenta a los juzgados que interesaron la búsqueda y captura de los nombres citados.

Todo ello a fin de que un ciudadano respetable y de vida conocida y transparente, como el que suscribe, recupere la confianza en la Administración Policial y no se vea involucrado en tan desagradables procesos como el en este escrito relatado.

En Madrid, a 22 de abril de 1991. 

 

El Director General me atendió con una amabilidad inesperada y nada más saludarnos me pidió disculpas por lo sucedido, que ya le había explicado nuestro contacto común. Me pidió que le acompañara a la sala de ordenadores donde, en mi presencia, pidió al funcionario que eliminara de mi ficha personal de ciudadano los antecedentes que tuvieran relación con este asunto (excluso decir que no los había de ningún otro tipo) y, antes de despedirnos, confirmó mis sospechas sobre el origen de tan kafkiano acontecimiento.

Que no era otro que el que yo sospeché desde el principio: el robo del pasaporte en el asalto al piso de Ferraz.

RECUERDOS DE JUVENTUD. AQUEL AÑO DE ROBOS

1 diciembre, 2018 2 comentarios

Estas cosas que voy a contar sucedieron en 1987. Fueron pequeños robos con escasa importancia y con desenlace más bien cómico. No, desde luego, como aquel de Ferraz del año 75 en el que, entre otras cosas, se llevaron mi pasaporte. Les contaré algún día las consecuencias de aquello, 16 años después.

El 13 de junio del año de los robos, día de mi cumpleaños que este año caía en sábado, suena el timbre de casa. “Señor, preguntan por usted”, me dice Adelaida, la tata. Era un señor que traía un paquete para mí.

  • Si es usted Jaime López, esto es para usted. De parte de doña Carmen Mirecki
  • Ah, sí, muchas gracias, qué detalle.

Era un paquete, mal envuelto, en una bolsa de plástico como vieja. Pero era un regalo de Carmela, todo un detalle.

Cuando iba a cerrar la puerta, me dice el señor:

  • Oiga, me lo tiene que pagar; son 15.000 pesetas.
  • ¿Pagar?…

Me pareció raro que tuviera que pagar el regalo, así que me decido a abrirlo. Y veo que dentro de ese envoltorio hay una radio de coche, una Pionner, buena marca, directamente envuelta en el papel, sin caja ni papeles ni nada. Sin aún sospechar, digo al señor:

  • Oiga, pero esto está como usado, no es nuevo.
  • ¡Anda! Que no es nuevo, dice ¿Qué quiere usted? Bastante bien está…

Fue entonces cuando caí. Resulta que unas semanas antes me habían robado la radio, una de esas extraíbles de entonces, de mi coche. Y Carmela, la detallista Carmela, me regalaba una por mi santo. Pero se la había encargado a un perista, de esos que compran cosas robadas, y encima la tenía que pagar yo.

Aun así, le di las gracias por el regalito.

 

Y es que en aquellos años eran frecuentes los robos de pequeñas cosas, y no solo en el barrio. Unos meses antes nos habían robado las motos de campo, la Montesa Cota 247 de Carmela y la 348 mía. Me fastidió bastante, porque aunque las usábamos poco pero nos habían hecho pasar días felices.

 

Un sábado por la mañana de varios días después, ya montados los cinco en el coche, noto que está un poco baja la parte derecha del morro. Le pido a Carmela que se asome a la ventanilla, a ver si la rueda estaba pichada como me parecía.

  • No, pinchada no está. Lo que pasa es que no hay rueda.

Nos la habían robado.

 

Fue mucho más curioso, especialmente por el desenlace, el robo de los palos de golf de un par de semanas después.

Carmela, que se empezaba a aficionar al deporte, se había comprado medio juego de palos en una pequeña bolsa de tela, algo provisional, hasta ver si cogía afición de verdad. Yo ya jugaba con frecuencia y mi bolsa era más seria y completa. Este sábado habíamos jugado y al llegar a casa por la tarde, en lugar de subir a casa los palos decido dejarlos en el coche, puesto que el domingo también jugábamos.

Cuando al día siguiente bajamos Carmela, mi hijo Tano y yo veo, al acercarme al coche, el maletero medio abierto. Me temí lo peor. Y mi temor fue justificado. Los palos de golf habían desaparecido. Me quedo un rato maldiciendo y decidiendo qué hacer. Es entonces cuando a Carmela se le ocurre:

  • Tengo una corazonada. Seguro que están en el Rastro. Seguro que no los ha robado un golfista, sino un chaval para venderlos. Venga, vamos al Rastro.

A mí me pareció una tontería, pero como estaba sin saber qué hacer, al siguiente “venga, vamos…” me decidí. Pusimos rumbo al rastro. Llegamos, dejo el coche en la Ronda de Toledo, en doble fila y con Carmela dentro, y me lanzo con Tano a la aventura. Subimos y bajamos la Ribera de Curtidores mirando en todos los puestos. Tano quería curiosear, pero le dije que íbamos solo a una cosa, a buscar los palos, y que mamá estaba esperando. Tres cuartos de hora después estamos de vuelta.

  • Nada, Carmela, hemos mirado por todos lados y ni rastro en el Rastro.
  • ¿Seguro? ¿Habéis mirado en esa plaza, que está llena de puestos?
  • Pues…no, no hemos mirado, pero…
  • Pues mirad, que tengo una corazonada.

Yo no lo entendía; no entendía su empeño ¿Cómo iban a estar los palos aquí, si nos los robaron ayer por la noche? Me abstuve de hacerle la pregunta, que solo era para mí, porque sabía que no iba a servir de nada.

Así que nos dirigimos a la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo, que es a la que se refería Carmela. En efecto, estaba llena de puestos. Los inspeccionamos con interés, Tano y yo. Cuando ya casi terminábamos, observo con incredulidad, en un rincón de un puesto bastante grande en el que vendían desde azadas hasta neveras, mi bolsa de palos apoyada en un árbol. Lo primero que viene a mi pensamiento, tras la sorpresa inicial es: “¿Será bruja la Carmela esta? ¿Cómo ha podido estar tan segura?”

Luego, ya, reacciono; le digo a Tano “aquí están, tenía razón tu madre”; y él “jo, qué tía, mamá”. Y me acerco a la bolsa de golf. Veo que están dentro mis palos y los de Carmela. La bolsita de tela de Carmela han debido de tirarla.

Mi primer instinto fue cogerla por las buenas, que es lo que sugirió Tano (“pues cógela y nos vamos, ¿no?”), pero ya me conocen, soy más bien racional. Así que dediqué dos minutos a sopesar pros y contras. Si me la llevo por las buenas, se puede montar aquí un lío y no estoy muy seguro de salir bien. Otra posibilidad es que me acerque a la comisaría de Curtidores y denuncie; pero ¿Cómo demuestro que es mía si no he puesto denuncia previa? ¿Y si, cuando vuelva, ya no está la bolsa?

Ninguna de estas dos opciones me convencía. Opté por una tercera.

  • Oiga, amigo, ¿Cuánto pide por esta bolsa?
  • Verá usted que son buenos palos; 15.000 pelas.
  • ¿Quince mil? Me parece mucho. Si me los da por 10.000 me los llevo.

Y así, con mi dignidad herida ante la mirada de incomprensión y la pregunta directa de Tano (“pero papá… ¿no eran los vuestros?”), con 10 mil pelas menos en el bolsillo pero también con el convencimiento de que había hecho lo correcto, volví al coche. Me jodió bastante, cuando giré la cabeza para dirigir una última mirada de rencor al vendedor, reconocer bajo su trasero una silla de playa que llevaba en el coche para los pantanos y ver, sobre su cabeza, mi gorra de golf.

Aproveché el camino de vuelta para tratar de enseñar a mi hijo que en la vida no siempre se debe hacer lo que el primer instinto te sugiere, que hay que pensar en las consecuencias antes de realizar los actos, que en ocasiones hay que tragarse el orgullo, que… No estoy seguro de que me entendiera.

Y, cuando llegamos al coche, Tano:

  • ¡Mamá, mamá! ¡Los hemos encontrado!

Ella me miró con esa carita de sabihonda que pone a veces y solo comentó:

  • Ya te lo dije

Estuve a punto de contestar algo así como “si no hubiera gente que compra a peristas, como tú, no habría ladrones“. Me contuve, otra vez, cuando caí en la cuenta de que yo acababa de hacer lo mismo: comprar  a un perista.

Aunque fuera mi propia bolsa de palos de golf.

 

RECUERDOS DE JUVENTUD. MISS CANCELAS DE DON BEN

12 noviembre, 2018 1 comentario

Hoy, 11 de noviembre, hace justo 13 años que mi querido hermano Nacho se fue al cielo a visitar a mi querida hermana Blanca, que marchó allá un 13 de junio de 1998, justo el día que yo cumplía mis primeros 50 años. Nacho no volvió. Nos hablamos de vez en cuando y, como a Blanca y a mis padres, le recordamos mucho.

Y hoy, en el chat familiar, han paseado fotos y recuerdos de Nacho. Entre ellos, el de aquel día, famoso día, en que Nacho ganó el concurso de Miss de la discoteca más afamada de nuestro querido San Carlos de la Rápita: Las Cancelas de don Ben. Han leído bien: Mi hermano Nacho ganó el concurso de Miss Cancelas de don Ben

Era Las Cancelas una discoteca maravillosa, que por la mañana era casa de campo, el resto del día restaurante y bar de copas y por la noche sala de fiestas. Estaba entre San Carlos y Las Casas de Alcanar, frente al camping de los Alfaques, en el que ocho años después, el 11 de julio de 1978 se cebó la tragedia. La explosión de un camión cisterna destruyó el camping y, con él, 250 vidas.

————————————-

Como ya saben que estos meses ando escarbando recuerdos de mi coco y de mi corazón, permítanme que les relate el día de Miss Cancelas.

 

Miss Cancelas conmigo

                  Miss Cancelas conmigo

 

      Miss Cancelas con mi hermano Manolo.

Aquel verano de 1970 transcurrió, como siempre, entre el esquí, la pesca, las francesitas y las Cancelas de don Ben. Este año en las Cancelas sucedió lo extraordinario: mi hermano Nacho, con 16 años muy bien llevados, ganó el concurso de Miss Cancelas. Como lo oyen.

No sé a quién se le ocurrió la idea. Nacho era un chaval divertido, ingenioso y atrevido. Los dueños de las Cancelas, con el propósito de animar la asistencia, convocaron ese verano un concurso de mises. Alguien de la familia, no recuerdo quién, tuvo la fantástica idea de que nos presentáramos uno de nosotros disfrazado de chavala. Yo me descarté porque tenía barba, Fernando y Manolo porque eran muy mayores, Chiky no sé por qué, Virginia porque era niña, Blanca no estaba, Iván era muy pequeñajo… Todos miramos a Nacho. Y él, con una sonrisa de oreja a oreja, se prestó a ello con ilusión.

Así que la cosa se fue preparando. Virginia y yo –no sé si algún otro hermano– nos colamos en el jurado, pues teníamos cierta influencia con los dueños por ser tan buenos clientes. La tarde de la celebración del concurso Nacho se encerró en casa con sus asesores de imagen, los otros hermanos. No le volví a ver hasta que alguien me avisó de que llegaba a las Cancelas. Salimos a verle, era ya atardecido, y nos quedamos de piedra, absolutamente admirados. A la grupa de un caballo pinto, cabalgando a pelo, llegaba una chavala preciosa, vestida con un traje blanco y verde con un corazón bordado en la pechera, toda ella sonriente, sugerente y elegante. Nacho estaba bellísima.

Nos costó descubrir en ella, en Loli, a nuestro hermano pequeño. Tampoco lo descubrió la concurrencia, ni siquiera el jurado, también admirado por la belleza de aquella desconocida. Fue escaso el esfuerzo que tuvimos que hacer Virginia y yo para convencer a los demás miembros del jurado de que, sin duda, la más bella de las mises era…Nacho. Disculpen, Loli.

Aun así, tuvimos la prudencia, antes de tomar la decisión unánime de nombrar a Nacho como la más bella de las mises, de desvelar el secreto a los del jurado. Nos miraron sin creerlo, observaron a Loli con más atención y, en silencio, se descojonaron de risa. Y tanto les divirtió el asunto que les pareció bien nuestra propuesta de anunciar el veredicto. Eso sí, también estuvimos de acuerdo en desvelar la verdad justo después de que Nacho fuera declarado Miss Cancelas de don Ben, para que la gente participara de la juerga. Así se hizo. Luego, inmediatamente, se dio el veredicto definitivo para que ganara la más bella.

Que, dicha sea la verdad, no lo era tanto como Nacho lo parecía

 

    Miss Cancelas con las piernas llenas de pelos

RECUERDOS DE JUVENTUD. LA PELEA DE PEÑÍSCOLA.

3 noviembre, 2018 Deja un comentario

En mi última entrada, la del paracaídas, les comentaba que “como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí”. Así que les traigo hoy otro recuerdo.

Iniciaba el relato del paracaídas con esta mención: “…si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida”.

Hoy, rememorando lo que sucedió un año después, puedo comenzar este relato de manera similar:

Si por algo ha de ser recordado ese verano del 69, es por la pelea de Peñíscola”.

Un día de agosto, ya de veraneo en San Carlos, recibió mi padre una llamada de su cuñado, Joaquín Garrigues, que andaba de crucero en un barco frente a las costas de Tarragona. Tenía un problema serio, ya que su hijo Felipe, que tendría unos 17 o 18 años, había enfermado con diagnóstico de apendicitis. La urgencia de la intervención aconsejaba no esperar al siguiente puerto de destino; había que desembarcar. Mi padre puso todo a disposición de la familia y de la urgencia. No recuerdo los detalles del traslado, pero al día siguiente estaban Joaquín Garrigues y su hijo Felipe en casa. Al día siguiente le operaron y a los dos días volvió Joaquín a sus quehaceres. Felipe prefirió quedarse cuando vio lo divertido que era San Carlos con sus animadísimos primos. A Felipe lo llevábamos a todos lados con nosotros. Con sus 18, estaba a medio camino entre nosotros, Chiky y yo con 21 y 22 y Nacho con 15.

A Chiky le veía poco en esta época. Entre que estaba casi todo el tiempo embarcado y que sus tiempos libres los pasaba entre Coruña y Cangas (se había echado hace poco una novia guapísima, María García-Blanco Cicerón, gallega) le veía de pascuas a ramos. Pero en verano no faltaban en San Carlos. Estaban también este verano mis queridas hermanas Blanca (embarazada de cuatro meses de su hijo Jaime) sola, sin su marido, y Virginia con Fernando, su novio. No estaban los hermanos mayores, Fernando y Manolo.

A Peñíscola solíamos ir bastante. Es un pueblo simpático y entretenido y en aquella época tenía bastante animación nocturna. Coincidíamos a veces con los Iglesias, Julio y Carlos, su hermano menor. Julio, que había sido compañero de los mayores en el colegio y de Fernando en la facultad de Derecho, empezó a ser conocido por haber ganado el festival de Benidorm el año anterior. Recuerdo, antes de eso, que siempre que nos veíamos iba con su guitarra al hombro y a cualquier insinuación, o sin ella, se la descolgaba y se ponía a cantar. “Julio, coño, déjalo ya, no seas pesado”, le decíamos. Aún no era lo que luego fue, claro. En ocasiones coincidíamos con ellos en El Capote, la discoteca de moda que da origen a esta historia.

Este verano decidimos ir a pasar una noche divertida con ocasión de las fiestas patronales, a primeros de septiembre. Temprano por la noche salimos los que estábamos: Blanca con su embarazo, Chiky, Virginia y Fernando, Felipe, Nacho y yo. Primero estuvimos en la discoteca Capote, charlando y tomando una copa. Recuerdo que Nacho, el más animado con sus 15 años, estaba bailando con una chavalita bastante mona. Luego, cuando se sentó, le pregunto:

  • ¿Y tu parejita? Era mona….
  • No sé, está bailando con otro, creo.
  • Ah, te la ha quitado el chulo del Capote, digo yo por decir algo, sin fijarme en quién era el que ahora bailaba con la niña.

Nunca sabe uno las consecuencias que pueden tener unas palabras inocentes, dichas en un entorno tan privado e intrascendente como aquél…

Después de un buen rato en la disco, se nos ocurre ir a la plaza, donde estba la animación, el grupo musical, el baile del pueblo… Al cabo de un rato, junto a donde estaba sentado yo, veo que un chaval del pueblo pega un empujón a Nacho. Sin saber y sin preguntar, me levanto y le pego otro empujón, este de los buenos, al agresor, que lo manda rodando cinco metros por el suelo. Para qué les quiero contar. Diez o doce tipos se levantan de sus mesas, nos hacen corro y empiezan a zarandearme. Veo que Chiky y Fernando se levantan. Otros más de ellos, también. La pelea empieza. Como las de aquella serie de televisión de nuestra infancia, Bonanza, los dos o tres hermanos peleando contra una turba, pues así fue.

En seguida nos perdimos de vista, cada uno con su pelea particular. Yo me fui desplazando, me fueron desplazando, hacia una esquina, rodeado por varios, lanzando puños y recibiendo empujones. No eran muy peleones ellos, pero eran muchos. Al cabo de unos minutos me recuerdo de pie, la espalda pegada a una pared, con el polo desgarrado y colgando del cinturón, y con sangre por la cara. Con seis o siete a mi alrededor, seguía con los puños en guardia pero cansado, derrotado… Menos mal que uno de ellos, sensato, dijo: “Venga, vámonos. No vamos a matar a este gilipollas”. El gilipollas dio gracias al cielo; al fulano no, por orgullo, pero vaya si le agradecía el detalle.

Volví a la plaza con toda la dignidad que pude, con mi camisa rota y el rostro sangrando. Todo quedó en un poco de sangre por la nariz y un rasguño en el pómulo derecho. El tumulto había terminado y ya todos juntos, contándonos la aventura particular de cada uno, nos dirigimos al coche. Al acercarme, veo en el asiento un trozo de papel que habían deslizado por la rendija de la ventana mal cerrada. Lo desdoblo y leo: “Yo seré el chulo del Capote, pero tú eres un mierda”. Me sorprendió que supieran cuál era nuestro coche.

Y ahí quedó todo. Como decía hace un momento, las consecuencias de una palabra inocente… Menos mal que los paisanos de Peñíscola, si bien vengativos, demostraron ser buena gente y decidieron no hacer sangre ni con nosotros ni con el coche.

Dos años después de esto volvimos Chiky y yo al pueblo y, con cara inocente, preguntamos en un bar de la plaza si “recordaban una pelea que hubo hace un par de años aquí mismo”.

  • ¡Claro! –contestó el fulano-, unos guiris gilipollas que montaron un pollo ¡Se fueron bien calientes!

 

RECUERDOS DE JUVENTUD. EL PARACAÍDAS

24 octubre, 2018 4 comentarios

Tengo este blog, que tanto me entretenía hace años, medio olvidado. Y lo cierto es que me da pena, es como cuando dejas de ver a un buen amigo y aun sabiendo que vive cerca y aun teniendo su teléfono, no lo buscas, no lo llamas. Es una especie de inercia negativa que deviene en masoquismo.

Pero como ahora ando de recuerdos, de cosas que sucedieron, que me sucedieron, después de aquél 13 de junio de 1948 que les relaté hace unas semanas, voy a aprovechar para, sin duplicar el trabajo, contarlos aquí.

Ahí voy. Ya me dirán si me pongo muy pesado…

 

El verano fue tranquilo pero apasionante, como siempre. Entre el esquí, la pesca, la familia, las francesas y la discoteca las Cancelas de don Ben lo pasamos pipa. Pero si por algo ha de ser recordado aquél verano del 68 es por la animalada que perpetramos Chiky y yo, que pudo habernos costado la vida. Déjenme que la relate.

De vuelta de uno de sus viajes de prácticas al continente americano con la motonave Covadonga mi hermano había traído, entre otras cosas curiosas que solía mercarse allí, un paracaídas de segunda mano. Me dijo, supongo que sería de coña, que había pensado probarlo tirándose desde el balcón de su pensión en La Coruña, un piso 10 de un edificio en la calle Riazor. Luego, menos de coña, comentó que podríamos tratar de hacer con él algo parecido al parapente, deporte que entonces empezaba a estar de moda y que consistía en volar con un paracaídas, provisto de una sillita, en la que ibas cómodamente sentado y amarrado. El paracaídas iniciaba su vuelo cuando, previamente hinchado por el viento, el parapentista iniciaba una carrera por una pendiente cuesta abajo. En otra modalidad el artilugio estaba provisto de un motor que te ayudaba en despeje y aterrizaje.

Estudiamos un poco las diferentes posibilidades y la técnica básica en alguna revista y nos pusimos al asunto.

En algunas fotos observamos que algunos de los paracaídas que usaban los que sabían tenían uno o dos “gajos” recortados. Ignorábamos la función de tal recorte pero decidimos adaptar el nuestro, sin tener ni la más remota idea de qué gajos había que prescindir, de cómo cortarlos y, lo que es peor, de qué posición tenían que adoptar en el vuelo. Hicimos lo que nos aconsejó el sentido común: cortar un par de gajos, hacerlo con unas tijeras y mantenerlos a popa en el vuelo, es decir en la parte opuesta al elemento de tracción. Y como físicamente era imposible mantener la parte abierta en la zona en la que mayor presión ejerce el viento, decidimos atar en los lados del corte unas pastillas de plomo de nuestros cinturones de pesca submarina. Una verdadera chapuza, de todo punto inaceptable cuando lo que intentas hacer es una aventura con riesgo.

Luego nos planteamos cómo debería ser la unión de nuestro cuerpo con el paracaídas. Impensable hacerse con una silla de parapente, en la que vas cómodamente sentado y con las manos sujetando los cabos del paracaídas para poder manejarlo. Ni sabíamos dónde adquirirla ni teníamos las perras que costaba tal lujo. Se nos ocurrió lo más sencillo y, al tiempo, lo más peligroso: nos hicimos con una pieza cilíndrica de madera de casi un metro de largo por unos cinco centímetros de diámetro y la sujetamos con un cabo en cada extremo para atar ambos, en triángulo, a la terminación de los cabos del paracaídas, previamente unidos en sus extremos. Quedaba como un trapecio de circo. Es complicado explicarlo, pero resultó una solución pésima y, sobre todo, peligrosísima, como se verá a continuación.

Una vez consideramos que el equipo estaba listo, se nos ocurrió probarlo en las amplísimas y desiertas playas de la península de los Alfaques, la lengua de tierra que partiendo de la margen derecha de la desembocadura del Ebro transcurre hacia el sur para formar la bahía de los Alfaques. Sabíamos que siempre sopla una buena brisa en esa zona. Llevábamos como elemento de transporte y de tracción el Land Rover de la finca. Una vez en la zona, decididos a asumir el riesgo pero ciegos ante sus posibles consecuencias, enganchamos el cabo de arrastre del paracaídas al gancho de remolque del Land Rover. El proceso era el siguiente: (a) un par de ayudantes (no recuerdo qué hermanos o amigos llevábamos con nosotros) sujetaban el paracaídas abierto y cara al viento, tratando de mantener la abertura de los gajos cortados en la parte baja, cerca del suelo; (b) el coche arrancaba suavemente y una vez que el cabo de arrastre se tensaba, el loco de turno corría a la misma velocidad que el coche, sujetando fuerte con sus manos el trapecio; (c) el efecto de la presión del viento contra el interior del paracaídas hacía que este se elevase y el loco se elevaba con él, quedando colgado del trapecio solamente con sus brazos, sin ninguna otra sujeción.

El primero que lo intentó fue Chiky y todo salió como lo habíamos planeado; se elevó lentamente, voló un ratito como a veinte metros de altura y aterrizó suavemente. Yo lo miraba hipnotizado y, hasta que lo vi a salvo en el suelo, con el corazón encogido. Me tocaba ahora a mí; estaba acojonado pero el orgullo, a esa edad, es más fuerte que el miedo. El inicio fue perfecto, como el de Chiky; el vuelo fue bien, aunque más bajo por la diferencia de peso, tal vez diez o doce metros; el aterrizaje, un desastre. Como a diez metros de altura, cuando ya descendía tras un par de minutos de vuelo, se rompió el cabo de sujeción al vehículo y me quedé colgado del trapecio, suspendido en el aire pero sin tracción. Menos mal que durante los primeros metros la caída fue suave, pues el paracaídas actuó como tal. La caída libre fue solo de tres o cuatro metros y yo ya estaba preparado para el golpe, que finalmente fue relativamente suave.

Acojonados, terminamos la aventura. En este tipo de situaciones el miedo posterior, cuando el peligro ya ha pasado, supera con creces al que pudiera tenerse antes o durante la aventura. Pero visto nuestro encabezonamiento, no resultó tan persistente como para que nos impidiera una nueva prueba.

 

La preparamos para unos días después, pero esta vez en el mar y previamente advertido nuestro amigo Guy Bossuet, con quien practicábamos el esquí, para que nos hiciera de elemento de tracción con su fueraborda. El proceso fue idéntico con la única variación del elemento impulsor, barca en lugar de coche, y de la superficie de aterrizaje (o de caída), agua en lugar de arena. Amarramos el paraca al barco y mientras los ayudantes sujetaban la tela, el barco arrancaba suavemente. Nosotros corríamos a la misma velocidad el escaso trecho de playa, luego los primeros metros de agua y, en seguida, sentíamos cómo se elevaba el paracaídas con uno de nosotros colgado como un mono.

Esta vez sucedió lo contrario. Tras un par de intentos sin éxito de Chiky, me elevé yo sin dificultad; volé unos minutos a 15 o 20 metros de altura y americé con una suavidad deliciosa. Me siguió el hermano, que esta vez despegó sin ningún problema. Pero tras un vuelo a cota superior a la mía el cabo se volvió a romper. Me quedé paralizado. La barca transitaba a un centenar de metros de la costa pero, con el efecto del viento, el paracaídas estaba mucho más próximo a ella. En esa zona estaban fondeadas dos o tres lanchas. Para completar el panorama trágico, el fondo era muy escaso en esa parte, dos o tres metros tal vez.

Pensé en la tragedia. En la improbabilidad de que saliera bien de aquello.

Pero Dios y la Fortuna estuvieron de nuestra parte. Nada sucedió excepto el susto monumental y un buen tortazo contra el fondo. Chiky tuvo la habilidad y la inteligencia, en un momento en el que el terror domina todo, de voltear el cuerpo justo al contacto del agua para que el impacto contra el suelo fuera lo más leve posible.

El paracaídas no volvió a ser utilizado. Nuestra inconsciencia (y teníamos más de 20 años) estuvo a punto de costar la muerte o la invalidez de por vida de uno de nosotros. Yo creo que entonces no le dimos demasiada importancia pero hoy, mientras relato esto, se me encoge el alma y doy gracias al cielo por lo bien que se portó con un par de estúpidos.

 

SIETE DÉCADAS

13 junio, 2018 10 comentarios

Hoy es trece de junio de 1948

Hoy es trece de junio de 1948, casi mediodía. Estamos (bueno, yo aún no, pero estoy a punto de estar) en el dormitorio principal de la calle de Altamirano, número 48, cuarto piso derecha, hogar familiar de D. Fernando López-Chicheri Urbina, su esposa Dª Blanca Dabán Ruiz de Bucesta y sus cuatro hijos, Fernando, Manolo, Blanca y Javier.

Está mi madre, Blanca, el ginecólogo, amigo de la familia, y una enfermera. Mis hermanos supongo que tienen vedada la presencia en el cuarto, porque ni escucho sus voces ni les veo desde la rendija que tengo frente a mí. Estarán, probablemente, en sus cuartos o en el de jugar, porque es domingo y no tienen colegio. Fernando y Manolo tienen, y es curioso no siendo gemelos, la misma edad, cinco años. Blanca tres y Javier (que siempre ha sido y será Chiky) un año y dos meses. Chiky estará en la cuna.

Todo esto lo sé no porque lo haya visto o me lo haya contado alguien. Lo he oído desde aquí dentro en varias conversaciones. Ellos piensan que si no estás, si no te ven, no te enteras de las cosas. Tal vez ellos no se enteraron, tal vez estaban dormidos cuando la puerta, esta rendija que tengo frente a mis ojos, se abrió ante ellos. Pero yo duermo poco; solo duermo cuando duerme ella. El resto del tiempo estoy atento, tratando de intuir lo que me espera

Sé muchas más cosas, pero hoy solo quiero hablar de hoy.

También sé, y es algo que me ha tenido preocupado estos días, que mi padre, Fernando, no está aquí hoy, 13 de junio, el día más importante de mi vida. Escuché hace pocos días una breve discusión entre él y mamá, de este tenor más o menos (les sorprenderá, pero tengo una capacidad retentiva enorme):-

  • Pero Fernando, ¿cómo no vas a estar cuando nazca el niño? ¿Cómo que te tienes que ir a Mallorca?
  • Te lo juro Blanca, he intentado por todos los medios retrasarlo, pero la Escuela expedicionaria de las Islas empieza en unos días y mi presencia es inevitable. No sabes la pena que me da.

Así que mi padre no pudo darme la bienvenida. Aunque los días siguientes no los recuerdo, sé que compensó su ausencia con creces. No solo en los días posteriores a su vuelta, sino durante toda la vida. Y yo nunca le reproché que no estuviera ese día.

Pero volvamos a hoy. Tras unos minutos de silencio y expectación, solo perturbados por los gemidos controlados de mi madre, acostumbrada ya a estos acontecimientos, se produce el milagro.

  • Muy bien Blanca, te has portado estupendamente, dice el doctor mientras me sujeta por los tobillos con una mano, cabeza abajo, y me da unos leves azotes. Es un niño… Es guapo y parece muy sanote.
  • Buaaaaaa!! grito yo notando los, para mí, salvajes azotes.
  • Déjamelo, doctor, ruega mi madre con algo de dolor, que ya se va, y mucha felicidad, que ya ha venido, dibujadas en su rostro. Déjamelo, repite mientras se descubre su pecho izquierdo.
  • Ah, y llama a Fernando, por favor. Una tenue humedad empaña sus ojos al ser consciente de su ausencia.

Así fue. Nadie me lo ha contado, lo he recordado yo con todos sus detalles.

Cuando el doctor y la enfermera se fueron, después de vestirme, dejar todo en orden y prometer que vendrían mañana, mamá dijo que dejaran entrar a los hermanos (a Chiky lo trajo en brazos la tata) para que me vieran. Todos, después de dar un beso a mamá y controlar sus gritos de alegría, me tocaron con suavidad la cara, las manos, los pies mientras comentaban lo que se les ocurría (“qué guapo es”, “qué feo es” “qué mojado está”, “¿le habéis contado los dedos?”). Chiky no dijo ni pío; ni siquiera me miró a pesar de que la tata se inclinó, con él en sus brazos, hasta casi juntar nuestros rostros. Un girón de su baba mojó mi cara sin desprenderse de la suya. Un nexo de unión, pensé, seremos amigos.

Seremos amigos… Transcurridos apenas seis meses desde este día, debió de ser por navidades de este mismo año, Chiky, “mi amigo”, atentó contra mi vida. No fue por maldad, claro; tal vez fuera por celos.

Aquí tienen el relato resumido de lo que sucedió.

Nuestra primera perra, Carola, nació antes de nacer yo. Tenía la edad de mi hermano Chiky, 14 meses mayor que yo.

No era perro mío, era de la familia. Es más, era familia. Vivió como unos 12 años y mis recuerdos están muy borrosos. Excepto uno, que no es recuerdo propio, sino relatado por mi madre. Se lo cuento.

Yo tenía cinco o seis meses y estaba, como es propio a esa edad, en la cuna; en un cuarto contiguo a la habitación de mis padres.  Carola solía acurrucarse debajo de mi cuna.

Mi madre andaba en la cocina, organizando la comida con las tatas (conmigo, ya éramos cinco hermanos). En esto, escucha unos gemidos extraños de la perra. Al acercarse, menos mal que se acercó, vio a mi hermano Chiky que, en pie junto a la cuna, blandía amenazante, sobre mí, el atizador de la cocina (en aquella época, las cocinas eran de carbón).

Los celos del benjamín destronado, supongo. El caso es que su intento de acabar conmigo se frustró. Lo más probable es que no hubiera tenido éxito, pero nunca se sabe…

Jamás le he guardado rencor. No solo eso, sino que siempre nos hemos llevado muy bien y nos queremos un montón.

(Extracto de https://jchicheri.wordpress.com/2014/12/20/como-el-perro-de-las-lagrimas/)

 

Este fue el primer día de mi vida. Llegué a ella tan feliz y tan activo, después de nueve meses de encierro, que a los pocos minutos de la entrada de mis hermanos me dormí tan profundamente que no recuerdo nada más. Cuando me desperté, comencé a vivir.

La familia antes de llegar yo. Papá, mamá, 

Fernando, Manolo, Blanca y Javier.


 

Hoy es también trece de junio de 2018. Setenta años han transcurrido sin apenas darme cuenta.

Setenta años llevo andando por la vida, recorriendo sus caminos. He volado por autopistas, he conducido por carreteras, he caminado por senderos y he deambulado por trochas cochineras de difícil transitar. Los caminos por los que la vida transita no son siempre buenos o siempre malos. De todo hay en tan largo trayecto. Pero lo que sí es cierto es que serán mejores o peores en función de la elección que tomes en cada cruce y, sobre todo, de las veces que se aparezca en tu camino la diosa Fortuna.

Nunca, antes de llegar al cruce, sabes con certeza cuál de los caminos en que el tuyo se bifurca va a resultar de más cómodo andar. Igual que nunca sabrás si el que dejaste, el que no tomaste, hubiera sido mejor que el que elegiste.

Desde este trece de junio de hoy trato de ver, con la vista ya gastada y muchos de los caminos ya borrados, cómo ha sido todo esto que he pasado, que me ha pasado, desde aquél otro trece de junio que con tanta claridad he recordado y relatado. La cumbre desde donde observo tiene buena perspectiva, pero mi vista, ya les digo, no llega a todos los rincones. Y el camino está, en muchas partes de su recorrido, ya borrado ya oculto por la vegetación enredada en la memoria.

Trataré de recordar algunas de las etapas de tan largo camino. Tal vez se las cuente; tal vez las guarde para mí, ya veré. Nada de especial tienen; son muy parecidas a las de cualquier mortal que haya andado caminos parecidos, en tiempo y lugar, a los míos. Pero son mis etapas, mis caminos.

Lo que sí puedo decir, aun antes de zambullirme en los recuerdos, es que las decisiones que tomé en cada bifurcación no han sido malas. No sé cómo podrian haber sido las alternativas, eso queda en el mundo paralelo de las ucronías.

Y también puedo decir que tenido suerte.