LA PARTIDA DE GOLF

29 junio, 2021 Deja un comentario

Una tertulia oxigenada

Fue ayer domingo, el segundo día del torneo triangular por parejas. El primer día nos tocó con un par de chavales de Sevilla, muy simpáticos.

Al llegar al club esta mañana, ella me pregunta: “¿Con quién nos ha tocado?”

Con un matrimonio inglés, no sé qué Welch, del Club de Campo de Malaga“, le digo.

– “Qué coñazo, encima de lo lento que es este torneo, nos toca con unos guiris que no hablarán ni papa de español“.

Así que llegamos al tee del uno, nos presentamos, Bob y Margaret Welch, Jaime y Carmela, tal y tal, qué buen día… y empezamos.

Su castellano era estupendo, el de los dos. Así que le pregunto. Y fue como abrir la compuerta de una presa. Porque era Bob muy simpático y buen conversador. Resulta que no es el típico jubilado británico que viene a vivir a España a los 60. Está aquí prácticamente desde los 20, cuando empezó a trabajar como guía turístico: Costa del Sol, Madrid, Baleares…

De los retazos de la vida que me contó, un novelista con imaginación sacaría sin esfuerzo una bonita novela. Les relato algunos.

Margaret, me dice, empezó hace relativamente poco a jugar al golf. Nunca mostró afición, pero hace unos diez años, una íntima amiga se quedó viuda. Jugaba al golf con su marido y, cuando se quedó sola, se refugió en el golf. Maggie, entonces, por solidaridad y por estar más tiempo con ella, compró unos palos y empezó. Y ahora, tiene más afición que yo.

En cada tee, en cada golpe, teníamos que esperar unos minutos, así que siguió contándome de su vida.

Fíjate, me cuenta, que nos conocimos en Madrid. Yo la invité a venir unos días a Ibiza y allí empezó la cosa. Poco a poco, en nuestras conversaciones iniciales, descubrimos que teníamos muchos puntos en común, pues éramos de unos pueblitos, distintos, cerca de Bristol, aunque nunca coincidimos. Y descubrimos también que nuestras madres eran muy amigas; que la suya era clienta de la peluquería que tenía mi madre y que incluso ella, Maggie, trabajó unos meses en la peluquería. Y yo no tenía ni idea.

Más adelante descubrimos, también, que nuestros padres habían trabajado como mineros en las minas de Gales, en los tiempos duros de la posguerra; que también fueron amigos. Fíjate que cúmulo de casualidades, me decía.

Y después, cuando le pregunté que de dónde venía el buen castellano de Maggie, me da la puntilla:

Ah, Maggie,… Aunque la ves así, gordita, fue durante bastante tiempo bailarina en España

De shows, me aclaró. De esas que bailan en grupos arropando a un personaje principal. Bailó, sobre todo, en espectáculos de Lina Morgan y de Zori y Santos. Claro, que no era un trabajo fijo. La llamaban de vez en cuando. Pero le daba para vivir.

Yo también le contaba cosas de mi vida pero, de verdad, me pareció mucho más interesante la suya. Tal vez por la novedad; la mía la conozco muy bien. Y, sin duda, porque antes de conocerse tenían tanto en común que ambos desconocían… Esas vidas paralelas que en un momento mágico convergieron.

Seguramente él pensó lo mismo; que mi vida, y cómo se la conté, era interesante. Y, a lo mejor, ahora está escribiendo algo sobre lo que yo le conté.

La vida es así, llena de coincidencias, de casualidades, de sorpresas. De nuevos amigos a los que ya nunca volverás a ver.

O a lo mejor, sí.

¿La partida? Empezamos bien, pero terminamos mal. Otras veces es al revés. Otras, todo mal. Otras, las menos, todo bien. Qué más da, si aprovechas el tiempo como yo lo aproveché.

Y es que, amigos, esto del golf quien mejor lo definía era mi padre, del que me acuerdo muy a menudo. 

El golf no es otra cosa que una tertulia oxigenada“, decía el sabio de mi padre.

Y eso fue ayer. Nada más y nada menos que eso.

LA SEÑORITA DEL CONTADOR

1 febrero, 2021 Deja un comentario

Contador es una palabra que me gusta más que mostrador. Y, desde luego, cualquiera de ellas más que “checking” o “check in”.

Pero era en un contador, mostrador o checking de aeropuerto donde sucedió. Y no le pregunté a la que lo atendía si era señora o señorita, como era frecuente en nuestras antiguas maneras para saber cómo debería uno conducirse después de la respuesta. Digamos que era “madura”, vaya feo apelativo para una señora algo mayor.

Era nuestra partida para un viaje turístico de un par de semanas por Tenerife para ver al pequeño de los chavales, que vive allí.

Buenos días”

“Buenos días“.

“¿Deeneis, por favor?”

Si, aquí tiene, y los bonos del vuelo”.

“No, los bonos no hacen falta”.

“¿Equipajes? Súbalos a la cinta por favor, y si lleva de mano me lo acerca para ponerle la cinta“.

Oiga, por favor, ¿No quedarán asientos de los de emergencia? Supongo que ya no, pero por preguntar…”

Luego lo miro, acérqueme el equipaje de mano… Uff, póngalo abajo, por favor, sobre la cinta”, dice con gesto de dolor.

A partir de ahí todo cambia.

“¿Lumbago?”, le pregunto.

“Sí, no sabe usted lo que molesta, sobre todo con este trabajo de arriba-abajo”.

“Sé lo que es eso, lo he sufrido bastante, yo le llamo PL”

 “¿PL?”

“Sí, puto lumbago”, digo poniendo cara medio de disculpa medio de picardía por la broma tonta.

Ja, ja, me lo imaginaba, pero claro, no me he atrevido a decirlo yo, ya comprende“.

Y luego interviene la Capitana y le habla de lo bueno que es el yoga para eso, y que ella se ha curado de muchas lesiones con el yoga y que estaría dispuesta a darle algunas clases, pero claro, no es fácil, y que…

Y luego ella, que dice que muchas amigas le han dicho lo mismo, que si tiene suerte y se prejubila pronto que sin duda lo hará, que muchas gracias por lo de las clases, pero claro, no es fácil, y que…

Y luego intervengo yo y le digo…

Y ya, como no estábamos en una charla entre amigos sino en el contador de Vueling y con cola detrás esperando, se acaba la tertulia y nos da los billetes. En ese momento me acuerdo de lo importante.

“¿Oiga, ¿Miró lo de los asientos…?”

“Uy, se me ha ido la cabeza…con tanta conversación, discúlpeme, déjeme los billetes otra vez… Sí, justo quedan dos, mire qué bien”.

Así que rompe los billetes y nos da otros. No nos despedimos con un beso porque, aunque ya éramos casi amigos, no era el lugar ni el momento. Pero la despedida fue muy cordial, deseándonos mejora y buen viaje respectivamente.

Ya en la puerta de embarque medio escucho las normas de acceso y algo de embarque de prioridad. Me acerco para enterarme mejor. Había bastante aglomeración alrededor de la mesa y colas ya formadas. Un gentío.

“¿Tiene usted embarque de prioridad?” Me pregunta la azafata con poca simpatía al verme junto a ella, que estaba materialmente asediada por tanto público.

“No, no, no tengo prioridad, es la fila 14”.

“¿¡La fila 14!? Esa tiene prioridad; despejen por favor, dejen pasar a estos señores, que tienen prioridad”.

Y así, muertos de vergüenza pero tratando de mantener la dignidad, mirando bajo y percibiendo miradas de encono de quienes estaban desde hace rato esperando en la cola, entramos en el pasillo de acceso, casi vacío, casi solo para nosotros.

Luego en el avión, luego nos sentamos en nuestros amplios asientos, luego ella cotillea la revista de la línea aérea, luego me mira y me dice:

Andá, y encima reservar estos asientos hubiera costado treinta euros cada uno“.

Anda, dije yo, acordándome con simpatía de la señorita del contador.

LA FILÓLOGA, LA MEZZO-SOPRANO Y LAS VECINAS DE LEPE

31 enero, 2021 Deja un comentario

Hoy también he tenido un desvelo, largo para lo que es habitual en mí. Más o menos, de tres y pico a seis; de la madrugada, se entiende. Teniendo en cuenta que cierro el libro como a la una y me suelo levantar a las nueve o poco más, habré dormido unas cinco horas. Lo compensaré con una siesta.

Para que los desvelos no duelan hay que distraerlos con un elemento externo. Si no, si solo es dar vueltas a la cabeza o a la vida hasta que te viene de nuevo el sopor, los desvelos son amargos. Mi elemento externo es la radio, que aun en la oscuridad y con ese medio sopor de los desvelos, manejo con extraordinaria habilidad.

El desvelo de hoy no ha sido melancólico como el de hace unos días. He aprendido y he disfrutado. Ha sido un desvelo intenso y extenso, con varias historias. Les cuento.

La presentadora de mi primera historia hacía una entrevista a una señora que yo no conocía, María José Montiel, mezzo-soprano que, además de cantar bien, habla de maravilla. Ahora ya la conozco, aunque solo de voz, y me gusta.

Hablaba, con verdadero arrobo y admiración, del personaje que interpreta en la ópera que estos días se representa en Madrid: María Moliner. “Yo la conocía por su diccionario, como casi todo el mundo. Pero cuando hace cuatro años Paco Azorín y Antoni Parera me propusieron interpretar esta ópera, me puse a leer cosas sobre ella y ahora adoro a esta mujer. La llevo ya en mi piel y mi alma“. Así recuerdo que decía.

Contaba la dureza de su vida, nacida en medio rural, en un pueblo aragonés, abandonada por el padre –como toda la familia– a los 14 años, sustento de la familia desde que tuvo edad de trabajar, en un entorno social que favorecía poco y reconocía menos los méritos de las mujeres…

Depurados –ella y su marido- tras la guerra civil y rehabilitados años después, tuvieron una triste vejez. Su marido quedó ciego antes de ser viejo y ella dedicó sus últimos años a cuidarlo. Hasta que el alzheimer se cebó con ella. Tenía méritos más que sobrados para ser admitida en la Academia. Pero no lo fue. No era país ni eran tiempos de mujeres brillantes. De reconocer sus méritos, quiero decir, no de que no hubiera heroínas. Hoy ya sí; hoy son otros tiempos, pero ella no está para saberlo.

Provoca ternura escuchar a María José Montiel expresar su sentimiento al cantar el aria de la escena final, cuando la enfermedad hacía olvidar a María Moliner las palabras. A ella, que tantas palabras escribió: “El aria, más que cantar, va como descantando las palabras“. Algo así decía, pero mucho más bonito de lo que yo lo escribo.

Esta vida tan dura hace que su mérito, su obra, resulte mucho más extraordinaria de lo que fue. No prometo leer sus diccionarios, sería muy duro; pero si reponen la ópera, que retiran hoy día 21, no me la perderé.

Y luego, porque esta historia no duró más de 20 minutos, cambié de emisora. Pasé a una local, aquella en la que la otra noche disfrutaba con las cantautoras de mi juventud. A esa hora, el programa versaba sobre cuitas y porfías entre ciudadanos e instituciones. Discutían, con el presentador en el papel de moderador, una señora que se llama Alejandrina y otra que creo recordar se llama Zoila, fíjense qué sonoros y extraordinarios nombres. El asunto en discordia era la concesión para la instalación de un “chozo” para la romería en el pueblo de Lepe, de donde una era vecina y la otra era, además, concejala.

Esto me entretuvo un rato, pero contribuyó a que me desvelara aún un poquito más. Porque la discusión, teniendo en cuenta el gracejo del acento andaluz y la chulería de las discutidoras, era ciertamente entretenida.

Como no llegaban a un acuerdo, cambie de emisora. Y como casi siempre, terminé en Radio Clásica. Me tragué enteros el segundo y tercer movimiento de Scheherezade, de Rimski-Kórsakov, basada en las mil y una noches; tema muy propio para conciliar el sueño.

Después, escuché el poema musical Moldava, de Smetana, obra que canta el suave fluir de las aguas de los ríos, de praderas, bosques y paisajes… También muy propio para conciliar el sueño.

Pero, aunque mi corazón estaba inundado de las suaves notas de los violines, mi mente andaba aún enredada en la porfía de Zoila y Alejandrina.

Así que aún tardé un buen rato en caer, de nuevo, en brazos de Morfeo.

(Escrito hace un par de años)

Les dejo, para que conozcan a María José Montiel y escuchen su preciosa voz, su canto de La Violetera

EL MUNDO DE MAÑANA

19 enero, 2021 8 comentarios

Rehenes del Estado del Bienestar.

Tristes predicciones de un futuro oscuro tras un pasado brillante.

  1. El mundo de ayer.

Antes del mundo de mañana, por pura cronología, existe el mundo de ayer. El de mañana no lo conocemos ni en contenido ni en duración, tan solo lo intuimos. El de ayer, sí; todos conocemos el nuestro y el que nos rodeó.

Me viene al recuerdo aquella magnífica y triste obra de Stefan Zweig, uno de los autores icónicos del siglo XX: El mundo de ayer. De Zweig he leído bastante a mis 20-25 años, lo he tenido olvidado 40 y lo he vuelto a releer cuando esa buena editorial, Acantilado, ha comenzado a reeditar sus obras. Sus novelas, sus ensayos, sus biografías, son extraordinarios.

Stefan Zweig escribió El mundo de ayer, el suyo y sobre todo el que lo rodeó, cuando ya no tenía mañana. Aunque lo comenzó años antes le llevó su tiempo, todo el tiempo que le quedaba. Envió el manuscrito a la editorial un día de febrero de 1942. Nunca lo vio publicado; al día siguiente de enviarlo él y su mujer, Lotte, se suicidaban. Algunos biógrafos lo mencionan como “el escritor que creía en el futuro de la humanidad”. De hecho buscó el suyo, su futuro, en Brasil huyendo de la Europa que se estaba destruyendo. Pero algo le falló en esa búsqueda: decidió, con su suicidio, matar su futuro.

Zweig no confiaba en el mundo de mañana. Su generación no tuvo suerte. Una vida por la que transcurren dos guerras mundiales en las que mueren millones de seres humanos, una vida en permanente huida de lo que sucede a su alrededor y en permanente búsqueda de la improbable salvación, una vida pendiente de un hilo, sin seguridad ni futuro, no es vida.

2. El mundo de hoy.

No es vida como la que ha conocido mi generación, la nacida mediado el siglo XX, que sí que ha tenido suerte, una inmensa suerte. La suerte de haber sido la primera, en muchos siglos, que no ha sufrido conflictos bélicos (lean, al final de estas reflexiones, la breve reseña bélica de nuestra querida España en los tres últimos siglos; quedarán asombrados).  

La suerte de no haber vivido siquiera la posguerra, sino tan solo el tardofranquismo, cuando la política desarrollista iniciada en 1960 por Laureano López Rodó y la transformación social que trajo con ella contribuyeron en gran medida a la apertura política, económica y social.

La suerte que nos vino de la mano de la habilidad, del saber hacer, de la firmeza y de la humildad, de la exigencia y de la cesión, cada una aplicada en el momento oportuno, de aquellos políticos que supieron establecer las bases de la concordia y del futuro sin rencor. Aquellos benditos acuerdos de la transición que supusieron el trampolín para la verdadera modernización de España y la internacionalización de su economía. El incremento espectacular de la inversión extranjera en España, de la inversión española en el exterior, la incorporación a los organismos internacionales (OCDE en 1975, OTAN en 1982, UE en 1986) convirtieron a la arcaica y aislada España en un país moderno, abierto y respetado.

Y ese escenario fue una bendición para los que en aquellos años comenzábamos nuestra carrera profesional. Ante nosotros se abría una ventana de oportunidades que nos permitió afrontar con seguridad razonable no solo el inicio, incluso con posibilidades de elegir entre esto o aquello, sino también el desarrollo evolutivo de nuestra carrera. En mi caso particular, un mal estudiante de derecho como yo lo fui, pudo iniciar su actividad en despachos que entonces estaban en sus inicios, que en los años siguientes tuvieron un desarrollo espectacular y que hoy son referentes mundiales. Esa suerte tuve yo. La de subir en la estación de inicio en un tren de alta velocidad, de alta seguridad, de alta comodidad, para emprender el viaje de mi vida.

Y en ese tren rápido, seguro y cómodo hemos llegado desde nuestro mundo de ayer a este mundo de hoy. Sin duda, a unos les ha ido mejor que a otros el viaje, pero como generación, y seguro que habrá en esto acuerdo general, hemos disfrutado de paz y de progreso. Hemos tenido nuestro mundo de ayer, que recordamos con orgullo y agradecimiento, y tenemos nuestro mundo de hoy, que disfrutamos con relax y una mezcla de sosiego y preocupación. Porque, aunque ya escaso en duración para nosotros, el mundo de mañana viene demasiado convulso.

3. El mundo de mañana.

Demasiado convulso lo que se acerca, demasiado incierto lo que vendrá después. ¿Qué mundo vamos a dejar para las generaciones que nos siguen? La de nuestros hijos, los nacidos alrededor de los años 70 del siglo pasado; la de nuestros nietos, los nacidos al albor del siglo XXI; la que aún no conocemos (¡y ojalá podamos llegar a conocer!) de nuestros bisnietos. Y las siguientes, las que nunca conoceremos.

Cierto, demasiado convulso. Hagamos un repaso de lo que hoy tenemos y de lo que tememos que nos irá llegando.

Las crisis financieras, en este mundo de economía globalizada, son cada vez más duraderas y profundas. Durante el tiempo que transcurre entre su inicio y la recuperación, al menos media docena de años, es difícil para los que acceden a su primer trabajo encontrarlo; y es fácil, para los que ya lo tienen, perderlo. Esos años de tardanza en encontrarlo o de pérdida del que tuvieran, dejan una mella profunda en los afectados y en sus familias muy difícil de recuperar.

Cierto es que el estado del bienestar, que afortunadamente aún funciona, ayuda en cierta manera a sobrellevar la parte financiera del problema, pero al mismo tiempo hace que cada vez uno se sienta más rehén de ese estado del bienestar.

Los avances de las tecnologías científica y digital, si bien su objetivo en apariencia es facilitar la vida del hombre y de los procesos en que este se desenvuelve y traen consigo indudables beneficios, también comportan multitud de efectos perversos. Hoy, avanzado enero de 2021, leo en un diario:

Hay estudios que afirman que los niños y niñas de hoy tendrán que reinventarse entre 7 y 15 veces a lo largo de su carrera laboral… Teniendo en cuenta que hay varios informes que indican que para 2030 entre el 70 y el 85% de los empleos o no se conocen o se están creando

¿No es terrible? Entre el 70 y el 85% de los empleos, del trabajo que va a permitir al hombre vivir con dignidad, no se sabe cómo o cuáles van a ser. Y esta amenaza será realidad en menos de diez años.

Leemos muy a menudo noticias que hablan de la paulatina pero imparable robotización. El hombre irá, poco a poco siendo sustituido en sus labores profesionales por robots. ¿Qué alternativas le quedarán en esa reinvención de que hablaba antes? ¿Convertirse él mismo en una especie de robot? ¿Tal vez mediante la manipulación científica de su cuerpo?

Hace pocos días en una tertulia con amigos surgió el asunto de la computación cuántica y del G5. En la parte técnica de la conversación poco pude contribuir, porque no tengo ni idea. Pero cuando el que más sabía de estas cosas nos puso un ejemplo todos parecimos entender. Decía:

Seguro que conocéis esos aparatos o aplicaciones que ayudan a traducir idiomas; que un español habla a un aparato y este traduce lo hablado a ruso, a inglés, a chino, según la lengua de su interlocutor. Este sistema va hoy lento y comete errores notables de interpretación, pero con la tecnología del G5, que en cuestión de nanosegundos pone en concierto millones de textos de ambos idiomas, con sus giros, sus dejes, sus acentos especiales, la traducción será inmediata y su interpretación exacta. Desaparecerán las escuelas de idiomas, los traductores profesionales e, incluso, la enseñanza escolar de lenguas extranjeras.

¿No es maravilloso?

¿No es terrorífico?

La Torre de Babel en un dramático proceso inverso. La torre, cuenta el Génesis en su capítulo 11, fue construida hace casi 4000 años por los descendientes de Noé para, subiendo a sus alturas, poder escapar de un posible nuevo diluvio universal. Todos se entendían bien, hablaban el mismo idioma:

Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras.

Pero Yahveh, soberbio y vengativo, no estaba de acuerdo. Así que, para que pararan la construcción y se esparcieran para repoblar de nuevo la tierra, decidió que cada uno olvidara la lengua común y hablara en otra, incomprensible para los demás:

Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua para que ninguno entienda el habla de su compañero.

Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.

Terrible paradoja. Hace 40 siglos, el dios Yahveh disuelve la lengua común para crear el nuevo mundo tras el desastre. Ahora un nuevo dios, de nombre G5, convierte en común las cien diferentes lenguas para… ¿Para crear el desastre después del nuevo mundo?

Según los expertos, el G5, el nuevo dios, tendrá un indudable impacto positivo que repercutirá en el nivel de vida de los ciudadanos. La nueva tecnología, dicen, está pensada, diseñada y enfocada a resolver problemas reales del día a día.

¿A qué precio?

¿Qué precio no pagaríamos por disfrutar de una conducción autónoma sin nadie al volante, de unos medios de transporte individual por el cielo que nos permitan volar como las aves, de unas ciudades inteligentes con apenas necesidades de atención humana directa, de una ciencia médica con operaciones quirúrgicas a distancia mediante robots y medicamentos milagrosos que nos permitan una vida más sana y prolongada, de la sustitución de los mecanismos de comunicación a distancia (teléfonos móviles) por chips implantados en el cerebro… de todo aquello, en fin, que facilite los procesos de manera que casi no requiera la acción o la atención del hombre?

Y así, paso a paso, golpe a golpe, entre las crisis, la robótica, la programación cuántica, el G5… el hombre irá perdiendo su función activa en la vida. Tal vez algunos de sus problemas se aliviarán, pero lo importante, su protagonismo en este mundo, su iniciativa, su intervención en los procesos… todo ello lo irá perdiendo poco a poco. No todos, claro; quedarán exentos de esta maldición bíblica (de la nueva biblia) los elegidos. Los elegidos del dios G5: los grandes empresarios dueños del dinero, jefes de los inventores y amos de los políticos. Los demás pagaremos (pagarán los que sigan aquí) ese precio, el mismo precio que antes mencioné. Porque todos estos procesosharán que cada vez uno se sienta más rehén de ese estado del súper bienestar.

Hablemos ahora de la clase política que, casi todos estarán de acuerdo, no es la que era. Hace algunas décadas el motor que les movía era, por encima de otros posibles intereses personales, la ideología y cierta conciencia social. Si echamos la vista atrás, también estaremos la mayoría de acuerdo en que aquellos políticos de los primeros años de nuestra democracia eran razonablemente decentes. Les movía la necesidad, la ilusión de actuar como protagonistas en el cambio. Cierto es que algunos (muchos piensan que la política y la decencia son términos contrapuestos) han aprovechado en beneficio propio los trabajos pasados.

Hoy no podemos decir lo mismo. Los responsables de la gestión del interés público, sea en el nivel estatal sea en el autonómico o local, ponen por encima y por delante de aquel la identificación del adversario como un enemigo. Antes, el opositor era adversario; hoy, el opositor es enemigo. Y ese sentimiento que pronto se convierte en convicción y en motor de sus actos, se va poco a poco, gracias a los mecanismos de propaganda y manipulación (medios afines, redes sociales, falsas noticias y rumores…) transmitiendo a sus simpatizantes. Las conversaciones políticas, que antes eran tertulias o debates, son hoy discusiones que acaban amistades y rompen lazos familiares.

Aquellos políticos trataron de marginar sus rencores históricos. Sin olvidar los años turbios de la guerra y de la posguerra, interpusieron un parapeto entre el ayer y el hoy para evitar odios y revanchas. Estos políticos de hoy han echado abajo ese parapeto y pretenden tener a la vista el ayer, a toda costa, para que los rencores no se olviden, para que renazcan incluso entre quienes nunca los tuvieron. Con la excusa de aquel dicho: el pueblo queolvida su historia está condenado a repetirla, que es muy certero, no pretenden que no olvidemos la historia, sino que la traigamos cada día, cada minuto, a nuestro recuerdo a fin de mantenernos en el fuego del odio en el que ellos mismos queman sus almas.

El político medio de hoy (siempre habrá excepciones) es mediocre y es ególatra. Y también es mezquino. Le interesa más la muerte política de su adversario-enemigo que la vida de los ciudadanos. Me atrevo a pensar, aunque reconozco que es una canallada, que les importa relativamente poco la muerte de cientos de ciudadanos, en esta situación de crisis sanitaria, si existe la posibilidad de achacar esas muertes a la gestión de un político enemigo.

Y en la búsqueda de esos objetivos es protagonista la maquinaria de la manipulación. Con esos conceptos novedosos como la corrección o el buenismo político, la mala utilización del concepto de tolerancia (para los míos, ¿eh?, no para todos). Con esa manera de criticar a muerte acciones del enemigo, pero justificar, también a muerte, las mismas acciones cuando son propias. El objetivo es manipular; nada más que manipular.

Salgamos de España. Los líderes de los países más poderosos quieren acabar con su competencia directa, sea externa o sea interna. Donald Trump con su MAGA (make America great again) y su política comercial de imponer aranceles a los productos importados, con la salida de los organismos internacionales que no inclinan la cabeza a su paso, con el enardecimiento a las masas para que impidan el relevo presidencial. Boris Johnson con su inquina hacia Europa y su empeño por abandonarla. Xi Jinping con sus (presuntos) ataques de guerra biológica. Kim Jong-un con sus permanentes amenazas de guerra nuclear. Hasán Rohaní con el enriquecimiento del uranio para fines bélicos. Son todos ellos líderes putrefactos que pretenden pasar a la historia, que ya nadie leerá, porque habrán terminado con este mundo de hoy.

Por no hablar de la locura de Oriente medio, de la extrema pobreza de la mayoría de la gente de los países de África mientras sus presidentes y gobiernos nadan en oro y provocan su emigración hacia Europa en lugar de tratar de mejorar las condiciones de vida. Justa (¿justa?) venganza por las atrocidades que Europa cometió en la colonización y posterior descolonización del continente. O, en fin, de las barbaridades cometidas por el terrorismo yihadista que dice matar en nombre de la religión.

En la política, en esta política, la codicia –el dinero-, la ambición –el poder– han ganado terreno y prácticamente vencido a la dignidad, a la ética, al honor.

Y así, poco a poco, tomando partido por la postura de los suyos, odiando al otro por mantener la contraria, abriendo el cerebro y el corazón a la manipulación, el pueblo va aceptando y asumiendo la paulatina conversión de la democracia real en una democracia aparente. Y también poco a poco, al mismo ritmo, el pueblo se irá convirtiendo en rehén del estado del bienestar.

Sí, amigos, esto es lo que vamos a dejar a las generaciones que nos siguen: vida artificial, secuestro de la personalidad y de la capacidad de actuar, falta de protagonismo, dependencia absoluta del estado… Este va a ser El mundo de mañana.

4. El mundo de mañana ¿será el fin del mundo o será Un Mundo Feliz?

Estos días ando leyendo (re-leyendo) a otro de los autores icónicos de mi época, Morris West, escritor de ficción cuya temática casi exclusiva fue la política internacional y la influencia de la religión y del papado en ella, pero siempre sobre bases de la historia real. Culto, imaginativo, didáctico y entretenido de leer, su obra está muy influenciada por su propia biografía ya que, aunque no completó sus votos, pasó 12 años en un monasterio; y durante la segunda gran guerra trabajó en los servicios de inteligencia.

El libro que leo es Los Bufones de Dios. Se publicó en 1981 y se desarrolla en los tiempos finales del siglo XX. El protagonista de la historia es un Papa ficticio, Gregorio XVII (idealmente sucesor de Juan XXIII) que recibe mediante revelación divina la llegada de la Parusía, la Segunda Venida o el advenimiento glorioso de Jesús al final de los tiempos. En otras palabras, el anuncio del fin del mundo, la destrucción de este mundo ¿Es Dios el que lo destruye? Al menos, tal amenaza aparece en Apocalipsis, cap. 16, en que Jehová, el dios iracundo, anuncia el Armagedón:

Luego oí que del templo salía una fuerte voz, que les decía a los siete ángeles: ¡Vayan y derramen sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios!…

El séptimo ángel derramó su copa en el aire y desde el trono en el templo saló una fuerte voz que decía: “Todo está hecho”.

Y entonces… Relámpagos, truenos, granizos, terremotos, ciudades destruidas, islas y montes desaparecidos… La ira de Dios.

No quedaba claro si la destrucción anunciada a Gregorio XVII era por ira de Dios o por acción del hombre. La situación de aquel mundo ficticio de finales del siglo XX era ciertamente conflictiva, con los bloques enfrentados y una permanente amenaza de guerra nuclear. Aun así, de ser por acción del hombre sería también obra de ese Dios que, pudiendo evitarlo, permite que sus criaturas lo destruyan. Aunque, bondadoso Él, nos consuela con la venida del Hijo, por segunda vez, para recomponer el desastre.

Pero las amenazas de hoy, las que describo al hablar del mundo de mañana, son diferentes. No creo que hayamos de temer el fin del mundo por la amenaza nuclear ni por acción directa de la ira divina. Y, en el corto plazo, tampoco por los desastres que puedan venir de la mano de la naturaleza en venganza por tanto daño como hemos causado a este mundo. Ni tan siquiera por invasión extraterrestre ni por impacto imprevisto de un meteorito como el que acabó con los dinosaurios.

En cambio, no tengo duda de que la situación que hoy vivimos, irá trocando el mundo de ayer, el mundo de hoy, el mundo de mañana, en Un Mundo Feliz.

Un Mundo feliz fue escrito por Aldous Huxley en 1932, cincuenta años antes de que Morris West escribiera Los Bufones. Pero a pesar de ello, teniendo en cuenta lo que se nos viene encima, lo considero más predictivo. Y ante el dilema entre el Armagedón o el mundo feliz, creo que el mundo de mañana será este último: un mundo feliz.

Así será. La manipulación a que me he referido, la paulatina conversión de una democracia real en una aparente, y luego en una dictadura blanda, y después en una férrea dictadura, todo ello con la aquiescencia del pueblo, poco a poco envenenado con esa propaganda, convertirán al hombre en muñeco. Harán de él un pelele, sin nada que hacer en la vida pues los robots y el G5 lo harán por él, envejeciendo sin enfermedades pero también sin ilusiones, con su cuerpo inundado de chips… todo ello para facilitar su vida.

Para hacerle feliz.

La tecnología en la reproducción humana hará hombres que solo sepan hacer determinadas cosas. Y que serán dichosos haciendo aquello para lo que fueron hechos. Las castas de los alfa, los beta, los delta…  

La felicidad será mantenida a base del soma, la droga, que hipnotiza en su justa medida para conseguir esa neutra felicidad.

Habrá libertad sexual, no habrá guerras ni existirá la pobreza.

Tampoco existirá la familia, ni el arte, ni la cultura, ni la religión, ni la literatura, ni la filosofía… Ni el amor.

¿Para qué, si ya seremos felices sin necesidad de todas estas cosas que antes nos ocupaban tanto tiempo y entretenían el alma y la vida?

¿Para qué, si ya hemos conseguido la extrema felicidad siendo rehenes del estado del bienestar

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Nota sobre: Actividad bélica española desde comienzos del siglo XVIII.

En su primera mitad tuvimos, como protagonistas principales o como aliados, las guerras de Sucesión, de la Cuádruple Alianza, la Anglo Española, la de Sucesión Polaca, la del Asiento, la de la Sucesión Austriaca… ¡34 años de guerras en medio siglo! En la segunda mitad de ese siglo, participamos en otras siete guerras, discúlpenme que no las describa por no aburrirles, con y contra países vecinos o de cultura similar.

En el siglo XIX, la simpática, por su nombre, guerra de las Naranjas, la Anglo Española (sí, otra) con Francia como aliado e Inglaterra como enemigo. Pero enseguida, la de la Independencia, eso sí, cambiando aliado, esta vez Inglaterra y enemigo, esta vez Francia ¡qué locura! Luego, ya, cambiamos de continente y nos peleamos con las colonias, con los Estados Unidos. Y poco más tarde, Nosotros contra Nosotros: La de los Cien Mil Hijos de San Luis, las Carlistas… Luego nos fuimos, no se rían, a la Cochinchina (¿qué se nos perdió allí?) a ayudar a nuestros amigos-enemigos franceses. Siguen las de África, otras varias con Latino América (Perú, Chile, Ecuador, Bolivia), la de Cuba, la tercera Carlista, la de los Cantones, más de África, otras de Cuba… Hasta las de fin de siglo cuando, en 1898, perdimos lo que nos quedaba de lo que nunca debió haber sido “nuestro”: Cuba y Filipinas.

Entramos en el siglo XX y seguimos guerreando sin tregua. Los Bereberes, el Rif (¡15 años!)… Y ya, cansados de pelear fuera de nuestras fronteras, otra vez como en el siglo anterior, Nosotros contra Nosotros: la terrible Guerra Civil, la que dividió España y la que siguen utilizando tantos para mantener esa división. Las últimas del siglo apenas tienen relevancia en el recuerdo: la División Azul, bonito nombre que sirvió como excusa para mandar a la muerte a miles de españoles y la de Sidi Ifni.

Y aquí se acaba, señores, aunque hayamos tenido algunas escaramuzas más como aliados de la OTAN. Pero fíjense que tres siglos, que terribles tres siglos de guerra continua.

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METIÉNDOME EN CHARCOS…

23 enero, 2020 Deja un comentario

Sí, sé que me voy a meter en un charco y que, además, me va a caer algún chuzo de punta, pero es que no puedo evitarlo.

Me refiero a una noticia que apareció hace pocos días en la prensa, concretamente en el diarío El Mundo. Contenía la noticia una manifestación de las “transfeministas” (la denominación de tal grupo ya se las trae) en el sentido de que “proponen usar elle, un pronombre neutro, para identificar a quienes no se sienten hombres ni mujeres”.

Además, proponen ampliar el acrónimo LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) para amparar otras tendencias. Este acrónimo ha tenido una evolución en sintonía con el descubrimiento o el surgimiento a la luz de otras tendencias. Comenzó solo con la palabra “Gay” (homosexual; recuerden aquella conmemoración de la Semana del Orgullo Gay), pero pronto comenzó a ampliarse a solicitud de organizaciones de lesbianas y bisexuales. Evolucionó así de una simple G a LGB. Pero pronto aparecieron también los transexuales que exigieron su inclusión; de ahí, LGTB. Y poco más tarde fueron los intersexuales quienes exigieron la I. El acrónimo iba creciendo: LGTBI.

Recuerdo una entrada que escribí hace ya tiempo. Abril de 2011 en mi blog: https://jchicheri.wordpress.com/2011/04/27/bienes-de-interes-cultural-y-otras-tonterias/. El pretexto fue la promesa de Tomás Gómez, a la sazón jefe de los socialistas de Madrid (¿qué habrá sido de él?) de, si resultaba ganador en las elecciones de mayo, declarar como Bien de Interés Cultural, la semana del orgullo gay. En aquella entrada, al margen de divagar sobre la tontuna que me parecía esa promesa, en cuanto a hacerla y en cuanto a lo que contenía, decía mis propias tonterías sobre el término en cuestión.

Comentaba que, como siguiera creciendo iba a hacerse algo complicado, en sentido fonético, hablar de ello. Pues si era sencillo hablar de la Semana Gay no sería lo mismo si tuviéramos que referirnos a la “Semana del Orgullo ELEGETEBÉ”. Sugerí, fíjense qué tontería, lo siguiente: 

“… que quizá tendría sentido encontrar una denominación común para todos (y todas, si se me permite) de la que pueda derivarse un acrónimo pronunciable con mayor facilidad, alternativo a LGTB. Algo así como “Personas con Otras Tendencias Afectivas”. Hablaríamos entonces de la “Semana del Orgullo POTA”, fonéticamente mucho más pronunciable que “Semana del Orgullo ELEGETEBÉ”.  

Quizá se podría eliminar la “P” -pues todo el mundo sabe que nos referimos a personas-, con lo cual quedaría menos equívoca la fonética. Aunque también, especialmente para los amigos (y amigas, si se me permite) del desdoblamiento genérico del lenguaje, se podría descomponer –aunque no lo veo necesario– el genérico “personas” en los géneros (no hablemos de sexos en este contexto, que nos liamos) que lo componen. Podríamos entonces hablar de “Semana del orgullo HYMOTA”, es decir “hombres y mujeres, etcétera”. Aunque debo decir que me parece más adecuado el anterior: OTA.”

Pues, amigos, como comento más arriba, el colectivo mencionado de transfeministas quiere que el dichoso acrónimo se amplíe, además de la I de intersexuales que fue la última, para incluir algunas situaciones diferentes como transgénero, queers,… ah, y por si surgieran (o fueran descubiertas u objeto de nueva creación) otras tendencias hoy desconocidas, proponen añadir al final del acrónimo el signo + (más). Por si acaso…

Pero… ¿qué son los queers? Como lo cuentan se lo cuento:

Queer es el conjunto de ideas que sostiene que los géneros, las identidades sexuales y las orientaciones sexuales no están esencialmente inscritos en la naturaleza biológica humana, sino que son el resultado de una construcción social, que varía en cada sociedad.

¿Lo entienden? ¿No? Yo tampoco. Pero les explico el contenido del concepto “identidad de género” que, según el citado diario, figura en las “leyes identitarias” de Unidas Podemos:

Identidad de género. Según los Principios de Yogyakarta promovidos por la ONU, es «la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales».

Añade el texto que:

La propuesta legal de Podemos contempla el reconocimiento del «derecho a la autodeterminación de la identidad sexual y a la expresión de género», que significa que las personas transexuales ya no necesitarán ningún requisito, no estarán sujetas a ninguna autoridad médica o legal, para poder ser reconocidas en su género. Bastaría con declarar su género sentido. También los menores de 18 años serían titulares de este derecho. En el Registro Civil la mención al sexo sería: femenino, masculino o no binario (NB).

Ah, que todavía no lo entienden bien… Les explico entonces qué es ser una persona no binaria (PNB): 

Persona cuya identidad sexual, de género y/o expresión de género se ubica fuera de los conceptos de hombre/mujer y/o masculino/femenino, o fluctúa entre ellos. 

¿Lo ven claro?

Resumiendo:

Del Diccionario de la RAE extraigo lo siguiente:

GAY define al hombre homosexual.

LESBIANA alude a la mujer homosexual.

TRANSEXUAL se aplica al que se siente de sexo diferente al propio morfológico, sin que sea necesario que, por hormonas o cirugía, adopte aquel.

BISEXUAL describe a quien alterna prácticas sexuales “homo” y “hetero”. 

INTERSEXUAL. Persona que muestra, en grados variables, caracteres sexuales de ambos sexos.

Y ya, sin remisión al DRAE, recojo lo que la publicación menciona de las otras situaciones. Es decir, aquellas a las que probablemente se refiere el signo + (más) que las transfeministas quieren añadir al acrónimo:

CISEXUAL. Persona que se identifica con el género que les fue asignado al nacer.

TRANSGÉNERO. Al contrario de las personas transexuales, no tienen por qué identificarse con el binarismo de género ni necesitar adecuar su identidad a las expectativas sociales. Incluye a travestis, cross dressers, queers, gender queers, drag kings, drag queens y agéneros.

GÉNERO FLUIDO. Cuando una persona circula entre varias identidades de género, no en una sola.

PANGÉNERO. Persona cuya identidad de género está integrada por varias identidades de género. A diferencia del género fluido, no transita entre las identidades de una otra sino que identifica con varias a la vez.

’TERF’. A las feministas críticas con la identidad de género se las llama de forma despectiva terfs (feministas radicales transexcluyentes), radfems o transfóbicas. 

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Concluyo diciendo que si en aquello que escribí hace años mencionaba la dificultad fonética al referirnos a la “Semana del Orgullo ELEGETEBÉ, imagínense lo que será ahora: Semana del orgullo ELEGETETEIBICUGEEFEPETE. De locos (y locas). Y observen que excluyo CE, de cisexual, porque son los únicos (pobres) que quedan fuera, al aceptar que su tendencia afectiva coincide con el género que les fue asignado al nacer. 

En fin, ya les dejo, esperando haber ayudado a ampliar su conocimiento en la materia y no sin antes apelar a don Santiago Muñoz Machado, presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, para que abra su mente y los diccionarios a tan creativo nuevo lenguaje. 

Y créanme que aunque pudiera parecerlo, no hay en lo anterior menosprecio alguno hacia las personas que se sienten afectadas por estas tendencias. Pido disculpas ante quien lo vea de otra manera. Y vaya por delante mi más absoluto respeto hacia quienes sufran o disfruten, pues no sé cuál es el verbo apropiado, de esas tendencias diferentes a la común (Dios me libre de decir “a la normal”).

Sí hay, en cambio, y lo habrán notado, un extraordinario asombro al enterarme de esto y una buena dosis de ironía al expresarlo.